Escupitajo

A veces tenemos que escribir sin fijarnos mucho en la prosa, en su elocuencia, incluso en su belleza o funcionalidad.  El tema es (¿o nos resulta?) urgente.  Me ha pasado antes.  Me ha pasado hoy.

Y ayer. Porque fue ayer que supe del escupitajo.

La cosa va más o menos (más menos que más, probablemente, porque estoy lejos, y mi visión se basa en la combinación de una prensa superficial y un facebook más profundo pero diverso, y hasta caótico) así: Los estudiantes están en huelga, protestan contra los impactos de PROMESA y los recortes por venir en la universidad y otras esferas, y han cerrado el recinto de Río Piedras; un profesor llega, trata de entrar, los estudiantes resisten, alguien le tira agua y escupe.

El caso no es tanto el evento (que es ciertamente un tanto grosero, vamos, piénselo, imagínese el espectáculo de un individuo que se aparece, como ha hecho otras veces, para provocar, imagine la baba volando por el aire, en fin, aceptemos que bonito no es, el asunto) como nuestra inclinación a evaluarlo de la siguiente manera:

“Ah, no. Yo entendía a los estudiantes, y hasta les perdonaba la huelga esa, pero así no.  Ya se me salieron. No estoy de acuerdo con esa violencia, y se acabó.”

 

O de la siguiente manera:

 

“Ves, te lo dije–esos estudiantes son un chorro de sirvenguenzas, cacos, troublemakers…Te dije que la huelga era una mala idea.  La universidad tiene que permanecer abierta. Ese pobre profesor trató de entrar y no sólo no lo dejaron, sino que lo atacaron. Y lo atacaron de manera vulgar.”

 

Y así, con sus múltiples variantes.

 

Aquí me concentro en este tipo de reacción, en el asquito o rechazo que nos produce la respuesta violenta de un grupo del cual esperamos pacifismo. Porque pasa que es la reacción no sólo de los amigos, sino de los enemigos de la universidad, que hay mucha gente buena, chévere, decente y hasta solidaria que tienen una opinión como esa, gente buena que se friqueó con el escupitajo. No estoy escribiendo, no aquí, sobre si la universidad debe estar abierta o cerrada, sobre el valor de la huelga, sobre el mejor modo de enfrentar la crisis que la presencia de la junta encarna…Estoy escribiendo sobre el escupitajo y sobre la reacción del tipo “ay no, que feo, eso de escupir, muy mal, estudiantes”,  en particular.

 

Me concentro en ella no para burlarme sino porque es una reacción humana y frecuente. No sólo con este asunto sino con muchos otros. Y es de los otros que quiero hablar–porque creo que para entender el rechazo social y generalizado al escupitajo, hay que estudiar un poco a los primos de ese rechazo. A los otros rechazos similares.

 

Me refiero a rechazos como éste: Digamos que hay una profesora universitaria. Más o menos feminista. Habla de violencia de género en clase. Seis individuos varones expresan (siempre lo hacen con una expresión triunfante, como si la idea fuera magníficamente original) cosas como “también hay violencia de mujeres contra hombres.” De nada sirve que la profe anote que sí, cierto, pero que los casos contra las mujeres son mucho más numerosos, o que redundan en muerte con mucha más frecuencia. No importa. Si las mujeres se cantan víctimas, esperamos de ellas comportamientos perfectamente racionales y moralmente apropiados: no puede haber cuernos, deben dejar al tipo a la primera gaznatá, no deben tener hijos con él, no deben juntarse con él para empezar. Ah–y si otra mujer, en otro pueblo, en otro año, le da al marido con un palo de escoba, entonces se chavó el concepto mismo de violencia de género, porque “las mujeres también golpean a sus maridos.” Para ser claras: si pretendemos que la violencia de género sea parte de la conversación social, entonces tenemos que, de alguna manera, evitar que una mujer, cualquiera, cometa un acto de violencia contra su pareja, porque nos afectamos todas, nos daña la reputación y la causa.

 

Esto del género tiene otra dimensión, aún más complicada. Regresemos al salón de clases de nuestra colega. Digamos que ante los numerosos reclamos de “hay mujeres abusivas también”, la profe comienza una discusión sobre el tema del patriarcado y su cómplice, el machismo. Sonamos–no hace más que emitir la palabrota, “machismo”, y se agita alguien, indicando (de nuevo, con expresión de triunfo) que también hay mujeres machistas. [Ah, y que ellas crían a los hijos machistas, añaden, pero en eso no voy a entrar porque si lo hago, no termino.]

