Lo que me pregunto

maria_water_boyMe pregunto cómo es que NBC, CNN, NPR y tantas otras, pueden llegar a los rincones que el gobierno alega son “inaccesibles”. Inaccesibles, increíblemente, para el aparato estatal, el federal y el militar. En esos rincones, que son muchos, la gente carece de gasolina, comida suficiente, y–sobre todo– agua potable.

Me pregunto por qué esa palabra, “aparato”, suena de repente tan bien, tan precisa, tan apropiada para nombrar a esos lideratos. Liderato, Aparato, Garabato, Mamarracho…

Me pregunto por qué hay tantos militares paseando por ahí con armas largas, y tan pocos repartiendo agua potable o llevando combustible a los hospitales.

Me pregunto por qué le damos un papelito a la gente que necesita ayuda, que los invita a llamar por teléfono o entrar al internet para obtenerla. Necesitan ayuda por las misma razones que no tienen teléfono o internet. Ese papelito es un prop, una burla cruel.

Me pregunto cómo es que seguimos anunciando los “números oficiales” de muertos al pelao, como si tuviéramos que ajustarlos al tamaño de un tuit, sin espacio para explicar o aceptar que estos números con toda probabilidad subestiman la mortandad espectacularmente. No se trata de un simple margen de error, ni de la diferencia razonable entre el primer día después de una catástrofe y el tercero. Se trata de que a casi tres semanas del huracán, las morgues están llenas, las funerarias no dan abasto, se acaban el oxígeno, la insulina, el diesel para los generadores.

Me pregunto por qué el miedo a sobreestimar las muertes parece ser mucho mayor que el miedo a sub-estimarlas.

Me pregunto por qué el crimen que pudiera venir parece ser más urgente e importante que el hambre que ya llegó.

Me pregunto por qué la milicia puede moverse eficazmente por todo Afganistán para llevar guerra pero no por todo Puerto Rico para llevar agua. No culpo a los soldados: culpo a los que diseñan la estrategia y dictan las órdenes. De paso, le echo su aguita de culpabilidad a la gente de a pie que todavía celebra que, como los militares ya llegaron, todo estará bien. Llevan un rato aquí, gente, y no, no todo está bien.

Me pregunto por qué Puerto Rico ya no aparece en mi AppleNews, si el hambre y la sed no han desaparecido de Puerto Rico.

Me pregunto por qué pasamos más tiempo denunciando la “politiquería” de Carmen Yulín, que estudiando y criticando los pecados gubernamentales y corporativos que la hacen posible, tal vez hasta necesaria, y que son aún más políticos que esa supuesta “politiquería”: incompetencia inaceptable, negligencia criminal, codicia siniestra.

Me pregunto por qué las visitas federales de alto rango se limitan a los cantitos limpios, bonitos y con abundante agua potable.  Esta pregunta no requiere respuesta, realmente. Esta pregunta es retórica. Las respuestas son obvias, y no hacen nada, nada, por aliviar la frustración.

Me pregunto por qué seguimos diciendo “gracias a dios” cuando nos llegan la luz y el agua, cuando el huracán le da más duro a los barrios más al norte o al sur, o simplemente cuando alguien que amamos sobrevive pero un desconocido no.

Me pregunto cuánto falta para que le echemos la fuerza de choque a la gente hambrienta. Me pregunto cuáles son los efectos psicológicos de no poder bañarse, para un pueblo que vive en un clima tropical y una cultura de dos baños diarios.

Me pregunto si nuestro happy-meal del huracán (una cajita con una lata de salchichas, un tenedor y una barra de granola, sin juguete pero con skittles) es la misma que le dieron a los refugiados recientes en África y Europa.  Me preguntó por qué parecen visitar municipios arbitrariamente y una o dos veces (como si el hambre atacara cada dos semanas y no a diario.) Me pregunto si el concepto del contenido de la cajita fue orgánico, o diseñado por funcionarios de organizaciones tipo FEMA y Cruz Roja, reunidos en un salón fresquitos, armados con papelotes, magic markers y ensaladas caesar.   Me pregunto cómo es que le donamos tantos chavitos a las grandes organizaciones para que repartan el ocasional happy-meal, y tan pocos chavitos a los grupos locales que reparten comida caliente y bolsas de compra.

Me pregunto dónde están las iglesias, especialmente las que le sacaron tanto diezmo a las mismas comunidades que hoy se nos mueren de asma y diabetes desatendidas, que carecen de comida, agua potable y luz. Y cómo es que, si la moral y los valores son cosa de cristianos, hay tanto agnóstico y atea protagonizando las brigadas que día a día limpian caminos, reparten agua y alimento, y lo hacen sin ponerle presión a nadie para que crea nada.

Me pregunto porqué seguimos usando el término “clase media” por default. En un país donde todo el mundo es “clase media”, en parte porque nadie lo es, la fila se ha convertido en un gran instrumento de categorización sociológica: Los ricos no hacen fila; la clase media alta hace algunas filas por algunos días; la clase trabajadora hace algunas filas por muchos días o muchas filas por pocos días, dependiendo de la geografía;  los pobres hacen fila todo el tiempo; los muy pobres, aquellos–¡tantos!–cuyas vidas hace rato tiramos a pérdida, esos no hacen fila, punto. No hay filas cerca, porque no hay nada cerca. Sólo un riachuelo y una lata olvidada, ambos con leptospirosis.

