ellos, en la oscuridad

Publicado previamente en la revista digital 80grados.

Cuando Fortuño y su gente trataron de empujarnos el gasoducto del norte, fracasaron. No del todo, porque nos fueron acostumbrando a aceptar que “el mercado”, ese eufemismo que usamos para referirnos al playground de los ricos que son la tierra y sus habitantes, le había puesto el ojo a la luz que nos alumbra(ba). Pero fracasaron en sus esfuerzos de vendernos las maravillas de lo que llamaban “Vía Verde”. De convencernos de que era vía, o de que era verde.

“Vía Verde”. Qué nombrecito. Era la misma técnica detrás de los “fake news” y el “crooked Hillary” de Trump, pero en reversa. Era como llamar al big mac el “Healthy Burger.” Los anuncios de nuestros capataces coloniales han sido, históricamente, más engañosos que hasta los de McDonalds, qué bárbaro.

El caso es que en ese entonces, los puertorriqueños recibimos nuestras siempre infladas facturas de luz en unos sobrecitos muy monos que exaltaban las maravillas de la Vía Verde. UmJuuuú, dijimos, como el arrugado campesino del pasquín del colmadito. Estos lo que quieren es repartir contratos entre los amigos y caerle a tubazo limpio a los campos, los ríos y las comunidades. Gracias, pero no gracias.

No hay problema, dijeron los buitres. Regresaremos luego. En la oscuridad de la noche.

Literalmente, en la oscuridad. ¿Qué mejor momento que el presente, para anunciarnos la privatización de la AEE? Ya ni se molestan en inventar nombrecitos. Con decir “privatización” basta.

Porque, convenientemente, hoy estamos a oscuras. Los dioses les han sonreído (y después nos preguntan a algunas por qué no confiamos en dios) y obsequiado con un huracán. Dos, si contamos a Irma. Tres, si contamos la deuda. Muchos más, si nos ponemos a contar las palizas que el matrimonio diabólico entre capitalismo y coloniaje nos ha propinado a través de la historia.

Estamos a oscuras. El viento se llevó nuestra ya frágil luz, y nuestros amos no parecen tener demasiada prisa por traerla de vuelta. De hecho, muestran más bien prisa por quitarnos otras luces. Las del conocimiento, por ejemplo: Cierran escuelas, destruyen a la universidad, le asignan el rol de tutores a empresas de dudosa calidad y aún más dudosa virtud. Todo estará ahora en manos de la mano. La mano invisible de las bondades del mercado.

Qué oxímoron ese. “Las bondades del mercado”. En lo que respecta a la luz y la educación, en cualquier parte, el mercado ha sido de todo menos bondadoso.

Bueno, y ya que estamos en estas: Todo menos “mercado”.  ¡Qué oxímoron ese, el término “mercado” mismo! Porque de mercado no tiene nada. En el mercado físico arquetipal que le da origen a este término tan cacareado por los ricos (y tan sufrido por las demás) hay muchos, muchos kioskos. Una puede comparar (y hasta sobar un poquito) los tomates de unos y otros antes de comprarlos. Todos los compradores saben reconocer un tomate podrido y pueden optar por no comprarlo. Los tomates de una finca lejana no gozan de protecciones que les niegan a la finca local. Nadie le puede poner patente a las semillas del mejor tomate, o del  más barato. Los tomates son tomates, y no objetos sintéticos con cierto parecido a un tomate.

Nada que ver con el “mercado” donde venden nuestra electricidad, nuestra educación, nuestra agua, nuestras carreteras…Los proveedores son pocos y compiten menos aún, así que no hay mucho para comparar. Si nos dejan comparar, nos privan de la información necesaria para poder hacerlo bien. Y estamos obligados a comprar sin comparar, claro está: ¿quién puede vivir sin luz, sin agua, sin educación, sin carreteras? Ah, y el tomate no siempre será, cabalmente, un tomate: la luz vendrá y se irá, el agua sabrá a metal o caquita, la carretera agujereada nos romperá el carrito, el grado universitario costará más pero valdrá menos, en la escuela habrá más dios y menos pensamiento crítico, y así por el estilo.

¡Hasta el mismo Adam Smith, que acuñó eso de “la mano invisible”, sacaba los bienes públicos de la esfera del mercado! Por razones morales, decía. Sentido común. Decencia, pura y simple.

Pero a los neoliberales de hoy no les gustan los libros de su propio fundador. Lo prefieren en estatua. Prefieren leer y citar los CliffsNotes de Friedman y los salmos de Rand. Les gusta la religión pero la moral les vale madre. Y el mercado es una pulpería de hacienda. Tal vez porque son unos pulpos. O porque nos sacan el jugo y descartan la pulpa, nos tiran a pérdida si no podemos comprar.

No quieren ciudadanos, sino sujetos coloniales, porque esos no tienen derechos. No quieren ciudadanos, sino consumidores, porque solo servimos para comprar. Comprar, comprar y comprar hasta la luz, el agua, los caminos y las herramientas del pensamiento y la voluntad. Venderles nuestro oro a cambio de nada, comprarles cuentas de colores a cambio de todo, todo lo que tenemos, todo lo que somos.

Podría desesperar. Sí desespero. Pero con el ojo y las pocas neuronas que aún no he tenido que vender me asomo y veo a Casa Pueblo y a IDEBAJO repartiendo luz de sol, veo brigadas y colectivas repartiendo techos y comida, veo jóvenes sembrando semillas de verdad que se transfiguran en comida de verdad, veo artistas que nos salvan el alma, la que nos quede, con su arte, veo escritores que nos tatúan la mente, la que nos quede, con su pluma, veo gente que grita y resiste… Y vivo, vivo y siento y pienso por un día más.

