Lo que me pregunto

maria_water_boyMe pregunto cómo es que NBC, CNN, NPR y tantas otras, pueden llegar a los rincones que el gobierno alega son “inaccesibles”. Inaccesibles, increíblemente, para el aparato estatal, el federal y el militar. En esos rincones, que son muchos, la gente carece de gasolina, comida suficiente, y–sobre todo– agua potable.

Me pregunto por qué esa palabra, “aparato”, suena de repente tan bien, tan precisa, tan apropiada para nombrar a esos lideratos. Liderato, Aparato, Garabato, Mamarracho…

Me pregunto por qué hay tantos militares paseando por ahí con armas largas, y tan pocos repartiendo agua potable o llevando combustible a los hospitales.

Me pregunto por qué le damos un papelito a la gente que necesita ayuda, que los invita a llamar por teléfono o entrar al internet para obtenerla. Necesitan ayuda por las misma razones que no tienen teléfono o internet. Ese papelito es un prop, una burla cruel.

Me pregunto cómo es que seguimos anunciando los “números oficiales” de muertos al pelao, como si tuviéramos que ajustarlos al tamaño de un tuit, sin espacio para explicar o aceptar que estos números con toda probabilidad subestiman la mortandad espectacularmente. No se trata de un simple margen de error, ni de la diferencia razonable entre el primer día después de una catástrofe y el tercero. Se trata de que a casi tres semanas del huracán, las morgues están llenas, las funerarias no dan abasto, se acaban el oxígeno, la insulina, el diesel para los generadores.

Me pregunto por qué el miedo a sobreestimar las muertes parece ser mucho mayor que el miedo a sub-estimarlas.

Me pregunto por qué el crimen que pudiera venir parece ser más urgente e importante que el hambre que ya llegó.

Me pregunto por qué la milicia puede moverse eficazmente por todo Afganistán para llevar guerra pero no por todo Puerto Rico para llevar agua. No culpo a los soldados: culpo a los que diseñan la estrategia y dictan las órdenes. De paso, le echo su aguita de culpabilidad a la gente de a pie que todavía celebra que, como los militares ya llegaron, todo estará bien. Llevan un rato aquí, gente, y no, no todo está bien.

Me pregunto por qué Puerto Rico ya no aparece en mi AppleNews, si el hambre y la sed no han desaparecido de Puerto Rico.

Me pregunto por qué pasamos más tiempo denunciando la “politiquería” de Carmen Yulín, que estudiando y criticando los pecados gubernamentales y corporativos que la hacen posible, tal vez hasta necesaria, y que son aún más políticos que esa supuesta “politiquería”: incompetencia inaceptable, negligencia criminal, codicia siniestra.

Me pregunto por qué las visitas federales de alto rango se limitan a los cantitos limpios, bonitos y con abundante agua potable.  Esta pregunta no requiere respuesta, realmente. Esta pregunta es retórica. Las respuestas son obvias, y no hacen nada, nada, por aliviar la frustración.

Me pregunto por qué seguimos diciendo “gracias a dios” cuando nos llegan la luz y el agua, cuando el huracán le da más duro a los barrios más al norte o al sur, o simplemente cuando alguien que amamos sobrevive pero un desconocido no.

Me pregunto cuánto falta para que le echemos la fuerza de choque a la gente hambrienta. Me pregunto cuáles son los efectos psicológicos de no poder bañarse, para un pueblo que vive en un clima tropical y una cultura de dos baños diarios.

Me pregunto si nuestro happy-meal del huracán (una cajita con una lata de salchichas, un tenedor y una barra de granola, sin juguete pero con skittles) es la misma que le dieron a los refugiados recientes en África y Europa.  Me preguntó por qué parecen visitar municipios arbitrariamente y una o dos veces (como si el hambre atacara cada dos semanas y no a diario.) Me pregunto si el concepto del contenido de la cajita fue orgánico, o diseñado por funcionarios de organizaciones tipo FEMA y Cruz Roja, reunidos en un salón fresquitos, armados con papelotes, magic markers y ensaladas caesar.   Me pregunto cómo es que le donamos tantos chavitos a las grandes organizaciones para que repartan el ocasional happy-meal, y tan pocos chavitos a los grupos locales que reparten comida caliente y bolsas de compra.

Me pregunto dónde están las iglesias, especialmente las que le sacaron tanto diezmo a las mismas comunidades que hoy se nos mueren de asma y diabetes desatendidas, que carecen de comida, agua potable y luz. Y cómo es que, si la moral y los valores son cosa de cristianos, hay tanto agnóstico y atea protagonizando las brigadas que día a día limpian caminos, reparten agua y alimento, y lo hacen sin ponerle presión a nadie para que crea nada.

Me pregunto porqué seguimos usando el término “clase media” por default. En un país donde todo el mundo es “clase media”, en parte porque nadie lo es, la fila se ha convertido en un gran instrumento de categorización sociológica: Los ricos no hacen fila; la clase media alta hace algunas filas por algunos días; la clase trabajadora hace algunas filas por muchos días o muchas filas por pocos días, dependiendo de la geografía;  los pobres hacen fila todo el tiempo; los muy pobres, aquellos–¡tantos!–cuyas vidas hace rato tiramos a pérdida, esos no hacen fila, punto. No hay filas cerca, porque no hay nada cerca. Sólo un riachuelo y una lata olvidada, ambos con leptospirosis.

Me pregunto que podemos hacer, acá o allá, para no perder la ilusión y el optimismo. Y me contesto y nos contesto: Enviar filtros, limpiar caminos, llevarle agua a los viejitos que no la pueden buscar, hacerle una gestión por internet a alguien que no pueda, documentar la crónica cotidiana, repartir y recibir abrazos, llevar risas a los pueblos trasquilados, donar lo que podamos a los grupos que sí hacen, hacerle la fila al débil, enfriar la insulina del diabético, descansar y relajarse con los seres amados, con los amigos, con los vecinos, a solas, celebrar y si es posible compartir el descubrimiento de una cerveza o malta frías (sin dejar de lavar la lata bien)…Hay tanto que hacer, y todo es bueno. Todo, excepto cacarear que todo está bien, alegar que el que se queja exagera y, con el privilegio propio bien agarradito, mirar hacia otra parte.

