resistencia

the-start-writing-own-poem-pencil-448Hoy no quiero escribir. De hecho no quiero hacer nada, al menos nada particular. Podría fregar los platos o hacer ejercicio. O escribir. Pero, no quiero escribir.

Así que escribo, y comienzo con esa oración: Hoy no quiero escribir.

Escribir no es una disciplina en el sentido popular de un castigo. La máxima inglesa de “no pain, no gain” no aplica. Escribir es una cosa que hacemos no para contrariar a la vida, sino para fluir en ella, para acurrucarnos en el día, para encontrarnos en el momento.

Hay días de resistencia. Días en que nuestra mente y nuestras manos no cooperan con nuestro propósito de escribir con frecuencia, de escribir a diario, de escribir. Tal vez porque nuestras manos desean ocuparse en alguna otra cosa. Tal vez deban ocuparse en otra cosa. O tal vez no desean ocuparse en nada, porque estamos tristes, ansiosas, o dispersas.

En esos días, mi experiencia ha sido y es que escribir contra la resistencia es, como dicen los Borg en la serie de Star Treck, fútil. Que escribir contra la resistencia es poner nuestra propia, humilde y personal resistencia frente a frente con la resistencia avasalladora del universo entero. Que escribir no puede ser una batalla. Si peleamos con la resistencia, perdemos. Natalie Goldberg tiene un nombre divertido para esa batalla pendeja. Lo llama “pelear con el tofú”.  Es pelear con una sustancia blanda que se escurre entre nuestros dedos y sobre la cual no podemos imponernos, por más fuerza de voluntad y disciplina que le queramos infundir al proceso.

Para escribir en días de resistencia lo mejor es sentarse cerca de la resistencia, tenderle una mano amiga, acompañarla, observarla. Y escribir a la manera en que algunas etnias le dedican tiempo al arte tradicional de pintar con arena: sin expectativas de permanencia, a sabiendas de que lo escrito puede irse lejos, con el viento, en cualquier momento. No hay promesa en la letra que surge cerca de la resistencia o, al menos, no hay otra promesa excepto la del escribir, la del proceso, la del estar en el momento, la de la oración que sale, la de la que le sigue, la del no importa, estamos escribiendo, estamos vivos, estamos aquí.

En días de resistencia solo resta rascar la página con la pluma y decir por escrito Hoy no quiero escribir o decir cualquier otra cosa, porque por cualquier parte es que se empieza, porque al final del día escribimos para nosotros mismos y para el presente, que es lo único que hay, que es lo único que importa.

En días de resistencia, que últimamente son los más, las oraciones salen con dificultad, fragmentadas, feas. La escritura no es inspirada sino lenta, entrecortada. Pero se me ocurre, entre una palabra y la siguiente, que la palabra oración es polisémica: en español, quiere decir también plegaria.

zombis

Como tantas otras parejas, mi esposo y yo solemos tener series favoritas, cuyos episodios vamos guardando en espacios como Netflix y Hulu para verlas juntos, en algún wikén de asueto, acurrucados en el sofá, vaso de vino, plato de queso, candungo de helado en mano. Así, al unísono, hemos visto The Wire, House of Cards, The Sopranos, Making a Murderer y muchas otras…Nuestros gustos son parecidos.  Ahora bien: hay un programa en particular que es solamente suyo. Yo no lo veo. No es que me aburra o que cuestione su calidad, es mucho más que eso:  Es que evito pasar cerca de la tele cuando mi esposo lo está viendo, es que me repliego hacia otra parte de nuestra pequeña casa, cualquier parte, con tal de no tener que escucharlo.  Es que siento miedo.

Sí. Soy una mujer adulta, cuarentona incluso, que le tiene miedo a los zombis de The Walking Dead.  

Y eso que los protagonistas de la serie no son los zombis, sino un grupo de seres humanos ingeniosos, guapos y heroicos que avanzan y sobreviven en el paisaje distópico que es nuestro planeta tras una epidemia que zombificó a la mayor parte de la población. La epidemia, estrictamente, no ha terminado: cualquiera de los héroes puede contagiarse en cualquier momento.  Los zombis tenían un papel importante al principio de la serie y constituían la amenaza más mortal para los protagonistas, pero pronto, a medida que el programa avanzaba, se fueron convirtiendo en una amenaza mucho menor, casi una especie de  telón de fondo para la saga de los humanos, que ahora pelean mayormente entre sí. Mi esposo me explica todas estas cosas desde la sala, me invita a regresar al sofá. Los zombis ya no importan mucho, dice, los malos del asunto son ahora Fulano y Perencejo, echa pa’cá. Pero  los ruidos que hacen las bocas y los pasos lentos de esos seres muertos en vida, siempre presentes en el programa, son insoportables para mí, son una bandera roja que me invita a proteger la mirada y los oídos del paraje de horror que la serie retrata, que me conmina a replegarme a mi escritorio, como hice ahora para escribir esto.