Me pregunto que podemos hacer, acá o allá, para no perder la ilusión y el optimismo. Y me contesto y nos contesto: Enviar filtros, limpiar caminos, llevarle agua a los viejitos que no la pueden buscar, hacerle una gestión por internet a alguien que no pueda, documentar la crónica cotidiana, repartir y recibir abrazos, llevar risas a los pueblos trasquilados, donar lo que podamos a los grupos que sí hacen, hacerle la fila al débil, enfriar la insulina del diabético, descansar y relajarse con los seres amados, con los amigos, con los vecinos, a solas, celebrar y si es posible compartir el descubrimiento de una cerveza o malta frías (sin dejar de lavar la lata bien)…Hay tanto que hacer, y todo es bueno. Todo, excepto cacarear que todo está bien, alegar que el que se queja exagera y, con el privilegio propio bien agarradito, mirar hacia otra parte.

……

Del muro de Facebook de mi amiga Mary Sefranek, que anda por ahí haciendo y sonriendo con el colectivo de teatro Vueltabajo y la Brigada Solidaria del Oeste:

Ahora mismo, en un callejón cerca de la plaza de Mayagüez hay teatro en la calle y niñxs riéndose. Aquí Borikén florece.

teatro callejero despues de maria

 

jicotea

Su edad no me molestaba, pero sí me resultaba inconveniente.  Tendría yo unos veinte años, tal vez menos, y en mi prisa por conseguir un santero que viviera en el area oeste y que estuviese dispuesto a hablar conmigo y a ser grabado, no conté con que se cansaría durante las sesiones largas.  Tampoco conté con el olor de su casita, ese olor indefinible que tienen las casas de los viejos, aún cuando están muy limpias.  Ni con su curiosa insistencia de que lo visitara más a menudo.

No sabía que sus manos temblarían al matar un pollo. No se suponía que temblaran; después de todo, Don Julián había sacrificado cientos, tal vez miles, de pollos, gallos, guineas, cabritos.  Y no se suponía que yo tuviera que ayudar.

La santería es una religión caribeña, el producto de la mezcla sincrética de panteones, mitologías y folclór del catolicismo de los españoles y la religión yoruba de los esclavos que venían del África occidental.  Prima hermana del candomblé brasilero, la santería nació en Cuba bajo el dominio español y se expandió a Puerto Rico, Miami, Venezuela y Nueva Jersey durante la segunda mitad del siglo veinte.

Tan interesada estaba yo en conocer la historia y los ritos de la santería, que temo haberme perdido los de Julián.

El día de los pollos y las manos temblorosas, yo me había sentado con mi grabadora y mi lista de preguntas, silenciosamente esperando obtener más información sobre cosmología y ritual, silenciosamente sabiendo que Julián se distraería, que hablaría de otra cosa.  Y así fue. Hoy le había dado por hablar de animalitos.  En particular, estuvo un rato explicándome a mí, incipiente, impaciente antropóloga, que era más fácil cuidar tortugas que palomas.  Usaba los nombres africanos de ambas, pero he olvidado el de las palomas.  A las tortugas las llamaba jicoteas.  Las palomas, decía, siempre se están ensuciando, sobre todo si son blancas, blancas, para Obatalá: Se cagan encima, ensucian la jaula, se ensucian hasta sus propias plumas, y al santo no le gustan las plumas sucias.  Pero las jicoteas, sonreía, se esconden ahí, en la tierra, no molestan a nadie.  La jicotea se esconde y espera.

Mi grabadora de baterías seguía apagada, a la espera de información de verdad.

Además, añadió de repente, mientras caminaba, pensativo, sobre el lodo endurecido del patio, a las jicoteas no hay que matarlas, ¿sabías eso?  Nada más las pones en el agua, un día o dos, y esa es el agua que usas para hacer el omiero.

El omiero es una poción común, e importante.  Encendí la grabadora.  Yo ya conocía algunos ingredientes-pescao, agua de río, aceite de palma.  Ahora podía añadirle agua de jicotea.  Los ingredientes y sus proporciones le eran conocidos solamente a los santeros, no a los creyentes en la santería sino a aquellos que han sido ordenados formalmente como sacerdotes en la religión.  Yo estaba a punto de obtener lo que en la botánica llamarían una “receta”.

O tal vez no.  En lugar de hablarme del omiero, don Julián se puso a contarme algo sobre uno de sus clientes. Alguien que vino a que le echaran el caracol, y Julián lo mandó al médico a chequearse la sangre, salvándole la vida. Luego se quedó mirando mi carro, hundido y despintado en el área de la puerta del conductor.  Se preocupó. Los carros y la gente joven, suspiró.  ¿Estaba yo manejando con cuidado? ¿Obedecía los límites de velocidad? ¿Bebía?

Yo también suspiré, mientras apagaba la grabadora. Sí, sí, no, le contesté, obediente.