……

Del muro de Facebook de mi amiga Mary Sefranek, que anda por ahí haciendo y sonriendo con el colectivo de teatro Vueltabajo y la Brigada Solidaria del Oeste:

Ahora mismo, en un callejón cerca de la plaza de Mayagüez hay teatro en la calle y niñxs riéndose. Aquí Borikén florece.

teatro callejero despues de maria

 

hoy, los estudiantes:primavera y democracia, parte tres.

El 29 de abril, los estudiantes del Recinto de Mayagüez se autoconvocaron y llevaron a cabo una de las asambleas mas ordenadas que he visto en mi vida. El orden de la misma era especialmente sorprendente por lo difícil de su decisión final: un paro.  A pesar de la prohibición administrativa de reuniones no autorizadas, a pesar de lo complejo del asunto, a pesar de todo, el debate de ideas imperó.  Hubo turnos, se escuchaban, debatieron, votaron.  Ese día comenzó la ocupación de los portones. Ese día los muchachos y las muchachas, contra todas las predicciones,  le asestaron un golpe al atentado contra la libertad de asociación.

El 3 de mayo, en un referéndum auspiciado por la administración, generaron un voto de huelga. De nuevo, contra toda predicción. Otro golpe, esta vez al machacadísimo concepto de «mayoría silente», con la cual la administración contaba para seguir ignorando los reclamos de transparencia y accesibilidad.

Hoy, 24 de mayo, lo han logrado de nuevo. Contra toda predicción, contra una batalla campal en los medios, contra la cacofonía de los altavoces que los recibieron en la asamblea conminándolos a decirle NO a la huelga (y a las drogas, como si las dos fueran la misma cosa), contra las amenazas fatulas, contra administradores encubiertos «militando» entre los padres preocupados que se dieron cita a las afueras, contra el calor y la sed producto de nueve horas de espera en la brea caliente de un parking, contra el cateo de la entrada, contra los disparates, la desinformación, y la alarma…Ganaron. Abrumadoramente.

Me cuentan los estudiantes que ellos también dudaron. Que al llegar, escuchar la tumbacocos, ser asediados por padres repartiendo flyers, y escuchar expresiones de repudio a la huelga, pensaron que hasta ahí llegaba la ola de victorias electorales. Les pregunto que pasó, que cambió. Me  cuentan que tal vez fue la sucesión de puntos a favor y puntos en contra, el debate de ideas, el intercambio de posiciones. La antipatía contra el que dijo que en los portones lo que había era «fresquerías». La simpatía por el que dijo que él también se graduaba, pero que….había que preservar la universidad pública.  Hoy ganaron el colectivismo, la stamina, y la madurez política de unos estudiantes que a todas luces tienen mayor capacidad de negociación que sus interlocutores en la Junta de Síndicos, quienes dan una batalla en la mesa de diálogo, y otra, muy distinta, en los medios.

Otra vez, hoy, la lucidez, la primavera, la democracia. Y yo, aunque con el cansancio y la comedera de uñas lo palabreo todo con torpeza, me siento afortunada de vivirlo de cerca.

A los estudiantes: Mis felicitaciones. Tres veces airosos.

A los síndicos de la UPR: Sus constituyentes (porque no son, no deberían ser vistos como oponentes, sino como universitarios) merecen más respeto. La comunidad universitaria quiere que ustedes negocien, de frente y con verdad.

Entradas relacionadas:

hoy, los estudiantes:primavera y democracia parte 1

primavera y democracia parte 2

la universidad, enmarcada

paros, parálisis, y parra

a mi madrastra

Dear Ellen:  Some of the best mothers’ day presents are those that kids make for their mothers with their own hands.  The ones that are not part of the whole going-to-the-mall-in-a-frenzy thing.  I met you when I was fifteen, and so I never got to give you the macaroni necklace, or the construction paper card.  This year I wanted to “make” you something.  I decided, however, against the macaroni necklace and “made” you this letter instead.

Homenaje a la madrastra:

En términos prácticos, cotidianos,  la madre no es un ser particularmente apreciado. Pero el día de la madre su figura, simbólicamente, se agiganta.  El día de la madre es el día nacional de la culpa, del consumo, del frenesí de agradecimiento y amor filial, que llena y atapona los asilos, restaurantes, cementerios y especialmente, los centros comerciales.

Y en ese frenesí, al menos en los medios y en el discurso popular, la madrastra es invisible o como mucho, es una especie de “afterthought”, un facsímil más o menos razonable, un personaje cuasi-materno, más parecida a la suegra que a la abuela en la jerarquía de los amores filiales.  Tal vez por culpa de los hermanos Grimm y sus manzanas envenenadas,  la idea de “madrastra” está más relacionada, semánticamente, con el lado oscuro de la domesticidad familiar que con su lado brillante o tierno.

Pasando balance ahora, en el umbral de mis propios cuarenta, puedo pensar, articular, y especialmente agradecer lo que esa figura, que el día de la madre y los medios excluyen, ha sido en mi vida, y sospecho que en la de muchos, que como yo, crecen y crecieron en las familias mixtas de hoy.  Mi madrastra se llama Ellen.  Y es maravillosa.  Cocina mejor que nadie, y además trabaja, pinta, siembra, pasa tiempo con sus amigos,  y se ejercita.  Tiene un marido, un huerto, muchos estudiantes, un hijo, una nuera, amigas del alma, cuatro perros y una gata salvaje.  Nunca está quieta ni aburrida, a no ser que decida estar quieta o meditar.  Su vida es rica, y ella la  construye con ahínco y con fruición.

Fue gracias a ella, y casi de inmediato, que conocí el mar.  Yo había ido muchas veces a la playa, incluso había estado en botes, pero fue en mi vida post-Ellen que supe de amaneceres en el agua, de garzas y pelícanos volando sobre el canal, de comer pescao, de cayos, de yolas y de pepinos que “hay que tratar con cuidado, porque están vivos.”  Me enseñó también que las galletas son mejores si salen de un horno casero y se comen todavía tibias, que la lechuga y el tomate, por sí solos, no constituyen una “ensalada”, y que las neveras (y las vidas) nunca están «llenas»; siempre cabe algo más.

