Mamá Inés y la nostalgia

Publicado originalmente en 80grados.

mama-ines-3-960x640

Sube el telón, ruge el león: aparece un niño negro. Negro en su piel y “negro”, también en sus rasgos, rasgos tales como el grosor exagerado y el color imposible de sus labios. Persiguiendo y siendo perseguido por animales como leones divertidos y tigres dientudos, una combinación que ahora sé geográficamente imposible, pero no necesariamente más imposible que un niño cazando un león, o un pájaro miná asiático caminando por una jungla africana. 

Lo recuerdo mejor, más claramente, que algunas películas que ví tan recientemente como el mes pasado. No estoy sola en eso: la ciencia sugiere que recordamos (y aprendemos) mejor en el periodo entre los diez y treinta años. Y fue a los once, justamente, que me mudé a casa de mis abuelos, tuve acceso consistente a un televisor, y me enamoré de “los muñequitos” sabatinos. 

Esto de la memoria y sus caprichos no es trivial. Lo que recordamos forja nuestro pensamiento, nuestra ideología, nuestro sentido de lo que es “natural” y familiar, y hasta los contenidos de nuestras  nostalgias. 

Recuerdo también, si bien menos claramente, que el niño negro se las arreglaba para meter a un explorador blanco en un caldero, con la intención implícita de merendárselo. Con todo y ropa, aparentemente, porque contrario al niño y otros caníbales de piel oscura en los muñequitos, al explorador nunca lo mostraban semi-desnudo. Siempre vestía el atuendo clásico de safari, con sombrero y todo. 

Las mañanas de los sábados me traían también a los Jetsons (todos blancos), los Picapiedra (blancos), el equipo de Scooby Doo (blancos), y la bruja (verde). No había muchos personajes negros, aunque sí uno que otro, de vez en cuando, como los Harlem Globetrotters que memorablemente se unieron en un episodio al grupo de Scooby Doo. Sí había abundante representación de la fauna: Droopy el perro, el Pájaro Loco, Yogi el oso,y dos ratones importantes: super-ratón (de rostro claro), y el (casi igual de súper) ratón (mexicano), Speedy González. Algunos venían en dúo, como el zorrillo hostigador y la gata (a veces llamada, en inglés, “pussy”, por cierto) perseguida, y Tom (gato) y Jerry (el ratón.)  

Ah. Tom y Jerry. Sí que había un personaje negro, allí. O más bien, partes de uno, porque solo escuchábamos su voz y veíamos sus piernas negras, sus pies enchancletados, el borde de su delantal. Esta señora regañaba a Tom y lo sacaba afuera. Yo creía que se trataba de la dueña de Tom, hasta que mi abuela me aclaró que era “la sirvienta”. 

Alguna vez imaginé el torso y la cabeza de esta señora. En mi imaginación, se parecía a Mamá Inés, a quien también le decíamos Mamaimé. En parte por lo ubicuo de ese referente en mi muy cafetero entorno, y en parte, estoy segura, como parte de la intención de sus creadores. Después de todo, eran los años setenta y ochenta, y esto quiere decir que en Puerto Rico, esos muñequitos doblados al español eran de los sesenta, incluso los cincuenta. Hasta el Indio Joe nos parecía entonces “natural”. ¿Recuerdan al Indio Joe? Era grande, rojizo y bobalicón. Trataba de atrapar, sin éxito, al cerdito Porky. Resultaba derrotado, al final, por un personaje (de piel azul) que básicamente lo asesinaba (literalmente) haciéndole cosquillas. Al final del episodio, aparecía un mapa de los Estados Unidos, una animación ilustrando el cambio del “territorio del Indio Joe” a “territorio de los Estados Unidos”, y una voz solemne celebraba que “América se convirtió en el gran país que es hoy.” 

En serio. Verifiqué en You Tube todo esto, porque ni yo misma me creía ese recuerdo horrendo. Pero es así. 

Baja el telón.

Isar Godreau y otros estudiosos han planteado cómo las estrategias de distanciamiento son parte del racismo sistémico. Y se me ocurre que nuestros muñequitos setentosos nos distanciaron de la negritud y de hecho, de la otredad racial en general, a través de la invisibilidad y la distancia en tiempo y geografía. También justificaron el racismo de maneras más directas: los personajes no-blancos eran cómicos, salvajes, peligrosos, y a veces, como la señora que me recordaba a Mamá Inés, hasta picados en pedazos, reducidos a un par de pies, una voz pintoresca, y un delantal.  

Lo que me trae de nuevo al asunto de Mamá Inés, que ha surgido como tema de conversación y pelea en medios sociales y columnas de opinión. Pasa que el fabricante de syrup y pancakes marca Aunt Jemima ha estado reconociendo el racismo del emblema de sus productos, una mujer negra que evocaba a los esclavos de otro tiempo (a quienes de hecho, si eran “buenos”, se les llamaba así, “aunt” y “uncle”), le hizo un makeover moderno, y recientemente anunció que la retiraría completamente. 

