pasaje de ida*

Este extraño regreso a nuestro Puerto Rico fue mediado y hecho posible gracias a un pasaje de ida y una casa prestada. No hay choque cultural: más bien un despertar súbito de la (des)memoria, una reconexión con el paisaje, un redescubrimiento de lo viejo y lo nuevo.

En estos días de pandemia y trashumancia, pervivo en un pueblito del oeste, el canto costero del rectángulo isleño que reclamo como propio. 

“Pervivo” no es la palabra precisa. Eso es vivir a pesar de algo. Pero “vivo” tiene un no sé qué de permanencia que persigo pero no alcanzo. “Pernocto” tampoco me sirve en estos días de pandemia, cuando la casa es hábitat y refugio no de noche sino a toda hora. 

“Habito”, entonces, esta casita, aunque no alcance a llenarla con este cuerpo en vaivén. La habito en el mismo sentido en que habito los caminos. 

Éstos son o siguen la ruta clásica, la ruta-personaje de nuestro paisaje y nuestra historia. Una ruta llena de agujeros, con cartones en los postes anunciando donas, detergentes y detectives. Una ruta de esas a las que se les va estrechando el espacio y desapareciendo los semáforos y las aceras, según nos acercamos a casa. 

La ruta que me construye (por aquello de citar a Julia al revés y mal) tiene tres esquinas peligrosas y dos curvas ciegas.  Tres cuchillos, un mojón de cemento, un pequeño puente, un murito, una serie de palos de mangó. Un McDonalds (ahí a la izquierda) y un chinchorro (el que me sirve para identificar el primer cuchillo). Caballos (en el primer caballo doblas a la derecha, al segundo lo pasas, sigues de largo), gallinas (sigue de largo, y por cierto, no las vayas a pisar), iguanas (son impredecibles, así que no son punto de referencia).  Una casa verde y otra rosada, con dos cisnes que sirven para anunciar que se acerca la cuesta. Dos cuestas, una de camino y otra que sirve para indicar que se acerca la casa. 

Las rutas nos definen a todas, en todas partes, pero las relaciones–entre persona y ruta, entre persona y paisaje, y por lo tanto entre persona y persona– son distintas. Los californianos, por ejemplo, usan números y puntos cardinales, y compiten unos con otros a ver quién conoce o tomó la mejor ruta más efectiva. Si vas a una fiesta, la primera pregunta no es cómo estás, sino cómo llegaste. Y la respuesta no es bien, sino algo así  como cogí la 121, luego la 22 y la 101, y luego al sur en Wilshire, a lo que el otro replica pues yo no, yo cogí la 5, la 28 y la 91, para evitar el tráfico en la 22, Cuánto te tomó, Cuarenta y cinco minutos, A mí cuarenta y tres. No sé si sean la famosa afición por la competencia y la adicción a la eficiencia de los norteamericanos, pero siempre hay un ganador ufano y un perdedor refunfuñón en esas conversaciones.

Nunca aprendí a hablar así, o a dejar de perderme en esas numeradas y numerosas carreteras. ¡Es que acá es tan distinto! Te llevan los objetos, los seres, los colores. La ruta se verbaliza no tanto a la hora de ufanarse sino a la de darle instrucciones al prójimo. Pues mira, vas a coger la número dos hacia Arecibo, te metes por el Macdónal a la izquierda, vas a ver un cuchillo, sigue, vas a ver otro, ahí a la izquierda, subes y bajas la cuesta, después de los palos de mangó hay un postecito pintado de azul, siempre tiene un caballo amarrao, ahí a la izquierda… 

Los obstáculos son casi señales de tránsito y puntos de ruta en sí mismos. Allá y acá, está el tradicional tapón. Pero acá tenemos además unos muy nuestros: el perro gris haciendo la siesta en medio de la angosta calle; el chamaco lavando el carro amorosamente; la conversación entre la señora del balcón y el señor de la pickup; la larga fila de cabras o gallinas que, a saber porqué, están cruzando la calle. 

Coges la derecha del triángulo. Cuentas una, dos, tres, cuatro bocacalles y en la quinta, a la izquierda. Cuidado, que hay unas entradas que parecen bocacalles pero no son… 

Para llegar no hay que tener GPS: hay que saber doblar a la izquierda en el caballo, reconocer la diferencia entre triángulo y cuchillo, perder la orientación sin perder la tabla, aceptar con calma y simpatía la ayuda ajena. 

Hay un río, y un pedacito que parece carretera pero es puente, después de ese puente tú vas a ver los buzones. Por ahí te paras y preguntas…  

Nuestras rutas nos recorren, nos recrean, nos construyen. Y nuestro paisaje, como nosotros mismos, tiene criaturas y recovecos que no se dejan entender ni colonizar. 

Si llegas al junker, te pasaste.

*Publicado en Claridad, #SeraOtraCosa, 22/12/2020

Malena Rodríguez Castro reseña mi libro, “Fantasmas”…¡y cómo!

De fantasmas y presentaciones: Fantasmas de Rima Brusi de La Madrid

Por: Malena Rodríguez Castro                                            

A Atabey, Elainne, Jeanette, Joel, José y Madeleine

Esta columna fue leída en la presentación de Fantasmas de Rima Brusi De la Madrid en noviembre de 2019 en el Recinto de Cayey de la Universidad de Puerto Rico y editada posteriormente. A partir de los protocolos de la presentación, exploro la relación entre los procesos de la memoria y el cuerpo materno en la crónica y en sus particulares contextos. Nota: Publicada en la Revista Cruce, edición de diciembre de 2020.

De los límites y posibilidades de las presentaciones. En una columna reciente, Mayra Montero defendió la opción de presentar ella su novela, La mitad de la noche. Sumo a sus objeciones que las presentaciones, como los libros, suelen tener varios guiones.  A veces son extensos resúmenes de tramas, estrategias de escritura o contextos culturales e históricos, dirigiendo la lectura. Otras, se agobia a los presentes en un despliegue de referencias teóricas y eruditas y de lenguajes crípticos dirigidos a un público que se presume entrenado en los mismos.  En casos desafortunados, se toma a la ligera y se ensartan comentarios con digresiones jocosas o personales.  Confieso que, al sentarme al aceptar esta encomienda, me sentí víctima y culpable de los males imputados. Qué hacer, -me pregunté-, ¿cómo escapar de tal condena y, a la vez, honrar uno de los ritos primeros de la publicación de un libro urdido en intimidad: su presentación pública, el rito de pasaje que amista al creador con sus lectores en un acto compartido en que un libro se entrega para su devoración?  ¿Cómo incentivar su lectura sin develarlo ni gravar sus encantos? 

La portada de Fantasmas me sugirió una pista. La imagen de Roberto Silva Ortiz de la Virgen de Regla, venerada en Cuba por católicos y por santeros quienes la asocian a Yemayá, orisha de las aguas y patrona de los marineros, emerge transfija la mirada, su cuerpo suspendido en el mar, la falda al vuelo y con un trasfondo de animales fantásticos.[i] Cuenta la leyenda que su origen data del siglo V en una talla de San Agustín el Africano trasladada a España y, posteriormente, al Caribe tras sobrevivir una tormenta en el Estrecho de Gibraltar. Hoy, su culto incluye a balseros y emigrantes quienes invocan la protección de la Virgen negra al cruzar otros mares.  Pienso que Fantasmas es, como su portada, un montaje de cruces, adherencias y desplazamientos: una hibridez conflictiva que reúne  lo aparentemente disperso, así como hechos constatables e imaginados que se encuentran y desencuentran. Un convite en el cual una madama alucinada (llámese Rima o la cronista) incita a un pacto de complicidad con los fantasmas del pasado y de su presente.  Y quien, al estilo del vestido de la virgen/orisha, se muestra y se oculta en contoneos y en los afectos que atraviesan cuerpos y escrituras. Es así, también, como justifico la presentación de un libro lejos de la falsa seguridad de poseer el secreto y el derecho a enunciarlo. Prefiero festejar la conversación a la que Fantasmas nos invita y a la cual hemos acudido con particular gusto y entendimiento.  Así, aquí estamos, aunque en breve tiempo, repartiéndonos el habla en la posibilidad de otra comunidad hecha de palabras, aquellas que interrumpen el ruido y el azote de la crisis fiscal y estatal, de las ruinas de María, de la Junta de control y del asedio a la Universidad de Puerto Rico (hoy añadiría los terremotos, el COVID y el bipartidismo). Hacerlo, incluso, incurriendo, maliciosamente, en los riesgos que conlleva toda presentación.