Los aborígenes australianos tienen un “Dreaming”, una forma de interpretar la realidad en donde la vida y los paisajes están marcados por características míticas y a la vez sólidas, que los definen.  Una piedra, un agujero, una montaña.   Los mismo ocurre con las vidas de los adolescentes: Décadas más tarde, los adultos definimos nuestra trayectoria juvenil por los “landmarks” de las piezas de ropa y los objetos que en cada momento nos definieron.  Y en mi caso, casi todas esas tienen algo que ver con Ellen.  Fue ella la que me regaló mi primer traje de baño de persona adulta.  El mameluco rosado y ochentoso acompañado por tennis Converse altos, también rosados, también ochentosos.  Las bandanas.  Los zapatos amarillos de goma.  El permanente a medias.  Las cartas tarot.  El cassette de Pat Benatar.  Hoy sigue marcando mi “Dreaming”, ahora con cosas como las pequeñas bolsas de lechugas, berenjenas, pimientos, pepinillos, tomates, que ella misma cultiva y que constituyen la mejor y más sana parte de mi alimentación.

Ellen ha “estado allí” tanto o más que cualquier madre.  Las graduaciones, los cumpleaños.  Es la persona que toda mujer recién parida quiere cerca – en mis dos partos, trajo frutas, cremas y revistas, y cuando visitaba en casa, aprovechaba para limpiar la cocina y dejarme comida.  Durmió en una silla incómoda y horrible para acompañarme en el hospital cuando nació mi segundo bebé.  Ha sido una abuela maravillosa para mis hijos y ahora lo está siendo para mis propios hijastros.

Y las lecciones. Algunas las he aprendido, algunas todavía las estoy aprendiendo.  Me enseñó a traer mi propio aguacate y/o limón al restorán.  A ignorar los catarros para que se vayan solos.  A barrer como remedio instantáneo para el aburrimiento y la depresión. De hecho, Ellen actúa como si ocuparse, en general, fuese el remedio para casi cualquier mal anímico o existencial-y tiene razón.  Me enseñó que en la “madrastitud” y en la vida, a veces es mejor esperar. Que las situaciones, y especialmente las relaciones, no pueden forzarse.  Que al final del día, la respuesta más productiva para los problemas que tenemos con otra gente suele ser trabajar con uno mismo, mejorarse uno mismo, crecer uno mismo.  Que el “trabajo” no debe ser el único trabajo.  Verla sacar tiempo para sembrar me ha inspirado para sacar tiempo para escribir.

Mi madrastra no es un facsímil de madre, ni una madre con signo de menos, ni una suegra plus.  Es otra cosa, con los roles y aportaciones que ha negociado a través del tiempo, conmigo y con la vida.  Y hoy la pienso, la quiero y la celebro, al margen del frenesí de compras y consumo,porque ha enriquecido mi vida en sus propios términos y en los míos, no en los que dictan los estereotipos y las culpas,  y espero que me dure muchos, muchos años.  Gracias, Ellen.  Un abrazo.

Haití: La caridad y la otredad

Tal vez por aquello de ser antropóloga, o tal vez por preguntona, lo primero que sentí no fue la indignación, sino la pregunta:  ¿Por qué? ¿En qué estaban pensando los médicos que sonrientes, nos miran desde las fotos, cerveza o negra pierna de paciente en mano? ¿Qué motiva la sonrisa?  Y más extraño todavía, ¿qué motiva la foto?

Posiblemente sean hasta buenas personas, estos médicos que salen en las fotos.  Después de todo, fueron allá a ayudar.  Pero las fotos revelan algo turbio.  O lo confirman, porque suele haber turbidez en todo lo que tenga que ver con la forma en que el mundo trata a Haití. Aún en medio del ejercicio de la  caridad.

Busqué en la prensa y en facebook, donde empezó el escándalo.  Pero no encontré muchas respuestas.  Encontré sólo indignación.  Probablemente justificada, dicho sea de paso.  Una mujer semi-desnuda a quien le suman, encima del vejamen de la semi-desnudez y de la tragedia de la amputación inminente, la humillación de la fotografía.  Tal vez no la ha visto, tal vez no sabe que la han fotografiado, pienso, para consolarme un poco.  Pero entonces es peor, me riposto. Si ni siquiera sabe, si no tuvieron la decencia de pedirle permiso, de avisarle, entonces es peor…

Veo otra foto, ésta de un niño, o niña.  Un cuerpito amputado. Me pican los ojos, se me anudan el alma y la garganta, me siento culpable..no sé exactamente de qué, pero de algo. Cierro los ojos, aprieto next.

La foto que le sigue no contiene ningún haitiano.  Sólo el médico boricua, armado con un rifle y una sonrisa.  Y sigo sin entender por qué (¿por qué tiene un rifle? ¿por qué sonríe?), pero empiezan a tener algo de familiar.  No tanto las fotos como las sonrisas.  ¿Donde he visto sonrisas como esas antes?

Varias respuestas vienen a mi mente.  1.  En el escándalo de Abu Ghraib, las sonrisas de los soldados que martirizaban a sus víctimas iraquíes y que posaban junto a ellos en situaciones que dejaban clara la diferencia de poder entre prisionero y soldado.  2.  En las fotos que los que visitan zoológicos suelen tomarse al lado de las jaulas, especialmente aquellas cuyos huéspedes son pensados como particularmente peligrosos (tigres, leones, culebras) o, tal vez con mayor frecuencia, particularmente graciosos (delfines, chimpancés, avestruces.) 3. Los turistas colorados que se toman una foto cerca del «nativo» del lugar que visitan.

Todas esas situaciones tienen en común una combinación particular de dos seres:  Uno, dueño de la cámara o amigo/cónyuge/colega del que la porta, que sonríe para la audiencia que de seguro verá la foto y que él/ella conoce, porque será él/ella el que la enseñe; Otro, tal vez invitado, tal vez no, por el primero, tal vez sonriente, tal vez no, tal vez consciente de ser fotografiado, tal vez no,  un ser asumido como un «otro», como «diferente» de alguna forma fundamental, intrínseca, un «otro» que no le mostrará la foto a nadie porque no es dueño de la cámara, ni de la situación.