Sube el telón, o más bien entra el hashtag: se arman el salpafuera cultural y el rasgado de vestiduras. La Aunt Jemima de apariencia esclava y origen en el género de entretenimiento (con blackface) minstrel, gritan los quejones, no tenía nada de malo, era una figura muy querida, la recordamos con nostalgia, representa nuestra niñez, ni siquiera sabíamos que era esclava. Y un denso, o al menos vocal, coro de puertorriqueños empezaron a quejarse en las redes y columnas de opinión, anclando su desacuerdo en la igualmente estereotipada figura de Mamá Inés, quien, alegan, no tenía nada de malo, era una figura muy querida, la recordamos con nostalgia, representa nuestra niñez, ni siquiera sabíamos que era esclava, etcétera.  

Pero pasa con Mamá Inés lo que pasa con tantos recuerdos, lo que planteé más arriba: Esto de la memoria y sus caprichos no es trivial. Lo que recordamos forja nuestro pensamiento, nuestra ideología, nuestro sentido de lo que es “natural” y familiar, y hasta los contenidos de nuestras  nostalgias. 

Un referente no tiene que ser explícitamente “malo”, o intencionalmente insultante, para ser racista. Mamá Inés (como Aunt Jemima, Uncle Ben, el Injun Joe, Los Pequeños Traviesos, Chianita, las piernas sin cabeza de la sirvienta de Tom y Jerry, y así) nos educó en la idea, el “sentido común” (a)histórico de la esclavitud “benévola”, del afro-puertorriqueño como sirviente, y de la mujer negra como ubicada en el ámbito de la domesticidad, al menos para poder merecer un recuerdo lindo. 

Lo que nos parece “natural” no es necesariamente bueno. De hecho a veces es y ha sido horrendo: las ideas de que la pobreza es inevitable y el egoísmo es “natural” sirven para justificar el lado más oscuro del capitalismo; las bondades de “la pureza” y “la mejoría” conformaron la base ideológica del nazismo y el Holocausto; la certeza “científica” de la inferioridad del “otro”  permitieron medidas como la esterilización masiva de tantas mujeres en Puerto Rico y la separación y orfandad forzadas de niños nativos en lugares como Estados Unidos y Australia.  

La nostalgia por lo históricamente familiar, benévolo, y “natural” se convirtió de hecho en uno de los slogans políticos más efectivos en la historia electoral estadounidense: Make America Great Again facilitó la elección de Reagan y la implementación e implantación del neoliberalismo como nuestro mejor y más lógico estado. Más recientemente, abrió la puerta para la elección y popularidad de ese personaje siniestro que es Donald Trump –y la amenaza del proto-facismo.  

Recordar contenidos de nuestra niñez con nostalgia no significa que esos recuerdos sean buenos. Sencillamente significa que estaban allí, asociados a cosas como el alimento o la diversión, naturalizados a fuerza de exposición y/o distancia. Especialmente cuando nuestro recuerdo bonito tenía su raíz o servía (y sirve) para justificar y reproducir la miseria ajena. 

Nos toca observar los símbolos que nos forjan, con las herramientas de la razón y la ética. Nos toca reconocer el racismo cotidiano, así esté convertido en Mamá Inés o Tía Jemima,  en nuestros más queridos recuerdos, en nuestra identidad misma. 

 

 

el mendigo, en tiempos de la cuarentena

homeless feet onlyEs viernes (creo que “santo”, no recuerdo y no importa demasiado). Cae una llovizna fina que casi parece nieve. Se nos ha acabado la leche. El aguacate que compramos hace tres días finalmente maduró.  Cuomo nos ha invitado a estar “cautelosamente optimistas”.

Desde que se nos rompió nuestro carrito de compras, hay que hacer compra con mayor frecuencia.

La muerte prematura del carrito fue cosa de la epidemia también. Es uno de esos que funciona solo en línea recta, que no tiene la capacidad de torque para ejecutar una curva. Andaba mi esposo empujando el carrito cuando se encontró de frente con una señora con cara de susto y desenmascarada (qué cosas, en estos días son los desenmascarados, no los enmascarados, los que meten miedo) y, tratando de evitarla, viró el carrito de forma tal que se rompió.