No se trata de un terror que arrastro desde la infancia. Desde que tenía, cuando más, unos diez años, he sido agnóstica, y entonces era también bastante irreverente. Como no creía en seres sobrenaturales, tampoco creía en criaturas de pesadilla, de modo que los zombis no me daban mucho miedo, y evitaba las películas de horror solo porque me asqueaban o aburrían.  Así que no, los zombis no son una pesadilla de mi niñez. Mi miedo a los zombis comienza en 1994, cuando yo tenía veintitantos, y creo que surgió poco después de ver una película (bastante floja) que se llamaba El príncipe de las tinieblas. Allí los zombis tampoco eran una amenaza concreta, o por lo menos una amenaza importante: el malo de la película era satanás o algún aparato por el estilo.  Pero fíjate, lectora, qué cosas: a mí no me causó miedo el diablo de la película, pero me infundieron espanto los pobres zombis, que ni siquiera, que recuerde yo, atacaban a alguien en la película. Sencillamente deambulaban por ahí, y su vagar, su mera existencia, fueron suficientes para atemorizarme.

Yo estaba embarazada en aquel momento, cargaba en la panza a mi primer hijo. De modo que le atribuí este terror nuevo –a la película y a las pesadillas posteriores sobre los zombis caminando hacia mí, o hacia mi bebé– a las hormonas. No es una idea del todo descabellada. De hecho a partir de cada uno de mis dos embarazos, mi talante ya nerviosito de fábrica se volvió más alerta aún, y en los meses posteriores a cada nacimiento exhibí  síntomas que son bastante comunes entre madres ansiosas, cosas como escuchar llantos de bebé mientras nuestro infante duerme apaciblemente, tener pesadillas absurdas en donde el bebé corre peligro, pasar noches en vela con la angustia de que pueda sobrevenir alguna catástrofe.  Pero hoy, escribiendo esto, se me ocurre que hay algo más. ¿Por qué precisamente los zombis?  ¿Por qué no los vampiros, los hombres-lobo, o el diablo mismo? Cucos de sobra hay, pero mis ansiedades parecen enfocadas en zombis, y no en fantasmas o monstruos, y parecerían haber perdurado mucho más allá de ese primer embarazo.

Como en otras tantas ocasiones, traigo mis preguntas a la página, con la ilusión de que la página, tan generosa como otras veces, me ayude a dilucidar mi propio y desordenado pensamiento. A veces no pensamos para escribir sino que escribimos para pensar, o para pensar mejor. Así, y evitando los sonidos de los zombis en la sala, escribo y recuerdo.

El año 1994 no fue solamente el de la película y de mi parto. Fue también el año en que me alejé de mi propia madre, por segunda vez. La primera vez que nos separamos bruscamente, en 1980, yo era una nena de nueve años, y el alejamiento fue provocado por fuerzas externas a mí: Incapaz de criarnos o cuidarnos, incapaz incluso de cuidarse a sí misma, mi madre, Teté, accedió a desprenderse de mí y de mi hermanito, y nos llevaron a vivir con otros familiares. No tuve contacto real con ella hasta una década más tarde, cuando ya yo estaba en la universidad, tenía un trabajito, y me movía bastante libremente por el mundo en mi propio y destartalado automóvil.  No recuerdo cómo me encontró, aunque sí recuerdo que el contacto fue por carta, y que necesitaba dinero. Reanudamos la comunicación y empecé a visitarla.

Teté vivía muy pobremente.  Después de nuestra separación había empezado viviendo en casas de amigos o familiares, luego en un cuartito rentado en una de esas casonas viejas del Viejo San Juan, luego en un caserío, en un apartamento de renta subsidiada, de nuevo en casa de amistades, en otro apartamento subsidiado en un edificio que fue clausurado, y finalmente en la calle. No tenía, por lo tanto, teléfono ni residencia fija, pero sí tenía mi número y mi dirección, y cuando estaba desesperada se comunicaba conmigo por medio de teléfono o carta. (Esto fue en la primera mitad de los noventa, antes de que los celulares se pusieran de moda.) Yo recibía sus llamados de auxilio (o casualmente la visitaba justo cuando ella estaba preparándose para escribirme), y como resultado movilizaba todas mis fuerzas internas y los pocos recursos externos a los cuales tenía acceso para “resolverle”.

“Resolverle” implicaba a veces cosas sencillas, como pasarle algún dinero de lo poco que yo ganaba, o hacerle una compra. En otras ocasiones eran cosas un poco más complicadas, como aquel día memorable en que logramos obtener, mis amigos y yo, una nevera usada y de alguna manera se la llevamos al apartamento que ocupaba entonces, para que pudiera guardar alimentos en la casa y no se le hiciera tan caro y difícil comer. (Perdió el apartamento, con todo y nevera, poco después.) En otras ocasiones, más complicadas aún, el reclamo era uno de ayuda de otro tipo, y así recorrimos juntas el paisaje mísero de las posibilidades rehabilitadoras de nuestra isla: iglesias, hogares CREA, hospitales,clínicas, refugios, ninguno de los cuales supo o pudo lidiar con las múltiples carencias que se ocultaban en Teté bajo el manto fácil y engañoso de palabras como “adicción”, lugares de los cuales ella, si se quedaba allí,  terminaba escapando indignada o asustada, para luego llamarme o escribirme con una nueva crisis.