Claro que las tres situaciones que resumí arriba son, moralmente, distintas.  La sonrisa del soldado en Abu Ghraib que encadena al prisionero como un perro, o que lo obliga a posar, desnudo y en abierta violación a lo que su religión (la de la víctima), su ideología (la de la víctima) , le indican como correcto, es moralmente mucho más grave que el visitante que se toma una foto al lado del delfín o del chimpancé del Zoo, o que la del turista que se toma una foto al lado de un nativo que al final del día, quizás hasta esté de acuerdo.

Pero las tres ejemplifican una sonrisa que sugiere la satisfacción, el regodeo, de un ser relativamente acomodado, móvil, viajero, visitante, guerrero, que posa, feliz, junto a alguien a quien considera no solamente distinto, sino de alguna manera inferior.  Porque si pensáramos a ese «otro» como un igual, le pediríamos permiso, le ofreceríamos una copia de la foto, tendríamos un cuidado, un respeto, que ninguno de los ejemplos indica.

(Una excepción aparente: Las fotos que se toma la gente con los artistas, o las figuras políticas.  Ahí suele también haber sonrisa, pero no la sonrisa que genera la situación que aquí estoy describiendo.  El artista o figura pública no es menos poderoso que el dueño de la cámara, es dueño de la situación, y es equivalente a un monumento, una maravilla.  Típicamente es objeto de la admiración del que toma la foto.  Es percibido como un «otro», pero superior, no inferior.  Y la sonrisa resultante es distinta, aniñada, agradecida.)

El escándalo de los médicos enviados por el Senado a Haití se parece, más que a ningúna otra foto, en el contenido, en las sonrisas, al de Abu Ghraib. Distinto, sí, en que después de todo no estaban torturando sino curando, aliviando, al «otro», pero parecido en la sensación que la fotografía produce en el que la mira.  Hay alguien sufriendo y hay alguien feliz en la misma foto. Y el que está contento domina la cámara y la situación.  La diferencia racial le añade otra capa de desazón al asunto – el feliz tiene la piel más clara que el sufriente. Y no sabemos si el sufriente sabe de la foto, o si le importa. De hecho del sufriente no sabemos nada, es un prop, un signo, un espectáculo, dentro de una escena donde el protagonista, el que tiene nombre y profesión, es el doctor.  Del sufriente sabemos sólo que sufre.  Se le ha negado su historia, su humanidad, su protagonismo. Podría ser cualquiera de los tantos amputados, víctimas del terremoto, de la esclavitud, de los bancos internacionales, de la globalización, de los tiranos locales y mundiales, de la indiferencia, del racismo, del desinterés.  El primer país del mundo en abolir la esclavitud, castigado y maldecido para siempre por tener el descaro de tomar esa abolición en sus manos, en lugar de esperar por la generosidad y la diplomacia blancas.

La caridad es mejor que la indiferencia.  Pero aún en medio de la caridad afloran, como un burbujeante precipitado químico, inesperado pero inevitable, las ideologías que rigen nuestra actitud (y la del mundo) para con Haití.

Posdata:  Me quedé pensando en este post mientras hacía otras cosas y entré de nuevo para aclarar algo que me parece importante: Esta entrada examina otro ángulo – la idea de que el tipo de foto mostrada (especialmente las que contienen pacientes) son sugestivas de esa perpetua otredad, de ese racismo, de ese desprecio, que el mundo ha mostrado por el pueblo haitiano por tanto tiempo, y que muestra aún mientras lo ayuda.  Que el paciente haitiano no merece la misma privacidad, o seriedad, que el paciente común y corriente. Que sentimos simpatía pero nos quedamos  cortos en empatía.

No creo que estos médicos merezcan un castigo que anule sus carreras o afecte radicalmente sus vidas.  No los acuso por beber cerveza (yo probablemente me hubiera bebido varias, después de un día trabajando en una tragedia como esa) o por lo que algunos en internet están llamando, con desprecio, «fiestar» en plena tragedia.  De hecho me parece que con todas sus faltas, el médico que opta por irse a Haití a ayudar de gratis es digno de admiración-después de todo, la mayoría de nuestros médicos se quedaron acá, algunos haciendo muchos chavos.  Quizás, si hubieran sido parte de un contingente más experimentado, como el de Vargas Vidot, esto no hubiera pasado.  Ojalá que los que salen en las fotos sigan cultivando la generosidad que mostraron al tomar la decisión de ir a ayudar,  y que a la vez opten por examinar sus prejuicios -ellos, y nosotros.  Ese, y no el castigo,  sería el mejor resultado de todo este episodio.

la incomodidad de John Yoo.

AbuGhraibAbuse-standing-on-boxLa libertad de expresión es una gran cosa, y es especialmente valiosa en las universidades. No está exenta, sin embargo, de áreas grises.  Por ejemplo, el caso de John Yoo.  Hasta hace poco parte del departamento de Justicia de los Estados Unidos, este señor Yoo jugó un papel clave en el diseño de la política bushista que justifica la tortura como «interrogatorio aumentado» («enhanced interrogation») y elimina la protección de Geneva para prisioneros políticos (re-definidos como «combatientes enemigos»).  El hombre es profesor en Berkeley, y mientras hablaba en una de sus clases (nada menos que de derecho constitucional), un actor vestido con el ensemble que ahora asociamos a las terribles actividades de «interrogatorio» llevadas a cabo por soldados norteamericanos en la infame prisión de Abu Ghraib se ha subido a un escritorio para cuestionar, simbólicamente, las posiciones asumidas por Yoo en cuanto a la tortura se refiere.

yoo on you tube

Al ver lo que se le venía encima, Yoo, evidentemente incómodo, canceló la clase y el actor fue removido del salón.  ¿Quién tiene la razón? Por un lado, podría alegarse que los profesores tenemos derecho a dar clase en paz, y que el performance del actor constituía una interrupción inaceptable.  Por otro lado, sin embargo, me pregunto si la incomodidad de Yoo no es moralmente inferior al costo social y humano de su posición contra la tortura.  Y sí, la pregunta es retórica.  Digo, este actor no estaba interrumpiendo la clase por motivos frívolos, sino que estaba haciendo referencia directa a unas acciones del profesor que eran terriblemente relevantes al tema de su conferencia – constitucionalidad.  La incomodidad de Yoo y de los estudiantes que molestos gritaron «fuera de aquí!» al actor disfrazado de torturado es mezquina, si la comparamos con las implicaciones que la posición oficial en cuanto a la tortura se refiere tuvo para tantos hombres y mujeres en el mundo.  Todavía hay personas, la mayoría de ellos probablemente inocentes, languideciendo en cárceles, algunas de ellas secretas.  ¿Y Yoo se levanta y se va porque está «incómodo»? Gimme a break!