Pero ese es un cuento pequeño y aparte del que hoy me ocupa. Hoy fui a hacer compra, con mis dos bolsas gigantes, una en cada brazo, donde llevo lo pesado, y dos más pequeñas, una para cada brazo también, donde llevo lo liviano y/o delicado. En tiempos de cuarentena solemos desarrollar sistemas como éste para todo hacer o quehacer cotidiano. Esperando el cambio de luz en la esquina, se me acerca un mendigo, me dice (en inglés) Tengo hambre, deme un par de pesos, le digo No tengo efectivo (y es cierto, porque mi sistema involucra el uso, más simple, de una tarjeta de crédito, ya que pertenezco al sector privilegiado de los que tienen esa cosa, crédito, en este sistema), me insiste Tengo hambre, le sugiero que ya que voy al mercado, le puedo traer, cuando salga, alguna cosa. Mi sistema, añado con cierto orgullo, toma 10-15 minutos, a lo sumo. Y qué me trae, pregunta, Bueno, contesto, podría ser guineos, o manzanas, algún dulce, platanutres, Pues tráigame guineos, que sean dos y no estén demasiado maduros, porque no me gustan maduros, pero tampoco verdes, por supuesto, y ensalada de atún, asegúrese de que NO sea pollo sino atún, y que traiga uno de esos cuchillitos de plástico para untarle el atún a las galletas, Algo de beber, pregunto, No, gracias, contesta. Nos vemos aquí mismo, en quince más o menos, prometo.

Dentro del supermercado, tomo especial cuidado en conseguir lo que me ha pedido, en elegir los guineos del color preciso y asegurarme de agarrar el meal kit de atún, y no el de pollo. Añado unas barras de granola y un chocolate.

Otro cuento dentro del cuento, que viene, aunque no venga, al caso: en el proceso de ayudar a la cajera  a acomodar mis muchos artículos, y de separar los del hombre que me espera en una bolsita aparte, la tela de mi mascarilla homemade invade el área de mis ojos y digo en voz alta, en español y por impulso, Pera que no veo tres carajos, y la cajera se sonríe (que duchos nos hemos vuelto, en esto de reconocer sonrisas por encima de las máscaras que las cubren), y entre risitas y en un español muy boricua me contesta No se preocupe, que no hay prisa.

Regresando a la historia original, al fragmento de este diario wanabí que mantengo de mi Nueva York en los tiempos del coronavirus: salgo a la calle balanceando el peso de cuatro bolsas, miro el reloj, han pasado exactamente quince minutos, y mi mendigo no está en la esquina acordada. De hecho no está en ninguna esquina visible.

Pero allí, frente al mismo super, me encuentro con una mendiga, desenmascarada y con rosácea, tengo hambre, me dice, con la sonrisa más triste que he visto en mucho tiempo. Pues mire, le contesto, resulta que tengo esta bolsita, tiene guineos, atún, barras de granola… Y sin dejarme terminar, extiende unas manos muy blancas, muy limpias, y toma de las mías la bolsa que le ofrezco, con la sonrisa más feliz que he visto en mucho tiempo, Gracias, dice, Bendiciones, No es nada, le contesto. Y sé que realmente no lo es.

Me pregunto dónde podrá sentarse a comer, ahora que todos los parques de la ciudad están cerrados y los albergues, esos focos de infección ignorados, están llenos y no tienen sillas y mesas pa’ tanta gente.

Acabo de regresar a casa y terminar el tedioso trabajo de limpiar cada artículo. Mientras escribo en este diario, se me ocurre que hoy re-aprendí dos viejas lecciones. Una, que los mendigos no están como cualquiera pero son como cualquiera, que pueden tener preferencias alimentarias y capacidad para la travesura, para sonreír, agradecer, impacientarse. Tendencia al enojo, alergias a las nueces, canas, rosácea, manos de violinista clásica.

La otra, que la caridad es un mal parcho, que el capitalismo está lleno de agujeros, y que los pobres no nos deben nada.


Esta entrada forma parte de un diario de campo que voy escribiendo en los tiempos de la pandemia de COVID-19. Pulse aquí para ver la anterior, “el numerito diario en tiempos de la cuarentena”. 

El numerito diario en tiempos de cuarentena

coronavirus dead. Photo by Demetrius Freeman NYT
D.Freeman, New York Times

Hace un par de días, el gobernador anunció que en el estado llevábamos dos días de menos muertes. O de menos muertos. Nos recomendó recibir esos números con alguna esperanza pero mucha cautela. Hizo bien, porque al día siguiente, las muertes volvieron a aumentar. 731. 

Prefiero decir “muertos” a decir “muertes”. La muerte es una abstracción. El muerto tiene venas y neuronas, tiene nombre e historia, tiene algún reparo, algún remordimiento, alguna querencia, alguna virtud (tal vez sublime), algún defecto (tal vez imperdonable). Tiene listas de cosas por hacer, tal vez hasta ilusiones. Pueden ser modestas, tontas, improbables, vulgares, extraordinarias, pomposas, pero igual las tiene. 

Tuvo soledades, de seguro. Es parte de la condición humana, y digo condición así como  quien dice sustancia constante, independiente del estado, como cuando digo que agua, hielo y vapor son, al final, la misma cosa. Tuvo soledades, y probablemente sufrió la última, la más triste: la de apagarse solito en una camilla. Si tuvo suerte, mucha suerte, lo acompañó la lágrima o la sonrisa de una enfermera milagrosamente desocupada, y digo “milagro” porque no hay manera de adverbiar “carambola” (¿carambolosamente?), sé que podría decir “forma adverbial de” pero déjenme quieta, culpe a mi “estilo”, lo que sea que quiera decir “estilo”. 