En 1994, estando yo a punto de parir, poco antes de ver la película esa del Príncipe de las Tinieblas que despertó en mí el miedo irracional a los zombis, llegó otra petición de ayuda de Teté.  Le resolví como pude, creo que con algún dinero. La llevé a tomar café y comer mallorcas y luego nos paseamos  juntas — yo con mi barriga enorme y a punto de reventar enfundada en una mumu, ella con su cuerpo flaco y vestido con ropa vieja tres tallas demasiado grande— por las calles del Viejo San Juan, donde mi madre era parte de un círculo amplio de deambulantes. Conocí varios de ellos ese día, reconocí otros que había visto anteriormente. Algunos eran alegres y simpáticos. Otros eran reservados pero amables. Otros estaban serios y me miraban sin sonreír. Unos pocos le hablaban en voz alta a seres invisibles. Algunos, me explicó mi madre en voz baja, eran malvados, y atacaban al prójimo, amparados en la oscuridad de la noche. Las mujeres deambulantes, me explicó, casi no pueden darse el lujo de dormir.

Un conteo reciente indica que hay cerca de 4,500 personas y 3,800 familias sin hogar en Puerto Rico. Las razones son diversas: en algunos casos se trata de pobreza, simple y llana; en otros, se trata de adicción. Aún otros son casos de salud mental. Muchos casos combinan más de una de estas razones, y algunos casos son complejos (y pueden quedarse sin contar) porque tienen techo parte del tiempo: se quedan en casa de algún familiar, de algún amigo, hasta que el arreglo no funciona o hasta que los botan y quedan en la calle otra vez. Otros casos (que se quedan también muchas veces sin contar) son fronterizos, porque la persona o familia vive en un edificio o estructura deshauciada, siempre próxima a una demolición que se cierne sobre ellos como un designio fatal pero sin fecha fija. Hay quien tiene techo pero pasa tiempo con la comunidad de deambulantes porque tiene amigos allí, o porque allí encuentra víctimas fáciles y vulnerables para el abuso, el robo o la violación. En todo caso, ser deambulante conlleva perder más que un techo.  Es también, para muchos, perder trozos de dignidad, de esperanza, de ilusión, de alma.

Teté y yo nos despedimos con la promesa de vernos pronto, y con mi resolución interior de, de alguna manera, hacer más por ella, ayudarla mejor. Me angustiaban las preguntas obvias: ¿Cómo terminó así, en la calle, esta mujer guapa, inteligente, nacida en la clase media? ¿Qué podía hacer yo que no hubiera hecho ya? ¿Cómo resolver problemas prácticos, inmediatos, como el hecho de que estaba expuesta a los peligros, o el problema de no tener cómo guardar y conservar alimentos? Me angustiaba también lo que su estado implicaba: Que eso de ser deambulante le puede pasar a cualquiera.

Parí unos días más tarde.  Esas primeras semanas posparto están rodeadas, en mi recuerdo, de la neblina espesa de la falta de sueño, la falta de dinero suficiente, las angustias de los padres y madres nuevas e inexpertas. Cuando mi bebé tenía cuatro meses, recibí una carta de Teté, pidiendo auxilio, y fui a visitarla y a llevarle unos chavitos.

Teté no quiso tomar a su nieto en brazos, solamente acarició su manita. Entonces le expliqué, entre sollozos, que por algún tiempo no podría ayudarla, o que al menos no podría responder como solía hacerlo. Que tenía los nervios destrozados a partir del nacimiento del bebé. Que ese niño ocupaba todas mis ansiedades, y que yo no daba para más. Que podía mandarle algún dinerito por carta de vez en cuando pero visitarla no, que nuestras visitas me chupaban la fuerza, las ganas, el vivir.  Teté no lloró.  Dijo escuetamente que entendía, que no había nada que perdonar. Fue la última vez que la ví en varios años.

De vez en cuando me escribió, y yo siempre contesté, pero a los pocos meses sus cartas dejaron de llegar. Eventualmente supe que tras un año deambulando por las calles de San Juan y Río Piedras y sufriendo las atrocidades que sufre una mujer sola sin hogar, alguno de los lugares de rehabilitación a los que todavía acudía en busca de ayuda la había embarcado (con pasaje de ida solamente, una práctica común) con destino a Texas, en donde (tal vez) tenía un medio hermano.

Le perdí la pista por varios años, hasta que otra de sus cartas me encontró. Pero la historia de esa otra carta y de nuestro reencuentro no viene al caso ahora. Lo que viene al caso son los zombis.

