La cazafantasmas: a propósito de Rima Brusi. Por Vanessa Vilches

fantasmas coverReseña publicada en la sección En Rojo del Periódico Claridad, 20 de noviembre de 2019, por la escritora Vanessa Vilches Norat.

Cuentan de la terquedad de los fantasmas. Dicen que habitan asediando, que bien saben ocupar el espacio sin estar en él. Quizás porque desean un instante de corporeidad, aparecen a todas horas y nos perturban. Basta un sonido, una visión, un golpe, un olor y todo un universo espectral se pone en movimiento. ¿Qué si el espacio donde se asoman los espectros es el cuerpo o la casa móvil de la memoria?

Cuentan también del tesón de las cazafantasmas. Hace falta mucha valentía y entusiasmo para esta empresa. Algunas van en busca de sus hostigadores apertrechadas con nuevos dispositivos para medir los campos de fuerza electromagnética.  Otras se arman de tan solo pluma y papel y van a su encuentro.

Rima Brusi Gil de La Madrid pertenece a la segunda categoría de cazafantasmas. En su más reciente entrega Fantasmas, publicada por Editora Educación Emergente, Rima Brusi asediada por un olor, se dedica a hacer cuerpo y memoria del espectro que, sin estar del todo o precisamente porque nunca supo estar, organiza su relato memorioso.  Con una pluma valiente, decidida, llena de tinta antropológica, la valiente narradora no solo quiere enfrentar a su fantasma sino explicarlo.

Estas memorias son una matergrafía. Así llamé hace algún tiempo a textos autobiográficos que giran alrededor de la madre. Decía entonces que la madre funcionaba como el Otro para quién, por quién y desde quién se estructura el relato. Esa conclusión es obvia, la narradora de este libro organiza su recuento a partir de su madre biológica o, para ser más precisa, a partir de su ausencia. La madre es todo presencia en el texto, si de chica es por la presencia intermitente, en el presente de escritura, cuando ya Rima ha decidido protegerse ella y a los suyos de esa madre que nunca supo serlo, aparece citada; su palabra, en itálicas, es parte del relato.

Bien podría ahora pasar a analizar los elementos que este sujeto autobiográfico utiliza para reconstruir una relación tan “delicada” como ella misma la llama. Auxiliada por Paul de Man, buscaría incluso los elementos que configuran la máscara narrativa del texto puesto que, como sabemos, el relato mnémico se reconstruye siempre hacia el futuro, y no desde el pasado como queremos creer. Así la Rimita alegre y atenta, abandonada por una madre incapaz que se dibuja en Fantasmas, corresponde más a la niña que la narradora Rima propone en su presente de escritura cuando ya ha experimentado la maternidad. El texto se compone de dos tiempos, de dos Rimas: el relato de la Rima hija, contado por la Rima madre que, en veintiún cuadros, intenta dar cuenta del fundamental, extraño y complejo vínculo materno para, a su vez, reflexionar sobre su propia maternidad.

Otra posible lectura sería ver cómo esa Rima del presente quiere reconstruir con parchos -algunos gigantescos y de colores, otros, luctuosos y tremendistas- esa colcha con huecos que es la memoria del abandono. Lo que pasa es que este camino de lectura es incómodo. Conozco a Rima, me pienso su amiga, y no logro, como lectora, dejar de intentar proteger al personaje Rimita del desamparo.  Las peripecias de esta hija concebida en un viaje de ácido, huérfana de cariño, desamparada por una madre deprimida que la obliga al hambre, al miedo, a la errancia, a sufrir experiencias límites y violentas, como la iniciación o “asiento” en la religión lucumí a los 8 años, son difíciles de leer. Después de todo no soy tan criminal doméstica como me jacto. Me conmuevo ante este texto, donde el Yo gira y gira como una chiringa alrededor de una figura materna fantasmal y ominosa que no sabe volar la cometa.

Somos consecuencia de ciertas inciertas reminiscencias, nos asegura Braunstein. El primer recuerdo que se cree recordar traza, por ser traumático, el mapa de nuestra memoria.  Lo que comenzó como una alucinación olfativa a químico, una phantomia, nos dice Rima, se tornó en la búsqueda del principio estructurador del relato. Lo curioso es que se trate de una fantasmagoría. Parece que en el libro la escritura es fantasmal, por involuntaria, como el olor a azufre, la escritura se aparece, la insta, es incontrolable. Seguirle la pista a un olor la lleva a la escritura y al primer recuerdo infantil:

“Una memoria me ha tomado hoy por asalto. Me estaba esperando agazapada en algún rincón de mi día, no recuerdo cuál. ¿Haciendo el desayuno? ¿Caminando con mi hijo al autobús?… Creo que la memoria es real porque su superficie es temblorosa y brillante…Creo que es real porque también tiemblo. Creo que es un recuerdo no verbal: este recuerdo no es palabra, ni es imagen, o al menos no es solamente imagen. Este recuerdo es más bien sensación: de necesitar un abrazo y no tenerlo; de estar de pie, llorando, esperando que mi madre me tome en sus brazos, esperando como quien dice “esperanza”, (en inglés, “hope”), y no “espera” (“wait” o “expect”), porque en ese segundo sentido no había ni hay mucho que esperar. Sentir en el cuerpo propio en el presente, la ausencia antigua de la mano del brazo, del abrazo de la otra, el abrazo de la persona que es tu mundo.

Trato de descifrar de dónde viene el recuerdo. Trato de evocar los abrazos de mi madre y descubro, para mi sorpresa y según mi memoria, que nunca me ha abrazado. Aún hoy, Teté no me abraza, más bien se deja abrazar por mí.”