A veces repasan algunas de sus historias. Las de los muertos, digo. Human interest, le dicen a ese tipo de noticia. A veces las leo lento y de cerca. A veces, para mi vergüenza, les paso el ojo por encima muy rápido, distraída, empeñada en llegar a lo que me ocupa, que es el numerito ese, el de las muertes que deberían ser muertos, como el muerto mismo cuya memoria mi prisa acaba de deshonrar. Así son la epidemias. Lo mismo pasa en las novelas. La Peste de Camus tiene muchas muertes y pocos muertos. Los muertos tienen el “privilegio” de serlo por razones literariamente importantes y humanamente arbitrarias. El más importante en La Peste es probablemente el niño sin nombre pero con apellido a quien el autor le dedica un capítulo completo. No fue el primer niño en morir, ni el más pequeño. Pero fue el primero que le quitó el aliento a esa piedra que es el médico, Rieux, el primero y el último que casi, casi le roba al cura su fe, esa misma fe que al final lo mata. 

Human interest. Las historias de interés humano que más le gustan a la prensa estadounidense (o al menos las más detalladas) son las de gente que gana la “batalla” con el virus. 

La “batalla”. Se me ocurre que en lugar de usar la guerra como metáfora para la epidemia, algún día usaremos la pandemia y la virulencia como  metáforas para la guerra. O eso espero. 

Agradezco los números, sin embargo. Agradezco ese esfuerzo de contar gente. Espero que mejore y se expanda para incluir a los que mueren en sus casas, pero me alegra saber que alguien los cuenta. Quiere decir que, de algún modo, cuentan. Con sus venas, sus historias, sus remordimientos y sus ilusiones, cuentan.  


 

Esta entrada forma parte de un diario de campo que voy escribiendo en los tiempos de la pandemia de COVID-19. La primera es El cuerpo en tiempos de cuarentena, y la anterior a ésta se llama El paseo en tiempos de cuarentena. 

 

 

 

 

el resumé, en tiempos de la cuarentena

No sé coser mascarillas

o cuidar plantas.

Disciplinar niños o perros

usar bien las comas, hacer ejercicio, tomar agua, masticar de día, dormir de noche, cortar uñas o pelos, adivinar las horas, meditar

pintar

implementar el positive thinking

poner vergüenza

recibir sonrisas de frente.

Respirar.

Leer.

 

Sé predecir el tiempo

y calcular la nota que canta la sirena.

Mirar pájaros de cerca y flores de lejos

estrujar papeles, tomar cerveza, poner acentos, tachar adverbios, construir listas de dos columnas y palabras de dos o cuatro letras

escribir con los pulgares

recibir el sol con ojo de pulpo

sentir viejas vergüenzas

encauzar la indignación propia y ajena.

Dormir de día.

Lavarme las manos.

 

Aprendí a quedarme quieta

a recitar pequeños conjuros con los dedos de los pies

a ver si el virus pasa de largo

sin tocarnos.

 


Esta es una entrada de mi diario de campo durante la pandemia del COVID-19. Serán narrativos, no creo que haya muchos poemas, pero a veces esas cosas pasan. La entrada anterior del diario es El paseo en tiempos de cuarentena, y la próxima se llama El numerito diario en tiempos de cuarentena.

 

El paseo en tiempos de la cuarentena

new york streetNuestra cuarentena no es absoluta. Se trata más bien de una forma bastante extrema del  “distanciamiento social” recomendado. Vivimos acuartelados, mi esposo, mi hijo y yo, en un apartamento neoyorkino. Dos o tres salidas muy breves al día. Comprar leche. Pasear a Leia, nuestra perrita.

Son paseos cortos. Tres bloques, tal vez. Le sirven a la perra para ejercitarse. Me sirven a mí para tomar el sol, cuando hay sol. Para ver algunas flores, ahora que hay flores. Narcisos amarillos, cerezos blancos. 

Siempre hay gente en las calles. No mucha. Ciertamente menos que antes. Caminamos todos en zig zag, para mantener los ya legendarios seis pies de distancia. Nos hemos vuelto todos intuitivamente medio matemáticos: adivinamos la geometría del cruce de dos líneas, la física de las trayectorias de las personas-objeto, las derivadas o integrales necesarias para decidir el cambio de velocidad que requiere maximizar la distancia entre nuestro cuerpo y el ajeno. Cuando por cualquier motivo me encuentro a menos de seis pies de cualquiera, me sorprendo aguantando la respiración y apretando la quijada. A veces nos ignoramos. A veces nos sonreímos. A veces nos saludamos, de lejos, gritando, casi. 