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Recorrido

Llevo ya algún tiempo viviendo acá (¿o allá?) en el país que hace más de un siglo se proclamó a sí mismo dueño del mío. Al principio y durante un par de años, trabajo en una ciudad que no me recibe ni mal ni bien, porque es una ciudad que verdaderamente no “recibe”, punto. Una ciudad en donde se amigan los adinerados y los poderosos. Donde pasan cosas y a la vez no pasa nada. Donde coexisten, sin llegar a convivir, los importantes y los invisibles, la velocidad y la lentitud.

Mi recorrido matutino comienza saliendo de la mano de mi hijo menor por la puerta de un gran edificio de apartamentos.

A nuestro alrededor, los empleados de empresas, ONG’s y gobierno caminan rápidamente. Son muchos, y suelen ser esbeltos y blancos. Llevan audífonos en las orejas. Visten los colores claros y brillantes del verano.

A nuestro alrededor hay también jardineros. Son muchos, y suelen ser salvadoreños o bolivianos. Llevan herramientas en las manos. Visten mamelucos pardos pero siembran flores en los colores claros y brillantes del verano.

Nos subimos al tren. Llevo meses viajando en tren, pero no se me pasa la sensación de novedad: el tren me encanta. Los vecinos se burlan cariñosamente de mi entusiasmo. El tren, me dicen, anda siempre atrasado, sus escaleras siempre están averiadas, está muy lleno, a veces apesta. Pero a mí me resulta liberador. Aún en el rush hour, aún con el codo de un desconocido en mis costillas, aún escuchando las protestas de mi pequeñín, que pregunta en voz chillona y en dos idiomas dónde nos hemos dejado la miniván, aún entonces, sonrío y me regodeo por un momento en mi nueva condición de peatona.

Nos bajamos en la estación de Foggy Bottom y caminamos media milla hasta el campamento de verano. Allí suelto a mi pequeño acompañante y emprendo el camino hacia el trabajo. Todas las mañanas le paso por el lado a unos ocho homeless. Así les llaman acá a las personas sin hogar, a las personas que en Puerto Rico llamamos deambulantes.

Son una presencia familiar en esta ciudad. Suelen ser negros y por lo general muy gruesos. Se mueven, cuando se mueven, con lentitud. Las más de las veces, están más bien estacionarios. Y tiene sentido que lo estén, porque llevan su vida a cuestas: en un carrito de compra, en un coche de bebé sin bebé, sobre sus mismos cuerpos abultados, llevan los sleeping bags, los bártulos varios, los mementos de la guerra, lo que les queda de la vida que se fue, de la vida que se va.

Les rodea y les sirve de contraste la masa ágil y atractiva de tantos otros seres, tan distintos, tan blancos, tan delgados, tan bien vestidos, tan livianos, tan veloces, seres que no tienen que llevar su vida a cuestas porque la ubican, la ordenan y la decoran en otras partes: en viajes, en apartamentos, en sus agendas, en sus teléfonos “inteligentes”, en el futuro.

Uno de los hombres sin hogar suele plantarse, obstinadamente, en un banco del parque. Lleva su vida en un carrito verde de supermercado, al cual protege del clima y las miradas curiosas con una manta decorada con el águila y la bandera americanas. Abandona su banco una o dos veces a la semana, expulsado del parque por un policía desganado y mustio que suele ubicarse en una esquina cercana y cuyo mantra puedo adivinar, y en cierto modo compadecer, desde mi caminar: I’m just doing my job.

Al principio me costaba reconocer a los deambulantes en Virginia y D.C. Tal vez porque realmente no “deambulan” mucho. Los homeless más visibles en Puerto Rico suelen ser muy distintos: flacos, móviles, cargados con pocas cosas, pidiendo dinero de carro en carro en las luces rojas. Las etiquetas que usamos para nombrar a unos y otros le hacen eco a esa diferencia: una implica movimiento, la otra desamparo. Puede ser que tome, además, cierto grado de familiaridad, esto de reconocer y asignarle el nombre culturalmente adecuado a la pobreza, o a cualquier otra cosa.

Voy llegando a la acera frente a la Casa Blanca. Una masa de hombres sonrientes que identifico, por su apariencia y lenguaje, como provenientes de algún país del este de Asia (primero pienso “chinos”, pero me corrijo rápidamente), surge de un lujoso autobús. El hormiguero en movimiento se bifurca y me rodea al enfrentar el inofensivo obstáculo que representa mi cuerpo, este cuerpo (¿exiliado/ migrante?) que a veces me pesa y otras flota. Me imagino una cámara filmando la escena desde arriba; ellos (turistas, muchos, cargando con mochilas y cámaras) caminando rápidamente en dirección norte, y yo (residente, sola, cargando con carpetas y nostalgias) caminando lentamente en dirección sur. Me sorprendo preguntándome si el tour bus será una suerte de diáspora artificial, pasajera, cómoda, densa. Si la escena será un agüero, o la metáfora torpe, escurridiza, de alguna cosa relativa a mi vida, a este extraño país, a la historia, o al mundo.

Y es que cuando una empieza con esto de la escritura distante (¿exiliada?¿migrante?), comienza también a atisbar significado en todas partes. Es una especie de paranoia tristona y gentil, la del escritor perseguido por todo lo que se asoma pero no se deja ver. Por una idea, por un recuerdo, por un dolor, por un color, por un olor. Por una isla, por un paisaje, por un amor, por un fantasma.


nota:publicado también en #SeráOtraCosa, en el Periódico Claridad

lo que no contamos

Nota: publicado antes en las revistas digitales La Pupila y 80grados.

No contamos a los muertos de María. No realmente. Los hemos tenido que estimar y calcular, porque los que tendrían que estar contando no lo hacen.

“Contar” es una de esas palabras. Esas que me obsesionan. Esas que tienen más de un significado, a veces discretos y a veces cruzados. Palabras como también lo son “discreto” y “cruzado”.

Contar es ir construyendo, laboriosamente, de uno en uno, una suma.

Contar es tener alguna importancia, valer algo, ser visible.