Escuchemos, pues, el rumor de Fantasmas y, como en su portada, fisgoneemos el espacio que media entre el ruedo de la falda salpicada de un mar agitado que se nos aproxima y la figura del monstruo marino que se oculta tras las aguas. “Me llaman desde allá/ larga voz de hoja seca”, escribía el Vate Luis Palés Matos azuzando “el susto que toma a las palabras”.  Cito de “Puerta al tiempo en tres voces” II.

De los procesos de la memoria y su parentela con la crónica

En sombra de sentido de palabras,

fantasmas de palabras;

en el susto que toma a las palabras

cuando con leve, súbita pisada,

las roza el halo del fulgor del alma; …

¿Qué lenguaje te encuentra, con qué idioma

(ojo inmóvil, voz muda, mano laxa)

podré asirte, columbrar tu imagen,

la imagen de tu imagen reflejada

muy allá de la música-poesía,

muy atrás de los cantos sin palabras?

¿Cómo asir la memoria? ¿Su frágil tesitura, su engañosa vestimenta “en el susto que toma a las palabras”? ¿Cómo distinguir entre el evento -aquello que sucedió-; el recuerdo -el modo en que se imprime como huella en una siquis singular o colectiva- y el trabajo de memoria en tanto la llamamos – invocamos-, o nos llega, -nos convoca?  ¿Cómo aparece? ¿En la imagen fija, detenida, icónica o en el sinuoso devenir de las asociaciones, de lo relacional que péndula y contagia una experiencia con otra?  ¿Qué equipaje trae? ¿Cuán confiable es? Del saco de los recuerdos, uno entre otros viaja al presente capturando capas de tiempo, espacio y voces en el camino, transformándose en nuevas combinatorias y explosiones de sentido. Lo sensorial es uno de sus detonantes. En Fantasmas el olor, el más desconfiable de los sentidos para la cultura occidental es lo que suscita el texto y los cuerpos maternos que lo suturan:

El olor era claro, agudo, perfecta e inevitablemente separable de otros olores en su entorno. Pero a la vez me resultaba desconocido, no identificable. …Nadie más podía olerlo. Solo Yo. …Un olor que visita con frecuencia…pero sin aviso. En la jerarquía de los sentidos, el olor no es demasiado importante…Pero de algún modo es un goce…Porque el fantasmal olor que me visita es un misterio…empezando por mi propio cuerpo y mis sentidos…para recordar que a veces, incluso sin querer, incluso en las áreas más triviales, más ridículas, nuestro cuerpo nos permite, nos impulsa y nos obliga a crear y recrear lo innombrable, lo inefable, lo que no existe. (13-18)

Convocada por el olor, la memoria se apalabra a partir de sus propias fallas y carencias, danzante en la turbulencia de múltiples estímulos que se atropellan entre sí:

La definen ciertos animalitos. Gallos, gallinas y pollos. Culebras, ratones, cabros y conejos. Caracoles, cangrejos, perros, monos, vacas, tortugas. La definen ciertos lugares. Las montañas. El río. Un valle, una casa de madera, una casa de cemento, un edificio parcialmente dilapidado, otro en franca ruina. Un Nueva York sórdido, una Colombia fantasmal, un Puerto Rico a ratos verde, a ratos gris. (21) 

Es ese el mapa tentativo de Fantasmas. No privilegia entre lo personal y lo social, lo cotidiano y lo excepcional, lo ocurrido, lo presentido y lo imaginado. No distingue entre el cuerpo, los sentidos y los afectos; la razón y la imaginación. Sabe, también, que no hay memoria sin olvido, ni olvido sin memoria. De ahí la conjetura: 

¿Se vale escribir memorias llenas de huecos?… podría inventar lo que falta…qué tal si lo que quiero contar…es precisamente lo que no recuerdo bien? …Aún los recuerdos más rotundos y concretos son tenues, borrosos en las orillas, escasos en sonido y textura. Son temblorosos, pero están vivos. Articularlos es como atrapar y proteger una pequeña mariposa nocturna, tenerla oculta en el hueco de mi mano… (30-31)

            ¿Cuáles se tejen en Fantasmas? ¿Qué forma asumen? ¿Por qué la crónica, ese amasijo de “fantasmas de palabras”, y sus tretas de argucia contra el olvido? ¿Ahora, cuando enunciar con elocuencia, el buen decir, se ha vuelto más sospechoso y elusivo en la era informática? Entre la parcial subjetividad del cronista quien ingresa como uno de sus personajes y la validez fáctica de lo contado es una escritura precaria y provisional que rescata del conjunto detalles empecinados en los cuales la memoria, blanda e inconstante, escarba las trazas de lo que acontece.  Y, ¿cuál es su evento, el hilo que remienda sus costuras, su posibilidad de impactar y transformar? ¿El relato de una vida, de otras? ¿Qué tropos la imantan? ¿Vagar, divagar acaso?[ii] En sus connotaciones suplementa el indicio de la virgen/orisha desplazándose. Y, como el olor, se esparce sin respetar fronteras territoriales ni identitarias. Promueve armar la memoria en un archivo alternativo que pesquisa pistas en cartas, fotos, recortes de revistas, relatos propios y ajenos, en hábitos cotidianos así como en el lapso breve e interrumpido de visitas y llamadas. Araña el hueco que deja el abrazo no otorgado y los olvidos urgidos de aquella, que estando ausente, imposta su presencia: “…la historia de mis padres debe contarse…Mi madre era una figura de la que todos preguntaban…pero nadie quería saber.” (111)

Varios viajes enhebran el relato transitando fronteras de tiempos y espacios discontinuos; empatando ordenamientos y desarreglos familiares, jurídicos y científicos; exhibiendo aquello que la racionalidad moderna purga y desaloja.[iii] Entre el presente de la madre que busca asir,  “columbrar tu imagen”, la del hijo, y el trazado de su genealogía materna se narra un país, o más bien varios, coexistiendo. Pienso que no es al azar que la primera referencia sea el festival musical Mar y Sol celebrado en 1972 en Vega Baja, nuestro remedo de Woodstock. “Llegaron los hippies”, escrito en 1978 por Manuel Abreu Adorno, es su solitaria ficción relatando, -entre la sorna, el escándalo y la empatía-, una trama soterrada de nuestra anunciada entrada a la modernidad: la de los baby boomers, mi generación. Décadas bajo el nuevo imperio, y en el marco de la posguerra, la contracultura osciló entre las figuras del jipi y el guerrillero, entre las consignas de Paz y Amor y las de la Nueva Trova cubana y latinoamericana.[iv] En el marco de un país que se declaraba vitrina de la democracia y el progreso se exportaba una imagen triunfal ya astillada. En el falso fulgor del Estado Libre Asociado y Operación Manos a la Obra, del Cemento Ferré y las 936 y sus crías,- las plantas manufactureras y las farmacéuticas-, de los fondos federales, del juego de las sillitas del PPD/PNP y de los encubiertos e informantes quienes, torpemente, vigilaban a una izquierda que se reagrupaba, es que Marisol Malaret inició el desfile de las reinas de belleza y Lucecita Benítez y la Fania All Stars, el musical, en un ambiente tensado entre cocolos y roqueros. Mientras, nuestros atletas competían mundialmente exhibiendo cuerpos saludables patentizando que el hambre y las miasmas de la otrora charca y del tiempo muerto habían sido vencidos. Simultáneamente, un tibio nacionalismo cultural -blanco, católico e hispanófilo- se asentaba en instituciones culturales y educativas obliterando tanto marcas de clase, raza y género como a las de la emigración que se hacía diáspora -comunidad- allende el mar.  No estábamos para excedentes colaterales del milagro puertorriqueño y, mucho menos, para que, de repente, descendieran cincuenta mil pelús del Norte, -y unos cuentos colaos de la Isla-, en la tranquilidad del llano costeño e, igualmente, desaparecieran. Otra era se insinuaba en una colonia que se resiste, aún, a pensarse como tal.