Y es que este miedo irracional mío a los zombis se activa y se extiende cuando me encuentro con algunos deambulantes. Para ser más clara: A veces veo deambulantes y me da miedo. Sí, ya sé, lector, eso no es razonable ni correcto, y tal vez es especialmente escandaloso porque lo digo yo. Porque yo describí de hecho en un librito, que se llama Mi Tecato Favorito Y Otras Crónicas, la enorme y hermosa sonrisa del mendigo a quien saludaba y me saludaba todas las mañanas. He escrito y hablado en numerosas ocasiones acerca de los peligros económicos, políticos y sociales que plantea la desigualdad. Creo que una sociedad moral y justa se asegura de que todos sus miembros tengan techo y comida. No creo en estereotipos que criminalicen al deambulante.  Tengo una madre deambulante. Mi miedo, en fin, parece no tener sentido… Pero déjame explicarte, para poder entenderlo. Déjame seguir escribiendo un poco más.

Lo que yo tengo y vengo a dilucidar aquí es el miedo irracional que siento cuando voy por ahí y me encuentro con un grupo de deambulantes caminando (¿deambulando?)  lentamente, porque es el mismo miedo que siento cuando salgo de la cocina y tengo que evitar la sala para no ver a los zombis de The Walking Dead… No es el miedo concreto de que me vayan a hacer algo, sino el miedo abstracto y borroso del horror fantástico. Ese miedo irracional no es tanto con los deambulantes a quienes les quedan fuerzas para conectar con el mundo con el brío de una sonrisa o incluso el de una súplica articulada. Mi miedo es más bien provocado por los que parecen haber perdido visiblemente toda esperanza, arrastrar los pies mientras esperan la muerte; por esos cuerpos errantes que parecerían estar perdiendo lo que les queda de alma frente a nuestros ojos que no ven, cuerpos que nos sentimos con frecuencia forzados a ignorar, tú también los has ignorado, lector, has tratado de no verlos, no me juzgues, por favor, no me juzgues, piensa que ignorarlos no es moralmente mejor que sentir miedo, déjame terminar de contarte la historia de mi propio, privado y pequeño tormento.

Creo que el miedo a los zombis que se asentó en mi alma en 1994 tuvo algo que ver con las hormonas del embarazo y del parto, sí, pero también con el hecho de que perdí a mi madre por segunda vez y que en esta ocasión fue decisión mía, que lo hice llorando pero a conciencia, porque no podía o no sabía ayudarla, porque no me daba el alma, porque no me bastaba el corazón, porque mi deambulante Teté no cabía en mi vida, porque “resolverle” se me había convertido en un acto constante, agotador y sin fruto, sin resolución, sin clausura, porque ahora yo era madre de un bebé y eso me había despertado a saber que resistencias latentes a la actividad eterna de hacerle de madre (madre fútil, madre incompleta, madre incapaz) a la mía propia.

El miedo a los zombis surge de la tristeza sin fondo de nunca haber podido devolverle a mi Teté el canto de alma que le faltaba. El miedo a los zombis es el miedo a mi propio potencial, y al tuyo, para perder pedazos del alma propia. En las circunstancias adecuadas, todas y todos podríamos tornarnos en zombis de carne y hueso, no de película, y escribiendo descubro que es probablemente ese miedo, lectora querida, ese miedo, el que me atormenta y que en una mañana de domingo me obliga a cerrar los ojos y apresurar el paso, camino a mi escritorio, para no ver ni escuchar la representación televisiva de la desesperanza, para ignorar mejor los gritos de seres que de alguna manera podrían muy bien ser como nosotros, que alguna vez lo fueron, y que hoy son el horror que no sabemos resolver.

 

¿quién es “escritor”?

He visto esa pregunta, y algunas posibles respuestas, articuladas de alguna manera en varios formatos:conferencias, Facebook, libros, revistas. Me la he planteado en privado–después de todo, la pregunta para mí se torna personal, porque le dedico a la escritura una buena parte de mi tiempo. Hay quienes lamentan la proliferación de “escritores” y nos conminan a preservar la autenticidad de la etiqueta. Y es cierto que hay seres que, nada más con agarrar el lápiz o la computadora, se mientan escritores, y que esto puede resultar  ofensivo para aquellas personas que le dedican tiempo, amor, esfuerzo y talento al oficio…Pero también es cierto que la definición del oficio no está clara. Y tal vez es mejor que no lo esté.

Hay quien piensa que el verdadero escritor es aquel que publica trabajos aclamados por la crítica. Y ciertamente que hay muchos escritores excelentes cuyos trabajos son en general aclamados por la crítica. Pero un problema con ese criterio es que también hay escritores que publican poco o nada. Esas cosas pasan. Le pasó a Edgar Allan Poe, por ejemplo. Y a Kafka. A Ernesto Sábato lo leemos porque sus amigos sacaban los borradores del zafacón.  Otro problema es que hay escritores que publican abundantemente pero cuyos trabajos no nos gustan, no nos parecen literatura. ¿Son estos últimos verdaderos escritores?

