Recorrido

Llevo ya algún tiempo viviendo acá (¿o allá?) en el país que hace más de un siglo se proclamó a sí mismo dueño del mío. Al principio y durante un par de años, trabajo en una ciudad que no me recibe ni mal ni bien, porque es una ciudad que verdaderamente no “recibe”, punto. Una ciudad en donde se amigan los adinerados y los poderosos. Donde pasan cosas y a la vez no pasa nada. Donde coexisten, sin llegar a convivir, los importantes y los invisibles, la velocidad y la lentitud.

Mi recorrido matutino comienza saliendo de la mano de mi hijo menor por la puerta de un gran edificio de apartamentos.

A nuestro alrededor, los empleados de empresas, ONG’s y gobierno caminan rápidamente. Son muchos, y suelen ser esbeltos y blancos. Llevan audífonos en las orejas. Visten los colores claros y brillantes del verano.

A nuestro alrededor hay también jardineros. Son muchos, y suelen ser salvadoreños o bolivianos. Llevan herramientas en las manos. Visten mamelucos pardos pero siembran flores en los colores claros y brillantes del verano.

Nos subimos al tren. Llevo meses viajando en tren, pero no se me pasa la sensación de novedad: el tren me encanta. Los vecinos se burlan cariñosamente de mi entusiasmo. El tren, me dicen, anda siempre atrasado, sus escaleras siempre están averiadas, está muy lleno, a veces apesta. Pero a mí me resulta liberador. Aún en el rush hour, aún con el codo de un desconocido en mis costillas, aún escuchando las protestas de mi pequeñín, que pregunta en voz chillona y en dos idiomas dónde nos hemos dejado la miniván, aún entonces, sonrío y me regodeo por un momento en mi nueva condición de peatona.

Nos bajamos en la estación de Foggy Bottom y caminamos media milla hasta el campamento de verano. Allí suelto a mi pequeño acompañante y emprendo el camino hacia el trabajo. Todas las mañanas le paso por el lado a unos ocho homeless. Así les llaman acá a las personas sin hogar, a las personas que en Puerto Rico llamamos deambulantes.

Son una presencia familiar en esta ciudad. Suelen ser negros y por lo general muy gruesos. Se mueven, cuando se mueven, con lentitud. Las más de las veces, están más bien estacionarios. Y tiene sentido que lo estén, porque llevan su vida a cuestas: en un carrito de compra, en un coche de bebé sin bebé, sobre sus mismos cuerpos abultados, llevan los sleeping bags, los bártulos varios, los mementos de la guerra, lo que les queda de la vida que se fue, de la vida que se va.

Les rodea y les sirve de contraste la masa ágil y atractiva de tantos otros seres, tan distintos, tan blancos, tan delgados, tan bien vestidos, tan livianos, tan veloces, seres que no tienen que llevar su vida a cuestas porque la ubican, la ordenan y la decoran en otras partes: en viajes, en apartamentos, en sus agendas, en sus teléfonos “inteligentes”, en el futuro.

Uno de los hombres sin hogar suele plantarse, obstinadamente, en un banco del parque. Lleva su vida en un carrito verde de supermercado, al cual protege del clima y las miradas curiosas con una manta decorada con el águila y la bandera americanas. Abandona su banco una o dos veces a la semana, expulsado del parque por un policía desganado y mustio que suele ubicarse en una esquina cercana y cuyo mantra puedo adivinar, y en cierto modo compadecer, desde mi caminar: I’m just doing my job.

Al principio me costaba reconocer a los deambulantes en Virginia y D.C. Tal vez porque realmente no “deambulan” mucho. Los homeless más visibles en Puerto Rico suelen ser muy distintos: flacos, móviles, cargados con pocas cosas, pidiendo dinero de carro en carro en las luces rojas. Las etiquetas que usamos para nombrar a unos y otros le hacen eco a esa diferencia: una implica movimiento, la otra desamparo. Puede ser que tome, además, cierto grado de familiaridad, esto de reconocer y asignarle el nombre culturalmente adecuado a la pobreza, o a cualquier otra cosa.

Voy llegando a la acera frente a la Casa Blanca. Una masa de hombres sonrientes que identifico, por su apariencia y lenguaje, como provenientes de algún país del este de Asia (primero pienso “chinos”, pero me corrijo rápidamente), surge de un lujoso autobús. El hormiguero en movimiento se bifurca y me rodea al enfrentar el inofensivo obstáculo que representa mi cuerpo, este cuerpo (¿exiliado/ migrante?) que a veces me pesa y otras flota. Me imagino una cámara filmando la escena desde arriba; ellos (turistas, muchos, cargando con mochilas y cámaras) caminando rápidamente en dirección norte, y yo (residente, sola, cargando con carpetas y nostalgias) caminando lentamente en dirección sur. Me sorprendo preguntándome si el tour bus será una suerte de diáspora artificial, pasajera, cómoda, densa. Si la escena será un agüero, o la metáfora torpe, escurridiza, de alguna cosa relativa a mi vida, a este extraño país, a la historia, o al mundo.

Y es que cuando una empieza con esto de la escritura distante (¿exiliada?¿migrante?), comienza también a atisbar significado en todas partes. Es una especie de paranoia tristona y gentil, la del escritor perseguido por todo lo que se asoma pero no se deja ver. Por una idea, por un recuerdo, por un dolor, por un color, por un olor. Por una isla, por un paisaje, por un amor, por un fantasma.


nota:publicado también en #SeráOtraCosa, en el Periódico Claridad

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Lo que me pregunto

maria_water_boyMe pregunto cómo es que NBC, CNN, NPR y tantas otras, pueden llegar a los rincones que el gobierno alega son “inaccesibles”. Inaccesibles, increíblemente, para el aparato estatal, el federal y el militar. En esos rincones, que son muchos, la gente carece de gasolina, comida suficiente, y–sobre todo– agua potable.

Me pregunto por qué esa palabra, “aparato”, suena de repente tan bien, tan precisa, tan apropiada para nombrar a esos lideratos. Liderato, Aparato, Garabato, Mamarracho…

Me pregunto por qué hay tantos militares paseando por ahí con armas largas, y tan pocos repartiendo agua potable o llevando combustible a los hospitales.

Me pregunto por qué le damos un papelito a la gente que necesita ayuda, que los invita a llamar por teléfono o entrar al internet para obtenerla. Necesitan ayuda por las misma razones que no tienen teléfono o internet. Ese papelito es un prop, una burla cruel.