 Es en el pacto sellado en un viaje de LSD en Nueva York que se concibe a la protagonista iniciándose un periplo nómada -a traspiés del sueño ciudadano y de la modernidad prometida- que la llevará, en intervalos de mar y tierra, a San Juan, Colombia, Luquillo y Nueva York (entre otras estaciones) y a improvisados albergues presagiando la vida inclemente del deambulante. O, a la relativa normalidad de la casa de los abuelos paternos en donde una incipiente clase media transaba tradiciones y escándalos, normas y tabús, con “…el impetú amarrado y las pasiones domesticadas.” (62)  La miseria del errar narcómano se cruza con experiencias fallidas de latinoamericanismo y caribeñismo en la fútil búsqueda de orígenes y felicidad comunitarias como horizontes que difieran de los modelos ciudadanos de la familia, el trabajo y el bienestar personal. Sin embargo, ambos intentos, de indigenismo en Santa Marta, Colombia, y de santería en Luquillo, serán fallidos. Palominos es una aldea de jipis e indigentes mestizos vestidos de Salvation Army que venden facsímiles de ritos y oficios ancestrales en falsa comunión con aquellos que siguen siendo los otros extranjeros. En tanto, el rito iniciático en los misterios de Changó no disimula la prisa y el bajo costo de sus ceremonias. Cooptados los legados araucos y afroantillanos por las fantasmagorías de un capitalismo y un neoliberalismo de consumo( aún de la espiritualidad) son para la niña un espectáculo descreído en el cual solo fulgura el deseo por la madre. De ambos escapará Teté. Una vez más. 

“¿Qué lenguaje te encuentra, con qué idioma…muy atrás de los cantos sin palabras?”, escribía Palés. De Palomino, solo restan pocos recuerdos, más bien una colección de olvidos. Del Batá, fueron los mitos, las historias, el patakí más que las “novelas de Telemundo y los chismes del TeVE Guía.” (90) Y, aún en la envidia por el frenesí del trance, “mi corazón late a un ritmo distinto, un ritmo obstinado y pequeño.” (94) Otros son sus fantasmas: los “olores objetables” que inducen la memoria, los misterios incitados por la biblioteca de la casa de los abuelos paternos, la pulsión de la escritura hurtada a las tareas profesionales y domésticas, la maternidad asumida con dolor y goce. En el relato del abandono de la madre “…que tantas veces se ha ido” la cronista di(vaga) y teje con hilos sueltos una carta de amor y despedida a Teté como condición de su estar en el mundo: “Regresé porque el amor tira en mí con más fuerza que la desesperación, que el hueco de la noche, y que la oscuridad que tal vez heredé de mi propia madre y su partida.” (130) Por ello, la traumática recuperación de una ausencia termina con la mirada presa de la imagen del hijo amado que danza en las espumas de otro mar, el Pacífico: “Si lo vuelvo verbo, existe…en lo inmediato…en lo presente.” (134) 

Por qué se van las madres o de cómo ahuyentar un zombi. Me permito otra cita, esta vez del poemario de Estrategias de la catedral de Vanessa Droz:[v]

Vivo en esa incandescencia

Que es la ausencia de sonido.

Soy eso que –de vez en cuando-

Cada vez menos –acontece.

Soy eso que siempre cae,

la materia de la caída …

todos ellos un cadáver solo

como esta tumefacta

aglomeración de palabras. 

Desde la portada de Fantasmas la figura protectora y amenazante de la Virgen/Orisha anticipa la proliferación de modos conflictivos de la maternidad y su resistencia a una representación tersa. En un prisma que abarca a abuelas, madres e hijas me detengo en la de Teté “eso que -de vez en cuando-Cada vez menos-acontece. Soy eso que siempre cae”. Teté, la jipi indócil del pasado, la narcómana irredenta del presente. Teté, el trazo que se busca borrar para que posibilitar nuevas memorias emplazada la fantasmática peligrosidad de la madre ausente. Teté, para quien la alteración sensorial transita el sexo, las drogas y el trance batá así como la rebeldía a regímenes de control y vigilancia sanitarios y coloniales que le impiden la residencia, el abrazo prolongado: “Teté quería irse. Necesitaba otra cosa, otra vida, otro lugar.” (45) 

La relación entre el cuerpo, la conciencia, las emociones y las drogas tiene una larga historia vinculada a la sociedad y a la cultura.[vi]  Varias premisas son constantes. En tanto límite de la razón moderna y sus estrategias de control, la adicción se asocia a la dependencia y a la crisis de voluntad de un sujeto que se presume soberano y productivo.  En tanto exceso de un deseo inagotable disuelve la persona y turba la percepción normativa del juicio y de la realidad.  En tanto desborde y desgaste su figura es la atrofia: el cuerpo roto, mermado y llagado, “todos ellos un cadáver solo/como esta tumefacta aglomeración de palabras”.  Una lectura apresurada de Fantasmas podría confirmar lo anterior. Controlada la voz narrativa por la cronista, Teté aparece referida tanto por la hija como por otras voces que se disputan su representación.  Aunque emerge en los recuerdos, estos son residuos de una escena anterior a la cual ni el lector ni la cronista tienen acceso pleno.  Incluso su palabra se enmarca en bastardillas. Del adicto desconfiamos de su habla: engañosa, esquiva, elusiva.  La data abonada en breves conversaciones filiales las diluye el equívoco y la incredulidad: “bailes delicados, mente en fuga y pies descalzos sobre el filo de la cordialidad y la cordura.” (26)  Reencuentros cada vez más dilatados en la intemperie del deambular y reducidos a resolverle la cura/veneno. La despedida necesaria para sobrevivir la propia maternidad enfatiza la distancia entre el cuerpo cuidado, en tanto albergue de otro, y los partos de Teté, su cuerpo débil y enflaquecido visto como cuerpo/basura, desechable en la mirada escandalizada de policías y médicos ante una escena que insulta códigos éticos, legales y sanitarios. Intervenciones familiares y de amigos, sanatorios mentales, clínicos, programas de rehabilitación e inmigración forzada se anulan unos a otros en la terca resistencia de Teté. En ella cumpliríase la sentencia de que, sin introspección e introyección, la voz y el cuerpo demandante del adicto es resto, “la materia de la caída.”[vii]