La cita es parte del capítulo “Hallazgo”.  No es fortuito el título de la sección. La narradora, cual antropóloga, brinda como el más importante hallazgo de su trabajo de campo esa primera memoria infantil, ese fósil que sitúa más en lo sentido que en lo recordado. Como toda memoria es testarudamente fantasmal y la acecha, la toma por sorpresa. Todo sensación, la ausencia de brazos que acurruquen y protejan, explica la difícil relación entre la madre biológica y la hija, que decide desde muy pequeña, no solo ser su propia madre, sino ser la madre de su madre. El primer recuerdo es el abandono. Abandono es el nombre de su angustia que sanará en la reconstrucción memoriosa. De ese recuerdo también la explicación de la escritura a la que la autora se agarra para entender los vínculos sociales. La escritura será madre sustituta, como su querida abuela paterna Carmen.

Sin embargo, la narradora se niega a reconstruirse como víctima de su madre. Antes bien, utiliza su pasado para explicarse políticamente un rol social. La Rima que reconstruye su vida anterior anudando, hilvanando, trenzando y cortando esas reminiscencias vitales tiene mano fuerte para coserle a esa Rimita-chiringuita una cola larga y amplia, como un manto con el cual se protege a sí, a su hermano, a Teté, a su abuela y nosotras las lectoras. Este es uno de los aciertos más importante del texto: contar el dolor, no desde el encono, si no desde la compasión. El libro es un valiente tratado sobre el perdón a aquellos que, por estar más cerca de nosotros, nos hieren con mayor profundidad.  Vivir bajo un mismo techo no es tan fácil, ni tan gozoso como se nos impone pensar.  La estructura social de la familia es histórica.  No es secreto que vivir en familia implica un gran monto de sacrificio, sufrimiento, y por suerte, también de alegría.

A veces con un cincel, otras con un marrón, la narradora echa abajo el pilar fundamental de una ideología conservadora sobre la crianza y la educación de los sujetos sociales: el instinto maternal. Para ello incorpora sus conversaciones con la madre o reflexiona desde el presente sobre su propio sentimiento de “ineficiencia maternal”. Es compleja la crianza y la domesticidad, demuestra Rima. Cada vez que el ángel de la casa fastidia a la narradora en su proceso de escritura, se evidencia la contradicción inherente en la ecuación: madre y derechos personales.

Por ello traza una genealogía familiar de las inadaptadas al trabajo doméstico y transgresoras de la norma social: Marina, su bisabuela paterna, quien abandonó a su familia, su querida abuela paterna Carmen Ana, que amorosamente la cría, pero que “detestaba el arte y la ciencia de ‘llevar casa’”, Teté, que no supo ser madre y ella, Rima, que en muchas ocasiones   fracasa “en la gestión de crear cotidianidad”, de “sacar el día”.

El dogma del instinto maternal, como bien nos recuerda Elisabeth Badinter, heredera del pensamiento de Simone de Beauvoir, asegura a la iglesia, al estado y, sobre todo, al capital una nueva clase de esclavitud al colocar lo materno como centro de la experiencia de las mujeres.  “La máquina de hacer hijos es nuestra condena”, propone Lina Meruane, desde un tono divertidamente colérico en su diatriba Contra los hijos, donde analiza esa “máquina de hacer hijos” del capitalismo, para presentar el llamado de la cultura a la maternidad como parte del exceso consumista y contaminante del capitalismo bestial.

Fantasmas es un documento reflexivo sobre los límites de la maternidad. Reconocer que la más “natural” de las encomiendas de nuestra cultura es histórica, por lo tanto, que está muy lejos de ser una esencia universal o un evento biológico es aún hoy un importante desafío a nuestra ideología. Brusi hace del dolor de ser hija una oportunidad crítica para cuestionar y redefinir lo materno como principio social.

Insisto en la primera memoria infantil de Fantasmas, referida en “Hallazgos”, por ser acontecimiento basal, eje en el que se arma el relato. La narradora explica la sensación de abandono en su cuerpo al hacer referencia a un estudio sobre la crianza de macacos llevado a cabo en los años cincuenta. Refiere que el hallazgo inmediato del estudio fue la importancia del contacto físico en la crianza: los monitos prefirieron la caricia al alimento. La narradora insiste en otro hallazgo del experimento, revelador para su autobiografía, las hembras macacas que se criaron con madres artificiales al crecer no pudieron hacer actividades que se consideraban naturales o instintivas como lactar y cuidar a sus propios bebés. El primer recuerdo traumático de abandono le permite a la escritora del presente proponer una importante conclusión: la maternidad es un invento de la cultura, por lo menos, un aprendizaje.

Así, vemos desde el trauma fundante del primer recuerdo las negociaciones que la hija narradora hace con el ideario maternal. Y habrá que decirse que ese ideario del sacrificio materno inhumano y actual es tan terrorífico como los fantasmas que se conjuran en este libro.  Reconocer la incapacidad mental, social y económica de Teté para ser madre, incluso, convenir en que la madre biológica la protegió de sí al dejarla al cuidado de sus abuelos, es una manera política, compasiva y ética de encarar un pasado traumático. También es una forma de humanizar la encomienda maternal y el futuro de las mujeres que, como la narradora, han decidido la maternidad.