 

Se complica la cosa aún más, porque nuestra profesora feminista está preparada para obtener esas respuestas de estudiantes varones, pero se friquea cuando sus estudiantes hembras dicen cosas por el estilo. Es decir–del macho lo espera, de la hembra no. Es una “mujer no solidaria.” Así nos acusamos.

 

Pero el caso es que ahí lo tiene. Si una mujer le pega al marido, todas las mujeres, es más, el concepto mismo de violencia de género, son cuestionables. Basta con una manchita, y años de trabajo se van al cuerno.

 

Basta con un escupitajo. ¿Me sigues? Sí, lector, ya tú sabes por dónde va la cosa.

 

De modo que a lo que voy: el fenómeno del escupitajo y su consecuencia (es decir, el rechazo al movimiento estudiantil y a la huelga en su totalidad) es uno de varios rechazos clásicos, típicos, que hay que entender para mejor actuar. Hay otros igualmente importantes.

 

Por ejemplo: Digamos que la profesora del ejemplo anterior está frente a otra clase, otro día. Digamos que (pobre señora, esto sigue) le da por hablar de racismo (por qué no estudié química, se pregunta, pero ya es tarde.)  Ya sabes, lectora, quién va a hablar y qué va a decir: es el mismo o la misma que, para cuestionar el concepto de “violencia de género”, aclaró que “hay mujeres que abusan”. En esta ocasión, y ya más envalentonado, anota que “hay negros racistas”. Y no olvidemos la interseccionalidad y todo eso: “Hay negras”, aclara, “que crían a sus hijos racistas.” Digo, por aquello de atacar a las mujeres otra vez.

 

El racismo de una persona negra es una cosa culturalmente imperdonable. Qué persona, esa, decimos. Qué barbaridad, cómo es posible. Nos encontramos a esa persona racista (igual de racista que su contraparte blanca, ojo, pero negra) y nos cuestionamos todo este asunto del racismo. Cada vez que pensamos en “racismo”, pensamos también en esa persona negra, y nos cuestionamos el asunto.

 

De  nuevo, ya ves, lectora, por dónde va la cosa. Otro tanto podría decirse del homosexual homofóbico–mancha y desgracia a todo el movimiento con su homofobia, piensan algunos. O no lo piensan, sino que lo sienten. Que es peor, francamente, y más nocivo, que pensarlo.

 

En una entrada anterior, en una reflexión anterior, dije algo parecido sobre nuestra relación con la pobreza y las personas pobres:

 

Y es que parecería que socialmente, le exigimos a las víctimas de la injusticia y la opresión unas cualidades que no le exigimos a actores más grandes. Le exigimos a las víctimas cosas como cordura, racionalidad, limpieza, gratitud, interés educativo e intelectual, un manejo razonable de sus magras finanzas, buenas decisiones nutricionales y sentimentales.  Les exigimos que sean responsables de sus vidas.

 

Esa exigencia, esa pregunta, ese cuestionamiento, siempre están dirigidos al marginado.  Hablamos críticamente de su “falta de interés”, de la importancia de que “esa gente” desarrolle responsabilidad social…Lo interesante es que rara vez le dirigimos la pregunta del interés y el reclamo de responsabilidad social a las instituciones.

 

¿Qué tiene que ver todo esto con las estudiantes?

 

Pues mira: no hizo sino lanzar ese estudiante el escupitajo, y la gente estaba alzada en contra, no de esta persona,  sino del movimiento estudiantil en su totalidad. Es interesante que el profesor escupido (un señor con una historia de provocación, violencia y demandas frívolas contra la universidad y otros) no se convirtiera en símbolo de, qué se yo, el movimiento anti-huelga, o los docentes…No. En los medios y en muchas mentes,  el escupido es una persona, incluso una víctima.   El escupidor (o más bien, el retrato que de él hacen los medios) representa al movimiento estudiantil en su totalidad.

 

De los pobres esperamos mesura, agradecimiento, y un manejo racional de sus magras finanzas. De las mujeres, un feminismo mansito.  De los negros, nada de racismo pero a la vez nada de rabia. De los que asociamos con el acrónimo LGBTT, solidaridad absoluta pero también blandita, sin exabruptos.