Como las vidas precarias despojadas de voz y derechos que estudia Judith Butler en prisioneros de guerra e inmigrantes ilegales, el adicto es el límite de lo decible y mostrable en la esfera pública. Una analogía recurrente es la del zombi, la transmutación fantasmal que ha sustituido al vampiro y a la criatura de Frankestein en la representación de los miedos contemporáneos. Cooptado del contexto de la religiosidad vudú por la industria cultural, su estado de suspensión entre la vida y la muerte trasciende su insatisfecha hambre caníbal personificando, en su figura deshilachada, la seducción del consumo -de bienes, de drogas, de placeres- y sus peligros.  En el Caribe se ha visto como metáfora del trópico monstruoso, no civilizado ante Occidente, así como residual de la esclavitud en la plantación persistiendo en economías modernas como fuerza de trabajo descartable.  Lecturas recientes, como la de Daphne Duchesne Sotomayor, asume cautelosamente lo anterior al preguntarse, a partir de la novela Malas Hierbas de Pedro Cabiya, si es posible hablar de una escritura zombi; esto es, que trascienda el binarismo de lo humano y lo inhumano y que, al modo del cyborg, produzca zonas de contagios entre comunidades diversas generando una “ilegitimidad creativa”. (61-62)

No es arbitrario, por ende, que la crónica (género híbrido por demás) y el vagar/divagar (propio del viaje) conduzca al zombi. Su primera preñez e inicio del deambular de la madre coincide con el filme El príncipe de las tinieblas incitando su reiterado terror abstracto y borroso” a “las bocas y los pasos lentos de esos muertos en vida”. (74, 81) La maternidad y el reconocimiento de la fallida clausura, es su cura/veneno al terror a los zombis, el cual: “… surge de la tristeza sin fondo de nunca haber podido devolverle a mi Teté el canto de alma que le faltaba. El miedo a los zombis es también el miedo a mi propio potencial para perder pedazos del alma.” (82)  Sin embargo, el texto contradice la zombificación como rapto del alma, la voluntad y el cuerpo. Varios teóricos se han ocupado de subrayar lo indecible/indecidible de la condición adicta, renuente al sicoanálisis y al conocimiento jurídico y científico.[viii]  Como ha argumentado Ronell, es sujeto a la deriva entre la pérdida de sí y el mundo y la promesa de una exterioridad de las normas y la percepción normativa: de proximidad al cosmos, a la naturaleza, al éxtasis individual y colectivo, dionisíaco, del eros, la muerte, lo sagrado y la caída. Se pregunta, acaso, si produce otro saber que no podemos escuchar, un torbellino de saber: “Vivo en esa incandescencia/Que es la ausencia de sonido”. En tanto enigma, Ronell admite la derrota de nuestros paradigmas de juicio: el adicto no debe ser condenado ni idealizado. 

¿Cómo dar cuenta, entonces, de su alteridad fantasmal, de su acecho espectral? ¿Podríamos emparentarlo con la literatura: irreducible su sentido, implosionada su forma? En Fantasmas, Teté es más que cuerpo escoria o estadístico. Su habla, falaz e intermitente, también. Son la materia del archivo alternativo que es la memoria y de aquel que, más que muerto y más que vivo, es sobreviviente incluso de sus cenizas. Sospecho que, aún sin proponérselo, la crónica escucha su demanda:  entablilla el cuerpo y libera la voz para que Teté, la madre, emerja de las ruinas. Reunir los fragmentos y los silencios, restituir el dolor de la ausencia y la pérdida, recuperar e impugnar el legado rebelde es la cura/veneno que incoa la escritura. 

            “¿Qué lenguaje te encuentra, con qué idioma/ (ojo inmóvil, voz muda, mano laxa)”, escribía Palés. De Teté, aquella que habla en el lenguaje privado de la “isla Tortuga”, la del cuerpo quebrado, la que escapa a los diversos intentos de disciplinar y arrestar la promesa imposible a la que no renuncia, la que acepta no ejercer la maternidad como acto de desprendimiento de sí, de empatía con el otro de su carne, pocas veces asistimos a su aparición, a su voz desvaída, cortada. Sin embargo, su ruta – una composta de fotos, cartas, diálogos y llamadas telefónicas- transversa la memoria entre el pasado y el presente. Camino al pueblito del Norte donde vive Teté, sabemos de la escritura urgente: la de la maternidad. Decidir el origen del nombre propio es un juego de equívocos:

Teté ríe. Está…casi siempre deprimida. O algo así, algo clínico, no me queda claro qué, pero ello, lo que sea, no impide que se divierta con el lenguaje, con la sonoridad de ciertas palabras, la musicalidad o el absurdo de ciertas expresiones. Compartimos eso. También río… (24)

Teté aconseja a la hija que debe compartir con su médico la singularidad de su concepción ensartada en la alteración sensorial y del sentido común. Tal es el consejo materno, su manual para la vida: 

El óvulo es sensible…A mí me metieron en el manicomio y me electrocutaron cuando tú eras óvulo…nos metimos todo ese ácido…Cuando electrocutaron  a Rimita el óvulo, estaban también electrocutando a tus hijos…Tienes que decirle como viviste, desde antes de nacer…que en la casa siempre había mafú…siempre había un arma…un estado de desorden y un feeling terrible de que se iba a acabar el mundo, de que todo estaba jodido, de que todo  iba a estar peor. Creo que soy yo la que debe escribir ese libro tuyo… (26-28)

Escribir, a tientas y ratos, un relato roto del desamor, del desapego, del desvarío; de la extrañeza que produce la normalidad del bebé: “No es que yo no te amé. Es que fue mucho dolor, cuando naciste, y te llevaron lejos…Mi cuerpo decidió pudrirse, y dejé de sentir…era solo una cosa ausente.” (32-33)

El presente templa la ansiedad diluyéndola en la propia maternidad, en los deberes profesionales y la pasión por la escritura: una vida distinta a la asignada al óvulo. Sobre la relación fáctica priva la fática, la que no necesita corrección ni verificación. Tan solo el contacto de los afectos, vitales, insistentes, inapropiables, contagiosos: [ix]

…los lazos breves de una conversación compartida sola a medias, como quien no quiere la cosa, pero eso está bien. Estamos acostumbradas a renegociar y a calibrar nuestra relación así. Guardando nuestras distancias en el tiempo, el espacio y la mirada. (124)

            En la paradoja irresuelta que comparten la condición adicta, la maternidad y la escritura, la cronista se pregunta, finalmente: “¿Y qué tal si este libro que me traído el olor fantasma fuese, al final del día, una especie carta para mi madre? ¿Sería una carta de amor o de renuncia? ¿Sería un gesto ambiguo un rechazo, un saludo, un guiño, un abrazo?” (126)  Una carta que, como cualquier otra, lee, también, quien la recibe:  nosotros, sus lectores. Una carta lanzada al mar de la Virgen/Orisha, vagando, divagando. Una carta que enlaza la memoria errante de Teté con la memoria intencionada de la cronista y cuyo punto final es la mirada embelesada de la madre atrapando para la palabra la imagen del hijo que emerge de las aguas y: “…que se desliza como esta arena, entre mis dedos, como este momento en mi memoria.” (136) Más allá de la culpa y la vergüenza, de la melancólica nostalgia, subsiste en los mares yuxtapuestos de esta crónica el optimismo cruel de aquello, que sabiéndose imposible, encuentra en la esperanza como tal, -de que algo, otra cosa, es posible-, los cantos de alma a la deriva.

Por ello, y para esta última, “mi compañero, mis hijos y mis amigas me regalan caracoles todo el tiempo y acompañan mi caminar en el inmenso, hermoso y peligroso fondo del mar.” (119). Por ello, toda presentación de libro es haber afectado del amistar.  Incluida esta, culpable de divagar en pos de mis propios fantasmas.


[i] Me aclara la cronista que el monstruo marino es Olokún, el camino más extraño de Yemayá, quien es una deidad independiente en otros panteones “y que estuvo debajo del agua todo el tiempo, acompañándome de manera curiosamente amable, porque, si bien es monstruoso, también trae consigo el regalo de la profundidad”.

[ii] Sobre la relación entre la narcografía y el relato de viaje ver la “Introducción” de Herrera y Ramos a Droga, cultura y farmacolonialidad.