Me pregunto cómo es que seguimos anunciando los “números oficiales” de muertos al pelao, como si tuviéramos que ajustarlos al tamaño de un tuit, sin espacio para explicar o aceptar que estos números con toda probabilidad subestiman la mortandad espectacularmente. No se trata de un simple margen de error, ni de la diferencia razonable entre el primer día después de una catástrofe y el tercero. Se trata de que a casi tres semanas del huracán, las morgues están llenas, las funerarias no dan abasto, se acaban el oxígeno, la insulina, el diesel para los generadores.

Me pregunto por qué el miedo a sobreestimar las muertes parece ser mucho mayor que el miedo a sub-estimarlas.

Me pregunto por qué el crimen que pudiera venir parece ser más urgente e importante que el hambre que ya llegó.

Me pregunto por qué la milicia puede moverse eficazmente por todo Afganistán para llevar guerra pero no por todo Puerto Rico para llevar agua. No culpo a los soldados: culpo a los que diseñan la estrategia y dictan las órdenes. De paso, le echo su aguita de culpabilidad a la gente de a pie que todavía celebra que, como los militares ya llegaron, todo estará bien. Llevan un rato aquí, gente, y no, no todo está bien.

Me pregunto por qué Puerto Rico ya no aparece en mi AppleNews, si el hambre y la sed no han desaparecido de Puerto Rico.

Me pregunto por qué pasamos más tiempo denunciando la “politiquería” de Carmen Yulín, que estudiando y criticando los pecados gubernamentales y corporativos que la hacen posible, tal vez hasta necesaria, y que son aún más políticos que esa supuesta “politiquería”: incompetencia inaceptable, negligencia criminal, codicia siniestra.

Me pregunto por qué las visitas federales de alto rango se limitan a los cantitos limpios, bonitos y con abundante agua potable.  Esta pregunta no requiere respuesta, realmente. Esta pregunta es retórica. Las respuestas son obvias, y no hacen nada, nada, por aliviar la frustración.

Me pregunto por qué seguimos diciendo “gracias a dios” cuando nos llegan la luz y el agua, cuando el huracán le da más duro a los barrios más al norte o al sur, o simplemente cuando alguien que amamos sobrevive pero un desconocido no.

Me pregunto cuánto falta para que le echemos la fuerza de choque a la gente hambrienta. Me pregunto cuáles son los efectos psicológicos de no poder bañarse, para un pueblo que vive en un clima tropical y una cultura de dos baños diarios.

Me pregunto si nuestro happy-meal del huracán (una cajita con una lata de salchichas, un tenedor y una barra de granola, sin juguete pero con skittles) es la misma que le dieron a los refugiados recientes en África y Europa.  Me preguntó por qué parecen visitar municipios arbitrariamente y una o dos veces (como si el hambre atacara cada dos semanas y no a diario.) Me pregunto si el concepto del contenido de la cajita fue orgánico, o diseñado por funcionarios de organizaciones tipo FEMA y Cruz Roja, reunidos en un salón fresquitos, armados con papelotes, magic markers y ensaladas caesar.   Me pregunto cómo es que le donamos tantos chavitos a las grandes organizaciones para que repartan el ocasional happy-meal, y tan pocos chavitos a los grupos locales que reparten comida caliente y bolsas de compra.

Me pregunto dónde están las iglesias, especialmente las que le sacaron tanto diezmo a las mismas comunidades que hoy se nos mueren de asma y diabetes desatendidas, que carecen de comida, agua potable y luz. Y cómo es que, si la moral y los valores son cosa de cristianos, hay tanto agnóstico y atea protagonizando las brigadas que día a día limpian caminos, reparten agua y alimento, y lo hacen sin ponerle presión a nadie para que crea nada.

Me pregunto porqué seguimos usando el término “clase media” por default. En un país donde todo el mundo es “clase media”, en parte porque nadie lo es, la fila se ha convertido en un gran instrumento de categorización sociológica: Los ricos no hacen fila; la clase media alta hace algunas filas por algunos días; la clase trabajadora hace algunas filas por muchos días o muchas filas por pocos días, dependiendo de la geografía;  los pobres hacen fila todo el tiempo; los muy pobres, aquellos–¡tantos!–cuyas vidas hace rato tiramos a pérdida, esos no hacen fila, punto. No hay filas cerca, porque no hay nada cerca. Sólo un riachuelo y una lata olvidada, ambos con leptospirosis.

Me pregunto que podemos hacer, acá o allá, para no perder la ilusión y el optimismo. Y me contesto y nos contesto: Enviar filtros, limpiar caminos, llevarle agua a los viejitos que no la pueden buscar, hacerle una gestión por internet a alguien que no pueda, documentar la crónica cotidiana, repartir y recibir abrazos, llevar risas a los pueblos trasquilados, donar lo que podamos a los grupos que sí hacen, hacerle la fila al débil, enfriar la insulina del diabético, descansar y relajarse con los seres amados, con los amigos, con los vecinos, a solas, celebrar y si es posible compartir el descubrimiento de una cerveza o malta frías (sin dejar de lavar la lata bien)…Hay tanto que hacer, y todo es bueno. Todo, excepto cacarear que todo está bien, alegar que el que se queja exagera y, con el privilegio propio bien agarradito, mirar hacia otra parte.

……

Del muro de Facebook de mi amiga Mary Sefranek, que anda por ahí haciendo y sonriendo con el colectivo de teatro Vueltabajo y la Brigada Solidaria del Oeste:

Ahora mismo, en un callejón cerca de la plaza de Mayagüez hay teatro en la calle y niñxs riéndose. Aquí Borikén florece.

teatro callejero despues de maria

 

Lo que me preocupa

Lo que me preocupa:

Me preocupa que me entristezcan las celebraciones amplias del tipo “Puerto Rico es categoría 10” o “Cerrado por remodelación”. Que me saque por el techo el “#yonomequito”, por más inocente y bienintencionado que sea. Y es que prefiero cosas como lo que dijo hace poco Cristina: “hay retoños verdes en esa rama”; o la que dijo Marcos al final del video de hoy, “miren, otro pelícano regresando a la laguna”; o lo que dijo Raquel ayer, “Logramos abrir camino desde el km 13.3 hasta el 13.9 (justamente allí hay un derrumbe).” Siento que puedo ver y tocar y abrazar esas esperanzas modestas. Me hacen ilusión. No puedo tocar ni ver ni abrazar a “Puerto Rico se levanta”. Al menos, no todavía. Pero la rama, el pelícano, y el cantito de carretera…Esos me resultan visibles, esos me provocan empatía y admiración, esos me hacen llorar.