Se puso a escribir algo en un pedacito de papel.  Me leyó los ingredientes en voz alta-cuatro ohíos, o pollitos, dulces, y un coco seco.  Lo consigues todo en la plaza, añadió, mientras me daba un empujoncito.  Yo tengo lo demás acá.  Lo demás, pregunté.  Sí, las otras cosas que voy a usar.  Vamos a proteger tu carro, para que no tengas más accidentes. Para eso no hay nada mejor que los ohíosOchosi te va a cuidar.

Se ponía buena la cosa.  Aparentemente estaba a punto de ver un ritual de cerca, un ritual de verdad.  Un sacrificio ritual, nada menos.  El tema de estudio de todos mis compañeros se me antojó de pronto aburrido, soso. El mío era infinitamente mejor.  Me fui a la plaza del mercado contenta, a buscar los pollos, el coco, los dulces.  Regresé de prisa.  Tan de prisa que por poco choco al entrar al vecindario de Julián. Menos mal que Ochosi va a estar pendiente, sonreí.

Cuando entré lo ví inclinado sobre la pileta, preparando el cuchillo.  Tenía cerca un plato con algunas yerbas y un frasquito con un líquido opaco.  Omiero, me dijo, y yo me acordé de las tortugas y calladamente esperé que el procedimiento no envolviera la ingestión del omiero.

Rompió el coco contra el borde de la pileta, y seleccionó cuatro pedazos.  El coco es un método de adivinación rápida, mucho menos complejo que el caracol, o que el opelé.  El coco contesta preguntas directas, con un no definitivo, un sí definitivo, o tres tipos de quizás. ¿Estaba yo en peligro de tener un accidente de carro?  Quizás, muy quizás, nos dijo el coco.

Creo que fue en ese momento que supe que íbamos a matar a los pollitos.  Por supuesto que ya  lo sabía cuando fui a comprarlos.  Pero no fue hasta que completamos el asunto del coco que de verdad supe.  Titubeé un poco.

Mi santero no pareció darse cuenta.  Estaba ocupado, desplumando un poco los cuellitos, preparando la cosa.  Le temblaban un poco las manos.  Estaba viejito, estaba frágil, tenía diabetes y presión alta, no veía bien, y le temblaban las manos.

Cuando era joven, Julián tocaba la trompeta.  Se enamoró, se casó, siguió tocando.  Era músico de orquesta, católico y masón. Lo de santero vino mucho más tarde, y era una historia complicada, que escuché a retazos, nerviosa, en parte porque lo ponía triste y en parte porque no la entendía bien y tampoco me atrevía a preguntar mucho sobre cosas personales, biográficas.  Fue una casualidad, decía, para luego añadir que no hay casualidades.  Estuvo muchos días, demasiados, parado frente a la Casa Blanca, en D.C.  Le habían matado al hijo en la guerra.  Fue la indiferencia, me explicaba.  El egoísmo del gran edificio blanco y de los pastos verdes y de los turistas, rodeándolos a él y a su pena, sin reconocerlos.  Tal vez en parte por su piel marrón y por estar mascullando en español, lo cierto es que fue “removido” (ese verbo que reservamos para los tumores, las verrugas y los desobedientes) por la policía y metido en una celda donde pudiese lamentarse con mayor privacidad.  Lo rescató una santera, a quien no conocía, y un año después era un yawó, sacerdote santero recién iniciado en los misterios de Obatalá, el santo de la pureza, la paz y la compasión.

Sus manos temblaban tanto ahora que me pidió que yo agarrara el pollo.  Tenía una sonrisa triste.  Tu dijiste que querías aprender de esto, así que ahora, a aprender. Agarra el ohío.  Eres mi asistente.

Sostuve el cuerpito pequeño en mi mano semiabierta.  Estaba tibio y se movía, suave, vulnerable, como esas mariposas nocturnas que se esconden del alba en un rincón visible de la cocina o del baño.

Sólo habían parido un hijo, así que se quedaron solos. La esposa se inició también, hija ella de Yemayá, Yemayá la madre, Yemayá del mar.  Cada uno tenía un cuartito para las cosas del santo: El altar con las soperas, los libros, una alfombra para echar el caracol, elegguá y sus guerreros en una esquina.  Un espacio para meditar, estar, y recibir clientes.  Ella casi nunca hablaba, pero sí sonreía, y sus ojos se volvían aún más pequeños y negros cuando lo hacía.

El cuchillo entró en el cuello del ohío.  Yo había leído sobre cuchillo.  La palabra se refiere al objeto, a la acción, y al ritual de iniciación necesario para poder sacrificar animales para el santo. El santero con cuchillo mata rápido, con el menor dolor posible para el animal.  Julián lo hizo así.  Sus manos temblaban, sin embargo, y yo resulté ser una asistente torpe, de modo que el resultado, aunque rápido, fue bastante más sangriento de lo necesario. Julián cogió un poco de sangre, la mezcló con omiero y con algunas plumas, y le untó el mejunje a una de las gomas de mi auto.

Tres veces más.  Tres pollos.  Tres gomas.

Nunca supo, cabalmente, cómo había muerto el hijo.  Sólo le dijeron que había muerto. La escena clásica, tipo película, los militares con malas noticias y ademán severo en la puerta, con el color criollo adicional de la familia extendida, los vecinos, las gallinas.  La biografía que nunca perseguí estaba llena de agujeros. Creo que llegó al continente para bregar con el papeleo de la muerte, que la esposa se quedó atrás, todavía en shock, y que él de algún modo terminó frente a la Casa Blanca.  No sé si fueron días o semanas.  Sí me contó que le salió y creció barba, mientras esperaba.  Que había gente que le llevaba comida.  Tal vez me dijo más, pero no recuerdo.  Sus divagaciones de abuelito rebotaban contra la grabadora apagada y me hacían sentir vagamente culpable, por no visitarlo más.