Más que una interrupción, el performance de ese actor constituía un «teaching moment».  Una oportunidad de verdaderamente hablar de constitucionalidad.  Si es que verdaderamente queremos educar, y hablar. Que no parece ser el caso de Yoo.

Puede ver la noticia del HP aquí.  Y leer la larga lista de acciones legales llevadas a cabo por Yoo acá.

update:  OJO: El acrónimo ‘HP’ se refiere al Huffington Post.  No inventen.

gladiadores

arenaRecientemente, Susan Boyle, segundo lugar en el espectáculo televisado Britain’s got Talent, fue hospitalizada. Para la tranquilidad de su público, la causa no era ninguna de las sospechosas habituales: sobredosis, suicidio o ambas. Nah. Boyle estaba simplemente agotada.

Una investigación del periódico de entretenimiento The Wrap, sin embargo, anota que once participantes de lo que llamamos «reality TV» se han suicidado, y dos más han intentado quitarse la vida, en eventos que aparentan estar directamente relacionados con los «shows» en los que participan.  Paula Goodspeed, por ejemplo, murió de una sobredosis frente a la casa misma de Paula Abdul tras ser eliminada de American Idol. La segunda parte de la serie admite que los suicidas tenían en toda probabilidad problemas previos pero subraya el rol de la fama instantánea-y sus consecuencias – en el cuadro clínico que culmina con el suicidio.

“Reality shows open wounds which no one can suture, so after your appearance, you’re left to bleed to death… In effect, everyone who appears is thrown out of the lifeboat when their segment ends. “For everyone who appears — winners and losers alike — the lights go down, clinical issues remain.

Yo no tengo cable, pero igual, una se entera.  El Reality TV permea nuestra cotidianeidad.  Y hay algo profundamente perturbador en todo este asunto de la fama instantánea de los reality shows.  La batalla diaria de los gorditos que pierden mucho peso (o no) frente a las cámaras y por ende, frente a millones de personas.  La desesperación de los padres que solicitan la ayuda de la super nana.  La mujer que opta por parir ocho hijos de una vez.  Los adultos que entran en salvaje competencia unos con otros en escenarios que van desde la jungla hasta la cocina.  Los policías que arrestan gente frente a las cámaras.

La división de los humanos entre actores y espectadores, por supuesto, no es nueva.  El espectáculo lleva mucho tiempo con nosotros.  Pero hay algo en estos shows reality que se me parece más al circo o a la arena romana que al arte teatral.  Los gladiadores romanos, por ejemplo, eran en su mayoría esclavos, víctimas del maltrato, cuya existencia precaria dependía en gran medida de su antagonismo-mataban al otro esclavo para poder sobrevivir.  Y el público aplaudir.  Cualquier parecido con Survivor no me parece coincidencia.

¿Y Boyle? Creo que si hubiera sido más o menos bonita no hubiese generado ni la mitad del entusiasmo – su éxito entre la audiencia primero y los jueces después resulta, precisamente, de su condición de underdog.  Los entrevistados tras su excelente ejecución en ambas ocasiones hablaron de lo «improbable» que resultaba su hermosa voz.  De que desafiaba las expectativas de la audiencia.  La sorpresa de los jueces, y por ende el éxito de Boyle, en su principio, son la misma y el mismo de la mujer barbada del circo – la conjunción inesperada de dos elementos.

El fenómeno del reality show, en suma, contiene una crueldad básica.  Una crueldad que el reconocer a los participantes, suicidas o no, como «voluntarios» no alivia por completo.  Los «voluntarios» están buscando la fama absoluta que la cultura pos moderna nos presenta como deseable, y esa fama redunda en una sobre-exposición que agranda y agrava cada falta, cada arruga, cada mueca, que convierte todo defecto en una tara pública y toda decisión, por pequeña que sea (¿me saco las cejas? ¿me disculpo con el compañero de cuarto?) en el inicio de una cadena de consecuencias que puede desencadenar en la fama, en el ostracismo de la expulsión del show, o en la muerte misma.

Seguiremos hablando de esto. Por lo pronto, celebremos a Boyle y a su hermosa voz.  Celebremos también nuestra privacidad, nuestro anonimato, la relativa inconsecuencia de nuestras acciones cotidianas, y nuestros secretos.  Sospecho que hoy, tal y como en los días del Imperio Romano, se está mejor en las gradas que en la arena. La pregunta es por qué estamos tan empeñados en saltar a probar suerte,  a cucar al león.


«…quieren pan? que coman bizcocho.»

p80712212A veces una sabe que el tema es digno de un «blog entry», pero no se animaEste es el caso hoy.  Se trata de la columna del gobernador en el Nuevo Día.  Ya salió, fue hace días, y todavía no encuentro como discutirla.  Es que es…surrealVayamos por partes, a ver si sacamos algo en claro.