[iii] Sobre la Guerra Fría y la cultura ver mi ensayo “Frías batallas, ardientes escaramuzas: Guerra y cultura” en Tiempos Binarios. La Guerra Fría desde Puerto Rico y el Caribe.

[iv]La CORCO es hoy su monumento fantasmal y la bioisla su legado. Sobre este tema ver de Miriam Muñiz, “El Farmacón colonial: La Bioisla” en (269-282).  Muñiz retoma el concepto de farmacón de “La farmacia de Platón” extrapolando los sentidos opuestos de cura en la relación entre logos y escritura, voz y verdad, al ámbito de remedio/veneno en la bioeconomía posfordista, específicamente en la producción y consumo de medicamentos. Otros teóricos del libro mencionado lo exploran respecto a las drogas duras y otros modos de la adicción del consumo capitalista y sus políticas neocoloniales: el porno, los deportes, entre otros. Así, por ejemplo, el ensayo de Paul Beatriz Preciado “La era farmacopornográfica” (245-268): y el capitalismo gore y sus estados liminales entre el goce y la muerte en el de Sayak Valencia, “El capitalismo como construcción cultural” (305-322). Lo gore sería el ejercicio sistemático y repetido de las violencias más explícitas para generar capital. El mismo incluye lo excitable para el cual violencia no es ya un medio sino un fin. Para el estudio de la cultura ver sus usos rituales y contestarios en los de Néstor Perlongher “La religión de la Ayahuasca” (97-126) y en Juan Duchesne Winter “El Yonqui, el Yanqui y la Cosa” (145-160).

[v] El poemario de Vanessa Droz persigue la danza solitaria de una tecata, su propio vértigo en tanto enigma espectral, olvidada de y por la ciudad de las luces. Orfandada de todos es el  fuego fatuo de nuestras utopías ciudadanas, los límites del compromiso ético, recuperable en la voz poética que respeta su alteridad radical. Ver mi ensayo “Estigmas ciudadanos…”.

[vi] Refiero a los ensayos incluidos en Droga, cultura y farmacolonialidad y a la Introducción de Herrera y Ramos. De particular relevancia a la cultura el libro inicia con el tabaco y la cubanidad en Fernando Ortiz “De la transculturación del tabaco” (33-44) y cierra con tropos y jergas de los lenguajes narcos en el ensayo de Rossana Reguillo “La narcomáquina y el trabajo de la violencia: Apuntes para su decodificación” (323-342).

[vii] Sobre el cuerpo/basura refiero al ensayo de Avita Ronell, “Hacia un narcoanálisis” incluido en Droga, cultura y farmacolonialidad (127-144).

[viii] Ver Ronell, Reguillo y de Eve Kosofsky Sedwig “Epidemias de la voluntad” en Droga, cultura y farmacolonialidad 203-220. Para Kosofsky la compulsión narcómana requiere una ética relacional que reemplace la legislación antidroga, la tolerancia con el narcotráfico y la violación de garantías constitucionales y derechos humanos mediante su acceso seguro y gratuito y centros de salud integrados. Para Reguillo ante la violencia estructural, utilitaria y expresiva es menester una contramáquina, un “conjunto de dispositivos frágiles, intermitentes, expresivos y fragmentados que la sociedad despliega para resistir, visibilizar o sustraer poder”. (336) Es la sociedad su actor, no el estado, en operativos residuales que operan con los saberes a la mano (marchas, asociaciones, prensa entre otras) o emergentes en un espacio distinto auspiciado por la expresividad de los nuevos medios de información (red, blog, performance) y de escritura e imagen como el fotoperiodismo y la crónica. 

[ix] Afecto entendido como las capacidades relaciones que donan y reciben intensidades más allá de la razón y las emociones, lo humano y lo in/pos/transhumano. Un palimsesto de alianzas e interrupciones cuya superficie son, sobre todo, los cuerpos y que afecta y es afectado por entes y colectividades. Sin referentes o constataciones los afectos se asocian a lo expresivo y diferencial. Sobre este tema ver los ensayos incluidos en The Affect Theory Reader, sobre todo “Cruel Optimism” (93-117) de Laureen Berlant, “Writing Shame” de Elspeth Probyn (71-92) y “Modulating the Excess of Affect: Morale in a State of Total War” (161-185).

Bibliografía

Brusi De la Madrid, RimaFantasmas, Editorial Educativa Emergente, 2019.

Butler, Judith. Precarious Life. The Powers of Mourning and Violence. Verso, 2004.

Duchesne Sotomayor, Dafne.  ¿Qué ocurre cuando el zombi habla? Editorial Educación Emergente, 2020.

Fernández Olmo, Margarite y Elizabeth Paravisini.  Creole Religions of the Caribbean. NYU Press, 2011.

Gregg, Melissa y Gregory Seigworth, editores. The Affect Theory Reader. Duke University Press. 2010.

Herrera, Lizardo y Julio Ramos, editores. Droga, cultura y farmacolonialidad: la alteración narcográfica. Universidad de Chile, 2018.

Montero, Mayra. “Odiosas preguntas”. El Nuevo Día. 27 de octubre 2019. Consultado 29 de octubre de 2019.

Rodríguez Castro, Malena. “Frías batallas, ardientes escaramuzas: Guerra y cultura”, Tiempos Binarios. La Guerra Fría desde Puerto Rico y el Caribe. Ediciones Callejón, 2017, 251-294.

Rodríguez Castro, Malena. “Estigmas ciudadanos: Monstruosidad y locura en la literatura puertorriqueña”. Escrituras en contrapunto: Debates y lecturas para una historia crítica de la literatura puertorriqueña. Editores Marta Aponte, Juan Gelpí y Malena Rodríguez Castro.  Editorial Universidad de Puerto Rico, 2015, 365-420. 

Encontrando,todos los días: Episodio 1.2 del podcast.

Bienvenido a la segunda entrega de mi nuevo podcast, que se llama, como mi ya bastante antiguo blog, Parpadeando. Como dice su descripción, el podcast es breve e incluye una introducción mía, seguida por la lectura de un fragmento de alguna obra literaria, un pasaje relevante hoy. Al final de la lectura les digo quién lo escribió, y de dónde lo saqué. El episodio de hoy, grabado el 22 de agosto, en medio de la pandemia, el revolú político, y las lluvias de la tormenta Laura,  está dedicado, por más de una razón,a mis amigas Beatriz y Lissette y a mi amigo Yoryie, y lo he titulado: Encontrando, todos los días. Si el audio aquí en el blog no le resulta, pulse aquí para escucharlo en Spotify, y acá para elegir otra plataforma.

https://open.spotify.com/episode/1KZErwUHBpLYeprWTOY1k6?si=J4m4I1phSpW6HYOulyuMVA

Nuevo podcast en PARPADEANDO

Queridxs lectorxs de PARPADEANDO: Hoy empecé un nuevo podcast. Un mini-podcast, realmente. La idea es un programa de 10 minutos o menos, que atienda algún evento o tema urgente en el presente usando para ello un fragmento de literatura puertorriqueña o latinoamericana. La identidad del autor o autora del fragmento se revela al final.

No sé si les pasa a ustedes, pero a veces me cuesta leer, especialmente cuando estoy nerviosa o aplatanada. Y estos tiempos traen consigo bastante nervio y bastante aplatanamiento, así que…Nada, que leer en voz alta es a veces un bálsamo, y que en este podcast haré precisamente eso. Un tema que me ocupe la mente o los nervios, y un fragmento que me sirva para calmarme. 🙂

Aquí les dejo el primer episodio. Está inspirado en Tata y Pierluisi, y también en la idea de pensar en el presente como historia. Lo he titulado “Recordar es Despertar”. Abrazos a todes – Rima

PARPADEANDO, el mini-podcast: Episodio 1.1, Recordar es Despertar.

PD – No usa Spotify? Déjeme una nota en los comentarios.