Me preocupa que aunque sé de los míos, no ‘sé’ exactamente. Es un “saber” bien limitado. Sé que están vivos. Se que la mayoría tiene techo. Pero ese “saber” de hace unas semanas, de estar al tanto, de hablar de “lo último”, de compartir planes y rutinas…a ese saber se lo llevó María.

Me preocupa que para ser optimista, según algunos, según tantos, hay que ser además: “neutral”; religioso; paciente; apolítico. Que no puede criticar, ni protestar, ni analizar, porque si analiza entonces le gritan que se “vaya a trabajar”, porque aparentemente usar el cerebro es signo de vagancia. Porque aparentemente el cerebro no tiene nada que ver con la reconstrucción a no ser que usted sea gobernante o militar. (Qué últimamente sean tal vez la misma cosa.)

Me gusta que breguemos con la adversidad, pero me preocupa cuando pintamos la pobreza y la miseria como formas legítimas de “volver a ser gente”.

Me preocupan las fotos de comida y fiestas que la diáspora ha (hemos) comenzado a colgar de nuevo en sus (nuestros) perfiles. Bueno, no: me preocupa el hecho de que me preocupen. Le tengo tanto miedo a que nos acostumbremos a la locura post-María, a que aceptemos una “nueva normalidad”, sin darnos cuenta, sin tomar decisiones, que a veces pontifico, y me da vergüenza cuando me doy cuenta de que pontifico, aunque sea internamente. Entonces, para sentirme mejor, le doy like al risotto.

Me preocupa que donemos una caja de pampers y se nos pase el sentido de urgencia.

Me preocupa que anoche estuve una hora peleando en Facebook con un gringo que pensaba que la crisis post-María era culpa nuestra y que insistía en malinterpretar las leyes de cabotaje. Me preocupa porque no lo iba a hacer cambiar de parecer, y lo sabía. Porque era una pelea inútil. Porque desde acá a veces nos ponemos a hacer lo inútil porque no hay de otra.

Me preocupa que acusen a Yulín de coger pon o pensar en su carrera. Al ingeniero, la manager, el investigador que hacen bien su trabajo y confían en recibir ascensos, reconocimientos o recompensas, nadie los juzga. En fin: que si la alcaldesa está haciendo un buen trabajo, pues a mí me importa poco que le saque provecho político a ese trabajo. ¿Acaso acusamos al académico de sacarle provecho académico a su trabajo?

Me preocupa también que celebremos a Yulín diciendo que merece el premio nóbel de la paz. Vamos. Seamos razonables. Hacer bien nuestro trabajo no es material de nóbel. Malala es material de nóbel.

Me preocupa que todavía tengamos esperanza en Trump. Vamos. Seamos razonables. No hay que esperar nada bueno, nada, de esa persona.

Me preocupa que seamos capaces de pensar que dios nos dejó vivos al tiempo que mató al vecino.

Me preocupa que nuestras pequeñas alegrías individuales contribuyan al gran mal colectivo. Uno logra traerse a mami, otra consigue espacio o in-state tuition en una universidad continental. Me alegro por ellas, en serio. No es mezquindad, lo que me provoca esta preocupación, ni es envidia. Es saber que se vacía el país, que se vacía. ¿Cuánto puede vaciarse un país sin dejar de existir?

Me preocupa que digan que todo está bien. Lo dicen acá con frecuencia. Por lo general lo dicen (además de los trompistas y otros personajes predecibles) aquellos cuyas familias ya tienen agua, luz, teléfono, un supermercado cerca, dinerito suficiente. A veces siento que las comunidades aisladas, la gente hambrienta, las morgues llenas y los pacientes desesperados por recibir insulina están desapareciendo de nuestra conciencia colectiva. Me preocupa que se nos olviden. Que se nos mueran.

Me preocupa que alguien bueno lea esto y se sienta aludida o criticado. A esa persona buena que está bregando todos los días en medio de la adversidad y el desastre, mi admiración, mis disculpas, mi abrazo, y la imagen de un pelícano que está vivo y regresa.

Los chulos

ilustración de Primera Hora.

El decrépito edificio estaba en una de esas áreas donde sobreviven sólo gomeras, garajes y gasolineras. Tal vez algún kiosko de pinchos o fritanga. Al principio creí que me había equivocado de dirección. La puerta principal daba hacia la calle y (a pesar de la vejez) su marco, doble hoja, y picaporte anticuados le daban un aire de cierta dignidad descascarada. Pero el número a la derecha no coincidía del todo: #710, decía. Decidí darle la vuelta al edificio. Y efectivamente allí, al costado, estaba la puerta (también descascarada, pero sin marco, picaporte o dignidad) de una especie de sótano. #710-a.

“La privatizadora”, la llamaban y llaman en el caserío. Siempre me ha llamado la atención ese nombre tan orgánico. Actúa como sustantivo pero también evoca un verbo, “privatizar”, transparente y pintoresco, que le da sabor local a una movida típica de las economías en “shock” sujetas a reglas neoliberales de “ajuste estructural”.

Nos había enviado, a “pedir permiso”, María, presidenta del Consejo de Residentes y guardiana designada del centro comunal, el único espacio apto para llevar a cabo actividades que requirieran techo y produjeran sonido: la biblioteca cercana exigía silencio, y la cancha estaba permanentemente rodeada de jeringuillas usadas que nadie quería pisar.  

Nos abrió una mujer joven con tacones y ropa ceñida. Al fondo, nos ignoraba una segunda mujer, de más edad, vestida con uno de esos uniformes que suelen usar las maestras y las monjas dominicas, y protegida por una de esas barreras plásticas con media claraboya que le ponen a ciertas gasolineras u oficinas gubernamentales.

La interacción fue más o menos así: Saludos,tenemos cita para tal hora…Espere aquí, que le voy a preguntar a Míster Ortiz…Puede bajar, la está esperando.