 

De los pacifistas (estudiantes) esperamos docilidad y pacifismo absolutos. Si alguien se sale del redil, rechazamos a todos los pacifistas, a todas las estudiantes. Si hay un momento de violencia, el movimiento entero se va a juste–no importa que haya días, semanas, años: si no hacemos esto del pacifismo a lo Ghandi, no valemos ná. La policía puede entrar a macanazo limpio (lo ha hecho antes); los hombres pueden ser machistas; los blancos pueden ser racistas; los homofóbicos pueden ser homofóbicos. Pero las marginadas no pueden serlo, aún en su carácter individual, aún a veces, aún cuando la presión institucional sea mucha– y seguidita.

 

En fin: que en todos los casos arriba (la mujer violenta, la mujer machista, el negro racista, la lesbiana homofóbica) hay una sinécdoque que le aplicamos sólo al grupo marginado: la parte por el todo. No fue este estudiante (que no es, por cierto, ya estudiante) sino todas las estudiantes. El movimiento en pleno. El estudiantado. La huelga.

 

Al grupo dominante le aceptamos sus individuos. No fueron los profesores, sino este señor Colman. No fue el movimiento anti-huelga, sino este personaje. Por cierto, este personaje, y no los que defienden la universidad de un recorte que equivale a su destrucción, es la verdadera víctima, en esta sinécdoque endemoniada.

 

Esa es la movida psicológica sobre la cual nos quiero alertar hoy, porque creo que se trata de una reacción muy humana y a la vez profundamente peligrosa, en los tiempos en que vivimos.

 

Porque estos tiempos nuestros requieren que evaluemos a la resistencia no sólo en tanto movimiento sino también en tanto sectores e individuos.

 

Requieren también que evaluemos al status quo no sólo en tanto personas sino en tanto instituciones y movimientos (porque el movimiento para quedarse quieto es tan “movimiento” como cualquier otro, en la medida en que se trate de un colectivo. Veáse la famosa cita de Dante sobre la neutralidad.)

 

Requieren de un corazón abierto y una mente capaz de diferenciar el daño que, de una parte,  le hace un recorte de 450 millones a la universidad, y una colección de medidas clásicas de austeridad al país; y de otra parte, el escupitajo que le ofende la dignidad a este señor con un poco de baba.

 

La UPR, la Junta, la pobreza

torre-uprNota: publicado previamente en la revista digital 80 grados. 

 

La Junta de Control Fiscal le ha pedido (exigido) a la Universidad de Puerto Rico un recorte de 300 millones de dólares.

 

Esto no es un secreto. Tampoco lo es (o al menos, no debería serlo) el hecho de que, a pesar del muy cacareado propósito de “desarrollo económico” para la isla, el objetivo final de la junta no es tanto reparar nuestra maltrecha economía como exprimirla para pagarle a esas figuras fantasmales y míticas que son “los bonistas”. No lo es tampoco el hecho de que la deuda en cuestión no ha sido auditada.

 

(Lo que sí es un secreto, al menos para mí, es el análisis que redunda en la cifra “300 millones”. Parece algo arbitrario, el numerito. Igual pudieron haber dicho 500 o 50. Ese análisis debería ser exhaustivo, cuidadoso y, sobre todo, público. Pero en fin. Suspiro.)

 

Claro que lo ideal es que el recorte no ocurra. Claro que hay que resistir y luchar en contra de ese recorte. Pero también está claro que si hay recorte, no podemos permitir que éste sea llevado a cabo, a fuerza de marrón y cuchillo, por la junta y sus esbirros. Si los recortes se llevan a cabo a discreción de sectores que ni conocen ni les importa la universidad y su misión, serán golpes y amputaciones que podrían herir de muerte a la UPR.

 

De nuevo: los recortes que la junta y sus amigos exigen de la universidad no están diseñados para mejorar nuestra economía sino para exprimirla todo lo posible, aunque en el proceso las destruyan a ambas–universidad y economía. Esto no es “por nuestro bien”. No nos engañemos.

 

La reacción de muchas universitarias (uso aquí nombres y pronombres femeninos para referirme a todas las personas) ha sido la resistencia, la protesta, la declaración de que a la universidad pública no hace falta justificarla porque es valiosa en sí misma, por definición. La reacción de otras ha sido un llamado a reconocer áreas de recorte posible. Otra reacción lo ha sido plantear la necesidad de un proceso amplio y participativo para determinar dónde, cómo y cuánto se recorta. Una cuarta, que me resulta antipática, ha sido aprovechar la oportunidad para criticar las ineficiencias y defectos de la universidad.