Mamá Inés y la nostalgia

Publicado originalmente en 80grados.

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Sube el telón, ruge el león: aparece un niño negro. Negro en su piel y “negro”, también en sus rasgos, rasgos tales como el grosor exagerado y el color imposible de sus labios. Persiguiendo y siendo perseguido por animales como leones divertidos y tigres dientudos, una combinación que ahora sé geográficamente imposible, pero no necesariamente más imposible que un niño cazando un león, o un pájaro miná asiático caminando por una jungla africana. 

Lo recuerdo mejor, más claramente, que algunas películas que ví tan recientemente como el mes pasado. No estoy sola en eso: la ciencia sugiere que recordamos (y aprendemos) mejor en el periodo entre los diez y treinta años. Y fue a los once, justamente, que me mudé a casa de mis abuelos, tuve acceso consistente a un televisor, y me enamoré de “los muñequitos” sabatinos. 

Esto de la memoria y sus caprichos no es trivial. Lo que recordamos forja nuestro pensamiento, nuestra ideología, nuestro sentido de lo que es “natural” y familiar, y hasta los contenidos de nuestras  nostalgias. 

Recuerdo también, si bien menos claramente, que el niño negro se las arreglaba para meter a un explorador blanco en un caldero, con la intención implícita de merendárselo. Con todo y ropa, aparentemente, porque contrario al niño y otros caníbales de piel oscura en los muñequitos, al explorador nunca lo mostraban semi-desnudo. Siempre vestía el atuendo clásico de safari, con sombrero y todo. 

Las mañanas de los sábados me traían también a los Jetsons (todos blancos), los Picapiedra (blancos), el equipo de Scooby Doo (blancos), y la bruja (verde). No había muchos personajes negros, aunque sí uno que otro, de vez en cuando, como los Harlem Globetrotters que memorablemente se unieron en un episodio al grupo de Scooby Doo. Sí había abundante representación de la fauna: Droopy el perro, el Pájaro Loco, Yogi el oso,y dos ratones importantes: super-ratón (de rostro claro), y el (casi igual de súper) ratón (mexicano), Speedy González. Algunos venían en dúo, como el zorrillo hostigador y la gata (a veces llamada, en inglés, “pussy”, por cierto) perseguida, y Tom (gato) y Jerry (el ratón.)  

Ah. Tom y Jerry. Sí que había un personaje negro, allí. O más bien, partes de uno, porque solo escuchábamos su voz y veíamos sus piernas negras, sus pies enchancletados, el borde de su delantal. Esta señora regañaba a Tom y lo sacaba afuera. Yo creía que se trataba de la dueña de Tom, hasta que mi abuela me aclaró que era “la sirvienta”. 

Alguna vez imaginé el torso y la cabeza de esta señora. En mi imaginación, se parecía a Mamá Inés, a quien también le decíamos Mamaimé. En parte por lo ubicuo de ese referente en mi muy cafetero entorno, y en parte, estoy segura, como parte de la intención de sus creadores. Después de todo, eran los años setenta y ochenta, y esto quiere decir que en Puerto Rico, esos muñequitos doblados al español eran de los sesenta, incluso los cincuenta. Hasta el Indio Joe nos parecía entonces “natural”. ¿Recuerdan al Indio Joe? Era grande, rojizo y bobalicón. Trataba de atrapar, sin éxito, al cerdito Porky. Resultaba derrotado, al final, por un personaje (de piel azul) que básicamente lo asesinaba (literalmente) haciéndole cosquillas. Al final del episodio, aparecía un mapa de los Estados Unidos, una animación ilustrando el cambio del “territorio del Indio Joe” a “territorio de los Estados Unidos”, y una voz solemne celebraba que “América se convirtió en el gran país que es hoy.” 

En serio. Verifiqué en You Tube todo esto, porque ni yo misma me creía ese recuerdo horrendo. Pero es así. 

Baja el telón.

Isar Godreau y otros estudiosos han planteado cómo las estrategias de distanciamiento son parte del racismo sistémico. Y se me ocurre que nuestros muñequitos setentosos nos distanciaron de la negritud y de hecho, de la otredad racial en general, a través de la invisibilidad y la distancia en tiempo y geografía. También justificaron el racismo de maneras más directas: los personajes no-blancos eran cómicos, salvajes, peligrosos, y a veces, como la señora que me recordaba a Mamá Inés, hasta picados en pedazos, reducidos a un par de pies, una voz pintoresca, y un delantal.  

Lo que me trae de nuevo al asunto de Mamá Inés, que ha surgido como tema de conversación y pelea en medios sociales y columnas de opinión. Pasa que el fabricante de syrup y pancakes marca Aunt Jemima ha estado reconociendo el racismo del emblema de sus productos, una mujer negra que evocaba a los esclavos de otro tiempo (a quienes de hecho, si eran “buenos”, se les llamaba así, “aunt” y “uncle”), le hizo un makeover moderno, y recientemente anunció que la retiraría completamente. 

Sube el telón, o más bien entra el hashtag: se arman el salpafuera cultural y el rasgado de vestiduras. La Aunt Jemima de apariencia esclava y origen en el género de entretenimiento (con blackface) minstrel, gritan los quejones, no tenía nada de malo, era una figura muy querida, la recordamos con nostalgia, representa nuestra niñez, ni siquiera sabíamos que era esclava. Y un denso, o al menos vocal, coro de puertorriqueños empezaron a quejarse en las redes y columnas de opinión, anclando su desacuerdo en la igualmente estereotipada figura de Mamá Inés, quien, alegan, no tenía nada de malo, era una figura muy querida, la recordamos con nostalgia, representa nuestra niñez, ni siquiera sabíamos que era esclava, etcétera.  

Pero pasa con Mamá Inés lo que pasa con tantos recuerdos, lo que planteé más arriba: Esto de la memoria y sus caprichos no es trivial. Lo que recordamos forja nuestro pensamiento, nuestra ideología, nuestro sentido de lo que es “natural” y familiar, y hasta los contenidos de nuestras  nostalgias. 

Un referente no tiene que ser explícitamente “malo”, o intencionalmente insultante, para ser racista. Mamá Inés (como Aunt Jemima, Uncle Ben, el Injun Joe, Los Pequeños Traviesos, Chianita, las piernas sin cabeza de la sirvienta de Tom y Jerry, y así) nos educó en la idea, el “sentido común” (a)histórico de la esclavitud “benévola”, del afro-puertorriqueño como sirviente, y de la mujer negra como ubicada en el ámbito de la domesticidad, al menos para poder merecer un recuerdo lindo. 

Lo que nos parece “natural” no es necesariamente bueno. De hecho a veces es y ha sido horrendo: las ideas de que la pobreza es inevitable y el egoísmo es “natural” sirven para justificar el lado más oscuro del capitalismo; las bondades de “la pureza” y “la mejoría” conformaron la base ideológica del nazismo y el Holocausto; la certeza “científica” de la inferioridad del “otro”  permitieron medidas como la esterilización masiva de tantas mujeres en Puerto Rico y la separación y orfandad forzadas de niños nativos en lugares como Estados Unidos y Australia.  

La nostalgia por lo históricamente familiar, benévolo, y “natural” se convirtió de hecho en uno de los slogans políticos más efectivos en la historia electoral estadounidense: Make America Great Again facilitó la elección de Reagan y la implementación e implantación del neoliberalismo como nuestro mejor y más lógico estado. Más recientemente, abrió la puerta para la elección y popularidad de ese personaje siniestro que es Donald Trump –y la amenaza del proto-facismo.  

Recordar contenidos de nuestra niñez con nostalgia no significa que esos recuerdos sean buenos. Sencillamente significa que estaban allí, asociados a cosas como el alimento o la diversión, naturalizados a fuerza de exposición y/o distancia. Especialmente cuando nuestro recuerdo bonito tenía su raíz o servía (y sirve) para justificar y reproducir la miseria ajena. 