Bajamos las escaleras para llegar a lo que, se me ocurre ahora, era básicamente el sótano de un sótano. El espacio era amplio pero oscuro, iluminado por la luz de un ventanuco y tres tubos desnudos incrustados en el  techo. En contraste ,el mobiliario me pareció lujoso. Madera pesada, cuero, grandes cuadros, todo reluciente y nuevo, tan nuevo como la “privatizadora” que se incorporó justo a tiempo para la subasta gubernamental que le otorgó la administración de los caseríos de nuestra región.

Míster Ortiz lucía corbata roja y traje azul, de rayas y brillo leves. Eso que llaman “power suit” y que, supongo, complementaba su “power desk” y su “power table.” No le estaba claro nuestro propósito, dijo. Es muy simple, contesté. Una docena de muchachos, algunos días de repaso para el college board, todo gratis. Lo único que queremos, añadí, es conectar a los estudiantes del residencial X con la UPR, con la universidad pública….

Tal vez fue ese adjetivo, “público”. O la palabra “gratis”. El caso es que parecía muy confundido. Okay,dijo, le sacamos las copias del flyer aquí, con nuestro logo, y le decimos a los del consejo de residentes que las repartan…

No gracias,las repartimos nosotros, muchas gracias por atendernos, adiós.

Nos fuimos con ese “permiso” perplejo y robado.  

En algunos residenciales, los consejos tienen un liderato significativo. Pero en muchos, como el nuestro, su autoridad se limita a seguir las órdenes de individuos como Ortiz: repartir pintura, pegar flyers, establecer o romper alianzas. Ser los cerberos de la llave del centro. Esto es especialmente cierto en residenciales, como el nuestro, en donde  la “privatizadora” establece su oficina fuera del residencial, en este caso a dos millas.

Así funcionan los “poverty pimps”, los chulos de la pobreza. El epíteto describe individuos y entidades que aprovechan la pobreza de los sectores más vulnerables para generar ganancias. Esta “privatizadora”, como tantos otros “chulos”, funciona como una operación piramidal, multinivel: algún rico hace donativos de campaña y crea la compañía para poder participar en la subasta de servicios públicos y esenciales (como vivienda) que operan con fondos nuestros, federales o ambos. Ese, y sus accionistas, hacen chavos, riqueza de verdad. Contratan a su vez esbirros finos para poblar las oficinas centrales y ganar excelentes salarios. Estos tipos finos, por su parte, establecen oficinas regionales y contratan unos menos finos pero con experiencia, no tanto en el tema en cuestión como en la gansería.  Esos ganan bien, y contratan…a gente como Ortiz. Los “Ortiz”, por su parte, decoran sus sótanos, se protegen y distancian lo mejor posible de la pobreza, y contratan alguna muchacha anónima para que les sirva de interfaz con el caserío que ellos rara vez visitan.

Ortiz gana poco dinero pero bastante prestigio. Al fin y al cabo, en estos tiempos, basta con tener un traje y un empleo de escritorio, cualquiera, para tener más prestigio que la mayor parte del prójimo. Para que te llamen Míster y usté. ¿La muchacha? Su madre ha sido despedida, su padre teme por su pensión. Paga la luz y ahorra para casarse y montar una Massó en el techo. Gana poco (algo es algo, le dicen, por lo menos tienes trabajo) e interactúa con el residencial sólo a través del consejo.

Por su parte María, “la presidenta” del consejo, no gana dinero pero sí algún capital social. Su posición atrae, por ejemplo, la atención de algunos políticos locales, dispuestos a proporcionarle un empleo a, digamos, un sobrino, a cambio de usar sus conexiones (y la llave del centro comunal) para unas festividades que a su vez traigan votos, muchos votos…

Los chulos de la pobreza aparecen con mayor frecuencia en ciertos espacios. En los residenciales, por ejemplo. Administran complejos de vivienda, cobran renta, cortan grama, y hacen chavos. Tiburonean tutorías escolares para los chicos y talleres para los maestros, y hacen chavos. Reclutan universitarios que les entregan su beca pell a cambio de un certificado inútil, y hacen chavos. Bailan, cantan, pescan votos, y hacen chavos. Y, por qué no, reclutan nenes para velar el punto de drogas, y adolescentes para convertir en gatilleros…y hacen chavos. La chulería es siempre piramidal: riqueza arriba, migajas abajo. A través de los años, me he encontrado de frente y conversado con ejemplos de todos los anteriores. Así los vi, así conversé con ellos, así los escribo…

Por aquello de que estamos más que nunca en “shock” y “ajuste estructural”, permítanme atacuñar aquí una idea final:cuando un país pobre vende lo público, los chulos se multiplican. Chulos de toda pinta y nivel que en el corillo, el carro o la fiesta, repiten que los del caserío son unos “manteníos” que han llevado al país a la quiebra.

Notas: Publiqué esta entrada ayer en la columna “Será otra cosa”, del periódico Claridad. Los nombres propios y algunos detalles de estos eventos han sido alterados o combinados. 

 

 

El curioso caso del síndrome Goya

No recuerdo quién empezó.  Quién fue la “llorona cero” de nuestra epidemia. El caso es que a la hora del recreo, todas estábamos llorando.

Quedaba solo una nena con los ojos secos. Caminaba por ahí, desconcertada, llamándonos “tontas” e invitándonos a jugar. Las demás le lanzaban, a viva voz, epítetos como “insensible”, “fría”, y “cruel”.  Esa niña sin lágrimas era española, así que también se gritaron  cosas más bien xenofóbicas, como “extranjera”, o “se nota que tú no eres de aquí.” Creo que alguien llegó a decirle “vete a España”. Lo correcto y apropiado era, evidentemente, llorar.

Abundaban los abrazos y gestos de consuelo, pero servían solo para poner nuestro llanto en turbo, para convertir un sollozo quedo en un lamento sonoro, un gemido melodramático, o un chillido estridente.

Las maestras cancelaron las clases de la tarde, para que pudiésemos llorar a gusto y mantener el antipedagógico despliegue emocional fuera del salón. Algunas nos acompañaron y sonreían, divertidas.

Mi abuela se quedó boquiabierta, cuando sonó la campana y entró a buscarme al patio. Yo la esperaba sentada (llorando) en un banco, abrazada a una amiga. Las maestras se movían de un adulto a otro, explicándoles la situación para evitar que se alarmaran.