Cuando algún enmascarado hace contacto visual conmigo, me pregunto si está enfermo. Si está sonriendo. Si está haciendo alguna mueca, o susurrando alguna cosa. Si me está protegiendo, con su máscara, o protegiéndose de mí.

Nos distanciamos con más urgencia aún de las personas vestidas con el inconfundible uniforme verde o azul de los que laboran en los hospitales. Su trabajo es heroico, hoy más que nunca, y homenajeado con frecuencia en discursos políticos y medios sociales. Es un homenaje temeroso, culposo. Es distinto a, digamos, el de los bomberos después del ataque a las torres gemelas en el 2001. Son una especie diferente de first responder, héroe y vector a la vez. Casi nunca llevan máscara. Tal vez están descansando la piel, maltrecha por la presión cotidiana de tela, metal y goma. Tal vez, como yo, quieren sentir el sol en sus mejillas. 

En dos ocasiones, me he topado con un guante de látex tirado en el suelo. Mis reflejos me hacen retroceder, encoger los músculos del abdomen, tirar con fuerza de la correa de mi perra. Pienso, por primera vez en muchos años, en La Náusea de Sartre, en el cambio de la relación del protagonista con los objetos cotidianos. Me pregunto a quién le pertenecería ese guante y por qué estará allí, en mi línea de visión. Si se le habrá escapado a su dueño en una corriente de aire, si se le habrá caído en un descuido. Una vocecita interna, muy siniestra y muy leve (los pensamientos también tienen volumen) se pregunta si lo habrá dejado allí a propósito, para asustar a los peatones asustados como yo. 

De regreso a casa, le lavo las patas y el hocico a Leia en la bañera, y aprovecho para lavarme también las manos, cantando cumpleaños feliz dos veces, pensando en lo inapropiado de la canción pero añadiendo las patas de cangrejo y la cara de conejo, para ir a la segura. En la cocina, desinfecto el cartón de leche, me lavo las manos otra vez. Desde mi ventana, puedo ver el sol, si hay sol, y algunas flores, ahora que hay flores.


Esta es la primera entrada de mi diario de campo durante la epidemia de COVID-19. La próxima entrada es: El numerito diario en tiempos de la cuarentena, y la anterior es El cuerpo en tiempos de la cuarentena. 

El cuerpo en los tiempos de la cuarentena.

carta-de-la-quiromancia-de-una-palma-r-19238597El cuerpo en los tiempos de la cuarentena.
Espero que esto sea el inicio de una serie de micro-crónicas. Me viene bien, escribir.
Nuestros desastres, por cierto, son crónicos. Hace rato que,como “la crisis” dejaron de ser agudos. O tal vez “agudo” y “crónico” no son mutuamente exclusivos. No realmente.
He notado que en mi cuerpo va creciendo un mapa nuevo. Una cartografía (¿o será quiromancia?) del miedo al contagio.
Un nudillo en la mano derecha está dedicado a apretar los botones del ascensor.
La muñeca derecha, habitualmente escondida bajo la manga del abrigo liviano que uso en estos días de sol ocasional y viento infrecuente: esa es para rascarme la nariz.
El codo derecho es especial. En los días primeros, cuando todavía no hablábamos de distanciamiento social o cuarentenas, sirvió de sustituto para el abrazo. Pero ya no. Se ha convertido en la herramienta que uso para empujar puertas.
La mano izquierda suele estar dentro del bolsillo izquierdo del abrigo. La tengo al servicio exclusivo de un pañuelo desechable para el ocasional estornudo. No es un síntoma del virus que salta de cuerpo en cuerpo, sino de alergia, pero igual me calma un poco, el pañuelo, y espero que también al prójimo. A veces mascullo “allergies”, para ir a la segura. A veces mascullo “allergies” aunque esté sola en el ascensor.
Trato de reservar las yemas de los dedos para ajustarme los espejuelos.
En estos días, me voy conviertiendo en una suerte de navaja suiza, dedicada al manejo del miedo al contagio.
————-
Esta entrada forma parte de un diario de campo que voy escribiendo en los tiempos de la pandemia de COVID-19. La próxima es El paseo en tiempos de cuarentena. 

La cazafantasmas: a propósito de Rima Brusi. Por Vanessa Vilches

fantasmas coverReseña publicada en la sección En Rojo del Periódico Claridad, 20 de noviembre de 2019, por la escritora Vanessa Vilches Norat.

Cuentan de la terquedad de los fantasmas. Dicen que habitan asediando, que bien saben ocupar el espacio sin estar en él. Quizás porque desean un instante de corporeidad, aparecen a todas horas y nos perturban. Basta un sonido, una visión, un golpe, un olor y todo un universo espectral se pone en movimiento. ¿Qué si el espacio donde se asoman los espectros es el cuerpo o la casa móvil de la memoria?