Contar es tener disponible alguna cosa, algún recurso.

Contar es narrar.

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Dejar muertos sin contar es invisibilizarlos, restarles valor. Contarlos (o estimarlos, cuando contar directamente no se puede, y cuando los que deberían hacerlo no quieren) es hacerlos visibles, devolverles algún valor. Narrar las historias de esos muertos es también contarlos. Y contar con ellos.

Dejar muertos sin contar es enmudecer sus historias, que son también las nuestras. Sin historias no hay memoria, no podemos recordar. Si no podemos recordar, no podemos construir las esperanzas realistas y oji-abiertas que necesitamos. Y es que las esperanzas absurdas, ciegas, o carentes de los cimientos de la memoria no son esperanzas: son optimismos pendejos o fe(s).

Que ningún país “se levanta” sin memoria, sin verdades, sin historia.

Gracias a algunos periodistas y a mucha gente de a pie, hemos podido comenzar a contar muertos. Mientras tanto, los que tendrían que estar contando–casa por casa, morgue por morgue, funeraria por funeraria– no lo hacen. Cuentan con la burocracia necesaria–¿para qué, si no, son las burocracias?–pero no con las ganas.

Los que tendrían que contar muertos son parte de los gobiernos que nos gobiernan. Alegan representarnos. Dicen que cuentan con nosotros. Pero no nos representan, y, para ellos, no contamos.

De todos modos, y por su culpa, tengo que escribir “no contamos los muertos de María.”

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Hay categorías de objetos y sujetos que sí contamos. En Puerto Rico y en Estados Unidos, contamos (apasionados) ciertas cosas.

Contamos votos, por ejemplo. Obsesivamente. Los contamos durante las elecciones, y aún con más ahínco antes de las elecciones. Los contamos, y anunciamos cada cuenta, muchas cuentas, en los mismos periódicos que ahora no quieren contar muertos. Los ilustramos con gráficas de colores y los narramos con entrevistas.

Contamos los “approval ratings” de Trump todos los días. Todos los días.

Contamos las libras que ganan o pierden las actrices, las reinas de belleza y las modelos.

Contamos “likes”, “impressions”, “visitors”, “views” y “comments”.

Contamos los millones que una película genera el primer día. El primer fin de semana. La primera semana. Todas las semanas. Contamos los millones aquí. Contamos los millones en el mundo.

Contamos los billones en los portafolios de los billonarios, y hacemos listas en orden descendente. Sus billones no nos indignan: nos entretienen.

Contamos agravios. Contamos lo que damos, y lo que nos quitan. Le pasamos la cuenta (a la amiga, la hermana, el vecino) de cuando en cuando.

Contamos calorías. Contamos minutos de ejercicio. Contamos pasos, tratando de llegar a los 10,000. A veces compramos aparatitos que nos ayudan a contar todo eso con precisión.

Contamos (bueno, aquí sí que tengo que decir “cuentan”) los billones que debemos, para cobrarlos, cueste lo que cueste, porque el sufrimiento que pagarlos nos cause no cuenta.

Porque “deber” es, curiosamente, más inmoral que cobrar.

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Hay sujetos y objetos que no contamos. Y ojo: “no contar bien” es una versión, una encarnación más débil, de “no contar”. En Puerto Rico y en Estados Unidos, dejamos sin contar (indiferentes) ciertas cosas.

No contamos cuántos “inmigrantes indocumentados” llegan huyendo de la guerra, de las gangas,  de la muerte segura. Imagínate–si los contáramos, ¡habría que llamarlos “refugiados”,  dejarlos entrar, y hasta quedarse!  Habría incluso que bregar con la realidad histórica que vincula la presencia estadounidense en América Latina con la violencia que sus habitantes viven hoy, y de la que intentan escapar.

No contamos (bien) a los soldados estadounidenses muertos en el oriente medio. Imagínate–si los hubiéramos contado bien, ¡nos hubiéramos quedado sin reclutas! Tampoco contamos a los contratistas muertos. Imagínate–si los hubiéramos contado bien, ¡el público hubiera tenido que encarar la magnitud de la inversión pública en contratistas sin subasta! Y, por supuesto, tampoco contamos (bien) a los civiles iraquíes y afganos muertos. Imagínate–si los hubiéramos contado bien, si los contáramos bien hoy, ¡el público tendría que encarar la absoluta inmoralidad de las decisiones de sus gobernantes, y de su propia complicidad!

No contamos bien las muertes de los niños que están, oficialmente, bajo la supervisión de agencias gubernamentales.

No contamos bien las muertes de ciudadanos a manos (o a balas) de la policía.

No contamos (bueno, aquí sí tengo que decir “no cuentan”) lo que ya le hemos sacado a la isla y a los isleños deudores.  Porque “deber” es, curiosamente, más inmoral que cobrar.

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Aun cuando sí contamos, algunos (muchos) se rehúsan a aceptar los números resultantes. Tome los genocidios, por ejemplo. Hay quienes viven obsesionados con reducir esos números hasta lograr el redondeo macabro que los cambia de categoría, que los denomina alguna otra cosa que no sea “genocidio”.

O, como en el caso de nuestros “líderes”, a “real catastrophe”.

Hay puertorriqueños que dicen, que insisten, que el estimado de 1000 muertos es “exagerado”. Quiero entenderlos. No lo consigo. Sigo tratando.

Si no soportan (soportamos) ver a nuestros muertos ni siquiera como números, ¿cómo verlos, vernos, reconocernos, punto?

¿Cómo contarnos? ¿Cómo contar?

¿Cómo levantarnos sin memoria, sin verdades, sin historia?

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Lo que me pregunto

maria_water_boyMe pregunto cómo es que NBC, CNN, NPR y tantas otras, pueden llegar a los rincones que el gobierno alega son “inaccesibles”. Inaccesibles, increíblemente, para el aparato estatal, el federal y el militar. En esos rincones, que son muchos, la gente carece de gasolina, comida suficiente, y–sobre todo– agua potable.