Al subirnos al auto, mi abuela se refirió a mi llanto como el de “una magdalena”, y dijo que mi amiga estaba “llorando a grito pelado.” Todas nosotras, añadió más tarde cuando le hizo el cuento a sus amigas, chillábamos “a moco tendido”. Su pintoresca apreciación del asunto me causó un poco de vergüenza. En parte porque una vez separada de mis compañeras de clase, el llanto amainó rápidamente, a pesar de mis esfuerzos para prolongarlo y demostrarle a mi vieja que se trataba de un llanto legítimo y justificado.

He aquí la explicación de la pena colectiva: Nuestra escuela era mixta en los grados elementales, pero admitía solo niñas en los niveles intermedio y superior. Al terminar el sexto grado, los estudiantes varones tenían entonces que cambiar de escuela. En algún momento mítico y remoto de la historia del colegio, esa despedida inevitable había desatado una epidemia de llanto femenino. Desde entonces, la clase de sexto grado de cada año lloraba en masa pocos días antes del fin de curso. La curiosa epidemia se había convertido en tradición.

Se trataba, probablemente, de un caso clásico de contagio emocional.

“Contagio emocional” es uno de varios términos (“contagio de comportamiento”, “contagio histérico”) que se usan para nombrar casos en los cuales ciertos comportamientos, emociones, o incluso síntomas, se replican en otras personas, a veces hasta desatando una suerte de epidemia.

Esta idea del contagio se usa en el contexto de la historia para hablar sobre las acciones de un grupo, por ejemplo, que se transforma en una turba capaz de comportamientos aberrantes, tales como un linchamiento.  Se utiliza también para describir el “comportamiento” epidémico de ciertos síntomas (risa incontrolable, llanto, tics, desmayos) en una población particular, frecuentemente escuelas pero en algunos casos barrios enteros.

En estos días, la palabra “contagio” repica dentro de mi cabeza, cada vez que veo alguna corporación o grupo retirando su tradicional apoyo a la Parada Puertorriqueña en Nueva York, debido al homenaje que recibirá en el evento el ex-prisionero político Oscar López.

A diferencia del patio de mi escuela, en este caso está claro cuál fue el “paciente cero” de la retirada de auspicios que va alcanzando proporciones epidémicas: Goya, la compañía de alimentos y sazones hispanos que había auspiciado el evento desde sus inicios, en 1958. La compañía describió la movida como una “decisión comercial”, producto del miedo a un boicot potencial de clientes hispanos ofendidos por la celebración del que describen como un “terrorista”. Goya tiene productos diseñados para distintos grupos de hispanos (mexicanos, puertorriqueños, salvadoreños, etc.), de modo que el miedo a un boicot sobre un asunto tan específico, tan boricua,  me pareció un poco raro. ¿Les importan mucho Oscar y la parada acaso a, por ejemplo, los mexicanos en Los Ángeles ? ¿Habrán azuzado a Goya ciertos grupos o individuos conservadores puertorriqueños? Tengo que pensar que la compañía hizo algún tipo de análisis de mercado, y descubrió que habría más clientes indignados con su participación que con su ausencia. Ellos sabrán.

Por otra parte, los auspicios no son solamente monetarios.  Con dinero o sin él, son un mensaje, un endoso, una expresión de acuerdo y apoyo. El contagio de esto que podríamos llamar el “síndrome Goya” comenzó a manifestarse poco después de las parcas declaraciones de la compañía, cuando la Sociedad Hispana de la Policía Neoyorkina, que desde siempre había marchado en la parada, anunció que este año no lo haría. Lo mismo dijeron la Sociedad Hispana de la Asociación Benevolente de Tenientes,  así como la fundación Rafael Ramos. Estas tres agrupaciones  presentaron un argumento moral, no financiero: se niegan a apoyar, con su presencia, el homenaje a un “terrorista”.

En cuestión de días, se contagiaron del síndrome la aerolínea Jet Blue, el equipo de pelota los Yankees, los bomberos de la ciudad de Nueva York, AT&T, Coca Cola…Mientras escribo esto, de seguro que la cosa continuará propagándose y afectará otras organizaciones, individuos y compañías.

Resulta interesante que Jet Blue (la aerolínea de mayor presencia en Puerto Rico) no se expresa en contra de Oscar directamente. Más bien apela al “respeto” que le tiene a la comunidad, y a la consideración que le merecen los “diversos puntos de vista” sobre el asunto.  La justificación pública de compañías con un mercado puertorriqueño significativo, como Goya o Jet Blue, tienden a referirse al “respeto” por las diferencias ideológicas, así como a sus propios intereses comerciales. La explicación que plantean las organizaciones no-comerciales tiene más que ver con ideas sobre “moral” y “valores”. Los políticos, por su parte, usan argumentos tanto morales como quasi-sociológicos, aunque todos sabemos que en este caso, estamos hablando más de votos que de principios. El alcalde, por ejemplo, ha decidido apoyar la parada; la candidata republicana a la alcaldía expresa pública y frecuentemente su repudio a Oscar, y por ende al desfile. El gobernador Cuomo ha estado culipandeando, evadiendo el tema cuando los periodistas le preguntan, diciendo cosas como “no tengo la información necesaria para pronunciarme sobre este asunto.”

Parecerían entonces ser tres tipos de discurso, pero en realidad se reducen a uno: el moral. El mensaje de organizaciones como bomberos y policías es explícitamente uno sobre moral y valores: Oscar representa para ellos el terrorismo y la violencia, y, por ende, la maldad. Es la dicotomía del mal y el bien la que está en juego. El mensaje de los políticos, tanto de los que marcharán como los que no, también es implícitamente moral. Marchar ensalza el heroísmo, no marchar repudia el terrorismo. De nuevo, se trata del bien y el mal, de moral y de valores. La decisión de Goya, nuestra paciente cero, fue explícitamente financiera. Pero el discurso financiero tiene también mucho contenido moral. Fíjese por ejemplo en nuestro sistema legal: el crimen de un individuo que asesina sin motivo aparente es castigado con más severidad que el de un individuo que mata para robar dinero. Esa ambición constituye un atenuante, hace del acto criminal uno menos malvado.

Otro ejemplo, muy relevante en el contexto de la situación actual de Puerto Rico: he tenido que dejar de contar las instancias en donde algún personaje me explica, orgulloso de sí y astutamente, que hay que pagar la deuda porque es nuestra “obligación”, porque es lo “correcto”, porque nosotros mismos tenemos “la culpa”, o porque “no pagar es como robar”.  De nuevo el lenguaje del bien y el mal,  de la moral y los valores.