Cuentan también del tesón de las cazafantasmas. Hace falta mucha valentía y entusiasmo para esta empresa. Algunas van en busca de sus hostigadores apertrechadas con nuevos dispositivos para medir los campos de fuerza electromagnética.  Otras se arman de tan solo pluma y papel y van a su encuentro.

Rima Brusi Gil de La Madrid pertenece a la segunda categoría de cazafantasmas. En su más reciente entrega Fantasmas, publicada por Editora Educación Emergente, Rima Brusi asediada por un olor, se dedica a hacer cuerpo y memoria del espectro que, sin estar del todo o precisamente porque nunca supo estar, organiza su relato memorioso.  Con una pluma valiente, decidida, llena de tinta antropológica, la valiente narradora no solo quiere enfrentar a su fantasma sino explicarlo.

Estas memorias son una matergrafía. Así llamé hace algún tiempo a textos autobiográficos que giran alrededor de la madre. Decía entonces que la madre funcionaba como el Otro para quién, por quién y desde quién se estructura el relato. Esa conclusión es obvia, la narradora de este libro organiza su recuento a partir de su madre biológica o, para ser más precisa, a partir de su ausencia. La madre es todo presencia en el texto, si de chica es por la presencia intermitente, en el presente de escritura, cuando ya Rima ha decidido protegerse ella y a los suyos de esa madre que nunca supo serlo, aparece citada; su palabra, en itálicas, es parte del relato.

Bien podría ahora pasar a analizar los elementos que este sujeto autobiográfico utiliza para reconstruir una relación tan “delicada” como ella misma la llama. Auxiliada por Paul de Man, buscaría incluso los elementos que configuran la máscara narrativa del texto puesto que, como sabemos, el relato mnémico se reconstruye siempre hacia el futuro, y no desde el pasado como queremos creer. Así la Rimita alegre y atenta, abandonada por una madre incapaz que se dibuja en Fantasmas, corresponde más a la niña que la narradora Rima propone en su presente de escritura cuando ya ha experimentado la maternidad. El texto se compone de dos tiempos, de dos Rimas: el relato de la Rima hija, contado por la Rima madre que, en veintiún cuadros, intenta dar cuenta del fundamental, extraño y complejo vínculo materno para, a su vez, reflexionar sobre su propia maternidad.

Otra posible lectura sería ver cómo esa Rima del presente quiere reconstruir con parchos -algunos gigantescos y de colores, otros, luctuosos y tremendistas- esa colcha con huecos que es la memoria del abandono. Lo que pasa es que este camino de lectura es incómodo. Conozco a Rima, me pienso su amiga, y no logro, como lectora, dejar de intentar proteger al personaje Rimita del desamparo.  Las peripecias de esta hija concebida en un viaje de ácido, huérfana de cariño, desamparada por una madre deprimida que la obliga al hambre, al miedo, a la errancia, a sufrir experiencias límites y violentas, como la iniciación o “asiento” en la religión lucumí a los 8 años, son difíciles de leer. Después de todo no soy tan criminal doméstica como me jacto. Me conmuevo ante este texto, donde el Yo gira y gira como una chiringa alrededor de una figura materna fantasmal y ominosa que no sabe volar la cometa.

Somos consecuencia de ciertas inciertas reminiscencias, nos asegura Braunstein. El primer recuerdo que se cree recordar traza, por ser traumático, el mapa de nuestra memoria.  Lo que comenzó como una alucinación olfativa a químico, una phantomia, nos dice Rima, se tornó en la búsqueda del principio estructurador del relato. Lo curioso es que se trate de una fantasmagoría. Parece que en el libro la escritura es fantasmal, por involuntaria, como el olor a azufre, la escritura se aparece, la insta, es incontrolable. Seguirle la pista a un olor la lleva a la escritura y al primer recuerdo infantil:

“Una memoria me ha tomado hoy por asalto. Me estaba esperando agazapada en algún rincón de mi día, no recuerdo cuál. ¿Haciendo el desayuno? ¿Caminando con mi hijo al autobús?… Creo que la memoria es real porque su superficie es temblorosa y brillante…Creo que es real porque también tiemblo. Creo que es un recuerdo no verbal: este recuerdo no es palabra, ni es imagen, o al menos no es solamente imagen. Este recuerdo es más bien sensación: de necesitar un abrazo y no tenerlo; de estar de pie, llorando, esperando que mi madre me tome en sus brazos, esperando como quien dice “esperanza”, (en inglés, “hope”), y no “espera” (“wait” o “expect”), porque en ese segundo sentido no había ni hay mucho que esperar. Sentir en el cuerpo propio en el presente, la ausencia antigua de la mano del brazo, del abrazo de la otra, el abrazo de la persona que es tu mundo.

Trato de descifrar de dónde viene el recuerdo. Trato de evocar los abrazos de mi madre y descubro, para mi sorpresa y según mi memoria, que nunca me ha abrazado. Aún hoy, Teté no me abraza, más bien se deja abrazar por mí.”