Peor aún resulta el criterio de ganarse la vida con el oficio. Pero increíblemente, es muy común. Si a usted le preguntan en una fiesta ¿A qué se dedica usted?, y usted responde alegremente “escritora”, la reacción será siempre o casi siempre una de sorpresa, seguida por alguna pregunta sugestiva, como por ejemplo: ¿En serio? ¿Le pagan por escribir? ¿Se gana la vida con eso? O tal vez algo aún más torpe, como ¿Ah, sí? ¿Qué ha publicado, alguna cosa que yo haya leído? Lo cierto es que muy poca gente puede ganarse la vida con la escritura, al menos en tanto literatura, y que las escritoras que logran ganarse la vida con su oficio lo logran a través de empleos en ámbitos donde la palabra escrita tiene un valor definido en términos económicos, como periodismo o mercadeo. Yo misma trabajé como escritora en una organización sin fines de lucro, produciendo blogs e informes. Pero cuando hablo de “mi escritura” no me refiero a eso, sino a las cosas más creativas, las cosas donde dejo el alma, las cosas que me dejan poco o ningún dinero.

Entonces, ¿quién es “escritor”? ¿Qué hace a una persona “escritora”?

No tengo una respuesta definitiva. Al final del día, las respuestas están al menos en tres lugares distintos: el ojo del que se piensa escritor, el ojo del lector, y el ojo, mucho más lento, de la historia y la literatura en su conjunto. Todas ellas son probablemente válidas, cada una a su modo.

Como lectora, me parece que hay dos modalidades de escritor, y que ambas pueden coexistir en la misma persona: la persona que se gana la vida con el oficio de construir significado a través del texto (escribiendo, digamos, discursos para una senadora), y la persona que hace arte, literatura o comunicaciones que nos mueven de manera profunda o que nos entretienen de manera eficaz.

Como escritora, y esta definición es por supuesto aún más subjetiva, creo que la diferencia entre una “escritora” y una persona que sencillamente “escribe” tiene que ver con cuatro cosas. En orden de importancia, ellas son 1)la necesidad imperiosa de escribir, 2)la práctica de escribir con frecuencia, 3)la inclinación por mejorar la técnica y el estilo, y 4) el talento natural. La cuarta cosa existe pero es muy difícil, si no imposible, de medir con alguna eficacia. Son entonces las primeras tres las que me parecen cruciales, y es la primera la que me parece esencial. El escritor NECESITA escribir. No puede evitarlo, aunque no le paguen, aunque no lo lean, aunque nadie lo quiera publicar, aunque tenga otras mil cosas que hacer.

¿Quién es la escritora, el escritor? El que no puede evitar serlo.

san bernardino

ap_6759794093481_wide-2d9f92d6f2f25165500d8086c7faa9f35ef54ebb-s800-c85Algunos de mis lectores, probablemente porque saben que actualmente vivo en el sur de California, me han pedido que escriba algo sobre la masacre reciente en San Bernardino. No es mucho lo que se sabe, no es mucho lo que puedo escribir sin ponerme a especular y correr el riesgo de decir alguna idiotez, pero lo sucedido sí nos ha marcado profundamente y aprovecho esta ventana del bló, como lo he hecho en otras ocasiones, para procesar lo que ocurre y compartirlo con ustedes. Me ha sorprendido un poco ver que las noticias sobre este particular en mi feed de Facebook han sido pocas, y tal vez este resumen contribuya un poco a poner el asunto en perspectiva, porque me parece importante y relevante para nosotros los puertorriqueños, en la isla y en la diáspora.

Los hechos: El miércoles de esta semana que ahora termina, 2 de diciembre, una pareja joven (él de 28, ella de 29 años) irrumpió en las oficinas de un edificio que alberga agencias gubernamentales y donde en ese momento se llevaba a cabo una fiesta de Navidad para los empleados.  La pareja llegó armada hasta los dientes, con armas cortas y largas y abundantes municiones, y mataron en el acto a catorce personas, hiriendo a 21 más. Lograron escapar del edificio antes de que la policía pudiera intervenir, dejando tras de sí una bomba de fabricación casera que, ya sea porque falló o porque fue desactivada por la policía, no llegó a detonar.

El hombre, de apellido Farook, era empleado del centro y fue reconocido por algunas de las víctimas, a pesar de llevar la cara cubierta. Fue así que la policía logró ubicar a los atacantes, con quienes se enfrascó en un tiroteo que dejó a ambos atacantes muertos y a varios policías heridos, ninguno de gravedad. Farook era ciudadano americano, hijo de emigrantes pakistaníes, y su esposa, de apellido Malik, había nacido en Pakistán, se había criado en Arabia Saudita, había conocido al que sería su marido a través del internet, y entró  a Estados Unidos legalmente, con una visa de “fiancé”, obteniendo luego de su boda una tarjeta verde provisional. Tenían una hija bebé de seis meses, a la que habían dejado cuidando con la madre de Farook antes de ejecutar su macabra hazaña. Ninguno de los dos estaba bajo investigación por conexiones terroristas antes de los eventos del miércoles.