Nos sentamos. Estaba visiblemente agotado.  La esposa nos trajo limonada.  Yo me fui a lavar las manos en la pileta, y los pedazos de coco que habíamos dejado allí se sonrojaron.

Al volverme lo ví, de nuevo en el lodo del patio, limonada en mano.  Señalaba el suelo con el dedo.  Mira, sonrió.  La jicotea.  Con sus dedos, aún temblorosos, acariciaba la patita gris.

atalaya

®The Far Side

Estaba yo en plena domesticidad sabatina, cuando sonó el timbre.  Como mi puerta no tiene una de esas pequeñas claraboyas que permiten ver la imagen, un tanto deformada por el cristal, de la potencial visita, me asomé por la ventana.  La calle estaba llena de ellos, y eran inconfundibles, porque caminaban en parejas, cargaban con unos pequeños maletines negros, y se protegían del sol con grandes sombrillas.  Eran ellos.  Los testigos.   De dos en dos, de puerta en puerta. Mi perra ladraba, con un ladrido que al desconocido que no sabe que, decodificado, quiere decir «sóbame la panza ahora mismo, por favor», le puede sonar feroz.  Por un momento pensé, pero sin mucha convicción, que tal vez la perra los espantaría.

Los sabatinos Testigos de Jehová  son parte del paisaje de la urbanización boricua.  Incansables, ciertos, consistentes, llegan en sus autos, se estacionan, agarran biblias y sombrillas, y caminan de casa en casa llevando la palabra.  Desde que recuerdo, he visto gente evitando esas visitas.  Las estrategias son muchas.  Una de mis abuelas, por ejemplo, se asomaba a la ventana, con el ceño fruncido, diciendo entre dientes «ahí vienen, ahí vienen…», y sin abrir (y a veces casi sin esperar el timbre) rugía, con una curiosa mezcla de enojo y satisfacción, «¡somos católicos!».  Si los testigos insistían, gritaba, más alto aún, «¡no nos interesa!».  Otra abuela hacía todo lo contrario: Les preparaba jugo de toronja, los sentaba en el balcón, y mientras ellos balanceaban vasos, sombrillas y biblias, la abuela tomaba la batuta de la prédica y les secuestraba el intento de conversión hablándoles de las maravillas del catolicismo.

No sé cuál de las dos abuelas era más temible. Con la segunda, especialmente, solían quedarse un poco desconcertados. Pero siempre regresaban.  Incansables, consistentes, ciertos. Dejaban folletos delgados tras de sí, repletos de consejos para el buen vivir, y, evaluados en sus términos, muy bien escritos.  Oraciones completas, citas bien puestas, mejores que muchos de los productos académicos y cuasi-académicos que me ha tocado leer.  Y sobre todo escribir. De hecho el Atalaya es una de las revistas más leídas, si no la más, y pasa por un riguroso proceso de edición.

El barrio donde viví mientras estudiaba en la Universidad también estaba en el radar de los testigos.  Y mis vecinos estudiantes también tenían sus estrategias.  Uno de ellos, un futuro químico, aseguraba que había logrado espantarlos saliendo al balcón vestido sólo con una toalla  y afirmando que era budista.  Nunca intenté ese método, y tampoco supe nunca si funcionaba por el budismo o por la poca ropa.

Mis métodos siempre fueron bastante más modestos, incluso cobardes.  El más común era simular no estar en casa, escuchando el gentil pero obstinado»¡buenos días!, mintiéndole a los testigos con mi silencio.

En una ocasión, hace años, armada de valor (tal vez un poco cansada de esconderme y callar) decidí abrir la puerta y darles una respuesta amable, honesta e implacable.

Ja.

Ellos:  Buenos días. Yo: Buenos días, ustedes disculpen, pero soy agnóstica. Ellos: ¿Que usted es qué cosa? Yo: Agnóstica. Ellos:  Ah.  [Pausa incómoda]  ¿Como los rosacruces? Yo: [sintiéndome honesta, sí, pero también un poco ridícula, y para nada implacable]: No, no es como los rosacruces. Sencillamente no soy creyente. Ellos: Ah.  [Otra pausa] ¿Atea? Yo: No, tampoco.  Los ateos piensan que dios no existe.  Los agnósticos pensamos que no es posible saber si existe. Ellos: [Aliviados] Ah, pues le traemos buenas noticias.  [Agarran la biblia.] Yo: [Olvidando lo de «amable».  La verdad es que no nos importa mucho, saber si existe…. [Ahora mintiendo descaradamente] Lo siento, se me va a quemar la comida. Tengo que regresar a la cocina.

Después de ese fracaso comunicativo, había regresado a la maniobra cobarde de simular no estar en casa.  Ahora, mientras miraba por la ventana, pensaba que hoy sí tenía una excusa legítima – la comida hervía sobre la estufa.  Pero igual no me creerían. Estarían ya acostumbrados a las mentiras cobardes de los católicos, los agnósticos, los ateos, los cristianos de otras denominaciones,  los vagos, los ocupados, los desentendidos, los budistas,  los…vamos, todos los no-testigos.