La cita es parte del capítulo “Hallazgo”.  No es fortuito el título de la sección. La narradora, cual antropóloga, brinda como el más importante hallazgo de su trabajo de campo esa primera memoria infantil, ese fósil que sitúa más en lo sentido que en lo recordado. Como toda memoria es testarudamente fantasmal y la acecha, la toma por sorpresa. Todo sensación, la ausencia de brazos que acurruquen y protejan, explica la difícil relación entre la madre biológica y la hija, que decide desde muy pequeña, no solo ser su propia madre, sino ser la madre de su madre. El primer recuerdo es el abandono. Abandono es el nombre de su angustia que sanará en la reconstrucción memoriosa. De ese recuerdo también la explicación de la escritura a la que la autora se agarra para entender los vínculos sociales. La escritura será madre sustituta, como su querida abuela paterna Carmen.

Sin embargo, la narradora se niega a reconstruirse como víctima de su madre. Antes bien, utiliza su pasado para explicarse políticamente un rol social. La Rima que reconstruye su vida anterior anudando, hilvanando, trenzando y cortando esas reminiscencias vitales tiene mano fuerte para coserle a esa Rimita-chiringuita una cola larga y amplia, como un manto con el cual se protege a sí, a su hermano, a Teté, a su abuela y nosotras las lectoras. Este es uno de los aciertos más importante del texto: contar el dolor, no desde el encono, si no desde la compasión. El libro es un valiente tratado sobre el perdón a aquellos que, por estar más cerca de nosotros, nos hieren con mayor profundidad.  Vivir bajo un mismo techo no es tan fácil, ni tan gozoso como se nos impone pensar.  La estructura social de la familia es histórica.  No es secreto que vivir en familia implica un gran monto de sacrificio, sufrimiento, y por suerte, también de alegría.

A veces con un cincel, otras con un marrón, la narradora echa abajo el pilar fundamental de una ideología conservadora sobre la crianza y la educación de los sujetos sociales: el instinto maternal. Para ello incorpora sus conversaciones con la madre o reflexiona desde el presente sobre su propio sentimiento de “ineficiencia maternal”. Es compleja la crianza y la domesticidad, demuestra Rima. Cada vez que el ángel de la casa fastidia a la narradora en su proceso de escritura, se evidencia la contradicción inherente en la ecuación: madre y derechos personales.

Por ello traza una genealogía familiar de las inadaptadas al trabajo doméstico y transgresoras de la norma social: Marina, su bisabuela paterna, quien abandonó a su familia, su querida abuela paterna Carmen Ana, que amorosamente la cría, pero que “detestaba el arte y la ciencia de ‘llevar casa’”, Teté, que no supo ser madre y ella, Rima, que en muchas ocasiones   fracasa “en la gestión de crear cotidianidad”, de “sacar el día”.

El dogma del instinto maternal, como bien nos recuerda Elisabeth Badinter, heredera del pensamiento de Simone de Beauvoir, asegura a la iglesia, al estado y, sobre todo, al capital una nueva clase de esclavitud al colocar lo materno como centro de la experiencia de las mujeres.  “La máquina de hacer hijos es nuestra condena”, propone Lina Meruane, desde un tono divertidamente colérico en su diatriba Contra los hijos, donde analiza esa “máquina de hacer hijos” del capitalismo, para presentar el llamado de la cultura a la maternidad como parte del exceso consumista y contaminante del capitalismo bestial.

Fantasmas es un documento reflexivo sobre los límites de la maternidad. Reconocer que la más “natural” de las encomiendas de nuestra cultura es histórica, por lo tanto, que está muy lejos de ser una esencia universal o un evento biológico es aún hoy un importante desafío a nuestra ideología. Brusi hace del dolor de ser hija una oportunidad crítica para cuestionar y redefinir lo materno como principio social.

Insisto en la primera memoria infantil de Fantasmas, referida en “Hallazgos”, por ser acontecimiento basal, eje en el que se arma el relato. La narradora explica la sensación de abandono en su cuerpo al hacer referencia a un estudio sobre la crianza de macacos llevado a cabo en los años cincuenta. Refiere que el hallazgo inmediato del estudio fue la importancia del contacto físico en la crianza: los monitos prefirieron la caricia al alimento. La narradora insiste en otro hallazgo del experimento, revelador para su autobiografía, las hembras macacas que se criaron con madres artificiales al crecer no pudieron hacer actividades que se consideraban naturales o instintivas como lactar y cuidar a sus propios bebés. El primer recuerdo traumático de abandono le permite a la escritora del presente proponer una importante conclusión: la maternidad es un invento de la cultura, por lo menos, un aprendizaje.