Este libro todomadre o quizás todohija, o mejor, todomadrehija, nos recuerda que la vida nunca es como pasó, sino como la contamos, que “la forma en que uno ha registrado lo que le pasó es lo que uno es.” En esas palabras trazadas sobre el papel, hay un deseo de reflexionar sobre lo sufrido, una insistencia en politizar una circunstancia, una voluntad de otro camino.

1. Leí una versión de este ensayo en la presentación del libro, el viernes 8 de noviembre en Casa Norberto.

2. De(s)madres o el rasgo materno en las escrituras del Yo. A propósito de Jacques Derrida, Jamaica Kincaid, Esmeralda Santiago y Carmen Boullosa, (Chile: Cuarto Propio, 2007).

3. “Autobiography as De-Facement en The Rethoric of Romanticisms, (New York: Columbia University Press, 1984)

4. Memoria y espanto o el recuerdo de la infancia. (México: Siglo XXI, 2008):10.

5. p.31.

6. Ver, The Conflict. How Modern Motherhood Undermines the Status of Women, Trad. Adriana Hunter, (New York: Metropolitan Books, 2012).

7. (Chile: Penguin Random House, 2018).

8. Néstor Braunstein. Memoria y espanto o el recuerdo de la infancia. (México: Siglo XXI, 2008):44.

!Mi nuevo libro “Fantasmas” llega hoy a las librerías!

fantasmas coverMi libro “Fantasmas” (bueno, realmente nuestro libro, porque mira que mucha gente buena y generosa ayudó a mejorarlo y a hacerlo posible), publicado por la Editorial Education Emergente (EEE), está llegando a las librerías!!! A partir de mañana 20 de septiembre. Entre ellas @ElCandil_Ponce, Librería Norberto en Plaza y Rio Piedras, Librería Mágica, y Librería Laberinto. #LiberaTuLectura

De la contraportada de la maravillosa Marta Aponte Alsina: “Se dice que la felicidad no es un buen estímulo para escribir. El dolor sí, para entenderlo y distanciarse de él. ¿Qué opinar de un libro como Fantasma? Todo lo que el libro se propone decir está en el libro. Quizás admirar la serenidad del estilo controlado y cristalino; la inteligencia del testimonio que también es un ensayo de introspección. La trama tiene que ver con el más elemental de los afectos humanos: la relación entre una madre y su hija, que llegará a ser madre. En este libro hay relatos de un patrón de maltrato insólito en escenarios difíciles de concebir y también del maltrato corriente en escenarios cotidianos que no nos atrevemos a pensar; relatos de familia centrados en el legado trans generacional del trauma. La escritura del dolor es como una casa que se construye metódicamente para enfrentar convulsiones internas y los golpes que nos da la vida. ¿Qué opinar de un libro como Fantasma? Que es sabio y generoso, sin soluciones fáciles.”

Disponible a partir del 20 de septiembre en librerías El Candil en Ponce, Norberto en Plaza las Américas y Rio Piedras, Laberinto en el Viejo San Juan y Librería Mágica en Rio piedras. Pronto disponible en línea, pendiente para los detalles.

Funding the University of Puerto Rico is a Must for Puerto Rico’s Recovery

PROTESTAmos

Policy Brief: Funding the UPR is a Must for Puerto Rico’s Recovery

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Transatlantic voices for Puerto Rico’s Public University

Asociación de Profesoras y Profesores del Recinto Universitario de Mayagüez (APRUM)

Asociación Puertorriqueña de Profesores Universitarios (APPU)

Profesorxs Autoconvocadxs en Resistencia Solidaria (PAReS) UPR-Río Piedras

Movimiento Estudiantil RUM

Asociación de Supervisores Gerenciales de la UPR

Consejo General de Estudiantes UPR-Mayagüez

Consejo General de Estudiantes UPR-Carolina

Consejo General de Estudiantes UPR-Bayamón

Consejo General de Estudiantes UPR-Utuado

Instituto Nacional de Energía y Sostenibilidad Isleña-UPR

Instituto Universitario…

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un par de mitos sobre la UPR

Los que me conocen saben que ando un poco obsesionada con la defensa de la universidad pública de Puerto Rico, la UPR, que está bajo ataque, protegiéndose como puede de 1)los recortes draconianos impuestos por la Junta de Control Fiscal y 2) la potencial pérdida de acreditación que podría ocurrir debido, justamente, a esos recortes y la duda que los mismos arrojan sobre la capacidad de la institución para cumplir con su ambiciosa, importante, esencial y polifacética misión.

El otro día me preguntaron algo así: ¿qué te dice la gente que justifica estos recortes? Si son tan terribles y absurdos como dices, entonces cómo es que hay tanta gente que los acepta y hasta los celebra?

Me quedé pensando, y mi respuesta forma parte de las cosas que ando estudiando de momento, pero aquí van algunas respuestas preliminares que podrían contribuir a la discusión actual:

  1. Hay dos tipos básicos de personas que justifican los recortes. Los llamaré, por aquello de usar lenguaje pintoresco, los “haters” y los “pragmatists”. [Los “lovers” no justificamos los recortes. :)]
  2. Los “haters” se mueven en todas las esferas: algunos son decanos, otros analistas, otros troles de internet y gritones variopintos. Sus aseveraciones incluyen ideas como que la UPR es un bastión comunista, los estudiantes son unos vagos pelús elitistas, y la UPR le chupa los recursos al país. A estos le hemos respondido con creces, muchas personas que tratamos el tema, y en muchos medios distintos, demostrando que la universidad es una buena inversión, que genera más actividad económica que costos, que sus estudiantes tienen mayor aprovechamiento, que su alcance va mucho más allá de  sencillamente las clases e incluye cosas como hospitales, museos y prevención de desastres, en fin. En este post no me ocuparé demasiado de los “haters” porque la verdad es que se nos va la vida contestando sus locuras y lo hemos hecho tantas, tantas veces….De todos modos, cuando tenga tiempo entro y pongo por aquí una biblografía de recursos que prueban que la universidad es una buena inversión y posiblemente el proyecto cultural más importante y efectivo en la historia del país.
  3. Los “pragmatists” son más complicados, y algunos hasta tienen algo de “lover”, y atenderé sus reclamos en otros posts y espacios. Pero en esta ocasión quiero dirigirme a dos de esos reclamos, porque los usan mucho, y porque aunque los usan los “haters” también los usa gente que es en general gente buena y razonable, gente  que simplemente entiende que la universidad debe ser como las “del norte”, gente que habla de “sentido común” y de “ser prácticos” sin mirar los números muy de cerca.  Sin meterme con esa idea de que hay que parecerse a las universidades de Estados Unidos (eso es otro tema) atenderé dos mitos que se caen fácilmente al comparar universidades estadounidenses con la UPR.

MITO 1:”La UPR es demasiado barata”

Respuesta: NO. Cuando usted toma en cuenta el tamaño de los ingresos de nuestros habitantes, y el porcentaje de ese ingreso que el costo de matrícula representa, la verdad es que nuestro sistema es bastante caro, no “barato”. El Consejo de Educación Superior hizo un estudio reciente sobre esto, y puede leer el resumen de ese estudio aquí.

MITO 2: “La UPR es demasiado grande y/o tiene demasiados recintos, así que hay que achicarla.”

Respuesta: La UPR NO ES MAS GRANDE QUE OTROS SISTEMAS COMPARABLES. Fíjese, por ejemplo, en Nueva York: Según el censo, Puerto Rico tenía unos 3.3 millones de habitantes en el 2017. El sistema universitario público de Puerto Rico (es decir, la UPR) tiene once recintos. El estado de Nueva York tenía 19.8 millones de habitantes en el 2017. Sus dos sistemas públicos (CUNY y SUNY) tienen un total de 88 campuses. Es decir: Puerto Rico tiene un recinto por cada 0.3 millones de habitantes, más o menos. En Nueva York, hay un recinto por cada 0.23.

Para decirlo clarito: El tamaño de la UPR, en términos de número de recintos, es comparable, de hecho hasta un poco menor, que el tamaño del sistema público en un estado que solemos utilizar con frecuencia como referente, el estado de Nueva York.

Otro tanto ocurre cuando miramos los números de California, otro estado con fuertes sistemas de educación superior pública. California tenía unos 40 millones de habitantes en el 2017. Sus tres sistemas públicos (CC, CSU y UC) suman 146 recintos. Es decir, California tiene un recinto por cada 0.27 millones, o sea que tiene más recintos por habitante que Puerto Rico.

Lamentablemente ando de prisa, pero quería compartir este dato rapidito tanto con los aliados como con los que piensan que la UPR tiene “demasiados recintos”. El tema es largo y hay tela para cortar, pero regreso en un par de semanas y lo tratamos con calma, añadimos más datos, y todo eso.  Hasta entonces–rb

 

 

 

nosotros, ellos, la nieve*

davos 2019Debe ser por el frío que me paraliza acá en el Bronx, o por el hecho de que el gobierno federal está medio cerrado, pero las imágenes de la cumbre en Davos se han alojado, obstinadamente, en mi cabeza. Pienso en nieve, montañas y pinos. Pienso nieve, nieve, nieve. Es uno de esos paisajes que son preciosos solo si una está lejos o tiene mucho dinero, porque la nieve en abundancia evoca “vacaciones” para los que tienen mucho y miseria para los que tienen muy poco, y el deporte del esquí, así como las estructuras que se erigen a partir de él, es, como el polo o el golf, un deporte donde suelen estar representados mayormente aquellos que pueden pagar por equipo, maquinaria, hotel y viaje.

Cada año, emigran por un rato a Davos, Suiza, los jefes de estado y los billonarios, a veces en sus aviones personales, a veces en primera clase de un avión comercial.  Algunos son ambas cosas, jefes de estado y billonarios. Otros solo billonarios pero amigos, donantes o “influencers” de los políticos. Aunque hay, como en cualquier parte, enemistades, en general se trata de una comunidad donde los ricos se encuentran, se amigan, se enamoran, se casan,  se apadrinan los hijos y las suertes unos a otros, se nombran a juntas corporativas y filantrópicas unos a otros, y juntos hacen chavos y toman decisiones sobre el resto del planeta.

Siempre hay un party pooper, claro está. En el 2011, por ejemplo,  Bill Clinton les dijo, casi casualmente, inspirado a saber por qué mezcla de culpa, lucimiento e introspección, que las grandes civilizaciones tienden a ser arruinadas por la codicia de los poderosos. Este año, Seth Klarman, que corre el fondo Baupost, uno de los fondos buitre que compró bonos de COFINA, les ha enviado una carta a los asistentes, una carta cuyo tono el New York Times describe como “desolador” y que advierte sobre los peligros de las “tensiones”, “divisiones” y “fricciones” socioeconómicas y políticas. Pero no porque estas tensiones, divisiones y fricciones sean malas en sí mismas, sino porque constituyen una amenaza para lo verdaderamente importante, que es el clima estable en donde los inversionistas hacen sus inversiones. “Social cohesion is essential for those who have capital to invest” reza la carta. En el 2011 Klarman había dicho, “Whatever investment success we achieve will take place against a troubled backdrop”, pero nada, supongo que todos tenemos derecho a cambiar de parecer.