Me pregunto por qué esa palabra, “aparato”, suena de repente tan bien, tan precisa, tan apropiada para nombrar a esos lideratos. Liderato, Aparato, Garabato, Mamarracho…

Me pregunto por qué hay tantos militares paseando por ahí con armas largas, y tan pocos repartiendo agua potable o llevando combustible a los hospitales.

Me pregunto por qué le damos un papelito a la gente que necesita ayuda, que los invita a llamar por teléfono o entrar al internet para obtenerla. Necesitan ayuda por las misma razones que no tienen teléfono o internet. Ese papelito es un prop, una burla cruel.

Me pregunto cómo es que seguimos anunciando los “números oficiales” de muertos al pelao, como si tuviéramos que ajustarlos al tamaño de un tuit, sin espacio para explicar o aceptar que estos números con toda probabilidad subestiman la mortandad espectacularmente. No se trata de un simple margen de error, ni de la diferencia razonable entre el primer día después de una catástrofe y el tercero. Se trata de que a casi tres semanas del huracán, las morgues están llenas, las funerarias no dan abasto, se acaban el oxígeno, la insulina, el diesel para los generadores.

Me pregunto por qué el miedo a sobreestimar las muertes parece ser mucho mayor que el miedo a sub-estimarlas.

Me pregunto por qué el crimen que pudiera venir parece ser más urgente e importante que el hambre que ya llegó.

Me pregunto por qué la milicia puede moverse eficazmente por todo Afganistán para llevar guerra pero no por todo Puerto Rico para llevar agua. No culpo a los soldados: culpo a los que diseñan la estrategia y dictan las órdenes. De paso, le echo su aguita de culpabilidad a la gente de a pie que todavía celebra que, como los militares ya llegaron, todo estará bien. Llevan un rato aquí, gente, y no, no todo está bien.

Me pregunto por qué Puerto Rico ya no aparece en mi AppleNews, si el hambre y la sed no han desaparecido de Puerto Rico.

Me pregunto por qué pasamos más tiempo denunciando la “politiquería” de Carmen Yulín, que estudiando y criticando los pecados gubernamentales y corporativos que la hacen posible, tal vez hasta necesaria, y que son aún más políticos que esa supuesta “politiquería”: incompetencia inaceptable, negligencia criminal, codicia siniestra.

Me pregunto por qué las visitas federales de alto rango se limitan a los cantitos limpios, bonitos y con abundante agua potable.  Esta pregunta no requiere respuesta, realmente. Esta pregunta es retórica. Las respuestas son obvias, y no hacen nada, nada, por aliviar la frustración.

Me pregunto por qué seguimos diciendo “gracias a dios” cuando nos llegan la luz y el agua, cuando el huracán le da más duro a los barrios más al norte o al sur, o simplemente cuando alguien que amamos sobrevive pero un desconocido no.

Me pregunto cuánto falta para que le echemos la fuerza de choque a la gente hambrienta. Me pregunto cuáles son los efectos psicológicos de no poder bañarse, para un pueblo que vive en un clima tropical y una cultura de dos baños diarios.

Me pregunto si nuestro happy-meal del huracán (una cajita con una lata de salchichas, un tenedor y una barra de granola, sin juguete pero con skittles) es la misma que le dieron a los refugiados recientes en África y Europa.  Me preguntó por qué parecen visitar municipios arbitrariamente y una o dos veces (como si el hambre atacara cada dos semanas y no a diario.) Me pregunto si el concepto del contenido de la cajita fue orgánico, o diseñado por funcionarios de organizaciones tipo FEMA y Cruz Roja, reunidos en un salón fresquitos, armados con papelotes, magic markers y ensaladas caesar.   Me pregunto cómo es que le donamos tantos chavitos a las grandes organizaciones para que repartan el ocasional happy-meal, y tan pocos chavitos a los grupos locales que reparten comida caliente y bolsas de compra.

Me pregunto dónde están las iglesias, especialmente las que le sacaron tanto diezmo a las mismas comunidades que hoy se nos mueren de asma y diabetes desatendidas, que carecen de comida, agua potable y luz. Y cómo es que, si la moral y los valores son cosa de cristianos, hay tanto agnóstico y atea protagonizando las brigadas que día a día limpian caminos, reparten agua y alimento, y lo hacen sin ponerle presión a nadie para que crea nada.

Me pregunto porqué seguimos usando el término “clase media” por default. En un país donde todo el mundo es “clase media”, en parte porque nadie lo es, la fila se ha convertido en un gran instrumento de categorización sociológica: Los ricos no hacen fila; la clase media alta hace algunas filas por algunos días; la clase trabajadora hace algunas filas por muchos días o muchas filas por pocos días, dependiendo de la geografía;  los pobres hacen fila todo el tiempo; los muy pobres, aquellos–¡tantos!–cuyas vidas hace rato tiramos a pérdida, esos no hacen fila, punto. No hay filas cerca, porque no hay nada cerca. Sólo un riachuelo y una lata olvidada, ambos con leptospirosis.

Me pregunto que podemos hacer, acá o allá, para no perder la ilusión y el optimismo. Y me contesto y nos contesto: Enviar filtros, limpiar caminos, llevarle agua a los viejitos que no la pueden buscar, hacerle una gestión por internet a alguien que no pueda, documentar la crónica cotidiana, repartir y recibir abrazos, llevar risas a los pueblos trasquilados, donar lo que podamos a los grupos que sí hacen, hacerle la fila al débil, enfriar la insulina del diabético, descansar y relajarse con los seres amados, con los amigos, con los vecinos, a solas, celebrar y si es posible compartir el descubrimiento de una cerveza o malta frías (sin dejar de lavar la lata bien)…Hay tanto que hacer, y todo es bueno. Todo, excepto cacarear que todo está bien, alegar que el que se queja exagera y, con el privilegio propio bien agarradito, mirar hacia otra parte.