 

Las primeras tres no son mutuamente exclusivas y, en su justa proporción y en el contexto de un debate académico sobre valores, visiones y recursos, pueden ser hasta productivas. Un ejemplo reciente de su conjunción lo ha sido la UPR-Cayey, en donde los colegas combinaron las tres: paro, análisis y sondeo.  

 

La cuarta me parece, francamente, algo así como vagancia intelectual. En esta coyuntura, hay una diferencia real e importante entre el acto de señalar con el dedo, distribuyendo culpas, y el de identificar valores y áreas de prioridad. El primero suele salir de la baqueta, del impulso, de la frustración y el resentimiento acumulados; el segundo surge del análisis, el amor, el diálogo y el estudio. A ver: ¿cuál de estos dos es más universitario?

 

Lo anterior es todo contexto para contribuir de alguna manera, limitada pero espero que útil, a ese diálogo, trayendo a colación un tema que me parece esencial para conversar y definir los espacios que vamos a priorizar y proteger.  Muchas no estarán de acuerdo conmigo en términos de argumento, pero creo que todas reconocerían la importancia del asunto en términos del tema.

 

Se trata de la relación entre la Universidad y la desigualdad económica, entre la UPR y la clase social, especialmente de las estudiantes.

 

Ojo: cuando hablo de las estudiantes más desaventajados en este texto, no me estoy refiriendo a todas los que reciben beca Pell (aunque ese es un tema importante también) sino a aquellas que provienen de las familias más pobres, de las zonas geográficas más excluidas, de las escuelas con mayores problemas y menos recursos.

 

Mi propósito aquí no es decirle a las universitarias lo que tienen que hacer bajo la guisa de “traer soluciones”, sino argumentar que hay que ampliar el tema, para hacerle justicia al problema y su relevancia para la discusión.

 

¿Cuáles son algunos de esos otros asuntos que habría que considerar si queremos incluir la desigualdad social en la conversación colectiva sobre dónde, cuánto y cómo recortar?

 

Comencemos con el más común ahora, que es el costo de matrícula. Los obstáculos que nuestros estudiantes enfrentan para hacer el desembolso que implica pagar la matrícula no se limitan a la cantidad de dinero.  Recordemos la implementación de la cuota de $800 hace algunos años: en varios recintos perdimos estudiantes no tanto o no sólo porque no pudieran pagar, sino porque, en un absurdo kafkiano, la institución les exigió el pago de la matrícula y/o la cuota antes de darles el cheque de la beca Pell. No antes en términos de horas sino de semanas. Perdimos así un número indeterminado de estudiantes que al no poder pagar, se fueron. Cualquier acción para recortar gastos debe tener en cuenta, entonces, no sólo cantidades y escalas sino también los recursos asignados y métodos diseñados.

 

Luego está el posible cierre de los recintos pequeños. Esa es una de las medidas más fáciles (y sospecho que una de las más probables, si le dejamos a la junta y sus etcéteras la tarea de recortar gastos.) Pero de nuevo, al menos en términos de clase social y desigualdad, no deja de ser problemática. Para empezar, está el rol de esos recintos en la vida y salud económica de los lugares donde se ubican. Cerrarlos implica no solamente dejar fuera estudiantes que no pueden acceder a los recintos grandes, sino iniciar un efecto dominó implacable sobre los negocios que dependen de estudiantes y empleados para su ingreso, y que a su vez participan de la actividad económica en sus municipios y en el país, mucho más, por cierto, de lo que participan las entidades e individuos que reciben alegremente nuestras exenciones contributivas. Me gustaría ver el análisis económico comparativo del impacto de cerrar un recinto vs. recortarle unos chavitos a Walmart.

 

El cierre de recintos está a su vez relacionado con el tema que me parece más crucial y probablemente más ignorado, en términos del impacto de posibles recortes sobre la desigualdad económica y social y su impacto sobre nuestras estudiantes más pobres. Y es que cualquier medida que reduzca los espacios totales disponibles en la UPR, tendrá el efecto de dejar fuera a los estudiantes provenientes de los sectores más desaventajados, las áreas geográficas más pobres, las escuelas con mayores problemas académicos.