De modo que la desigualdad es un problema, según Klarman, y le molesta, pero no porque esté mal el empobrecimiento creciente de tantas personas sino porque les resulta inconveniente a los inversionistas, por aquello de que la gente se ofende y protesta, con panderos o en chalecos amarillos.

Por cierto: acá en los EEUU, los periodistas y comentaristas usan la palabra “oligarca” para referirse a un billonario ruso, y la palabra “billonario” para referirse a los estadounidenses. Pero yo acá, mirando las fotos y noticias sobre este señor Klarman, no puedo evitarlo y pienso nieve, nieve, nieve, oligarca, oligarca, oligarca…

Por cierto también: el fondo que Klarman dirige y que posee bonos de COFINA tiene también conexiones de lo más interesantes con la industria de escuelas chárter y con grandes donativos para adelantar medidas en referéndum y candidatos políticos en elecciones en los estados. Nieve, nieve, nieve, oligarca, oligarca, oligarca…

Pensar en nieve me lleva a pensar en pingüinos, por supuesto. Los pingüinos hacen muchas cosas encantadoras, y una de ellas es organizarse, pegaditos, cuando enfrentan tormenta, para así protegerse y calentarse unos a otros. Tiene sentido–juntos generan más calor y aumentan sus posibilidades de sobrevivir el embate del frío y el viento.

Ante la tormenta que representa el capitalismo desenfrenado que es el corazón de la economía global de la deuda, solemos juntarnos como pingüinos en comunidades, uniones, instituciones. Pero el capital, como la física, tiene su lógica, sus leyes, su particular forma de entropía. Le gustan los individuos. No le gustan, para nada, los colectivos que desafíen el principio central de la codicia. Opera dividiendo, oscureciendo, exprimiendo y consolidando.

Primero nos divide. Así como cuando separa a las familias de una comunidad plantada en un canto deseable de real estate, e insiste en repartir títulos de propiedad, para que cada familia venda por su cuenta y se salga más rápido que el todo. O cuando separa a la Universidad de Puerto Rico en once recintos, cada uno (¡olvídate del #oncerecintosunaupr!) con la carga de probar que: (1) merece existir como recinto y (2) tiene los recursos para hacerlo a pesar de los recortes brutales impuestos por la Junta. El capital convierte a  las comunidades en una sumatoria de individuos y a las instituciones en un conjunto de sucursales. Siempre a oscuras, claro. El mismo grupo de Klarman, Baupost, se cambió convenientemente el nombre a “Decagon” para comprar deuda de Puerto Rico. Y, ¿cuánto trabajo no han pasado grupos como los incansables periodistas del CPI, para que les entreguen los documentos más básicos, para obtener una mínima posibilidad de transparencia? ¿Cómo es que de repente tenemos misteriosos filántropos pagando salarios de “voluntarios” en las más altas esferas del departamento de Educación?

Una vez divididos, es fácil exprimir: los estudiantes desplazados se convierten, convenientemente, en clientes de un sector privado, subsidiado por el estado federal (la beca Pell) o local (el “costo por estudiante” de la reforma educativa); los retirados pierden su garantía de ingreso y en su lugar reciben un “portafolio” de “inversiones” individual, del tipo “tenga usted, compre acciones y que le vaya bien, o tal vez no, su retiro depende ahora de la popularidad del último iphone o de un par de tenis”; los empleados negocian sus condiciones por separado y en implícita competencia con los que otrora fueran sus pares y aliados; cada quien erige la mejor barrera (física o psíquica) que pueda para protegerse, porque la policía no está; y todas compramos, gastamos, invertimos en todo, todo, todo, porque nada es bien común y todo es mercancía, venta, producto. Nieve, nieve, nieve.

Con la consolidación viene la ironía: se alían, se compran, se juntan y se convierten en una cosa que, a diferencia de nuestra comunidad, nuestra institución, nuestro estado o nuestro país, es de repente “demasiado grande para fracasar”, “too big to fail”. Entonces, venden “instrumentos financieros” y nos venden también la idea de que tenemos que salvarlos y subsidiarlos, para que puedan seguir encontrándose, amigándose, enamorándose, casándose, apadrinándose los hijos y las suertes unos a otros, nombrándose mutuamente a juntas corporativas y filantrópicas y, cómo no, haciendo chavos y tomando decisiones juntos, comiendo caviar y bebiendo champán, sobre nosotros y el resto del planeta.

 

*Publicado previamente en Claridad, 31 de enero del 2019

Entradas relacionadas: Nosotros, ellos, la oscuridad

¿La “universidad del norte”, o la universidad del desastre? *

En estos días, el futuro de esa institución venerable que es la Universidad de Puerto Rico parece incierto. El huracán María mutiló su infraestructura hace un año, y los gobiernos (el local, el federal, y ese aparato fantasmal que llamamos “La Junta”) claramente han decidido que, en lugar de reparar y fortalecer nuestra educación superior pública, van a aprovechar sus heridas (y nuestro trauma) para debilitarla más aún. Así, en este país nuestro, un territorio cada vez más pobre y con altas tasas de desempleo, donde la electricidad es intermitente y a los muertos se les niegan el nombre y la dignidad, los estudiantes y sus familias tendrán que enfrentar un costo de matrícula que sube, una oferta de cursos que baja, la ausencia de muchos profesores “temporeros”, la inseguridad que produce la existencia de un “plan fiscal” sobre el cual nadie parece hablarles claro, la eliminación de exenciones …Todo ello en una institución que por más de un siglo ha sido nuestro vehículo de movilidad social por excelencia.