De hecho, ya que estamos en las de hablar de la deuda y los chavos, tengo que añadir que en el universo de lo financiero hay, no solo mucho contenido moral, sino también mucho contagio. El valor de objetos como bonos y acciones, por ejemplo, depende de la “confianza” que en ellos tengan los inversionistas y agencias como Moody’s. Y la confianza –o desconfianza– se pega. El susto, el interés o el desdén de un sector o actor importante en ese mundo puede propagarse, contagiar, e influenciar el valor de un objeto financiero, tanto o más que los criterios “objetivos” tradicionales.  En los mercados se propagan cosas como “confianza” y “optimismo”, y usted (no importa cuán buitre y carroñero sea) siente que tiene un derecho moral a confiar en el valor (y el repago) de un bono, del mismo modo que puede confiar en la decencia de un amigo.

De modo que tenemos un fenómeno de contagio que ocurre en más de una esfera y se expresa en posturas y discursos morales. Cuando lo pienso así, me sorprendo un poco. Pero de inmediato caigo en cuenta: el contagio de comportamientos definidos en estos términos morales es en realidad muy común.  Expuestos a ciertos síntomas, emociones, o comportamientos ajenos, nos ponemos a llorar o a hablar en lenguas, porque es lo “correcto”, porque hacerlo está del lado del “bien”. También linchamos negros, quemamos brujas, chismeamos sobre la nena que se preñó, o donamos sangre y dinero, porque cualquiera de estas cosas puede ser pegajosa y se define, en su contexto, como lo “correcto”. The right thing to do.

No todos los casos de contagio tienen que ver con ética, claro está. Históricamente, se han documentado instancias como, por ejemplo, el contagio emocional y social de risas incontrolables entre estudiantes de una escuela superior en Tanzania, un escenario que en Puerto Rico probablemente describiríamos simplemente como un caso extremo de “pavera”. Se han estudiado otros casos en los cuales el aparente contagio pudiera tener en realidad raíces físicas, tales como la reacción a contaminantes en el aire o en el agua.

Pero el contagio de comportamientos “morales” o “correctos” existe, es relativamente frecuente, y, diría yo, es una parte importante de esta retirada colectiva de individuos, organizaciones y compañías que, de súbito y empezando con Goya, no quieren tener nada que ver con la parada puertorriqueña en Nueva York.  En el contexto de eventos recientes como la explosión terrorista en Manchester, es comprensible que algunos piensen en Oscar como un “terrorista”, una encarnación del mal, especialmente si están desinformados o bajo presión. También es comprensible que algunos (quiero pensar que mejor informados e independientes) lo pensemos como un héroe nacional y más aún, como una encarnación de la pureza, la honestidad, la integridad, en fin, del “bien”.

Falta ver si el apoyo al desfile, y al mismo Oscar, se propaga más y mejor que el repudio. Si lo nuestro es moral o moralina. Si cambiamos de opinión, como uno de esos gallitos de veleta, por seguir a nuestro equipo de pelota, o si nos interesa más la comunidad que lo que digan Goya, Jet Blue, o Coca Cola.

Falta ver si se nos pega el miedo, o si nos contagiamos de solidaridad y celebración.

¡Mei-Dei!

mei-dei
Foto:Pablo Pantoja en 80grados.net.

En algunos de los anticuados muñequitos sabatinos de mi niñez, los tripulantes de un avión en llamas o un barco inundado corrían a buscar el paracaídas o el salvavidas, gritando “Mayday! Mayday!”. Aprendí así a pensar en “May-Day” como una expresión de alarma, de alerta, de catástrofe, de sálvese-quien-pueda.  Durante mucho tiempo, después de dejar atrás los muñequitos y aprender algo sobre las protestas de los trabajadores que se conmemoran el primero de mayo, creí que el uso de “May Day” como expresión de alarma resultaba del miedo a todo lo que apestara a “comunismo” o “socialismo”.

Ricardo Rosselló es más joven que yo, pero al parecer veía los mismos muñequitos.

Dos días antes de nuestro “MayDay”, al gobernador le dio por dirigirse al País. La mayor parte del real estate de su mensaje constituye una advertencia: su gobierno, dijo, estaría observando atentamente a “los que se manifiestan públicamente”, y violenten “la ley y el orden”, con actos de “desorden y vandalismo” vinculados a “motivaciones políticas”.  Al hablar, parecería estar esperando esa violencia con entusiasmo: su expresión evoca la de un niño de pesadilla en la víspera de su Navidad.  Los jueces (a quienes también, advirtió, estará “observando”) castigarán debidamente a los “responsables”.  Culminó dejando claro que no permitirá que “los delincuentes se apoderen de nuestra isla”, y encomendándonos al dios de los cristianos.

Otras figuras le hicieron de coro griego a la tragedia, denunciando a priori la violencia hipotética y normalizando el neo-carpeteo en las redes sociales. Durante y después de la marcha, la mayor parte de la prensa tradicional le hizo eco a ese tono mani-duro, enfatizando la “violencia” y “vandalismo” de la marcha e invisibilizando lo que a todas luces fue una actividad exitosa y multitudinaria, llena de amor, elocuencia y generosidad. Publicaron muchas fotos de encapuchados y cristales rotos, y muy pocas de las sonrisas, los abrazos, los letreros creativos.  De las mujeres, hombres, niños, y ancianas marchando en familia. De las organizaciones y grupos cantando, bailando, regalando consignas y flores. De las teatreras, los músicos, las bailarinas.  Esas fotos, y las de la multitud –las columnas desbordando las calles, tornando reclamos individuales en un grito universal, colectivo y contundente– las vi mayormente gracias a mis amigos virtuales y medios alternativos.

La sinergía de fuerza y belleza del día me paró los pelos, aun viéndola de lejos y por internet. Pero al parecer no tocó el corazón y la lengua (bastante larga) de los creadores de opinión con mayor influencia en el país. “La manifestación comenzó pacífica pero se tornó violenta”.  “Violenta”, “ineficaz”,“un fracaso” lleno de actos e individuos “criminales”. “Con la protesta de hoy”, dijo uno, “los manifestantes han perdido el apoyo de la mayoría del pueblo”. Estos analistas, columnistas y figuras políticas se empeñaron y empeñan en atacar la ilusión del día, en ahogar los esfuerzos de planificación posterior. No buscan entender la crisis. Prefieren desacreditar la protesta.