Sonó el timbre. Suspiré. Me sequé las manos y abrí.  Eran dos testigas, cuarentonas, tal vez cincuentonas. Una de ellas le sobaba la panza a mi ahora callada perra. La otra me sonreía. Tenía gotitas de sudor en la frente.

Ellas: ¡Buenos días! Yo:  Buenos días. [Suspirando]  Mire, francamente no quiero hablar de dios, ni estoy interesada en la revista.  [Pausa desconcertada] Pero con gusto les puedo ofrecer un poco de agua fría. Ellas: [Se miran].  Pues sí, gracias.

Camino a mi cocina. So far, so good, pienso. Pero usarán el agua para ganar tiempo. En cinco minutos estarán en pleno intento de conversión, y se me va a ir  la amabilidad pa’l…

Tomamos agua las tres. Hacía calor.  Y hablamos. Mucho.  De Mayagüez. De los perros y otras mascotas.  De los hijos, especialmente los adolescentes.  De que las cosas estaban malas. De la emigración.  Busqué más agua. Seguimos hablando. De la geografía de Puerto Rico.  De las características de diferentes pueblos.  De qué hacer, para ejercer la democracia. De qué se puede esperar, y qué no, de las escuelas. De qué se siente ir de puerta en puerta. Se siente como hacer lo que uno piensa que es correcto.  Incansables, ciertos, consistentes. También hubo breves, y sorprendentemente cómodos, silencios.  Agua de vida, dijo una de ellas, al terminarse el segundo vaso.  Me dieron las gracias, les dí las gracias,  y partieron con sus atalayas y sus biblias.

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jicotea

adiós, am

CAPECO Y YO-carta a dos voces para el pueblo de Puerto Rico

GulfLogoLa carta que publica CAPECO en los diarios del país es una joya de las relaciones públicas.  En lugar de CAPECO, nos pone el familiar sellito de la GULF, como para que nos sintamos un poco cómplices de la cosa-después de todo, ¿quién no ha echado gasolina de esa marca alguna vez? Y en lugar de decirnos cosas, no dice nada – se lo deja todo al entrelíneas, al silencio, al white space. De modo que la transcribo pero añado mis comentarios, en itálica y entre corchetes. Veamos. Dice así la versión que salió el jueves en el Caribbean Business:

«Por décadas, Caribbean Petroleum Corporation ha sido una parte importante de Puerto Rico ofreciendo empleos dignos a familias puertorriqueñas y aportando al quehacer económico y social del país.  [Empleos, dicen, mágica palabra en el país del desempleo, en el momento en que tanta gente ha perdido el suyo, en el país que perfeccionó el arte de incentivar para emplear y donde «crear empleos» ha sido parte de las campañas, de todas, incluyendo la última, que redundó en veinte mil botados más…]

Lamentablemente, fuimos afectados [esto NOS ocurrió, nosotros no hicimos nadita para merecerlo, dice aquí]  por un incendio de incomparables proporciones [esto de incomparable es para que no nos pongamos a hacer comparaciones, para intentar que veamos el evento como una cosa excepcional, inexplicable, única, irrepetible…Para una lista de comparables, digo, de accidentes de este tipo en varias partes del mundo compilada para CNN, presione aquí] que ha detenido parte de nuestras operaciones.

Agradecemos la paciencia que ha demostrado tanto el pueblo, los clientes y los medios de comunicación al habernos permitido enfocarnos 100% en lo más importante: Proteger la seguridad de cientos de vidas y controlar el siniestro.  [Y yo aquí, ilusa ulisa de la cibernia, creyendo que los que protegían y controlaban eran los bomberos y resto del personal gubernamental asociado al manejo de emergencias, y ahora resulta que eran los de capeco, que estaban enfocados. Aunque más abajo le agradece a las agencias, alcaldías, y a «cientos de héroes.»]

…..

Como siempre confiamos en que Dios nos continúe ayudando a todos como empresa y como país para sobrepasar esta lamentable situación.  [Por si acaso no te agarraron, lector, con lo de los empleos, ahora intentan apelar a un cristianismo que las estadísticas les indican persiste en una proporción importante de la audiencia.  Irte en contra de CAPECO, desconfiar de la buena voluntad de la GULF, es desconfiar de Dios mismo, renunciar a esa fe compartida.   Y está generalizada, la cosa, porque entre los legisladores haciendo invocaciones antes de legislar locuras, Santini invocando a Papito Dios cada cinco segundos, Fortuño bendiciendo al pueblo antes de dejarlo sin empleo,  y ahora CAPECO diciéndome que anda de la mano de dios…¿Qué pasó con la cuestión esa de no tomar el nombre de Dios en vano? ]»

La carta cierra asegurándonos que «contamos con el esfuerzo», con el «compromiso incansable» y con el «servicio de calidad» de CAPECO.  Y yo cierro el blog para dormir el sueño de los intranquilos.

«vente-conmigo…»

velas

«Dedicado a Gela y Julián, que le daban a sus clientes el cariño y la esperanza que ningún ‘producto’, por bonito que sea su empaque, puede dar.  Y que lo hacían a cambio de una visita o de un racimo de plátanos.»