Nos toca observar los símbolos que nos forjan, con las herramientas de la razón y la ética. Nos toca reconocer el racismo cotidiano, así esté convertido en Mamá Inés o Tía Jemima,  en nuestros más queridos recuerdos, en nuestra identidad misma. 

 

 

el mendigo, en tiempos de la cuarentena

homeless feet onlyEs viernes (creo que “santo”, no recuerdo y no importa demasiado). Cae una llovizna fina que casi parece nieve. Se nos ha acabado la leche. El aguacate que compramos hace tres días finalmente maduró.  Cuomo nos ha invitado a estar “cautelosamente optimistas”.

Desde que se nos rompió nuestro carrito de compras, hay que hacer compra con mayor frecuencia.

La muerte prematura del carrito fue cosa de la epidemia también. Es uno de esos que funciona solo en línea recta, que no tiene la capacidad de torque para ejecutar una curva. Andaba mi esposo empujando el carrito cuando se encontró de frente con una señora con cara de susto y desenmascarada (qué cosas, en estos días son los desenmascarados, no los enmascarados, los que meten miedo) y, tratando de evitarla, viró el carrito de forma tal que se rompió.

Pero ese es un cuento pequeño y aparte del que hoy me ocupa. Hoy fui a hacer compra, con mis dos bolsas gigantes, una en cada brazo, donde llevo lo pesado, y dos más pequeñas, una para cada brazo también, donde llevo lo liviano y/o delicado. En tiempos de cuarentena solemos desarrollar sistemas como éste para todo hacer o quehacer cotidiano. Esperando el cambio de luz en la esquina, se me acerca un mendigo, me dice (en inglés) Tengo hambre, deme un par de pesos, le digo No tengo efectivo (y es cierto, porque mi sistema involucra el uso, más simple, de una tarjeta de crédito, ya que pertenezco al sector privilegiado de los que tienen esa cosa, crédito, en este sistema), me insiste Tengo hambre, le sugiero que ya que voy al mercado, le puedo traer, cuando salga, alguna cosa. Mi sistema, añado con cierto orgullo, toma 10-15 minutos, a lo sumo. Y qué me trae, pregunta, Bueno, contesto, podría ser guineos, o manzanas, algún dulce, platanutres, Pues tráigame guineos, que sean dos y no estén demasiado maduros, porque no me gustan maduros, pero tampoco verdes, por supuesto, y ensalada de atún, asegúrese de que NO sea pollo sino atún, y que traiga uno de esos cuchillitos de plástico para untarle el atún a las galletas, Algo de beber, pregunto, No, gracias, contesta. Nos vemos aquí mismo, en quince más o menos, prometo.

Dentro del supermercado, tomo especial cuidado en conseguir lo que me ha pedido, en elegir los guineos del color preciso y asegurarme de agarrar el meal kit de atún, y no el de pollo. Añado unas barras de granola y un chocolate.

Otro cuento dentro del cuento, que viene, aunque no venga, al caso: en el proceso de ayudar a la cajera  a acomodar mis muchos artículos, y de separar los del hombre que me espera en una bolsita aparte, la tela de mi mascarilla homemade invade el área de mis ojos y digo en voz alta, en español y por impulso, Pera que no veo tres carajos, y la cajera se sonríe (que duchos nos hemos vuelto, en esto de reconocer sonrisas por encima de las máscaras que las cubren), y entre risitas y en un español muy boricua me contesta No se preocupe, que no hay prisa.

Regresando a la historia original, al fragmento de este diario wanabí que mantengo de mi Nueva York en los tiempos del coronavirus: salgo a la calle balanceando el peso de cuatro bolsas, miro el reloj, han pasado exactamente quince minutos, y mi mendigo no está en la esquina acordada. De hecho no está en ninguna esquina visible.

Pero allí, frente al mismo super, me encuentro con una mendiga, desenmascarada y con rosácea, tengo hambre, me dice, con la sonrisa más triste que he visto en mucho tiempo. Pues mire, le contesto, resulta que tengo esta bolsita, tiene guineos, atún, barras de granola… Y sin dejarme terminar, extiende unas manos muy blancas, muy limpias, y toma de las mías la bolsa que le ofrezco, con la sonrisa más feliz que he visto en mucho tiempo, Gracias, dice, Bendiciones, No es nada, le contesto. Y sé que realmente no lo es.

Me pregunto dónde podrá sentarse a comer, ahora que todos los parques de la ciudad están cerrados y los albergues, esos focos de infección ignorados, están llenos y no tienen sillas y mesas pa’ tanta gente.

Acabo de regresar a casa y terminar el tedioso trabajo de limpiar cada artículo. Mientras escribo en este diario, se me ocurre que hoy re-aprendí dos viejas lecciones. Una, que los mendigos no están como cualquiera pero son como cualquiera, que pueden tener preferencias alimentarias y capacidad para la travesura, para sonreír, agradecer, impacientarse. Tendencia al enojo, alergias a las nueces, canas, rosácea, manos de violinista clásica.

La otra, que la caridad es un mal parcho, que el capitalismo está lleno de agujeros, y que los pobres no nos deben nada.


Esta entrada forma parte de un diario de campo que voy escribiendo en los tiempos de la pandemia de COVID-19. Pulse aquí para ver la anterior, “el numerito diario en tiempos de la cuarentena”. 

El numerito diario en tiempos de cuarentena

coronavirus dead. Photo by Demetrius Freeman NYT
D.Freeman, New York Times

Hace un par de días, el gobernador anunció que en el estado llevábamos dos días de menos muertes. O de menos muertos. Nos recomendó recibir esos números con alguna esperanza pero mucha cautela. Hizo bien, porque al día siguiente, las muertes volvieron a aumentar. 731. 

Prefiero decir “muertos” a decir “muertes”. La muerte es una abstracción. El muerto tiene venas y neuronas, tiene nombre e historia, tiene algún reparo, algún remordimiento, alguna querencia, alguna virtud (tal vez sublime), algún defecto (tal vez imperdonable). Tiene listas de cosas por hacer, tal vez hasta ilusiones. Pueden ser modestas, tontas, improbables, vulgares, extraordinarias, pomposas, pero igual las tiene. 

Tuvo soledades, de seguro. Es parte de la condición humana, y digo condición así como  quien dice sustancia constante, independiente del estado, como cuando digo que agua, hielo y vapor son, al final, la misma cosa. Tuvo soledades, y probablemente sufrió la última, la más triste: la de apagarse solito en una camilla. Si tuvo suerte, mucha suerte, lo acompañó la lágrima o la sonrisa de una enfermera milagrosamente desocupada, y digo “milagro” porque no hay manera de adverbiar “carambola” (¿carambolosamente?), sé que podría decir “forma adverbial de” pero déjenme quieta, culpe a mi “estilo”, lo que sea que quiera decir “estilo”. 

A veces repasan algunas de sus historias. Las de los muertos, digo. Human interest, le dicen a ese tipo de noticia. A veces las leo lento y de cerca. A veces, para mi vergüenza, les paso el ojo por encima muy rápido, distraída, empeñada en llegar a lo que me ocupa, que es el numerito ese, el de las muertes que deberían ser muertos, como el muerto mismo cuya memoria mi prisa acaba de deshonrar. Así son la epidemias. Lo mismo pasa en las novelas. La Peste de Camus tiene muchas muertes y pocos muertos. Los muertos tienen el “privilegio” de serlo por razones literariamente importantes y humanamente arbitrarias. El más importante en La Peste es probablemente el niño sin nombre pero con apellido a quien el autor le dedica un capítulo completo. No fue el primer niño en morir, ni el más pequeño. Pero fue el primero que le quitó el aliento a esa piedra que es el médico, Rieux, el primero y el último que casi, casi le roba al cura su fe, esa misma fe que al final lo mata. 