 

Un político famoso (e infame) de derecha en Estados Unidos dijo una vez que él no quería eliminar, lo que se dice “eliminar”, el gobierno: sencillamente, advertía sonriendo, quería reducirlo en tamaño y así poder ahogarlo en la bañera. El hombre la encontraba muy jocosa, pero es realmente una imagen violenta, y es justamente lo que parece estar ocurriendo en Puerto Rico, donde el afán de los miembros de La Junta (esa junta a la que nadie llamó, por la que nadie votó) por implementar lo que eufemísticamente llaman “right-sizing” se traduce en una amenaza constante contra todo lo público–de hecho contra la existencia misma de nuestra universidad.

 

En las semanas posteriores al huracán María, el Departamento de Educación de Estados Unidos separó $41 millones para apoyar a los estudiantes y universidades impactados por el huracán. De esa asignación de fondos (de por sí bastante pequeña, en comparación con los daños estimados de 118 millones sufridos por la UPR), nuestro sistema recibió solamente 20 por ciento, en contraste con las asignaciones de fondos ($190 millones) que recibieron hace años las instituciones universitarias impactadas por el huracán Katrina en Louisiana y Mississippi. Para colmo, una porción considerable de esos “María relief funds” fueron otorgados a instituciones privadas fuera de la isla, tales como New York University y Grand Canyon University, que no fueron impactadas directamente por el huracán y se limitaron a ayudar a un número relativamente pequeños de estudiantes puertorriqueños a continuar sus estudios.

 

Además de otorgarle fondos insuficientes a la UPR, el departamento de Betsy DeVos ha estado últimamente destripando programas tradicionalmente importantes para los estudiantes más necesitados, tales como estudio-y-trabajo. En Puerto Rico, una isla traumada donde el ingreso anual familiar mediano está por debajo de $20,000 y donde obtener cualquier empleo es difícil, estas políticas federales son particularmente perniciosas: muchos estudiantes se verán obligados a dejar de estudiar o a tomar menos cursos para poder sobrevivir.

 

La imposición de esta “austeridad” sobre la UPR no surgió con María, claro está: La Junta (esa suerte de gobierno paralelo, poderoso y sombrío nombrado por el presidente Obama como parte de de la ley PROMESA) le había echado ya el ojo a la universidad, tempranito en su gestión. Siguiendo ese libreto de “medidas de austeridad” tan fracasado pero tan común en los países endeudados, y aprovechando el doble shock de la deuda y el huracán, la Junta y sus cómplices han estado recortando pensiones, cerrando escuelas, desprotegiendo recursos naturales y, por supuesto, exigiendo recortes en la universidad, desde el principio. Sus actividades y expresiones nos han enviado un mensaje consistente y claro: Los gobiernos, tanto el federal como el local, han abandonado a la universidad (y al bien común) como una prioridad social.

 

La Universidad de Puerto Rico ha sido, históricamente, una de las mejores inversiones que ha hecho el país. Contribuye significativamente a la economía local y de hecho ha sido una de las entidades públicas que mejor y más sofisticadamente ha manejado su propia deuda. Resulta entonces curioso, irónico, tal vez hasta burlón, que la Junta la haya elegido como blanco de sus primeros recortes, sin publicar la lógica de sus números, sin proveer datos concretos, sin excusa y sin justificación económica.  

 

Pero podemos especular sobre las posibles razones de la Junta para empezar el desmantelamiento de lo público metiéndole tijera a la UPR: la universidad ha sido, históricamente, un espacio de resistencia al colonialismo y a las reformas neoliberales, y esa fama le ha ganado la antipatía de los sectores más conservadores del país–y la convierte en una amenaza para La Junta. La educación superior, en general, está fuertemente vinculada a la conciencia y participación política. De hecho un estudio reciente realizado en Puerto Rico por Yarimar Bonilla sugiere que los estudiantes que asisten a instituciones públicas tienden a tener un mayor “conocimiento político” que aquellos que asisten  a instituciones privadas. Por muchos años, la UPR se ha caracterizado por un movimiento estudiantil activo y robusto que ha protestado la intervención colonial vigorosamente desde 1948, y que ha sido punta de lanza para la resistencia a nivel nacional contra la imposición de medidas de austeridad sobre la institución y la isla en numerosas ocasiones, incluyendo, en el 2016, contra PROMESA y la Junta misma.

 

Así, los miembros de la Junta y sus portavoces locales estaban haciendo declaraciones públicas sobre la necesidad de imponer grandes recortes en la Universidad tan temprano como enero del 2017. Los números eran un blanco en constante movimiento: primero dijeron $350 millones, luego dijeron $450, en algún momento hablaron de $500–de nuevo, sin explicación, lógica, fórmulas o datos. En cualquier caso, los recortes discutidos públicamente entonces se aproximaban a la tercera parte del presupuesto total del sistema.  Durante un año, la Junta se dedicó a ignorar las medidas y los planes fiscales propuestos por la administración universitaria, grupos estudiantiles y organizaciones docentes y, finalmente, publicó e impuso su propio plan en abril del 2018, duplicando de inmediato los costos de matrícula, estableciendo aumentos posteriores, y presentando algo llamado “campus consolidation” (por lo general se comunica en inglés, La Junta, independientemente del contexto o la audiencia) que es difícil no interpretar como un plan para cerrar, o al menos encoger, a los siete recintos más pequeños, y por ende reducir significativamente la cantidad total de estudiantes y empleados docentes y no-docentes en el sistema. Irónicamente, la misma Junta que le exige “austeridad” a la UPR le cuesta a Puerto Rico 5.7 millones al mes en gastos operacionales y le paga salario y beneficios escandalosos a su directora ejecutiva.  