Creo que tenía unos nueve años las primeras veces que visité una botánica.  Era en la plaza del mercado de algún pueblo (tal vez Rio Piedras, o Luquillo), y estaba en un rincón, frente a una esquina en forma de letra «L», que tenía dos puestos de vegetales y viandas.  El diseño de éstos últimos era simple, y muy parecido al de casi todos los puestos de la plaza: Un mostrador de madera lisa, por debajo del cual pasaba el/la vendedor(a) y detrás del cual se exhibían, colgando en ganchos o descansando en tablillas y canastas, los productos.  Plátanos, yautías, recao, cebollas, ajos, mazorcas de maíz.  No así la botánica, que tenía tres paredes arregladas en forma de biombo o bastidor, y multitud de cajones, canastas y tablillas con frascos (algunos etiquetados, otros no), velas de diversos tamaños, flores, plantas, y figuras del santoral cristiano.  El vendedor era también un especialista (por lo general espiritista o santero), de modo que si el cliente no traía una receta de alguna otra parte, se la hacían allí. Los clientes entraban con un papelito (o sencillamente una preocupación) y salían con los brazos llenos:  una vela, dos frascos, varias flores, algunas hojas, y tal vez una figurilla, que utilizarían para hacer alguna pócima o baño, en un orden determinado y con algún fin en mente: resolver un problema de salud, atraer a un ser amado, o sencillamente «despojarse», limpiarse de una racha de mala suerte o de la influencia de algún espíritu oscuro.

Como parte de mis incursiones iniciales en la etnografía como método, visité y observé botánicas diez años más tarde, cuando estaba en la universidad.  Al principio me parecía que no habían cambiado mucho.  Las que ví en la plaza se parecían mucho, en su estructura física, a las de mi niñez.  Había otras, de mayor tamaño, en los «cascos del pueblo» en lugares como Lajas, San Germán y Aguada.  Al mirar más de cerca noté, con curiosidad, que las plantas no eran tan frecuentes como antes.  De hecho, varias botánicas que visité no tenían flora, punto.  Las velas eran las mismas, pero había muchas más – producidas comercialmente en alguna línea de ensamblaje y trayendo incluída la oración impresa en el frasco, tal vez porque los compradores preferían un acercamiento más de tipo «do it yourself» o porque los vendedores ya no conocían las recetas.

Tal vez lo más interesante era que los frascos ya no constituían esa especie de misterio reciclable de antaño. Ahora de plástico, lucían colorines y etiquetas comerciales, con nombres atractivos como «vente-conmigo», «espanta-males» y «amor-eterno». Eliminaban la necesidad de la receta (y del espiritista, y de las plantas) porque alegaban incluir todos los ingredientes tradicionales, destilados en una fórmula resumida y empacados de manera atractiva.  Más sorprendente aún, y tal vez emulando el comportamiento de otros productos, (esos que te recomiendan comprar juntos el champú, el acondicionador y el unguento, para un mayor efecto), los «despojos» y los «vente-conmigo» eran ahora líneas enteras, completas con aceite, aerosol, líquido para el agua del mapo y velas aromáticas.  El elemento humano del proceso folkórico ritual, así como el vegetal, perdían importancia, opacados por el poder del capital y de sus líneas de ensamblaje, que desde Miami surtían al dueño de botánica sin necesidad de conocimiento religioso, contactos con espiritistas y santeros locales, o huerto.

El cliente ya no salía con los brazos llenos de flores, sino llenos de potes.

Hace unos cinco años, en San Germán, ví a un representante de ventas entrar a una botánica con su línea, La Gitana, quien además de los productos básicos como agua para el despojo con mapo y perfume, tenía también para la venta prendas de fantasía, pañuelos, anillos que cambiaban de color, tarot simplificado  y caramelos sin azúcar, todo de la misma línea. Pensé entonces que la botánica ya había llegado al colmo de su propia posmodernidad.  Que se había mezclado del todo con el mercado contemporáneo.

Olvidé que todavía le faltaba un paso: Desaparecer.   He visto recientemente despliegues de góndolas de velas con santos y oraciones en lugares como Pueblo, Walmart y KMart. Y eso me hace pensar que, del mismo modo que la botánica ha dejado atrás al espiritista, al huerto, al conocimiento milenario y al frasco de cristal, la mega tienda amenaza hoy con dejar a la botánica, como a tantos otros negocios pequeños, atrás, vacía e irrelevante en las vidas y travesías cotidianas de los puertorriqueños.  Y no porque ya no quieran buscar milagros recurriendo a los personajes secundarios del cristianismo y al optimismo mágico del floclór, sino porque pueden comprarlos más rápido, barato y bonito en alguna megatienda cercana.

«…quieren pan? que coman bizcocho.»

p80712212A veces una sabe que el tema es digno de un «blog entry», pero no se animaEste es el caso hoy.  Se trata de la columna del gobernador en el Nuevo Día.  Ya salió, fue hace días, y todavía no encuentro como discutirla.  Es que es…surrealVayamos por partes, a ver si sacamos algo en claro.