Human interest. Las historias de interés humano que más le gustan a la prensa estadounidense (o al menos las más detalladas) son las de gente que gana la “batalla” con el virus. 

La “batalla”. Se me ocurre que en lugar de usar la guerra como metáfora para la epidemia, algún día usaremos la pandemia y la virulencia como  metáforas para la guerra. O eso espero. 

Agradezco los números, sin embargo. Agradezco ese esfuerzo de contar gente. Espero que mejore y se expanda para incluir a los que mueren en sus casas, pero me alegra saber que alguien los cuenta. Quiere decir que, de algún modo, cuentan. Con sus venas, sus historias, sus remordimientos y sus ilusiones, cuentan.  


 

Esta entrada forma parte de un diario de campo que voy escribiendo en los tiempos de la pandemia de COVID-19. La primera es El cuerpo en tiempos de cuarentena, y la anterior a ésta se llama El paseo en tiempos de cuarentena. 

 

 

 

 

el resumé, en tiempos de la cuarentena

No sé coser mascarillas

o cuidar plantas.

Disciplinar niños o perros

usar bien las comas, hacer ejercicio, tomar agua, masticar de día, dormir de noche, cortar uñas o pelos, adivinar las horas, meditar

pintar

implementar el positive thinking

poner vergüenza

recibir sonrisas de frente.

Respirar.

Leer.

 

Sé predecir el tiempo

y calcular la nota que canta la sirena.

Mirar pájaros de cerca y flores de lejos

estrujar papeles, tomar cerveza, poner acentos, tachar adverbios, construir listas de dos columnas y palabras de dos o cuatro letras

escribir con los pulgares

recibir el sol con ojo de pulpo

sentir viejas vergüenzas

encauzar la indignación propia y ajena.

Dormir de día.

Lavarme las manos.

 

Aprendí a quedarme quieta

a recitar pequeños conjuros con los dedos de los pies

a ver si el virus pasa de largo

sin tocarnos.

 


Esta es una entrada de mi diario de campo durante la pandemia del COVID-19. Serán narrativos, no creo que haya muchos poemas, pero a veces esas cosas pasan. La entrada anterior del diario es El paseo en tiempos de cuarentena, y la próxima se llama El numerito diario en tiempos de cuarentena.

 

El paseo en tiempos de la cuarentena

new york streetNuestra cuarentena no es absoluta. Se trata más bien de una forma bastante extrema del  “distanciamiento social” recomendado. Vivimos acuartelados, mi esposo, mi hijo y yo, en un apartamento neoyorkino. Dos o tres salidas muy breves al día. Comprar leche. Pasear a Leia, nuestra perrita.

Son paseos cortos. Tres bloques, tal vez. Le sirven a la perra para ejercitarse. Me sirven a mí para tomar el sol, cuando hay sol. Para ver algunas flores, ahora que hay flores. Narcisos amarillos, cerezos blancos. 

Siempre hay gente en las calles. No mucha. Ciertamente menos que antes. Caminamos todos en zig zag, para mantener los ya legendarios seis pies de distancia. Nos hemos vuelto todos intuitivamente medio matemáticos: adivinamos la geometría del cruce de dos líneas, la física de las trayectorias de las personas-objeto, las derivadas o integrales necesarias para decidir el cambio de velocidad que requiere maximizar la distancia entre nuestro cuerpo y el ajeno. Cuando por cualquier motivo me encuentro a menos de seis pies de cualquiera, me sorprendo aguantando la respiración y apretando la quijada. A veces nos ignoramos. A veces nos sonreímos. A veces nos saludamos, de lejos, gritando, casi. 

Cuando algún enmascarado hace contacto visual conmigo, me pregunto si está enfermo. Si está sonriendo. Si está haciendo alguna mueca, o susurrando alguna cosa. Si me está protegiendo, con su máscara, o protegiéndose de mí.

Nos distanciamos con más urgencia aún de las personas vestidas con el inconfundible uniforme verde o azul de los que laboran en los hospitales. Su trabajo es heroico, hoy más que nunca, y homenajeado con frecuencia en discursos políticos y medios sociales. Es un homenaje temeroso, culposo. Es distinto a, digamos, el de los bomberos después del ataque a las torres gemelas en el 2001. Son una especie diferente de first responder, héroe y vector a la vez. Casi nunca llevan máscara. Tal vez están descansando la piel, maltrecha por la presión cotidiana de tela, metal y goma. Tal vez, como yo, quieren sentir el sol en sus mejillas. 

En dos ocasiones, me he topado con un guante de látex tirado en el suelo. Mis reflejos me hacen retroceder, encoger los músculos del abdomen, tirar con fuerza de la correa de mi perra. Pienso, por primera vez en muchos años, en La Náusea de Sartre, en el cambio de la relación del protagonista con los objetos cotidianos. Me pregunto a quién le pertenecería ese guante y por qué estará allí, en mi línea de visión. Si se le habrá escapado a su dueño en una corriente de aire, si se le habrá caído en un descuido. Una vocecita interna, muy siniestra y muy leve (los pensamientos también tienen volumen) se pregunta si lo habrá dejado allí a propósito, para asustar a los peatones asustados como yo. 

De regreso a casa, le lavo las patas y el hocico a Leia en la bañera, y aprovecho para lavarme también las manos, cantando cumpleaños feliz dos veces, pensando en lo inapropiado de la canción pero añadiendo las patas de cangrejo y la cara de conejo, para ir a la segura. En la cocina, desinfecto el cartón de leche, me lavo las manos otra vez. Desde mi ventana, puedo ver el sol, si hay sol, y algunas flores, ahora que hay flores.


Esta es la primera entrada de mi diario de campo durante la epidemia de COVID-19. La próxima entrada es: El numerito diario en tiempos de la cuarentena, y la anterior es El cuerpo en tiempos de la cuarentena. 

El cuerpo en los tiempos de la cuarentena.

carta-de-la-quiromancia-de-una-palma-r-19238597El cuerpo en los tiempos de la cuarentena.
Espero que esto sea el inicio de una serie de micro-crónicas. Me viene bien, escribir.
Nuestros desastres, por cierto, son crónicos. Hace rato que,como “la crisis” dejaron de ser agudos. O tal vez “agudo” y “crónico” no son mutuamente exclusivos. No realmente.
He notado que en mi cuerpo va creciendo un mapa nuevo. Una cartografía (¿o será quiromancia?) del miedo al contagio.
Un nudillo en la mano derecha está dedicado a apretar los botones del ascensor.
La muñeca derecha, habitualmente escondida bajo la manga del abrigo liviano que uso en estos días de sol ocasional y viento infrecuente: esa es para rascarme la nariz.
El codo derecho es especial. En los días primeros, cuando todavía no hablábamos de distanciamiento social o cuarentenas, sirvió de sustituto para el abrazo. Pero ya no. Se ha convertido en la herramienta que uso para empujar puertas.
La mano izquierda suele estar dentro del bolsillo izquierdo del abrigo. La tengo al servicio exclusivo de un pañuelo desechable para el ocasional estornudo. No es un síntoma del virus que salta de cuerpo en cuerpo, sino de alergia, pero igual me calma un poco, el pañuelo, y espero que también al prójimo. A veces mascullo “allergies”, para ir a la segura. A veces mascullo “allergies” aunque esté sola en el ascensor.
Trato de reservar las yemas de los dedos para ajustarme los espejuelos.
En estos días, me voy conviertiendo en una suerte de navaja suiza, dedicada al manejo del miedo al contagio.
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Esta entrada forma parte de un diario de campo que voy escribiendo en los tiempos de la pandemia de COVID-19. La próxima es El paseo en tiempos de cuarentena.