……

Del muro de Facebook de mi amiga Mary Sefranek, que anda por ahí haciendo y sonriendo con el colectivo de teatro Vueltabajo y la Brigada Solidaria del Oeste:

Ahora mismo, en un callejón cerca de la plaza de Mayagüez hay teatro en la calle y niñxs riéndose. Aquí Borikén florece.

teatro callejero despues de maria

 

Lo que me preocupa

Lo que me preocupa:

Me preocupa que me entristezcan las celebraciones amplias del tipo “Puerto Rico es categoría 10” o “Cerrado por remodelación”. Que me saque por el techo el “#yonomequito”, por más inocente y bienintencionado que sea. Y es que prefiero cosas como lo que dijo hace poco Cristina: “hay retoños verdes en esa rama”; o la que dijo Marcos al final del video de hoy, “miren, otro pelícano regresando a la laguna”; o lo que dijo Raquel ayer, “Logramos abrir camino desde el km 13.3 hasta el 13.9 (justamente allí hay un derrumbe).” Siento que puedo ver y tocar y abrazar esas esperanzas modestas. Me hacen ilusión. No puedo tocar ni ver ni abrazar a “Puerto Rico se levanta”. Al menos, no todavía. Pero la rama, el pelícano, y el cantito de carretera…Esos me resultan visibles, esos me provocan empatía y admiración, esos me hacen llorar.

Me preocupa que aunque sé de los míos, no ‘sé’ exactamente. Es un “saber” bien limitado. Sé que están vivos. Se que la mayoría tiene techo. Pero ese “saber” de hace unas semanas, de estar al tanto, de hablar de “lo último”, de compartir planes y rutinas…a ese saber se lo llevó María.

Me preocupa que para ser optimista, según algunos, según tantos, hay que ser además: “neutral”; religioso; paciente; apolítico. Que no puede criticar, ni protestar, ni analizar, porque si analiza entonces le gritan que se “vaya a trabajar”, porque aparentemente usar el cerebro es signo de vagancia. Porque aparentemente el cerebro no tiene nada que ver con la reconstrucción a no ser que usted sea gobernante o militar. (Qué últimamente sean tal vez la misma cosa.)

Me gusta que breguemos con la adversidad, pero me preocupa cuando pintamos la pobreza y la miseria como formas legítimas de “volver a ser gente”.

Me preocupan las fotos de comida y fiestas que la diáspora ha (hemos) comenzado a colgar de nuevo en sus (nuestros) perfiles. Bueno, no: me preocupa el hecho de que me preocupen. Le tengo tanto miedo a que nos acostumbremos a la locura post-María, a que aceptemos una “nueva normalidad”, sin darnos cuenta, sin tomar decisiones, que a veces pontifico, y me da vergüenza cuando me doy cuenta de que pontifico, aunque sea internamente. Entonces, para sentirme mejor, le doy like al risotto.

Me preocupa que donemos una caja de pampers y se nos pase el sentido de urgencia.

Me preocupa que anoche estuve una hora peleando en Facebook con un gringo que pensaba que la crisis post-María era culpa nuestra y que insistía en malinterpretar las leyes de cabotaje. Me preocupa porque no lo iba a hacer cambiar de parecer, y lo sabía. Porque era una pelea inútil. Porque desde acá a veces nos ponemos a hacer lo inútil porque no hay de otra.

Me preocupa que acusen a Yulín de coger pon o pensar en su carrera. Al ingeniero, la manager, el investigador que hacen bien su trabajo y confían en recibir ascensos, reconocimientos o recompensas, nadie los juzga. En fin: que si la alcaldesa está haciendo un buen trabajo, pues a mí me importa poco que le saque provecho político a ese trabajo. ¿Acaso acusamos al académico de sacarle provecho académico a su trabajo?

Me preocupa también que celebremos a Yulín diciendo que merece el premio nóbel de la paz. Vamos. Seamos razonables. Hacer bien nuestro trabajo no es material de nóbel. Malala es material de nóbel.

Me preocupa que todavía tengamos esperanza en Trump. Vamos. Seamos razonables. No hay que esperar nada bueno, nada, de esa persona.

Me preocupa que seamos capaces de pensar que dios nos dejó vivos al tiempo que mató al vecino.

Me preocupa que nuestras pequeñas alegrías individuales contribuyan al gran mal colectivo. Uno logra traerse a mami, otra consigue espacio o in-state tuition en una universidad continental. Me alegro por ellas, en serio. No es mezquindad, lo que me provoca esta preocupación, ni es envidia. Es saber que se vacía el país, que se vacía. ¿Cuánto puede vaciarse un país sin dejar de existir?

Me preocupa que digan que todo está bien. Lo dicen acá con frecuencia. Por lo general lo dicen (además de los trompistas y otros personajes predecibles) aquellos cuyas familias ya tienen agua, luz, teléfono, un supermercado cerca, dinerito suficiente. A veces siento que las comunidades aisladas, la gente hambrienta, las morgues llenas y los pacientes desesperados por recibir insulina están desapareciendo de nuestra conciencia colectiva. Me preocupa que se nos olviden. Que se nos mueran.

Me preocupa que alguien bueno lea esto y se sienta aludida o criticado. A esa persona buena que está bregando todos los días en medio de la adversidad y el desastre, mi admiración, mis disculpas, mi abrazo, y la imagen de un pelícano que está vivo y regresa.

Los chulos

ilustración de Primera Hora.

El decrépito edificio estaba en una de esas áreas donde sobreviven sólo gomeras, garajes y gasolineras. Tal vez algún kiosko de pinchos o fritanga. Al principio creí que me había equivocado de dirección. La puerta principal daba hacia la calle y (a pesar de la vejez) su marco, doble hoja, y picaporte anticuados le daban un aire de cierta dignidad descascarada. Pero el número a la derecha no coincidía del todo: #710, decía. Decidí darle la vuelta al edificio. Y efectivamente allí, al costado, estaba la puerta (también descascarada, pero sin marco, picaporte o dignidad) de una especie de sótano. #710-a.