El editorial del gobernador Fortuño en el Nuevo Día (puede ver el original aquí) se titula Salvemos Nuestras Familias.  Ya, de entrada, la cosa pinta religiosa, con el tema de la salvación, pero por si acaso a alguien se le escapó la sutil referencia redentora, hay un epígrafe que la hace más clara y que de paso, nos proporciona un preview del argumento que estamos a punto de leer:

¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?
Mateo 16, 26

En este punto debí haber dejado la lectura.  Debí haber pensado «… esto es sencillamente un ejemplo más de la total inatención hacia el principio fundamental de la separación de iglesia y estado, pasemos la página, vamos, leamos noticias…»  No tengo un problema con la existencia de religiones – y algunas hasta me resultan simpáticas.  [podemos hablar de cuáles y por qué en otro post, otro día…]  No, mi issue inicial es con la insistencia de meter el cristianismo en el ámbito de lo secular.  Del minuto de (supuestamente) reflexión, pasando por cosas como la alocada idea de que el creacionismo es tan científico como la teoría evolutiva y por el hábito de hacer invocaciones en cuanto evento gubernamental existe,  y culminando el asunto con esta columna del jueves, tenemos un problema con eso de la separación de iglesia y estado.   Esta separación es importante tanto para las mayorías religiosas como para las sectas y religiones minoritarias y para libre pensadores, ateos, y agnósticos.  ¿Por qué? Porque protege a todos los cuidadanos de la potencial violencia religiosa o entre grupos definidos por criterios religiosos; protege a las minorías religiosas del abuso de un estado que represente a las mayorías religiosas; protege, por igual, los derechos de religiosos y de no religiosos; y protege al estado, a la ciudadanía, de la inclinación a la conversión ajena que ostentan la mayoría de las religiones.  La separación de lo secular y lo religioso es una buena idea, y es una parte esencial de una democracia saludable.

Así comienza mi malestar con la columna de Fortuño.  Porque aunque es imposible no conocer sus requeteanunciadas posturas religiosas, y aunque sabemos que ha contratado al editor de un periódico cristiano como coordinador de prensa, no deja de ser perturbador leer su nombre, el de un jefe de estado secular de un país democrático, como autor de este texto.  Todo lo que escribe un jefe de estado es necesariamente político, por definición.  Y esta columna, que busca provocar una reflexión en la ciudadanía en el contexto de la crisis económica, lo es más aún.

De modo que así empieza mi malestar, pero ahí no termina.  A continuación un resumen por párrafo de la columna, para tratar de entender el argumento que la sostiene.

  1. Estamos en crisis, pero tenemos esperanza, y esta esperanza constituye una bendición de Dios,
  2. pero a pesar de esa bendición, nos preocupa lo material,
  3. y lo menos material, como la educación de los nenes.
  4. El ciudadano «promedio» («tú» en los discursos de este gobernador, y del anterior) tiene esas preocupaciones.  Fortuño («nosotros», siempre los políticos hablan de sí mismos en plural) también se preocupa.
  5. Fortuño ha hecho cosas.  Ha «salvado la casa».  Y nos llama a ser mejores personas, más desprendidas, de mejores valores,
  6. pensando, por ejemplo, como cristianos, en Dios y confiando en El.  Los problemas del presente no son excusa para dejar de hacer esto.
  7. Ejem..si usted no es cristiano, de todos modos tiene que trascender la «preocupación excesiva» por lo material y enfocarse en cosas «espirituales». [me pregunto si escribir blogs seculares cuenta.]
  8. Para subrayar la cosa de lo material, nos dice «de qué vale el carro nuevo» si no visitamos a la familia? «de qué vale lo material si no cuidamos nuestra salud?» Y vuelve con la biblia.
  9. Ya en ese punto estoy tan enojada, que resumiré en uno los siguientes siete.  Lucé y él son cristianos (sorpresa!), se unen al pueblo cristiano y ejem..a los no cristianos también, en estos días para reflexionar sobre las prioridades que tenemos y sobre la importancia de lo espiritual, y Puerto Rico es hermoso. Fin.

Me molesta el mensaje oculto en el primer párrafo: ¿estamos en crisis pero la esperanza es una bendición? ¿o sea que el que no tiene esperanza no está bendecido, es un ciudadano de segunda?  Me molesta la crítica velada al que está preocupado por «lo material».  Tal vez el gobernador no ha tenido que preocuparse por esas cosas, nunca, y se ha dedicado al cultivo exclusivo de las cualidades del alma.  Me molesta el ejemplo elegido para esto de la preocupación por «lo material»: ¿»coger un segundo empleo» para «pagar un carro nuevo»? Los empleados públicos que viven en el miedo de perder su empleo no están pensando en comprarse un carro – están pensando en pagar la hipoteca, o la comida.  Es como aquella ocasión infame en que a Sila Calderón se le zafó no saber lo que era un combo de fast food.  Pero peor.

Me molesta que diga que ha «salvado la casa».  What the hell does that even mean? ¿La casa de quién?   ¿Y cómo es eso entonces  de  que la salvó»gracias a Dios»?  ¿O sea que el que no salva la casa es porque Dios no lo quiere ayudar? ¿Que la gente que literalmente pierda la suya, no reza suficiente? Supongo que también ganó las elecciones gracias a Dios (y yo aquí pensando que fue gracias al pueblo)…y que los otros partidos no fueron bien vistos por el ojo divino porque eran..agnósticos los populares, ateos los del coquí y satánicos los del PIP?