El día de la tragedia, Malik expresó su lealtad a ISIS en su página de Facebook. ISIS, por su parte, ha celebrado en línea el trabajo de sus admiradores en Estados Unidos, pero aún no se han revelado al público conexiones o mensajes concretos entre la organización que se hace llamar “estado islámico” y los atacantes.

El FBI ha declarado la investigación una de terrorismo formalmente, y se ha hecho cargo de la misma. La evidencia más importante, de momento, son las bombas construidas y a medio construir que encontraron en la casa de la pareja, los teléfonos rotos que dejaron atrás, y otros contenidos de la casa donde Farook y Malik vivían.

Mas allá de la obvia inseguridad, miedo, y sensación de tragedia que la masacre del miércoles plantea, hay un par de issues que requieren la atención de una ciudadanía responsable:

  • La importancia de evitar que las comunidades musulmanas (o que sencillamente “parezcan” musulmanas aunque no lo sean, como los Sikh) no se conviertan en el blanco de aquellos que piensan que el terrorismo se atiende atacando a las comunidades que comparten la religión o etnia del terrorista. Esto se particularmente urgente si tenemos en cuenta que la mayor parte de los ataques de este tipo en Estados Unidos han sido llevados a cabo por hombres blancos, ideológicamente motivados, en lugares como clínicas de Planned Parenthood o iglesias afroamericanas.
  • La importancia de regular el acceso a adquirir armas y en particular armas poderosas. Estados Unidos tiene las regulaciones más laxas entre todas las naciones desarrolladas, y consecuentemente es la que tiene también la proporción más elevada de “mass shootings”. El partido republicano en Estados Unidos, encamado con la NRA, pretende que este estado de cosas no cambie, y ofrecen en cambio sus plegarias y buenos deseos, pero en términos prácticos, complicar la adquisición de armas ayudaría a hacer estos crímenes más difíciles. Después de todo, la mayoría de los mass shootings en Estados Unidos en los últimos años fue llevada a cabo con armas obtenidas legalmente.
  • La importancia de no permitir que lo sucedido nos lleve a impedir el acceso de refugiados sirios desesperados a Estados Unidos y otra países receptores. Los refugiados están en su mayoría huyendo precisamente del terrorismo, y organismos como ISIS busca precisamente eso, que los rechacemos, para que así confirmemos su poderío y sus narrativas acerca del occidente.

Cierro el pico por ahora. Ahí está el resumen. Contrario a mi costumbre, no he dejado enlaces en el texto a las noticias relevantes porque son muchas y están siendo revisadas constantemente. Pero una búsqueda simple con las palabras “San Bernardino” y “news” debe proveerle toda la información que necesita. Hasta ahora mi cobertura favorita ha sido la de NPR, especialmente la emisora local KPCC, pero también puede visitar Los Angeles Times para noticias, y The New York Times y Slate, entre otros, para artículos de opinión. También puede dejar preguntas aquí o en mi página de Facebook. Gracias por leer. –rb

ninfas

Por lo general–no siempre, pero sí casi siempre– llego a la ventana donde escribo las entradas del blog resuelta, con muchas ganas de escribir, aún cuando el tema es triste. Pero el tema de hoy me resulta no solamente triste sino profundamente incómodo. He empezado a escribir esta entrada como tres veces y las tres me he detenido. Las oraciones no fluyen con facilidad, las palabras apropiadas se me esconden. Decidí no escribir, pero luego decidí que sí había que escribir, precisamente porque el tema es incómodo.

La inspiración, por llamarlo de alguna manera, fue un enlace que una amiga a quien recurro como curadora/agregadora de noticias compartió en Facebook. El artículo enlazado, publicado en el periódico británico The Guardian, narra la experiencia de dos mujeres, madre e hija, en el tren. La niña, apenas asomándose a la adolescencia, fue hostigada por un hombre adulto que tras sentarse junto a ellas empezó a hacerle preguntas y comentarios como “pretty, pretty, pretty” de una forma que hizo que niña y madre se tensaran pero que también, a la vez, se sintieran profundamente indefensas.

El ensayo es bueno e importante, y me trae aquí a escribir por dos razones: 1)porque me trajo recuerdos de eventos que hace mucho, mucho tiempo no recordaba y 2)porque repite o refuerza una manera de ver la situación que me parece un tanto desacertada.