 

Tomando en cuenta la coyuntura histórica que atraviesa Puerto Rico, una esperaría que el gobierno facilitara, incluso motivara, iniciativas de investigación y creación en temas urgentes como lo son el desarrollo de nuevas tecnologías solares o el tratamiento de trauma. La UPR es un centro crucial de investigación, que genera más del 70 por ciento de la producción científica del país. A pesar de las cargas pesadas y la falta de acceso a ciertos recursos académicos, la universidad ha logrado allegar y retener un cuerpo docente de calibre mundial que incluye humanistas y científicos reconocidos, y es un espacio que nutre el pensamiento crítico y la innovación científica. Por poner un ejemplo: mientras muchas universidades en Estados Unidos intentan, con dificultad, producir más grados STEM, especialmente entre entre estudiantes latinos, la UPR es, por mucho, una de las que más estudiantes gradúa en ciencia y tecnología a nivel subgraduado y graduado.

 

Pero en lugar de promover y fortalecer nuestros recursos públicos, el gobierno parece estar empeñado en subcontratar compañías norteamericanas y en fomentar las ganancias privadas a expensas del bien público. Facilidades importantes, como el impresionante Centro Comprensivo de Cáncer de la Universidad de Puerto Rico–que no solo jugaría un rol importante en atender nuestra desesperada situación de salud, sino que allegaría ingresos a la universidad misma–estuvo languideciendo mucho tiempo gracias a la inacción gubernamental, e iniciativas como el “posterriqueño” (que recortaría a la mitad nuestros gastos de iluminación  de exteriores), son ignoradas y saboteadas por la burocracia local.

 

Mientras tanto, el nuevo presidente de la Universidad de Puerto Rico, Jorge Haddock, ha declarado que los recortes impuestos por la Junta son “manejables”. La Junta de Gobierno de la UPR, amarrada a intereses políticos y politiqueros, ha hecho poco por defender a la institución. La complicidad entre esa junta (de gobierno) y La Junta (de Control Fiscal) se hace evidente  cuando vemos que los esfuerzos que la universidad puede hacer en el ámbito jurídico para protegerse de los recortes bajo el título III de la ley PROMESA los están liderando no los administradores, sino una coalición de docentes (extenuados pero en pie de lucha) que ha presentado una demanda que busca proteger a la universidad como el “servicio esencial” que ciertamente es, especialmente en tiempos de crisis.

 

El aumento en la matrícula ha sido justificado por La Junta y sus partidarios usando el argumento de que la UPR es mucho más “barata” que las universidades públicas en los cincuenta estados. Lo que no dicen es que al tomar en cuenta variables como ingreso familiar y precio neto, los estudiantes puertorriqueños en realidad pagan más, no menos, que sus contrapartes en Estados Unidos. Obligarlos a obtener préstamos para pagar por sus estudios en un mercado laboral deprimido, como el nuestro, es añadir insulto a la afrenta. Encoger o cerrar los recintos más pequeños en nombre de una supuesta “eficiencia”, por su parte, tendría impactos negativos, directos e indirectos, en las economías de algunos de los municipios más vulnerables de la isla, y obligaría a muchos estudiantes de esos pueblos a dejar de estudiar–o a matricularse en alguna de las múltiples instituciones, con fines de lucro y de valor cuestionable, que con tanto empeño los reclutan y con tanta frecuencia los endeudan.  

 

Este ataque contra la universidad pública, una institución tan respetada que hasta un miembro de la Junta la describió recientemente como “esencial”, no debe verse como un fenómeno aislado, sino ubicarse en el contexto de una toma violenta o golpe de estado por parte del llamado “capitalismo del desastre”, donde aquellos que obtienen y obtendrán ganancias a costa de la tragedia de Puerto Rico se benefician no de uno sino de dos  desastres: el yugo de una deuda impagable (alrededor de $72 billones en bonos y $50 en pensiones), y el impacto de dos huracanes seguidos, Irma y María, con daños estimados de $90 billones y una secuela de miles de muertes.

 

De hecho: todavía no conocemos con precisión el número de muertos, ya que el gobierno local no pudo o no quiso contarlos en tiempo real. Cuando el reclamo público para que se reconociera que la cantidad de muertes excede por mucho al número oficial se tornó ensordecedor (gracias en gran medida a los esfuerzos locales del Centro de Periodismo Investigativo), el gobierno contrató no a la UPR sino a la universidad (privada) George Washington para hacer el estudio y el análisis. Sin dudar de la calidad del trabajo de los investigadores de GW, esta contratación es un ejemplo más de la tendencia, por parte del gobierno local y el federal, de tratar los aspectos relativos a la recuperación post-María como una oportunidad para transferir recursos y servicios de manos públicas a manos privadas. Algunos de esos contratos, muy grandes y en ámbitos urgentes como energía y alimentación, fueron otorgados a firmas privadas con resultados frecuentemente desastrosos. Pero los partidarios del “gobierno pequeño” no se amilanan: los planes para privatizar la producción y distribución de energía siguen en pie, y parte del presupuesto del departamento de educación, por ley, alimentará las arcas de las escuelas privadas y charter.