Ese mundo que los sentidos de Ricky y los suyos captan, no se parece al nuestro. Se parece más bien al mundo de ese anaranjado presidente norteamericano que ve gentes que nadie vio, escucha aseveraciones que nadie dijo, comparte noticias investigativas que nadie investigó –y, como el gobernador puertorriqueño, amenaza a los jueces que le llevan (o pudieran llevarle) la contraria.

Poco después de la marcha, el gobernador (con su equipo de trabajo, todos muy solemnes) se asomó a regañarnos otra vez.  Mayday! Mayday! Nos recordó que ya nos había advertido sobre el evento.  Declaró que los “criminales” sentirán “con severidad el peso de la ley”, que Puerto Rico no es de ellos sino de “los que quieren echar la isla hacia adelante”. Describió las acciones de vandalismo como algo vergonzoso, sin precedentes, una represalia de manifestantes molestos por el “fracaso” de la marcha–y agitados por el twitter de Yulín (¿en serio?). Y de nuevo, increíblemente, ignoró el balance constitucional de poderes para amedrentar a los jueces: Nosotros vamos a estar observando quiénes hacen unos procesos o quiénes permiten que casos se caigan”.

Con tanta rasgadura de vestiduras, cualquiera diría que la manifestación, y los cristales rotos una vez culminado el programa del día, son un fenómeno único y vergonzoso, un secreto caribeño y tropical. Que no hubo marchas o “vandalismo” en Portland, Los Ángeles, Nueva York, Chicago, Milwaukee, Las Vegas. Que no hubo marchas o “vandalismo” en París, Moscú, Buenos Aires, India, Grecia. Que alrededor del mundo, la gente no se aferra al primero de mayo para exigir derechos para los trabajadores, las mujeres, la comunidad LGBTTQ, los estudiantes, las inmigrantes; para exigir agua, libertad, educación,verdad, salud.

Eventualmente llegué a investigar un poco el significado de ese “mayday” que anunciaba catástrofes en los muñequitos, y descubrí que me había equivocado. La expresión de alarma “mayday!” no tiene que ver con el miedo al comunismo. Proviene de una expresión francesa, venez m’aider, que significa, más o menos, no tanto “sálvese quien pueda” como “ven y ayúdame”.

Resulta entonces que “mayday!” es, en cierto sentido, un pedido de solidaridad.

La  solidaridad que algunos intentan ahogar con “mano dura”.

La solidaridad que políticos y medios le niegan al movimiento que se fragua y crece hoy en Puerto Rico.

La solidaridad que ese día se tendió, como una telaraña poderosa y tenue, entre Puerto Rico y Chicago, Atenas, París, Buenos Aires.

La solidaridad que inundó nuestras calles de gente, y mi Facebook de flores.


Nota:Esta columna fue publicada anteriormente en el suplemento EnRojo, del periódico Claridad, y en la revista 80grados.net. 

Post invitado: Reflexiones urgentes motivadas por los arrestos a jóvenes tras las protestas del 1ro de mayo

foto: Ricardo Alcaraz

Por:Errol Montes Pizarro

Cayey, 3 de mayo de 2017, 1:51 AM.

(Publicado originalmente en Facebook.)

Generalmente no escribo sobre asuntos personales en Facebook prefiriendo compartir cosas que aprendo y comentar sobre eventos locales e internacionales. Ah, claro, y también compartir mi pasión por la música del continente africano. Sin embargo, voy a hacer una excepción a esa costumbre porque lo que les voy a contar puede que tenga algún interés ante la situación actual que vivimos en la UPR y en general en Puerto Rico. Esta es mi reacción a los arrestos que me han conmovido y a la demonización que algunos(as) funcionarios(as) públicos(as) y otras personas están haciendo de los(as) jóvenes arrestados(as).

Yo nací en el seno de una familia obrera en las parcelas Ollas de Santa Isabel. Casi toda mi familia es PNP, alguno(a) que es PPD y unas pocas excepciones. Sin embargo, desde muy niño comencé a distanciarme de esas posiciones. No sé bien por qué, pero desde la escuela elemental siempre tuve lo que ahora podría llamar un instinto izquierdista. Siempre quise estudiar y fui el primero en mi familia en entrar a la universidad. Mi papá y mi mamá completaron solo 9 de los 12 grados de la escuela. Tenía talento para las matemáticas y las ciencias y mi ídolo de infancia fue el Sr. Spock. En 1971 tenía 11 años de edad y vi por televisión (en blanco y negro) los reportajes sobre las batallas que se libraban en la UPR-Río Piedras en contra del servicio militar obligatorio, el ROTC y la guerra de Vietnam. Recuerdo claramente cómo se me ocurrió que “cuando sea grande, quiero ser como esos estudiantes”. No se lo dije a nadie, pero ya sabía que no había otro lugar donde quería hacer estudios universitarios que no fuera la UPR-Río Piedras.

Estando en la escuela superior y gracias a la gentileza y al amor del gran maestro de historia Armando Soto pude leer “Pedagogía del oprimido” de Paulo Freyre, “Los condenados de la tierra” de Franz Fanón, “Los orígenes y fundamentos del cristianismo” de Karl Kautsky y la colección de ensayos “De la guerrilla cívica a la nación dividida” de Juan Ángel Silén. También leí todas las historias de Sherlock Holmes (en español) y muchas otras cosas más. Me sabía casi de memoria el libro de los por qué de la enciclopedia “El tesoro de la juventud”. Con la maestra de español Liduvina Torres aprendí a amar a Julia de Burgos y en general a la literatura. Gracias a la revista Educación, que durante los 70 publicaba nuestro Departamento de Educación, aprendí algo sobre el poeta peruano César Vallejo. Todo eso y más con alguno(as) maestros(as) y en la biblioteca de la escuela pública de Santa Isabel y también en una biblioteca municipal (desparecida hace décadas) que estaba frente a la plaza justo donde esperaba por espacio de hora por la guagua que me llevaba al barrio cuando terminaba el día escolar.