 

Dicho de otra manera: la contracción de la universidad implica también su elitización, y dificulta su misión de contribuir a una socio-economía y un país más justos.

 

¿Por qué? La cosa va así:

 

  • Aunque al hablar de admisiones, tendemos a hablar del “IGS” (índice general de admisión, calculado según las notas y examen de admisión de una estudiante) para los distintos departamentos y programas, lo cierto es que el IGS es una función de la interacción entre el IMI (índice mínimo de ingreso) y el cupo (número de asientos en cada programa). El IMI y los cupos son establecidos por los departamentos. El IMI de un programa, digamos, hipotéticamente, biología en la Yupi, puede ser 300 puntos. Pero si la demanda para entrar a biología es mayor que el número de espacios en el programa, entonces el IGS necesario para entrar se trepa en 350.  En Mayagüez, por dar un ejemplo no hipotético, el IGS de un programa como psicología es mayor que el de uno como sociología o literatura, no porque una disciplina sea más difícil que otra sino porque hay mayor demanda para una que para otra.

 

  • El IGS mediano de las estudiantes en la UPR aumenta según aumenta el ingreso de su familia. Es decir: mientras más pobre sea una estudiante, mayor la probabilidad de que su IGS no cualifique para ser admitida, para ser admitida en los recintos grandes, o para ser admitida en el programa de su preferencia. Esto no es necesariamente debido a cosas como mérito o talento, sino a cosas como la calidad de la educación que recibe una estudiante antes de solicitar a la UPR y el acceso a recursos como cursos avanzados (ausentes en muchas de nuestras escuelas superiores), o incluso a cosas tan básicas como seguridad personal o salud.

 

  • Lo anterior implica que si reducimos los cupos, estamos aumentando el IGS y dejando fuera estudiantes que de otro modo sí entrarían. Reducir los cupos puede ser consecuencia de diferentes tipos de recorte, tales como la eliminación de recintos o programas, o la reducción de cursos disponibles.

 

  • La admisión de estudiantes muy pobres es relativamente menor a la de estudiantes más aventajados (que no necesariamente, de nuevo, quiere decir lo mismo que “privilegiados”), pero no es el único factor que elitiza y elitizaría aún más a la universidad. Hay muchos otros. Por ejemplo, están aquellos que afectan las tasas de retención y graduación. Las estudiantes más pobres abandonan la universidad sin terminar sus estudios con mayor frecuencia que otras, porque enfrentan más obstáculos académicos y administrativos. No voy a entrar en esos obstáculos en este escrito, que se va poniendo largo, pero hemos estudiado algunos de esos factores y sabemos que son muy reales – y además remediables, en algunos casos haciendo una inversión menor que redunda en un ahorro mucho mayor.

 

Todo lo anterior es para que le demos al tema de la desigualdad social y económica el lugar justo que merece en cualquier conversación sobre el impacto y modo de los recortes probables a la universidad. Creo que es imposible pensar sobre la misión e importancia de la universidad pública sin pensar también en su relación con la pobreza.  Si decidimos ignorar estas consideraciones, hagámoslo después de conversarlas, y con los ojos bien abiertos.

 

cajera

La cajera que me atiende en el supermercado es joven, blanca y gruesa. Lleva el pelo recogido en una cola de caballo que sospecho empezó pizpireta en la mañana pero ahora se ve como triste. Tiene un lunar coqueto cerca de la boca, otro más tímido junto a la oreja derecha, y un saludo cansado, pero amable, en los labios. Un agujerito, del tamaño de la goma de un lápiz, adorna su uniforme a la altura del pecho.

Fue ese agujerito en la blusa gastada lo que me invitó a prestar atención. Si no hubiera sido por él, hubiera seguido con mi día, sin detenerme a mirarla, pensando en otra cosa.

cinco gatos

cinco-gatosHe estado pensando y leyendo últimamente sobre este asunto de la esperanza y, naturalmente, ello me llevó a pensar en la universidad y en los gatos. Cuatro o cinco, no recuerdo la frase coloquial. Digamos cinco. Cinco gatos.

Cierto que en estos días, la situación en Puerto Rico (y en Estados Unidos también, pero dejemos eso para otro día) no parece esperanzadora. Tenemos una junta con total poder y cero interés en el bien del país bailando, bastante armoniosamente, con un gobierno de juguete, uno de esos juguetes peligrosos de las películas de horror, un payaso asesino.