 

La pregunta de cómo le aplicarán el manual del capitalismo del desastre a la universidad es un poco más complejo o sutil, pero quizás más siniestro. A diferencia de la Autoridad de Energía Eléctrica, el Departamento de Educación o cualquier otra agencia del Estado, la UPR cuenta con una ley de gobernanza y financiamiento  (totalmente menoscabada por la Junta) que le confiere un grado de autonomía indispensable para garantizar que la libertad de pensamiento, la búsqueda del saber y el libre flujo de críticas e ideas no estén maniatados a intereses políticos. Sin embargo, parte del discurso oficialista ha sido reducir a la UPR a un brazo operativo de la rama ejecutiva del gobierno y tratarla como una agencia gubernamental más, recortando, por ejemplo, su presupuesto general de manera desproporcionada y asignándole 10 millones de dólares a la nueva Oficina de Transformación Institucional (OTI). Esta  oficina, adscrita a la Junta de Gobierno con acceso “completo, libre e irrestricto” al funcionamiento de la UPR, está encargada de implementar las medidas del plan fiscal y “proyectos especiales” que sospechamos beneficiarán entidades a privadas.

 

La aplicación del capitalismo del desastre a la UPR  presenta serias amenazas para los estudiantes. En una isla en donde el 40 por ciento de la población y más de la mitad de los niños viven bajo el nivel de pobreza, los estudiantes más afectados por cualquier recorte, incluyendo los que exige La Junta, son precisamente los más necesitados. Esto se debe no solamente, o incluso principalmente, al alza en la matrícula, sino a dos factores que se discuten con menos frecuencia.  Primero, el sistema de admisiones está basado parcialmente en un examen de admisión, lo que implica que cualquier reducción de espacio deja fuera a los estudiantes con las puntuaciones más bajas. Estos estudiantes, por razones estructurales de desigualdad educativa, suelen ser los más pobres. Segundo, los recintos regionales que aparentan estar más amenazados en el Plan Fiscal presentado por la Junta, tales como Utuado o Aguadilla, suelen servir más estudiantes de escasos recursos y menor capacidad para mudarse a otro recinto que los recintos más grandes (como Río Piedras o Mayagüez). En Puerto Rico, estos  estudiantes más vulnerables (es decir, estudiantes de escasos recursos sin acceso a un recinto de la UPR) son activamente reclutados y absorbidos por una industria de educación con fines de lucro  (“for-profit”) que les cobra la totalidad de la beca Pell y los exhorta a asumir préstamos estudiantiles,  en un esquema muy similar al que ha causado el endeudamiento de gente joven y el aumento desproporcionado en el impago de deuda estudiantil en los Estados Unidos. Para colmo (¡qué ironía!) algunas de las entidades financieras que poseen o tienen lazos con la industria de educación con fines de lucro  son además tenedoras de bonos puertorriqueños. Este es el caso, por ejemplo, de Apollo Group, el fondo buitre que incluye a la University of Phoenix en su portafolio.

 

Resulta muy sugestivo, en este contexto, que nuestra (única) representante en Washington, la comisionada González, haya presentado recientemente un proyecto de ley para suavizar las regulaciones del sector de colegios for-profit en Puerto Rico. Específicamente, el proyecto busca maximizar la cantidad de fondos públicos a los que estas instituciones tienen acceso. No vemos a González, por otra parte, legislando para ayudar a la universidad pública, que gradúa más estudiantes, con grados de mejor calidad.

 

Los peligros que encaran los estudiantes en la mayoría de las instituciones for-profit en Puerto Rico son los mismos que enfrentan jóvenes universitarios en los cincuenta estados: con escasas excepciones, las for-profit tienen tasas de graduación muy bajas y ofrecen grados de dudosa calidad. Los estudiantes que asisten a estas instituciones suelen quedar endeudados, sin grado y sin empleo.  En contraste, la UPR tiene las mejores tasas de graduación de Puerto Rico, ha sido ampliamente reconocida como un motor de movilidad social, y le permitió a muchas personas en generaciones previas salir de la pobreza. Mientras que en Estados Unidos, los recintos principales (flagship) de los sistemas de universidades públicas son cada vez menos accesibles para estudiantes de bajos ingresos y en algunos, como  en la Universidad de Michigan, menos del 15% de los estudiantes son técnicamente “low-income”, en los dos recintos subgraduados principales de la UPR más de la mitad de los estudiantes lo son.  Este hecho resulta especialmente importante cuando tomamos en cuenta que Puerto Rico tiene el índice de desigualdad más alto de las Américas. Hay un consenso entre muchos economistas reconocidos, locales y extranjeros: los ataques contra la universidad pública (y las medidas de austeridad en general) aumentarán aún más la ya creciente brecha entre pobres y ricos y afectarán negativamente la economía en general.

La Junta nos dice que la Universidad de Puerto Rico debe cambiar para parecerse más a “las universidades del norte”, es decir, que reciban el menor apoyo público posible. Han justificado el ataque a la UPR diciendo que la institución es una carga para el país y que necesita seguir el modelo de las universidades en los cincuenta estados. Pero nosotras decimos que tal vez lo que necesitamos en este momento crítico es precisamente lo contrario.  Que en lugar de tratar de parecernos a las “universidades del norte”, la UPR debe luchar para continuar siendo una universidad del sur global, una universidad pública comprometida con la diversidad, el acceso, el pensamiento crítico, la justicia social y el bien común.

 

*Nota: Este artículo fue escrito originalmente en inglés, para el periódico The Nation, y posteriormente publicado en español en la revista digital 80grados. Por Rima Brusi, Yarimar Bonilla e Isar Godreau.