En 1978 entré a la UPR-Río Piedras a estudiar física y con un deseo inmenso de, además de aprender de todo, integrarme al movimiento estudiantil. Entre otras cosas, fui estudiante orientador, representante de física ante el consejo de estudiantes, presidente de la Sociedad de Estudiantes de Física, presidente del concilio de residentes de la residencia universitaria Torre Norte y miembro de la Unión de Juventudes Socialistas. Hice investigación subgraduada con el reconocido profesor y astrónomo Daniel R. Altschuler, me aceptaron para trabajar en un proyecto de verano en el Observatorio de Arecibo donde mi supervisor fue el astrónomo italiano Riccardo Giovanelli. Tenía promedio de A alta (3.96/4.00) y estaba tomando cursos en otros departamentos además de en física y matemáticas. O sea, realmente era un fiebrú de estudiar, leía hasta con linterna si no había luz en el cuarto. Tenía la disciplina de ir todos los martes en la tarde a la sala de música (que todavía estaba en la biblioteca Lázaro) a escuchar música clásica y todos los miércoles a la sala de revistas a leer Scientific American y otras publicaciones.

En resumen, era lo que se puede decir un estudiante modelo, excepto que la mejor parte de mi compromiso universitario era vista con malos ojos por la administración, la guardia universitaria, la policía e inclusive por alguno(as) de entre mis familiares. Logré ser militante estudiantil.

Tras la huelga de 1981 me suspendieron por 5 años de todas las universidades de Puerto Rico, incluyendo en la práctica a las privadas porque sus presidentes de entonces acordaron –y lo dijeron públicamente– no aceptar estudiantes suspendidos(as) de la IUPI. El testigo principal para que me suspendieran fue el Dr. Manuel Gómez quien en esos años era el decano de ciencias naturales. Gómez me acusó hasta de actos durante los cuales yo no estuve presente. En su testimonio llegó a decir lo siguiente, en referencia a unos actos de militancia en unos salones de clase: “…Errol Montes no estaba presente, pero él era claramente el líder del grupo y no hizo nada para evitarlo”. Dejando de lado la imposibilidad de “hacer algo” para evitar una situación en la cual ni siquiera estaba presente, salta a la vista la mala fe de ese doctor en física de Cornell University.

Yo fui su estudiante por todo un año en el curso de física general con cálculo y tuve calificación de 100%, pero el Sr. Gómez incluso me llamó a su oficina para reprocharme que bajo mi presidencia la sociedad de estudiantes de física estaba asumiendo posturas políticas. La razón: que organizamos una serie de conferencias en contra de la explotación minera en la Isla. Le contesté, con el cinismo que me caracterizaba en esos años, que el nombre de nuestra organización era Sociedad de ESTUDIANTES de física y no de decanos ni de profesores. Desde ese momento me la tenía jurada.

Claro que yo me entregué con todo al movimiento estudiantil. Tuve casos en la corte de motín, de interrupción de clases y tres más de todos los cuales salí absuelto. Aún así me chupé tres años y medio de suspensión con prohibición de entrada a todos los campus de la UPR. Durante ese tiempo, en dos ocasiones el Dr. Manuel Gómez llamó a guardias universitarios para que me sacarán de la biblioteca de ciencias naturales. Durante esos años trabajé, siempre a tiempo parcial, en ASPIRA de Puerto Rico e impartiendo tutorías de matemáticas y física. PERO no había una huelga o protesta que me perdiera: huelga de la UTIER, en el Hospital de Diego, comité de apoyo a Nicaragua y El Salvador, etc, etc.

En 1985 regresé a la IUPI tras a una amnistía arrancada a Rafael Hernández Colón por el estudiante Samuel González, quien aprovechando el cambio de gobierno (RFH derrotó a Carlos Romero Barceló) hizo una huelga de hambre en el portón principal del recinto exigiendo la amnistía. Finalmente me gradué Magna Cum Laude en física y matemáticas y eventualmente, por esas ironías de la vida, me fui a Cornell University (la misma en la que había estudiado Manuel Gómez) y completé un PhD en matemáticas con una concentración menor en mecánica racional.

¿Y Manuel Gómez? Hace unos años sus continuos actos de corrupción pusieron en peligro la elegibilidad de la Universidad de Puerto Rico y de su facultad para competir por “grants” de la National Science Foundation y de otras agencias que subvencionan investigaciones científicas a través de propuestas competitivas. La NSF inclusó congeló por un periodo los fondos otorgados a la UPR y Gómez sencillamente renunció a su cargo de director del Centro de Recursos para la Ciencia y la Ingeniería sin ningun tipo de acusación ni administrativa ni criminal. Estoy seguro que ni se sonrojó. Pero, claro, usar fondos públicos para su beneficio personal no es, según el criterio de Roselló y otros(as) de la misma calaña, vandalismo ni merece todo el peso de la ley, que en estos casos y con demasiada frecuencia es liviano o inexistente.

Le hago todo esto cuento porque vi en las noticias el arresto del joven Andrés Cortez de 19 años a quien acusan de motín, de intimidación y de daño a propiedad pública. Yo no estaba allí y no puedo saber qué realmente pasó, pero de entre mis 5 casos en corte tres eran esos mismos (el último porque supuestamente había cortado unas cadenas que pusieron en el teatro de la IUPI en un intento de no permitirnos celebrar una asamblea). La noticia continuó relatando cómo Andrés es un estudiante de A, hace trabajo comunitario con niños que padecen síndrome de Down y lo muestran cuando dice “No me arrepiento de nada, el pueblo siempre está conmigo y yo siempre estoy con el pueblo, esto es patria y la patria tiene que subir, la democracia no es nada más de [cada] cuatro años, es de todos los días y eso es lo que yo hago…”. Me veo en ese joven. La Manuel Gómez de hoy se llama Nivia Fernández y sus cómplices en la Junta de Gobierno de la UPR; el Carlos Romero Barceló de hoy se llama Ricardo Roselló Nevarez, el Charlie de Jesús (legislador que pidió públicamente que la policía usara bayonetas caladas y que pasara como carne al pincho a los estudiantes en huelga en 1981) de hoy se llama Tomás Rivera Schatz y sigan contando.

Yo tampoco me arrepiento de nada de lo que hice como militante estudiantil. Eso, más que mis estudios, es lo que le ha dado un propósito a mi vida.

Quisiera decirle personalmente a Andrés Cortez y a los(as) demás arrestadas(os), que es verdad, que las personas que creemos en la justicia no los dejaremos solos, que muchos(as) adultos(as) de más años nos vemos reflejados(as) en ellos y en su lucha. Pero sólo puedo hablar por mí y trabajar para que otros(as) tampoco los(as) abandonen. Si ellos y ellas son vándalos, entonces lo debemos ser todos los demás.