El editorial del gobernador Fortuño en el Nuevo Día (puede ver el original aquí) se titula Salvemos Nuestras Familias.  Ya, de entrada, la cosa pinta religiosa, con el tema de la salvación, pero por si acaso a alguien se le escapó la sutil referencia redentora, hay un epígrafe que la hace más clara y que de paso, nos proporciona un preview del argumento que estamos a punto de leer:

¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?
Mateo 16, 26

En este punto debí haber dejado la lectura.  Debí haber pensado «… esto es sencillamente un ejemplo más de la total inatención hacia el principio fundamental de la separación de iglesia y estado, pasemos la página, vamos, leamos noticias…»  No tengo un problema con la existencia de religiones – y algunas hasta me resultan simpáticas.  [podemos hablar de cuáles y por qué en otro post, otro día…]  No, mi issue inicial es con la insistencia de meter el cristianismo en el ámbito de lo secular.  Del minuto de (supuestamente) reflexión, pasando por cosas como la alocada idea de que el creacionismo es tan científico como la teoría evolutiva y por el hábito de hacer invocaciones en cuanto evento gubernamental existe,  y culminando el asunto con esta columna del jueves, tenemos un problema con eso de la separación de iglesia y estado.   Esta separación es importante tanto para las mayorías religiosas como para las sectas y religiones minoritarias y para libre pensadores, ateos, y agnósticos.  ¿Por qué? Porque protege a todos los cuidadanos de la potencial violencia religiosa o entre grupos definidos por criterios religiosos; protege a las minorías religiosas del abuso de un estado que represente a las mayorías religiosas; protege, por igual, los derechos de religiosos y de no religiosos; y protege al estado, a la ciudadanía, de la inclinación a la conversión ajena que ostentan la mayoría de las religiones.  La separación de lo secular y lo religioso es una buena idea, y es una parte esencial de una democracia saludable.

Así comienza mi malestar con la columna de Fortuño.  Porque aunque es imposible no conocer sus requeteanunciadas posturas religiosas, y aunque sabemos que ha contratado al editor de un periódico cristiano como coordinador de prensa, no deja de ser perturbador leer su nombre, el de un jefe de estado secular de un país democrático, como autor de este texto.  Todo lo que escribe un jefe de estado es necesariamente político, por definición.  Y esta columna, que busca provocar una reflexión en la ciudadanía en el contexto de la crisis económica, lo es más aún.

De modo que así empieza mi malestar, pero ahí no termina.  A continuación un resumen por párrafo de la columna, para tratar de entender el argumento que la sostiene.

  1. Estamos en crisis, pero tenemos esperanza, y esta esperanza constituye una bendición de Dios,
  2. pero a pesar de esa bendición, nos preocupa lo material,
  3. y lo menos material, como la educación de los nenes.
  4. El ciudadano «promedio» («tú» en los discursos de este gobernador, y del anterior) tiene esas preocupaciones.  Fortuño («nosotros», siempre los políticos hablan de sí mismos en plural) también se preocupa.
  5. Fortuño ha hecho cosas.  Ha «salvado la casa».  Y nos llama a ser mejores personas, más desprendidas, de mejores valores,
  6. pensando, por ejemplo, como cristianos, en Dios y confiando en El.  Los problemas del presente no son excusa para dejar de hacer esto.
  7. Ejem..si usted no es cristiano, de todos modos tiene que trascender la «preocupación excesiva» por lo material y enfocarse en cosas «espirituales». [me pregunto si escribir blogs seculares cuenta.]
  8. Para subrayar la cosa de lo material, nos dice «de qué vale el carro nuevo» si no visitamos a la familia? «de qué vale lo material si no cuidamos nuestra salud?» Y vuelve con la biblia.
  9. Ya en ese punto estoy tan enojada, que resumiré en uno los siguientes siete.  Lucé y él son cristianos (sorpresa!), se unen al pueblo cristiano y ejem..a los no cristianos también, en estos días para reflexionar sobre las prioridades que tenemos y sobre la importancia de lo espiritual, y Puerto Rico es hermoso. Fin.

Me molesta el mensaje oculto en el primer párrafo: ¿estamos en crisis pero la esperanza es una bendición? ¿o sea que el que no tiene esperanza no está bendecido, es un ciudadano de segunda?  Me molesta la crítica velada al que está preocupado por «lo material».  Tal vez el gobernador no ha tenido que preocuparse por esas cosas, nunca, y se ha dedicado al cultivo exclusivo de las cualidades del alma.  Me molesta el ejemplo elegido para esto de la preocupación por «lo material»: ¿»coger un segundo empleo» para «pagar un carro nuevo»? Los empleados públicos que viven en el miedo de perder su empleo no están pensando en comprarse un carro – están pensando en pagar la hipoteca, o la comida.  Es como aquella ocasión infame en que a Sila Calderón se le zafó no saber lo que era un combo de fast food.  Pero peor.

Me molesta que diga que ha «salvado la casa».  What the hell does that even mean? ¿La casa de quién?   ¿Y cómo es eso entonces  de  que la salvó»gracias a Dios»?  ¿O sea que el que no salva la casa es porque Dios no lo quiere ayudar? ¿Que la gente que literalmente pierda la suya, no reza suficiente? Supongo que también ganó las elecciones gracias a Dios (y yo aquí pensando que fue gracias al pueblo)…y que los otros partidos no fueron bien vistos por el ojo divino porque eran..agnósticos los populares, ateos los del coquí y satánicos los del PIP?

El octavo párrafo es el peor. ¿De qué vale lo material, dice,  si no cuidamos nuestra salud?  El gobernador olvida que el bienestar material es probablemente el mejor y más sólido indicador, en este y otros países, de la calidad del cuidado médico y preventivo.  Que los mejores alimentos, los ejercicios, las visitas al dentista, y la atención temprana a señales de alerta como la alta presión son, en gran medida, una función de la clase social.  Como lo son los transplantes de órganos, los marcapasos, y la psicoterapia.

Creo que lo que más me molesta, profundamente, no es tanto la referencia constante a la religión (que como dije al principio, es bastante grave) sino la absoluta desconexión con la realidad cotidiana del puertorriqueño promedio.  Esa desconexión resulta tan evidente en su selección de ejemplos como en su llamado al desprendimiento, llamado por lo demás cómodo desde su peculiar posición de clase.  Como María Antonieta, cuya célebre reacción al hambre del pueblo francés titula esta entrada, nuestro jefe de estado nos pide que manejemos la crisis económica… reflexionando sobre la muerte de Cristo.  Y bueh.  Que me lo diga el cura, me parece bien. Ese es, después de todo,  el trabajo del cura.  ¿Pero que me lo diga el gobernador? Eso es peor que enviarme a comer bizcocho.  Y que me lo digan a mí no es tan grave – ¿pero que se lo digan al (la) empleado público que teme ser botado y que está casado con un(a) empleado público en la misma situación?  ¿Que no se preocupe por lo material y que reflexione?