“La privatizadora”, la llamaban y llaman en el caserío. Siempre me ha llamado la atención ese nombre tan orgánico. Actúa como sustantivo pero también evoca un verbo, “privatizar”, transparente y pintoresco, que le da sabor local a una movida típica de las economías en “shock” sujetas a reglas neoliberales de “ajuste estructural”.

Nos había enviado, a “pedir permiso”, María, presidenta del Consejo de Residentes y guardiana designada del centro comunal, el único espacio apto para llevar a cabo actividades que requirieran techo y produjeran sonido: la biblioteca cercana exigía silencio, y la cancha estaba permanentemente rodeada de jeringuillas usadas que nadie quería pisar.  

Nos abrió una mujer joven con tacones y ropa ceñida. Al fondo, nos ignoraba una segunda mujer, de más edad, vestida con uno de esos uniformes que suelen usar las maestras y las monjas dominicas, y protegida por una de esas barreras plásticas con media claraboya que le ponen a ciertas gasolineras u oficinas gubernamentales.

La interacción fue más o menos así: Saludos,tenemos cita para tal hora…Espere aquí, que le voy a preguntar a Míster Ortiz…Puede bajar, la está esperando.

Bajamos las escaleras para llegar a lo que, se me ocurre ahora, era básicamente el sótano de un sótano. El espacio era amplio pero oscuro, iluminado por la luz de un ventanuco y tres tubos desnudos incrustados en el  techo. En contraste ,el mobiliario me pareció lujoso. Madera pesada, cuero, grandes cuadros, todo reluciente y nuevo, tan nuevo como la “privatizadora” que se incorporó justo a tiempo para la subasta gubernamental que le otorgó la administración de los caseríos de nuestra región.

Míster Ortiz lucía corbata roja y traje azul, de rayas y brillo leves. Eso que llaman “power suit” y que, supongo, complementaba su “power desk” y su “power table.” No le estaba claro nuestro propósito, dijo. Es muy simple, contesté. Una docena de muchachos, algunos días de repaso para el college board, todo gratis. Lo único que queremos, añadí, es conectar a los estudiantes del residencial X con la UPR, con la universidad pública….

Tal vez fue ese adjetivo, “público”. O la palabra “gratis”. El caso es que parecía muy confundido. Okay,dijo, le sacamos las copias del flyer aquí, con nuestro logo, y le decimos a los del consejo de residentes que las repartan…

No gracias,las repartimos nosotros, muchas gracias por atendernos, adiós.

Nos fuimos con ese “permiso” perplejo y robado.  

En algunos residenciales, los consejos tienen un liderato significativo. Pero en muchos, como el nuestro, su autoridad se limita a seguir las órdenes de individuos como Ortiz: repartir pintura, pegar flyers, establecer o romper alianzas. Ser los cerberos de la llave del centro. Esto es especialmente cierto en residenciales, como el nuestro, en donde  la “privatizadora” establece su oficina fuera del residencial, en este caso a dos millas.

Así funcionan los “poverty pimps”, los chulos de la pobreza. El epíteto describe individuos y entidades que aprovechan la pobreza de los sectores más vulnerables para generar ganancias. Esta “privatizadora”, como tantos otros “chulos”, funciona como una operación piramidal, multinivel: algún rico hace donativos de campaña y crea la compañía para poder participar en la subasta de servicios públicos y esenciales (como vivienda) que operan con fondos nuestros, federales o ambos. Ese, y sus accionistas, hacen chavos, riqueza de verdad. Contratan a su vez esbirros finos para poblar las oficinas centrales y ganar excelentes salarios. Estos tipos finos, por su parte, establecen oficinas regionales y contratan unos menos finos pero con experiencia, no tanto en el tema en cuestión como en la gansería.  Esos ganan bien, y contratan…a gente como Ortiz. Los “Ortiz”, por su parte, decoran sus sótanos, se protegen y distancian lo mejor posible de la pobreza, y contratan alguna muchacha anónima para que les sirva de interfaz con el caserío que ellos rara vez visitan.

Ortiz gana poco dinero pero bastante prestigio. Al fin y al cabo, en estos tiempos, basta con tener un traje y un empleo de escritorio, cualquiera, para tener más prestigio que la mayor parte del prójimo. Para que te llamen Míster y usté. ¿La muchacha? Su madre ha sido despedida, su padre teme por su pensión. Paga la luz y ahorra para casarse y montar una Massó en el techo. Gana poco (algo es algo, le dicen, por lo menos tienes trabajo) e interactúa con el residencial sólo a través del consejo.

Por su parte María, “la presidenta” del consejo, no gana dinero pero sí algún capital social. Su posición atrae, por ejemplo, la atención de algunos políticos locales, dispuestos a proporcionarle un empleo a, digamos, un sobrino, a cambio de usar sus conexiones (y la llave del centro comunal) para unas festividades que a su vez traigan votos, muchos votos…

Los chulos de la pobreza aparecen con mayor frecuencia en ciertos espacios. En los residenciales, por ejemplo. Administran complejos de vivienda, cobran renta, cortan grama, y hacen chavos. Tiburonean tutorías escolares para los chicos y talleres para los maestros, y hacen chavos. Reclutan universitarios que les entregan su beca pell a cambio de un certificado inútil, y hacen chavos. Bailan, cantan, pescan votos, y hacen chavos. Y, por qué no, reclutan nenes para velar el punto de drogas, y adolescentes para convertir en gatilleros…y hacen chavos. La chulería es siempre piramidal: riqueza arriba, migajas abajo. A través de los años, me he encontrado de frente y conversado con ejemplos de todos los anteriores. Así los vi, así conversé con ellos, así los escribo…

Por aquello de que estamos más que nunca en “shock” y “ajuste estructural”, permítanme atacuñar aquí una idea final:cuando un país pobre vende lo público, los chulos se multiplican. Chulos de toda pinta y nivel que en el corillo, el carro o la fiesta, repiten que los del caserío son unos “manteníos” que han llevado al país a la quiebra.