Así, vemos desde el trauma fundante del primer recuerdo las negociaciones que la hija narradora hace con el ideario maternal. Y habrá que decirse que ese ideario del sacrificio materno inhumano y actual es tan terrorífico como los fantasmas que se conjuran en este libro.  Reconocer la incapacidad mental, social y económica de Teté para ser madre, incluso, convenir en que la madre biológica la protegió de sí al dejarla al cuidado de sus abuelos, es una manera política, compasiva y ética de encarar un pasado traumático. También es una forma de humanizar la encomienda maternal y el futuro de las mujeres que, como la narradora, han decidido la maternidad.

Este libro todomadre o quizás todohija, o mejor, todomadrehija, nos recuerda que la vida nunca es como pasó, sino como la contamos, que “la forma en que uno ha registrado lo que le pasó es lo que uno es.” En esas palabras trazadas sobre el papel, hay un deseo de reflexionar sobre lo sufrido, una insistencia en politizar una circunstancia, una voluntad de otro camino.

1. Leí una versión de este ensayo en la presentación del libro, el viernes 8 de noviembre en Casa Norberto.

2. De(s)madres o el rasgo materno en las escrituras del Yo. A propósito de Jacques Derrida, Jamaica Kincaid, Esmeralda Santiago y Carmen Boullosa, (Chile: Cuarto Propio, 2007).

3. “Autobiography as De-Facement en The Rethoric of Romanticisms, (New York: Columbia University Press, 1984)

4. Memoria y espanto o el recuerdo de la infancia. (México: Siglo XXI, 2008):10.

5. p.31.

6. Ver, The Conflict. How Modern Motherhood Undermines the Status of Women, Trad. Adriana Hunter, (New York: Metropolitan Books, 2012).

7. (Chile: Penguin Random House, 2018).

8. Néstor Braunstein. Memoria y espanto o el recuerdo de la infancia. (México: Siglo XXI, 2008):44.

!Mi nuevo libro “Fantasmas” llega hoy a las librerías!

fantasmas coverMi libro “Fantasmas” (bueno, realmente nuestro libro, porque mira que mucha gente buena y generosa ayudó a mejorarlo y a hacerlo posible), publicado por la Editorial Education Emergente (EEE), está llegando a las librerías!!! A partir de mañana 20 de septiembre. Entre ellas @ElCandil_Ponce, Librería Norberto en Plaza y Rio Piedras, Librería Mágica, y Librería Laberinto. #LiberaTuLectura

De la contraportada de la maravillosa Marta Aponte Alsina: “Se dice que la felicidad no es un buen estímulo para escribir. El dolor sí, para entenderlo y distanciarse de él. ¿Qué opinar de un libro como Fantasma? Todo lo que el libro se propone decir está en el libro. Quizás admirar la serenidad del estilo controlado y cristalino; la inteligencia del testimonio que también es un ensayo de introspección. La trama tiene que ver con el más elemental de los afectos humanos: la relación entre una madre y su hija, que llegará a ser madre. En este libro hay relatos de un patrón de maltrato insólito en escenarios difíciles de concebir y también del maltrato corriente en escenarios cotidianos que no nos atrevemos a pensar; relatos de familia centrados en el legado trans generacional del trauma. La escritura del dolor es como una casa que se construye metódicamente para enfrentar convulsiones internas y los golpes que nos da la vida. ¿Qué opinar de un libro como Fantasma? Que es sabio y generoso, sin soluciones fáciles.”

Disponible a partir del 20 de septiembre en librerías El Candil en Ponce, Norberto en Plaza las Américas y Rio Piedras, Laberinto en el Viejo San Juan y Librería Mágica en Rio piedras. Pronto disponible en línea, pendiente para los detalles.

Funding the University of Puerto Rico is a Must for Puerto Rico’s Recovery

PROTESTAmos

Policy Brief: Funding the UPR is a Must for Puerto Rico’s Recovery

ORGANIZATIONS can endorse this document under “reply” below. It has already been endorsed by the following organizations below:

ORGANIZACIONES que desean endosar este documento lo pueden hacer abajo pulsando reply. Ya ha sido endosado por las organizaciones listadas abajo:

INDIVIDUALS can endorse by joining this moderated FaceBook group:

Transatlantic voices for Puerto Rico’s Public University

 INDIVIDUOS que desean endosar pueden entrar en el grupo (moderado) de FaceBook:

Transatlantic voices for Puerto Rico’s Public University

Asociación de Profesoras y Profesores del Recinto Universitario de Mayagüez (APRUM)

Asociación Puertorriqueña de Profesores Universitarios (APPU)

Profesorxs Autoconvocadxs en Resistencia Solidaria (PAReS) UPR-Río Piedras

Movimiento Estudiantil RUM

Asociación de Supervisores Gerenciales de la UPR

Consejo General de Estudiantes UPR-Mayagüez

Consejo General de Estudiantes UPR-Carolina

Consejo General de Estudiantes UPR-Bayamón

Consejo General de Estudiantes UPR-Utuado

Instituto Nacional de Energía y Sostenibilidad Isleña-UPR

Instituto Universitario…

Ver la entrada original 109 palabras más