Por lo general me acerco a las noticias políticas con cierta resignación o con la expectativa del espectador a punto de ser entretenido, y prefiero leer otros blogs (pulse aquí y aquí para un ejemplo) que comenten la política local que escribir yo sobre ella.  Pero esta vez…wow. Shock.

Pero así es la cosa, Mafalda.

los otros

jrw_flag1Supongo que es inevitable reaccionar de alguna manera al final del juicio de Aníbal Acevedo Vilá.  Demasiado importante, demasiado comentado.  Hay un par de ángulos que me parecen particularmente interesantes, y por supuesto ustedes pueden añadir otros en sus comentarios.

Primero, la rapidez.  No solamente del jurado, que deliberó sólo por unas tres horas, sino de la cobertura.  «Real-time», le dicen.  El televidente se entera casi al mismo tiempo que el que acampa a las afueras de la corte federal. El radioescucha puede escuchar las mismas palabras que el periodista que está cerca de AAV.  Y luego, las reacciones.  Se llenan los periódicos en línea de comentarios.  Los que me parecen más interesantes son los que implican una intensa sensación de certeza, ya sea en la absoluta y absolutamente evidente inocencia de AAV o en su igualmente absoluta y absolutamente evidente culpabilidad.

Mi línea «favorita», inicialmente, fue una en donde el indignado lector alegaba que el jurado se hacía de la vista larga ante la evidencia de culpabilidad porque estaba políticamente inclinado a favorecer al PPD.  Ajá.  Imagínense eso. Un jurado elegido bajo la mirada pendiente de la defensa y la fiscalía, donde al final resulta que los doce ciudadanos elegidos son populares.  Esto en el país donde los populares perdieron las elecciones.  Nada.  Se me ocurre que la explicación más simple es , en este caso, también la más probable:  La fiscalía no logró demostrar culpabilidad más allá de «duda razonable».  Claro que ese concepto de «duda razonable»  debe resultar antipático para los personajes que a diario comentan las noticias de política en radio y periódico, para quienes todo es certeza, blanco y negro, y absolutos.

A mí me resulta todo este asunto bastante ambiguo.  ¿Hubo manejos turbios de dinero? Probablemente.  De hecho, la forma en que se organizan y financian las campañas políticas en estas «democracias» nuestras es, casi por definición, un manejo turbio de dinero.  No creo que se salve ninguna.  ¿Estaban politizados la investigación y juicio contra AAV? Probablemente.  Se nos hace difícil imaginar otra razón para la saña, el «timing», y la repartición liberal de amnistías para todos los testigos de la fiscalía.  ¿Se «equivocó» el jurado?  No lo sé. Pero si sé que cuando los jurados se equivocan, se supone que lo hagan en dirección a la inocencia.  De eso se trata la «duda razonable».

Y es en ese contexto que me molesta el comentario de un político nuestro, en donde sugiere que el jurado se equivocó porque no son «juristas». Es decir, porque no conocen el derecho.  Aparte del miedito que me produce la imagen de doce abogados juntos haciendo de jurado (sin ofender a los buenos amigos/as abogados y abogadas) , me molesta esa interpretación porque se las arregla para olvidar, convenientemente, las ideas centrales de «presunción de inocencia» y «duda razonable».

Me impacientan un poco también las referencias abundantes al resultado del juicio como prueba de que «el sistema funciona».  Creo que hubieran dicho lo mismo independientemente del resultado.    Y me producen, en general,  curiosidad aquellas que hacen referencia a lo «federal» del juicio para castigar, o reivindicar, a las instituciones federales en Puerto Rico.  ¿Por qué?  Porque independientemente de la aspiración ideológica de cualquiera, el caso es que si algo hizo evidente este proceso de AAV es que las instituciones federales en Puerto Rico, para bien o para mal, siguen siendo vistas, por amigos y enemigos, como una cosa externa, cualitativamente distinta al resto del país.  Que los puertorriqueños hablan de la corte federal, y del FBI, a veces con amor, a veces con odio, pero siempre con distancia.  Que Estados Unidos, ese país con el que tenemos lazos de colonialismo, ambivalencia y migración, sigue siendo, más que ningun otro, aquel contra el cual nos definimos. Porque toda definición, toda identidad, es al final del día un ejercicio de contraste-somos X porque no somos Y.

Todos los comentarios que he leído, de estadistas, estadolibristas, políticos, independentistas, lectores varios…Todos, de una manera u otra, reafirman o implican una identidad puertorriqueña que se define en oposición a la norteamericana, esa que lo federal en el país, inevitablemente, representa.

mucho ruido y pocas nueces

hotblack_20070610_squirrel2¿Qué hace a un “experto”?  Me refiero a los personajes que adornan los programas radiales y televisivos con su conocimiento acerca de un tema particular.  Especialmente a aquellos que por alguna razón se convierten en visitantes regulares o incluso obtienen su propio espacio para “analizar” en vivo los temas del momento. ¿Qué hace que algunos de ellos tengan más éxito que otros? Tal vez esos tienen más conocimiento sobre el tema de su expertise?

Un ensayo reciente de Sharon Begley, resumiendo los resultados del trabajo del psicólogo Philip Tetlock, de la universidad de Stanford, sugiere que no necesariamente.  Tetlock ha estudiado la precisión de unas 80,000 predicciones realizadas por expertos, televisivos y radiales, mayormente en Norte América.  Sorpresa: Resulta que la habilidad para predecir de los expertos NO parece estar relacionada con tener o no un grado avanzado en el área, mayor acceso a información privilegiada, posturas políticas particulares, o muchos años de experiencia.  No, señor.  Y es curioso, porque esas son justamente las cualidades que las estaciones utilizan para mercadear o anunciar al experto en cuestión.  Pero estadísticamente, la relación más sólida descubierta por Tetlock no fue ninguna de ellas.  El indicador más fuerte de  la probabilidad de que la predicción de un experto  esté correcta es…la fama. El éxito mismo.

Excepto que la relación es negativa. Al revés.  Patas arriba.  Contrario a lo que nos parecería más lógico a primera vista, MIENTRAS MAS FAMOSO SEA EL EXPERTO, MAS PROBABLE ES QUE SE EQUIVOQUE EN SUS PREDICCIONES.