Notas: Publiqué esta entrada ayer en la columna “Será otra cosa”, del periódico Claridad. Los nombres propios y algunos detalles de estos eventos han sido alterados o combinados. 

 

 

El curioso caso del síndrome Goya

No recuerdo quién empezó.  Quién fue la “llorona cero” de nuestra epidemia. El caso es que a la hora del recreo, todas estábamos llorando.

Quedaba solo una nena con los ojos secos. Caminaba por ahí, desconcertada, llamándonos “tontas” e invitándonos a jugar. Las demás le lanzaban, a viva voz, epítetos como “insensible”, “fría”, y “cruel”.  Esa niña sin lágrimas era española, así que también se gritaron  cosas más bien xenofóbicas, como “extranjera”, o “se nota que tú no eres de aquí.” Creo que alguien llegó a decirle “vete a España”. Lo correcto y apropiado era, evidentemente, llorar.

Abundaban los abrazos y gestos de consuelo, pero servían solo para poner nuestro llanto en turbo, para convertir un sollozo quedo en un lamento sonoro, un gemido melodramático, o un chillido estridente.

Las maestras cancelaron las clases de la tarde, para que pudiésemos llorar a gusto y mantener el antipedagógico despliegue emocional fuera del salón. Algunas nos acompañaron y sonreían, divertidas.

Mi abuela se quedó boquiabierta, cuando sonó la campana y entró a buscarme al patio. Yo la esperaba sentada (llorando) en un banco, abrazada a una amiga. Las maestras se movían de un adulto a otro, explicándoles la situación para evitar que se alarmaran.

Al subirnos al auto, mi abuela se refirió a mi llanto como el de “una magdalena”, y dijo que mi amiga estaba “llorando a grito pelado.” Todas nosotras, añadió más tarde cuando le hizo el cuento a sus amigas, chillábamos “a moco tendido”. Su pintoresca apreciación del asunto me causó un poco de vergüenza. En parte porque una vez separada de mis compañeras de clase, el llanto amainó rápidamente, a pesar de mis esfuerzos para prolongarlo y demostrarle a mi vieja que se trataba de un llanto legítimo y justificado.

He aquí la explicación de la pena colectiva: Nuestra escuela era mixta en los grados elementales, pero admitía solo niñas en los niveles intermedio y superior. Al terminar el sexto grado, los estudiantes varones tenían entonces que cambiar de escuela. En algún momento mítico y remoto de la historia del colegio, esa despedida inevitable había desatado una epidemia de llanto femenino. Desde entonces, la clase de sexto grado de cada año lloraba en masa pocos días antes del fin de curso. La curiosa epidemia se había convertido en tradición.

Se trataba, probablemente, de un caso clásico de contagio emocional.

“Contagio emocional” es uno de varios términos (“contagio de comportamiento”, “contagio histérico”) que se usan para nombrar casos en los cuales ciertos comportamientos, emociones, o incluso síntomas, se replican en otras personas, a veces hasta desatando una suerte de epidemia.

Esta idea del contagio se usa en el contexto de la historia para hablar sobre las acciones de un grupo, por ejemplo, que se transforma en una turba capaz de comportamientos aberrantes, tales como un linchamiento.  Se utiliza también para describir el “comportamiento” epidémico de ciertos síntomas (risa incontrolable, llanto, tics, desmayos) en una población particular, frecuentemente escuelas pero en algunos casos barrios enteros.

En estos días, la palabra “contagio” repica dentro de mi cabeza, cada vez que veo alguna corporación o grupo retirando su tradicional apoyo a la Parada Puertorriqueña en Nueva York, debido al homenaje que recibirá en el evento el ex-prisionero político Oscar López.

A diferencia del patio de mi escuela, en este caso está claro cuál fue el “paciente cero” de la retirada de auspicios que va alcanzando proporciones epidémicas: Goya, la compañía de alimentos y sazones hispanos que había auspiciado el evento desde sus inicios, en 1958. La compañía describió la movida como una “decisión comercial”, producto del miedo a un boicot potencial de clientes hispanos ofendidos por la celebración del que describen como un “terrorista”. Goya tiene productos diseñados para distintos grupos de hispanos (mexicanos, puertorriqueños, salvadoreños, etc.), de modo que el miedo a un boicot sobre un asunto tan específico, tan boricua,  me pareció un poco raro. ¿Les importan mucho Oscar y la parada acaso a, por ejemplo, los mexicanos en Los Ángeles ? ¿Habrán azuzado a Goya ciertos grupos o individuos conservadores puertorriqueños? Tengo que pensar que la compañía hizo algún tipo de análisis de mercado, y descubrió que habría más clientes indignados con su participación que con su ausencia. Ellos sabrán.

Por otra parte, los auspicios no son solamente monetarios.  Con dinero o sin él, son un mensaje, un endoso, una expresión de acuerdo y apoyo. El contagio de esto que podríamos llamar el “síndrome Goya” comenzó a manifestarse poco después de las parcas declaraciones de la compañía, cuando la Sociedad Hispana de la Policía Neoyorkina, que desde siempre había marchado en la parada, anunció que este año no lo haría. Lo mismo dijeron la Sociedad Hispana de la Asociación Benevolente de Tenientes,  así como la fundación Rafael Ramos. Estas tres agrupaciones  presentaron un argumento moral, no financiero: se niegan a apoyar, con su presencia, el homenaje a un “terrorista”.