El octavo párrafo es el peor. ¿De qué vale lo material, dice,  si no cuidamos nuestra salud?  El gobernador olvida que el bienestar material es probablemente el mejor y más sólido indicador, en este y otros países, de la calidad del cuidado médico y preventivo.  Que los mejores alimentos, los ejercicios, las visitas al dentista, y la atención temprana a señales de alerta como la alta presión son, en gran medida, una función de la clase social.  Como lo son los transplantes de órganos, los marcapasos, y la psicoterapia.

Creo que lo que más me molesta, profundamente, no es tanto la referencia constante a la religión (que como dije al principio, es bastante grave) sino la absoluta desconexión con la realidad cotidiana del puertorriqueño promedio.  Esa desconexión resulta tan evidente en su selección de ejemplos como en su llamado al desprendimiento, llamado por lo demás cómodo desde su peculiar posición de clase.  Como María Antonieta, cuya célebre reacción al hambre del pueblo francés titula esta entrada, nuestro jefe de estado nos pide que manejemos la crisis económica… reflexionando sobre la muerte de Cristo.  Y bueh.  Que me lo diga el cura, me parece bien. Ese es, después de todo,  el trabajo del cura.  ¿Pero que me lo diga el gobernador? Eso es peor que enviarme a comer bizcocho.  Y que me lo digan a mí no es tan grave – ¿pero que se lo digan al (la) empleado público que teme ser botado y que está casado con un(a) empleado público en la misma situación?  ¿Que no se preocupe por lo material y que reflexione?

Por lo general me acerco a las noticias políticas con cierta resignación o con la expectativa del espectador a punto de ser entretenido, y prefiero leer otros blogs (pulse aquí y aquí para un ejemplo) que comenten la política local que escribir yo sobre ella.  Pero esta vez…wow. Shock.

Pero así es la cosa, Mafalda.

excomunión

glasscn_1451El Vaticano defendía ayer la excomunión de los médicos y la madre de una niña de nueve años.  A los primeros, por ayudarla a abortar fetos gemelos. A la segunda, por permitirlo.

«The regional archbishop, Jose Cardoso Sobrinho, pronounced excommunication for the mother for authorising the operation and doctors who carried it out for fear that the slim girl would not survive carrying the foetuses to term.» (Pulse para ver la noticia completa en AP)

Lo curioso es que la Iglesia ha excomulgado a la madre de la chica por autorizar la operación, pero no al individuo que la ocasiona.  Su crimen, el de violar y embarazar a una niña de nueve años de quien abusaba desde que tenía seis, es ‘menos grave’ que la terminación del embarazo:

«He also said the accused stepfather would not be expelled from the church. Although the man allegedly committed «a heinous crime … the abortion – the elimination of an innocent life – was more serious».»

A las críticas, que por cierto, y por suerte, han sido abundantes, Cardoso ha respondido que» la ley divina está por encima de la de los hombres.»  Pero parpadeamos.  No sé.  Al menos en esta ocasión, los médicos que él define como asesinos parecen ser mucho, pero mucho más misericordiosos que el dogma católico,  ese dogma que le hubiese sumado al suplicio horrendo de la violación, el riesgo terrible de un parto de alto riesgo y de una maternidad prematura a un cuerpo y un alma de nueve años.

special flu edition

penywise_067

Bueno. Hoy no voy a escribir mucho porque la influenza se ha apoderado de mi hogar. Y de mi cerebro. Pero los lectores nos han enviado material para «picada de ojos», y es todo tan exótico que…mejor no decir nada. No analizar, no intentar superar estas noticias, que son una cosa…Nada. Que no hay forma de inventarse esto.

•Picada senatorial y cerca: Melody nos deja saber que el tema del galeón de la Senadora Evelyn Vázquez se está escuchando hasta en España. Presione aquí para ver la noticia en El País. Y este asunto del galeón se complica. Mientras defendía el proyecto de ley, que propone que dicha embarcación sea descubierta y sus tesoros explotados para pagar por los Juegos Centroamericanos, la senadora ha hecho expresiones donde caracteriza a los habitantes de la vecina República Dominicana como «no muy brillantes». Y el liderato del PNP se ha apresurado a distanciarse de esos comentarios.

•Picada eclesiástica y lejos: para que vean que esas cosas raras ocurren donde quiera: Iglesias católicas alrededor del mundo están anunciando el regreso de la indulgencia – una especie de perdón de pecados cuya venta fue denunciada por Lutero en el siglo XVI, y que ha caído en desuso a partir del Concilio Vaticano Segundo. Nada, no es que las pueda comprar (eso está prohibido, para evitar la corrupción), así que no se alegre mucho – pero algunos actos de caridad y ciertas formas de penitencia pueden ayudarlo. Pregunte en su diócesis más cercana. Gracias a Walter por la noticia. Me pregunto: ¿Cómo es que es ilegal pagarle a un cura para obtener un perdón para el afterlife, pero es legal donarle chavos a los partidos políticos para obtener favores en esta vida?

foto: Dani Simmonds. Puede encontrar más fotos suyas en morguefile.com.