Uno de los ataques más recientes ha sido contra el sistema UPR.

En estas condiciones, ¿cómo preservar, nutrir y compartir la esperanza?

Habría que empezar por definirla. Esperanza no es lo mismo que optimismo, aunque puede servir para combatir el derrotismo (que a su vez, no es lo mismo que pesimismo.) La esperanza, nos recuerda Rebecca Solnit, es una invitación a la acción y el activismo. No es la creencia bobalicona tipo “todo estará bien, no te preocupes”, sino la creencia de que un mundo mejor y más justo es posible, si bien no inevitable; y que ese mundo mejor no llegará si nos quedamos quietos, dóciles, confiados en lo mejor o derrotados porque viene lo peor.

La esperanza de la que hablo se educa, constantemente, para entender mejor la realidad. Es idealista, pero también realista. Los individuos que cultivan la esperanza suelen plantar firmemente los pies en esa tierra viva que es la realidad; los colectivos que cultivan la esperanza suelen plantar firmemente los pies en la realidad de la tierra propia y lo local. Ello no los hace necesariamente nacionalistas en el sentido en que se definen como “nacionalistas” los movimientos recientes en Inglaterra y Estados Unidos, que están basados en identificar y excluir chivos expiatorios, no en proteger la educación, la cultura, los principios democráticos o los recursos naturales.

Me refiero a individuos cuyo activismo depende del conocer, que no es lo mismo que aceptar, la realidad. Me refiero a colectivos que actúan sobre los espacios y principios que urgen y que están a la mano.

Pero aquí va mi punto, aquí está la cosa: ese conocimiento personal del cual dependen los individuos activistas no implica renunciar a la esperanza; y esos colectivos de quienes dependen los cambios históricos no son necesariamente masivos.

De hecho, por lo general y al menos al principio, suelen ser cinco gatos.

El cambio hacia adelante, hacia lo justo y lo bueno, suele reventar inesperado y de repente, para luego, en retrospectiva, parecernos gradual e inevitable. Y en su origen se encuentra, sospecho que siempre, no un individuo solitario y luminoso sino un grupito de cinco gatos anónimos, realistas pero no cínicos, esperanzados pero no pendejos.

¡Piense en cuánto le debemos a esos pequeños grupos que desafiaron la ley y las ideologías dominantes para difundir la causa, entonces inaudita, de sacar a la Marina de Vieques!  Esos grupos trabajaron en la oscuridad durante décadas, mucho antes de que fueran posibles las manifestaciones y arrestos masivos. Ha sido así con causas grandes y pequeñas en todo el mundo: la primavera árabe, los derechos civiles, el sufragio femenino, la derogación (legal) del apartheid o la esclavitud, el reconocimiento popular y jurídico de los derechos de la comunidad LGBTT…

Se me ocurre que tal vez, cuando nuestro presente sea ya “historia”, miraremos hacia atrás desde algún triunfo y tendremos que agradecerle a los cinco gatos que montaron el Campamento contra la Junta, a los cinco gatos que nos enseñaron a sembrar y comer localmente de nuevo, a los cinco gatos que llevan el arte y la ilusión a la calle a través del teatro.

Como diría Zygmunt Bauman: allí donde se encuentran la imaginación y el compás moral, allí, nace inevitable la esperanza.

Y aquí va un segundo punto: Es por ese reconocer la combinación inevitable de cambio, justicia, esperanza, realidad y acción, que tenemos que defender a la UPR en el hoy. No nos engañemos: la realidad es que la junta y el gobierno posible o probablemente la rompan, sí. Los elementos de esta destrucción parcial o total son bastante predecibles: la UPR se reduciría en tamaño y por ende en acceso y alcance para los sectores más desventajados del país; y/o aumentarían los costos de matrícula; y/o se reducirían salarios, pensiones, planes médicos; y/o disminuiría la calidad de la educación.

Pero la posibilidad de un fracaso inmediato no debe, no puede, conducirnos a la derrota y al cinismo. No “esperemos”, mejor “esperancémonos”.  La esperanza nos permitirá la acción, la inactividad nos conduciría a la desesperanza. Si actuamos, es posible, incluso probable, que cualquier momento ahora o después reviente, glorioso, el triunfo grande o pequeño, repentino o gradual.