En cuestión de días, se contagiaron del síndrome la aerolínea Jet Blue, el equipo de pelota los Yankees, los bomberos de la ciudad de Nueva York, AT&T, Coca Cola…Mientras escribo esto, de seguro que la cosa continuará propagándose y afectará otras organizaciones, individuos y compañías.

Resulta interesante que Jet Blue (la aerolínea de mayor presencia en Puerto Rico) no se expresa en contra de Oscar directamente. Más bien apela al “respeto” que le tiene a la comunidad, y a la consideración que le merecen los “diversos puntos de vista” sobre el asunto.  La justificación pública de compañías con un mercado puertorriqueño significativo, como Goya o Jet Blue, tienden a referirse al “respeto” por las diferencias ideológicas, así como a sus propios intereses comerciales. La explicación que plantean las organizaciones no-comerciales tiene más que ver con ideas sobre “moral” y “valores”. Los políticos, por su parte, usan argumentos tanto morales como quasi-sociológicos, aunque todos sabemos que en este caso, estamos hablando más de votos que de principios. El alcalde, por ejemplo, ha decidido apoyar la parada; la candidata republicana a la alcaldía expresa pública y frecuentemente su repudio a Oscar, y por ende al desfile. El gobernador Cuomo ha estado culipandeando, evadiendo el tema cuando los periodistas le preguntan, diciendo cosas como “no tengo la información necesaria para pronunciarme sobre este asunto.”

Parecerían entonces ser tres tipos de discurso, pero en realidad se reducen a uno: el moral. El mensaje de organizaciones como bomberos y policías es explícitamente uno sobre moral y valores: Oscar representa para ellos el terrorismo y la violencia, y, por ende, la maldad. Es la dicotomía del mal y el bien la que está en juego. El mensaje de los políticos, tanto de los que marcharán como los que no, también es implícitamente moral. Marchar ensalza el heroísmo, no marchar repudia el terrorismo. De nuevo, se trata del bien y el mal, de moral y de valores. La decisión de Goya, nuestra paciente cero, fue explícitamente financiera. Pero el discurso financiero tiene también mucho contenido moral. Fíjese por ejemplo en nuestro sistema legal: el crimen de un individuo que asesina sin motivo aparente es castigado con más severidad que el de un individuo que mata para robar dinero. Esa ambición constituye un atenuante, hace del acto criminal uno menos malvado.

Otro ejemplo, muy relevante en el contexto de la situación actual de Puerto Rico: he tenido que dejar de contar las instancias en donde algún personaje me explica, orgulloso de sí y astutamente, que hay que pagar la deuda porque es nuestra “obligación”, porque es lo “correcto”, porque nosotros mismos tenemos “la culpa”, o porque “no pagar es como robar”.  De nuevo el lenguaje del bien y el mal,  de la moral y los valores.

De hecho, ya que estamos en las de hablar de la deuda y los chavos, tengo que añadir que en el universo de lo financiero hay, no solo mucho contenido moral, sino también mucho contagio. El valor de objetos como bonos y acciones, por ejemplo, depende de la “confianza” que en ellos tengan los inversionistas y agencias como Moody’s. Y la confianza –o desconfianza– se pega. El susto, el interés o el desdén de un sector o actor importante en ese mundo puede propagarse, contagiar, e influenciar el valor de un objeto financiero, tanto o más que los criterios “objetivos” tradicionales.  En los mercados se propagan cosas como “confianza” y “optimismo”, y usted (no importa cuán buitre y carroñero sea) siente que tiene un derecho moral a confiar en el valor (y el repago) de un bono, del mismo modo que puede confiar en la decencia de un amigo.

De modo que tenemos un fenómeno de contagio que ocurre en más de una esfera y se expresa en posturas y discursos morales. Cuando lo pienso así, me sorprendo un poco. Pero de inmediato caigo en cuenta: el contagio de comportamientos definidos en estos términos morales es en realidad muy común.  Expuestos a ciertos síntomas, emociones, o comportamientos ajenos, nos ponemos a llorar o a hablar en lenguas, porque es lo “correcto”, porque hacerlo está del lado del “bien”. También linchamos negros, quemamos brujas, chismeamos sobre la nena que se preñó, o donamos sangre y dinero, porque cualquiera de estas cosas puede ser pegajosa y se define, en su contexto, como lo “correcto”. The right thing to do.

No todos los casos de contagio tienen que ver con ética, claro está. Históricamente, se han documentado instancias como, por ejemplo, el contagio emocional y social de risas incontrolables entre estudiantes de una escuela superior en Tanzania, un escenario que en Puerto Rico probablemente describiríamos simplemente como un caso extremo de “pavera”. Se han estudiado otros casos en los cuales el aparente contagio pudiera tener en realidad raíces físicas, tales como la reacción a contaminantes en el aire o en el agua.

Pero el contagio de comportamientos “morales” o “correctos” existe, es relativamente frecuente, y, diría yo, es una parte importante de esta retirada colectiva de individuos, organizaciones y compañías que, de súbito y empezando con Goya, no quieren tener nada que ver con la parada puertorriqueña en Nueva York.  En el contexto de eventos recientes como la explosión terrorista en Manchester, es comprensible que algunos piensen en Oscar como un “terrorista”, una encarnación del mal, especialmente si están desinformados o bajo presión. También es comprensible que algunos (quiero pensar que mejor informados e independientes) lo pensemos como un héroe nacional y más aún, como una encarnación de la pureza, la honestidad, la integridad, en fin, del “bien”.

Falta ver si el apoyo al desfile, y al mismo Oscar, se propaga más y mejor que el repudio. Si lo nuestro es moral o moralina. Si cambiamos de opinión, como uno de esos gallitos de veleta, por seguir a nuestro equipo de pelota, o si nos interesa más la comunidad que lo que digan Goya, Jet Blue, o Coca Cola.

Falta ver si se nos pega el miedo, o si nos contagiamos de solidaridad y celebración.