¿Irónico, no?  Una manera de explicarlo es la siguiente. Las mismas características que aumentan la popularidad de un experto son aquellas que hacen que tienda a equivocarse.  Tetlock dice que estos señores y señoras tienden a tener una Gran Idea – es decir, una obsesión particular, típicamente asociada a una postura política concreta e inflexible, y le aplican esa Gran Idea a…er…TODO.  Como el mundo y los humanos son bastante complejos, aplicar la Gran Idea en blanco y negro,  constantemente,  aumenta la probabilidad de error.  Pero también hace que las aseveraciones de los expertos suenen sólidas, claras, y consistentes. Y esa fuerza,  claridad, y consistencia parece gustarle al público.

Creo que el fenómeno no ocurre solamente en el vecino gigante a nuestro norte, donde trabaja Tetlock.  Ayer por la mañana escuché una muestra local en nuestra radio AM. (Ya sé, prometí no escuchar esas cosas, en esta entrada anterior, pero ya ven…no lo pude resistir…)  Escuché, decía, a un “analista” (ese es el nombre que le damos a nuestros “expertos”, en Estados Unidos los llamarían “pundits”) citando estadísticas con mucha convicción.  Los porcentajes que citaba estaban relacionados con una Gran Idea, una obsesión personal suya, que trae con frecuencia (y frecuentemente por los pelos) a su programa.  Y eran números distintos a los de la semana pasada.  Y tan erróneos (porque resulta que esa información, como tantas otras, está mas o menos disponible, si uno busca) como los de la semana pasada.  Se los estaba sacando, como decimos aquí, de la manga.  Pero los repetía, con firmeza, certeza, convicción, pasión, y energía. Y así es que nos gustan nuestros pundits:  Firmes, sólidos, incluso un poco gritones.  Su programa es, por supuesto, muy exitoso.

Abundan los ejemplos en la radio local.  Anécdotas descontextualizadas presentadas como “historia”.  Chismes vociferados como “dato” o evidencia.  Opinión planteada como «hecho» contundente.  Grandes Ideas, explícitas o implícitas,  como manera única de interpretar la realidad.  Ah, y los emplazamientos…..  A cada rato, y frecuentemente a gritos, emplazan figuras públicas a pasar por la estación a responder acusaciones.  O a escuchar al “pueblo” que los llama por teléfono.

Abundan también los ejemplos en la televisión norteamericana.  Por suerte Stewart nos ha resumido, eficaz y jocosamente, algunos errores predictivos, gritos, y emplazamientos de los pundits de allá en este video del Daily Show:

Gracias, Stewart!  [Que sistema el nuestro – tenemos que recurrir a los comediantes para que obtener noticias más confiables que las que podemos esperar de la prensa formal… Pero en fin…]

De vuelta a los pundits, locales o no.  Las cualidades que según el trabajo de Tetlock aumentan el éxito de las predicciones «expertas» son rasgos de personalidad y actitud que tienden a hacerlos menos, no más, populares.  Es decir:  los analistas más certeros hablan… ¡con menos certeza!  Son más cautelosos, cambian de opinion si es necesario, estudian mucho, están más abiertos a análisis alternos y se informan constantemente.  Aunque eso implique reconocer errores o quedarse callado.  Tal vez esos son los “pundits” que necesitamos, en cualquier parte del mundo.  Menos ruido. Más nueces.

Breves de Cu..¿Caguas?

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Hace un par de semanas hablé en una entrada, breves anónimos, sobre la sección breves de cuba en el periódico El Nuevo Día. Dicha sección contiene, en efecto, unas cápsulas noticiosas variadas sobre la cocodrilesca isla, que siguen una línea editorial claramente contraria al régimen actual. No puedo juzgar la calidad del contenido de esos breves, en parte porque carecen de fuente o autor. Y era justamente ese anonimato el que me preocupaba.

Hoy volví a ver unos breves de esos en el Nuevo Día. Y quise comprender de donde salen, darles un poco del contexto que uno se acostumbra a esperar de las noticias (información tipo «escrita por Fulano, con la colaboración de Perencejo», o «La Habana, Prensa Asociada», que se yo). Nada. Las busqué en google.

Y el caso es que las encontré. Pero no se si me satisface que de hecho, existan. Me resulta tan bizarro el asunto que ni siquiera me voy a poner a opinar sobre Cuba, ni la revolución, ni nada de eso. El tema aquí es la función y los deberes, o las expectativas mínimas, del cuarto poder, de la prensa. Divago, mejor les cuento. Los «breves» existen y son publicados, er…aquí. En Puerto Rico. Para ver el sitio web pulse aquí. Se llama Cartas de Cuba. Por lo que pude leer, se trata de un proyecto de noticias de Cuba (no me está del todo claro de donde salen, pero hay un mensaje más o menos confuso de que se trata de periodistas independientes) auspiciado por un grupo de personas y empresas en Caguas, Puerto Rico, que juntas constituyen, dice el sitio, el «Grupo Promotor del Patronato Económico «Carta de Cuba»», y allegan fondos para la continuidad de la cosa. Ahí están, verbatim, los breves de Cuba que tanta curiosidad me causaran por el misterio de su autoría.

Misterio que, por cierto, el encuentro hoy con el sitio web del «patronato» este no me ha aclarado del todo. Ahí están los breves, agrupados por fecha, con un título distinto pero tan desprovistos de autor como los del periódico. Y si yo hago un sitio web de esos, ¿me publicaría El Nuevo Día mis Cápsulas de Macondo, o de mis Señales de Marte? Quizás es que tiene que ser desde un país comunista real, y con políticos mandones. Puedo escribir en el blog unas Noticias de Pekín, y las comparto con el periódico de record del país. ¿O hay que tener un patronato para eso?

Puede que las noticias sean ciertas. Pero todo este panorama de «noticias» que hablan de un lado pero se escriben en otro, sin autor, sin contexto, para ser luego publicadas verbatim en otro lugar, sin autor, sin contexto y ahora incluso sin la referencia al primer lugar…¿seré yo, y mis locas expectativas de que la noticia, la cobertura periodística de un evento, siga un rumbo no sé, más…transparente?