Y en el origen y trayectoria de ese triunfo, en el núcleo de las masa activistas, habrá tal vez líderes, sí, pero de seguro hay y habrá pequeños grupos de cinco gatos, realistas pero no cínicos, esperanzados pero no pendejos, activos, necesarios, aquí.

 

Un desafío

books-bookshelf-person-head-540wLa cosa (el mundo, el país) está bastante mala. Terrible, realmente. Muchas de nosotras nos la pasamos poniéndonos al día con las noticias, y son tantas, tan malas y tan frecuentes que andamos por el mundo con la adrenalina arriba y los ánimos abajo.

Uno de los mejores tratamientos para eso es la lectura de literatura. No necesariamente para escapar de la realidad (aunque esa es tan buena razón como cualquiera) sino para procesar esa realidad, hacerla más manejable, buscar consuelo, entender mejor, desarrollar capacidades  como empatía e introspección, y ayudar al cuerpo a mantenerse sano o incluso a sanarse. La literatura es autocuido. Las personas que leen habitualmente logran, por ejemplo, reducir el estrés, manejar ansiedades sociales, y reducir la depresión. Leer puede ser tanto o hasta más sanador que una caminata, una sesión de meditación,  o una taza de te.

¡Te invito entonces a formar parte de un círculo y desafío de lectura! El proyecto va de febrero 15 a julio 15. No hay mínimo (tú decides cuántos libros y cuáles), pero, ¡¡Las/os ganadoras recibirán premios, y  los/as primeros en sumarse al grupo también!! Y no, los premios no son libros míos, y no, no hay que comprar nada y nadie hace chavos de esto, tampoco tienes que proveer información personal, en fin, no hay truco. Sólo el placer de la lectura en  buena compañía. 

Antes de decir sí o no, pásate por la página en mi blog (aquí)  para leer la descripción del asunto, y respuestas detalladas a las preguntas que probablemente tendrás.

Si recibiste este mensaje dos veces, discúlpame. Traté de evitarlo pero se me chispoteó.

Ojalá te animes. Feliz lectura.

–Rima

nieve

snow_flurryEstá nevando.

“Flurries”, le dicen a estos copos. No sé como decir “flurries” en español. El diccionario me responde “ráfagas”, y  se me ocurren también asociaciones como “avalancha” y “abundantes”, así como en “a flurry of documents”, pero todas esas palabras designan otros significados que poco o nada tienen que ver con estos copos de hoy, los del paisaje que veo por mi ventana.

De modo que hasta donde sé, en español los que estoy viendo se llaman “copos”, así como se llama toda partícula de nieve al caer, independientemente de su grosor, densidad, textura o destino.

Al final todo es agua, supongo.

Pero estos copos son livianos y pequeños, más parecidos a la espuma que al hielo, a la esperanza que a la expectativa, aunque a los primeros los pensemos como modos de “agua” y a las segundas como formas de “esperar”.

Como la espuma al tocar la arena, estos copos que observo se disuelven al tocar el suelo. Su existencia es posible sólo en movimiento y sólo en tanto se dirijan, zigzagueando o en línea recta, hacia su propio final, que parecería ser también su fin.


Si te gustó esta entrada, tal vez te guste: Musa

 

 

 

 

 

 

 

Trump y mis conejos

Image by Irene from deviantart.com
Imagen por:Irene, via deviantart.com

Hace días que intento escribir sobre Trump. Bueno, no tanto o necesariamente sobre Trump sino sobre lo que representa o lo que implica. No lo he logrado, de hecho dejé pasar un deadline para una columna, porque me siento abrumada. La sensación es en parte una reacción al constante estado de alarma y alerta, al quiebre cognitivo y al chorro venenoso de adrenalina, que la avalancha de noticias causa. Es en parte también una función de la cantidad misma de temas posibles. He tomado páginas y páginas y páginas de notas…. Por lo general cada blog o columna (me) necesita unas tres o cuatro páginas de notas a mano. Esta vez han sido decenas de páginas, noticias, ensayos, marcas en libros, miradas repetidas a lo que otros escriben en facebook… y no me siento más cerca de poder escribir esto. Al final, francamente, me senté frente al ordenador porque si no lo hago no voy a poder barrer el piso de la cocina, que es un asco, o comerme algo, o hacer cualquier otra cosa práctica e importante. Ni siquiera sé si lo publicaré. Probablemente no importe.