Describo el recuerdo primero, para poder atender entonces el #2. Es una colección de recuerdos, más bien, eventos que de nuevo, hace mucho, mucho tiempo (treinta años o más) que no me pasaban, al menos conscientemente, por la mente. A los once o doce años, sentada en las gradas de un circo que visitaba mi pueblo, noté que uno de los payasos me guiñaba el ojo repetidamente. Al principio pensé que el pobre hombre tenía un tic. Eventualmente me di cuenta de que algo  estaba mal, que había algo mal en esa interacción, en su sonrisa, y me sentí, lo recuerdo bien, sucia, contaminada de algún modo. Se lo conté a la persona adulta que andaba conmigo, no recuerdo quien era, y a la persona–esto es importante–le pareció de lo más divertido. Mira qué cómico, a Rimita le está haciendo cucasmonas el payaso.  El segundo recuerdo: estoy sentada con mi familia, también a los once o doce años, en un restorán. Recuerdo que era un restorán de pescado y mariscos pero no recuerdo dónde, o quiénes estaban exactamente sentados a la mesa. Lo que sí recuerdo es un hombre adulto, sentado a una mesa cercana con la que claramente se trataba de su esposa y con su bebé en una sillita, que también empezó con las guiñadas y las sonrisas. En esta ocasión no se lo dije a nadie, aunque me sentí igualmente ensuciada, tal vez hasta más. Lo mismo me pasó en otra ocasión (tercer recuerdo), para esa misma época, con un mesero en un restorán a donde fui a comer con mis abuelos. En esa tercera ocasión tampoco le dije nada a los adultos que andaban conmigo, aunque –ya más preparada por mis dos experiencias anteriores– logré mirar para otro lado e “ignorar” los avances del tipo (en las dos ocasiones anteriores los había mirado de vuelta, no por atracción sino por puro pasme). En esos tres casos, los individuos se limitaron a sonrisas y a guiñadas. Poco después tuve otros encuentros donde otros hombres adultos abiertamente me hicieron comentarios parecidos al “pretty, pretty, pretty” del artículo, pero ya no quiero escribir más sobre esos episodios, así que me disculpan.

Y ahora sí, al #2: en el ensayo que escribe la madre sobre la experiencia con la hija, la señora se culpa un poco de lo sucedido porque la niña salió de la casa con una falda corta y con una chaqueta (blazer) de la madre, atuendo que la hacía parecer tal vez mayor. El motivo por el que esta aseveración me parece desacertada no es tanto que la ropa no debería importar (aunque eso es cierto) como que me parece, basándome en mi experiencia, que el individuo que hostigó a la muchachita no lo hizo por confundirla con alguien mayor sino todo lo contrario, justamente porque era muy jovencita. Hay un estereotipo muy común, y a mi manera de ver muy dañino, que sugiere que las niñas que reciben estos avances con mayor frecuencia son jovencitas que se han desarrollado físicamente más que sus compañeras y/o que son particularmente coquetas o seductoras. Yo no creo que eso sea cierto. Creo que las niñas que desarrollan curvas antes que sus compañeras reciben más atención de sus pares, de otros niños, y tal vez de adultos confundidos o inescrupulosos, pero que muchos de los tipos que hostigan nenas extremadamente jovencitas saben muy bien que se trata de nenas. Los eventos que describí arriba me ocurrieron cuando yo tenía doce años, y yo no estaba, para nada, particularmente desarrollada. En todo caso, mi físico flaquito era más consistente con lo que llaman late bloomers, y no era coqueta sino por el contrario, extremadamente tímida.

El tema del hombre que se siente atraído por niñas muy jóvenes se trata famosamente en la literatura en la novela Lolita. Aunque la palabra “lolita”, tal vez debido a ese estereotipo que menciono, se usa con frecuencia para referirse a niñas seductoras, en la novela de Nabokov vemos a la niña solamente a través del ojo distorsionado y perverso del narrador, y por ende la vemos solamente como objeto, una nymphet hacia la cual el narrador se siente atraído no a pesar de su inmadurez sino precisamente porque es inmadura, porque es una niñita.

He escrito, he llegado hasta aquí, y francamente la incomodidad no se me quita, de manera que creo que me voy a detener. No sin antes plantear lo que me resulta una implicación clara de este fenómeno: la reacción de los adultos ante este tipo de cosa es importante. Los adultos que me acompañaban no tenían que haberse reído porque el payaso me hacía “cucasmonas”. Que un hombre adulto coquetee con una niña está mal, punto, y tolerarlo, o encontrarlo divertido, le hace violencia, ultimadamente, a la niña, aunque esa niña no recuerde lo sucedido durante treinta años. Ignorar estos sucesos reproduce un orden social donde las niñas (y las mujeres) son vistas como un blanco fácil, una presa legítima, una cosa.

 

la felicidad, unabridged

Tal vez es una cosa de la medianía de edad, y si es así me disculpo de entrada con mis lectores más jóvenes, pero últimamente me ha dado con pensar en la felicidad.

Y es que en la cuarentena de la vida suele haber un bajón. Dice la novelista Rosa Montero que probablemente eso se debe a que en los cuarenta descubrimos que la muerte nos persigue, “con sus orejas amarillas.” Que de hecho escribimos para mantenerla a raya.

Creo que eso es cierto de los escritores. Habrá quien mantiene la muerte a raya haciendo jardinería, pintura, estudios académicos, escultura, ejercicio, el amor o cualquier otra cosa que lo apasione y haga trascender.

La sabiduría popular, que a veces no es muy sabia, suele referirse a ese bajón como la crisis de la edad mediana. Mid-life crisis. Algunos científicos proponen el modelo de la vida como una letra U, en donde el punto más bajo de la U representaría la medianía. Ese modelo me gusta porque trae buenas noticias: hay un bajón, pero luego un aumento en la felicidad.