Tal vez por mi entrenamiento como antropóloga, al principio traté de codificar un poco la cosa, de dividir el lío de anotaciones en temas como los siguientes:

  • Mis notas sobre la marcha de las mujeres en Washington, DC, donde caminé en protesta con cientos de miles de mujeres y aliados, así como sobre las muchas otras marchas dentro y fuera de Estados Unidos;
  • Los variados atropellos, en palabra u obra, a grupos o categorías de gente como mujeres y personas queer, negras, latinas, inmigrantes, musulmanes, etc.;
  • Las implicaciones de lo que está pasando aquí sobre otros países, incluyendo Puerto Rico;
  • Las implicaciones del triunfo y gobierno del “equipo Trump” sobre nuestra relación con la “verdad”, manifestada particularmente en su tratamiento de la prensa y los científicos (lo que implica por supuesto una discusión de lo que es “verdad” y digresiones varias sobre temas como 1984, la libertad de prensa y sus limitaciones, la cultura “post-verdad” que varios denuncian, la “objetividad” de las ciencias, la necesidad de las ciencias, Sócrates, etc.);
  • El uso sin precedentes (o más bien con precedentes pero a una escala y un nivel de flexibilidad hasta ahora nunca vistos) de lo que llamamos “big data” y sus implicaciones; El microtargeting, la manipulación más exquisita, el uso federal y corporativo de cientos de miles de datos sobre cada una y uno de nosotros, el ataque hacia (y la transformación inevitable de) nuestra privacidad;
  • La genealogía (de demócratas, republicanos, populistas) que culmina naturalmente con Trump y sus secuaces pero que no vimos venir;
  • La abundancia de noticias, el ciclo noticioso y sus implicaciones, el fracaso frecuente de la prensa “mainstream”;
  • Las noticias pueden ser a su vez agrupadas en temas, horror dijo la gallina, tales como el asalto frontal y sexual a las mujeres, cada orden ejecutiva y sus implicaciones, las “conferencias de prensa”, los tweets, los rallies, la convención, la noche de las elecciones, los debates (tanto de primarias como presidenciales), en fin, que una de las características de esta gente es que producen noticias a un ritmo nuevo, confuso y vertiginoso, y cada una es digna de ser “tema” pero si las agarramos todas nos volvemos locas y locos, tal vez ya nos volvimos locas y locos, o al menos yo ando por ese camino…
  • Algunas razones explícitas y posibles de los y las que votaron por Trump (he estado no solamente leyendo sobre esto sino preguntándole a los trompistas en mi Facebook), incluyendo una discusión sobre la supuesta importancia del tema económico sobre las demás motivaciones;
  • La esperanza en estos tiempos, o su posibilidad, y su relación con los activismos…De hecho cada forma de activismo amerita una columna;
  • Hay más, pero se me ha cansado el cerebro.

Ya usted ve, lector, lectora, porqué he estado bloqueada. Cada uno de estos asuntos representa un agujero conejil por el que he estado cayendo, Alicia rumbo al país de las porquerías, y, como hizo Alicia, recogiendo objetos en mi lento tránsito hacia abajo, siempre hacia abajo, en ánimo y energía.

Tengo que elegir uno de estos temas solamente, pero si no hago la lista primero, reviento, como dice alguna “analista” por ahí. La lista podría ser una especie de wish list, podría servirme de guía, excepto que esta gente seguirá produciendo noticias y extendiendo mi lista más y más, otro tema sería, junto con el de la esperanza, algo sobre cómo mantener la cordura, y de paso el uso de la sintaxis y la puntuación correctas, porque en este mundo de locura no parece haber ya puntos posibles, sólo comas…

Creo que con este desahogo puedo ir a vestirme, fregar un par de platos, pasar un rato con mi hijo menor, usar un punto. Tal vez hasta olvidar, al menos por momentos, mi descenso inevitable por el agujero en apariencia infinito, siguiendo al conejo de la verdad y la discusión serena, recogiendo frascos noticiosos, por el camino, a la espera de lo que sea que nos espera. Luego regreso y trato de meterle mano a alguno de estos temas.


Editado para borrar los numerosos enlaces a la información sobre algunos de los asuntos mencionados aquí.Pero si alguien desea ver los enlaces no tiene más que pedirlos. -rb