No soy científica, al menos no dedicada al estudio de esas cosas, pero sospecho que ese movimiento hacia arriba tiene que ver con una expansión de nuestra definición operacional de “felicidad” que nos permite ir mas allá de la alegría, de la euforia, incluso o especialmente de los signos de admiración que se multiplican en espacios como Facebook y que nos acusan constantemente de no estar suficientemente felices, que nos invitan a estarlo a la cañona y de maneras prescritas.

Una expansión de la noción de “felicidad” que nos permita abrazarla como una práctica que incorpora emociones como la indignación o la tristeza. Porque me perdonan, pero para ser feliz simplemente, sin rabia, sin melancolía, hay que estar bastante lejos de la realidad.

Pensar en la felicidad es un privilegio de clase y geografía. Ese conocimiento le da un sabor agridulce a mi felicidad, cierto, pero no cambio ese sabor por el de una dulzura tonta, desabrida. Tampoco lo cambio por una amargura profunda y sin remedio.

Como en todo, en esto de practicar la felicidad expandida, aprendo de mis amigas. Una de ellas me dice que su tristeza es como una mantita cálida.  Me gusta mucho ese símil. Mi amiga permite que la tristeza la arrope y la acompañe en las tardes lluviosas. No la engaveta para no bregar con ella, no se ahoga en ella hasta la parálisis. La convierte en parte de su felicidad, la invita a tomar chocolate.

Tengo a mi perrita en la falda, me tomo un café, escribo estas letras, y descubro que hay una cierta forma de alegría calma que también es como una mantita. Que también es parte de mi felicidad.

 

 

 

 

 

 

 

tetas,penes y silencios

muralLlevo un par de días tratando de entender este asunto de los penes. Bueno, no un par de días, realmente, porque durante estos dos días he estado haciendo muchas otras cosas que no necesariamente involucran esta preocupación.

Tampoco el asunto de los penes en general, aclaro, en cuanto a tema literario u objeto anatómico, sino a la exhibición de dos penes particulares frente a un mural, una exhibición que se lleva a cabo, supuestamente, como una especie de…protesta. De protesta a…la protesta. Porque los individuos que así se exhiben lo hacen, aparentemente y según la noticia de TuNoticia, en protesta a la protesta reciente que un grupo de mujeres sin camisa hiciera frente al mismo mural.

La lógica de los pechos desnudos de las mujeres estaba clara: Al mural, que mostraba senos descubiertos, lo habían vandalizado (en inglés se diría que le habían quitado la cara, “defaced”, y esa expresión me parece que viene al caso aquí) seres anónimos que cubrieron esa sección del mural con pintura blanca en forma de sostén.  De modo que la protesta de las mujeres con los senos al aire es una forma de decir “aquí estamos”, “al que no quiere caldo le dan tres tazas”, ese tipo de cosa. En fin, que hay una relación directa entre la acción simbólica a través de la cual se protesta y el objeto de la protesta en cuestión. Usté borra los senos, le mostramos otros senos. Simple. Directo.

¿Cuál es entonces, me he estado preguntando, la relación entre los penes al aire y lo que sus dueños protestan?

No debe ser un “aquí estamos” o un “al que no quiere caldo”, debo suponer, porque las tetas expuestas no suprimen a estos señores de modo alguno, no persiguen invisibilizar su hombría o mucho menos el arte, si alguno, que dicha hombría pudiese inspirar. El “aquí estamos” que estos sujetos plantean tendría tal vez sentido si las dueñas de las tetas, en lugar de protestar sin camisa, le hubiesen puesto calzoncillos de Glidden al David u otra estatua por el estilo. Pero eso no fue lo que pasó.

Supongo que no he estado preocupada con el asunto de los penes, entonces y después de todo, sino más bien con esto de protestar la protesta. De protestar “este tipo de protesta feminista”, dice la noticia. O sea ¿que están protestando al feminismo que se desnuda, a un feminismo físico que usa al cuerpo como vehículo de expresión?

Y si esa es la protesta, ¿no pertenecen acaso a la misma categoría de seres que le puso brassiere al mural?  Creo que sí, y creo también que, curiosa cosa, aparecen así combinadas dos estrategias aparentemente opuestas, la de tapar y la de exhibir, ambas con el mismo fin:silenciar al cuerpo del otro, o más concretamente, de la otra, porque es de otredad y de otredad femenina, que se trata esto. Esto no es tan paradójico como parece: es la misma combinación familiar que vemos, por ejemplo, en el uso de la estridencia y la censura como estrategias para silenciar oposiciones. Te silencio obligándote a callar, y te silencio gritando más duro que tú.

En fin, que me tomo un vinito y concluyo que esto no tiene conclusión inmediata, y que eso es una buena noticia, tal vez la única que puedo ver en este paisaje. Porque la discusión es otra forma, tal vez menos física pero no menos corpórea, de recordar que lo borrado existe, de resistir el silencio.