El paseo en tiempos de la cuarentena

new york streetNuestra cuarentena no es absoluta. Se trata más bien de una forma bastante extrema del  “distanciamiento social” recomendado. Vivimos acuartelados, mi esposo, mi hijo y yo, en un apartamento neoyorkino. Dos o tres salidas muy breves al día. Comprar leche. Pasear a Leia, nuestra perrita.

Son paseos cortos. Tres bloques, tal vez. Le sirven a la perra para ejercitarse. Me sirven a mí para tomar el sol, cuando hay sol. Para ver algunas flores, ahora que hay flores. Narcisos amarillos, cerezos blancos. 

Siempre hay gente en las calles. No mucha. Ciertamente menos que antes. Caminamos todos en zig zag, para mantener los ya legendarios seis pies de distancia. Nos hemos vuelto todos intuitivamente medio matemáticos: adivinamos la geometría del cruce de dos líneas, la física de las trayectorias de las personas-objeto, las derivadas o integrales necesarias para decidir el cambio de velocidad que requiere maximizar la distancia entre nuestro cuerpo y el ajeno. Cuando por cualquier motivo me encuentro a menos de seis pies de cualquiera, me sorprendo aguantando la respiración y apretando la quijada. A veces nos ignoramos. A veces nos sonreímos. A veces nos saludamos, de lejos, gritando, casi. 

Cuando algún enmascarado hace contacto visual conmigo, me pregunto si está enfermo. Si está sonriendo. Si está haciendo alguna mueca, o susurrando alguna cosa. Si me está protegiendo, con su máscara, o protegiéndose de mí.

Nos distanciamos con más urgencia aún de las personas vestidas con el inconfundible uniforme verde o azul de los que laboran en los hospitales. Su trabajo es heroico, hoy más que nunca, y homenajeado con frecuencia en discursos políticos y medios sociales. Es un homenaje temeroso, culposo. Es distinto a, digamos, el de los bomberos después del ataque a las torres gemelas en el 2001. Son una especie diferente de first responder, héroe y vector a la vez. Casi nunca llevan máscara. Tal vez están descansando la piel, maltrecha por la presión cotidiana de tela, metal y goma. Tal vez, como yo, quieren sentir el sol en sus mejillas. 

En dos ocasiones, me he topado con un guante de látex tirado en el suelo. Mis reflejos me hacen retroceder, encoger los músculos del abdomen, tirar con fuerza de la correa de mi perra. Pienso, por primera vez en muchos años, en La Náusea de Sartre, en el cambio de la relación del protagonista con los objetos cotidianos. Me pregunto a quién le pertenecería ese guante y por qué estará allí, en mi línea de visión. Si se le habrá escapado a su dueño en una corriente de aire, si se le habrá caído en un descuido. Una vocecita interna, muy siniestra y muy leve (los pensamientos también tienen volumen) se pregunta si lo habrá dejado allí a propósito, para asustar a los peatones asustados como yo. 

De regreso a casa, le lavo las patas y el hocico a Leia en la bañera, y aprovecho para lavarme también las manos, cantando cumpleaños feliz dos veces, pensando en lo inapropiado de la canción pero añadiendo las patas de cangrejo y la cara de conejo, para ir a la segura. En la cocina, desinfecto el cartón de leche, me lavo las manos otra vez. Desde mi ventana, puedo ver el sol, si hay sol, y algunas flores, ahora que hay flores.

 

El cuerpo en los tiempos de la cuarentena.

carta-de-la-quiromancia-de-una-palma-r-19238597El cuerpo en los tiempos de la cuarentena.
 
Espero que esto sea el inicio de una serie de micro-crónicas. Me viene bien, escribir.
 
Nuestros desastres, por cierto, son crónicos. Hace rato que,como “la crisis” dejaron de ser agudos. O tal vez “agudo” y “crónico” no son mutuamente exclusivos. No realmente.
 
He notado que en mi cuerpo va creciendo un mapa nuevo. Una cartografía (¿o será quiromancia?) del miedo al contagio.
 
Un nudillo en la mano derecha está dedicado a apretar los botones del ascensor.
 
La muñeca derecha, habitualmente escondida bajo la manga del abrigo liviano que uso en estos días de sol ocasional y viento infrecuente: esa es para rascarme la nariz.
 
El codo derecho es especial. En los días primeros, cuando todavía no hablábamos de distanciamiento social o cuarentenas, sirvió de sustituto para el abrazo. Pero ya no. Se ha convertido en la herramienta que uso para empujar puertas.
 
La mano izquierda suele estar dentro del bolsillo izquierdo del abrigo. La tengo al servicio exclusivo de un pañuelo desechable para el ocasional estornudo. No es un síntoma del virus que salta de cuerpo en cuerpo, sino de alergia, pero igual me calma un poco, el pañuelo, y espero que también al prójimo. A veces mascullo “allergies”, para ir a la segura. A veces mascullo “allergies” aunque esté sola en el ascensor.
 
Trato de reservar las yemas de los dedos para ajustarme los espejuelos.
 
En estos días, me voy conviertiendo en una suerte de navaja suiza, dedicada al manejo del miedo al contagio.
 
 
 

La cazafantasmas: a propósito de Rima Brusi. Por Vanessa Vilches

fantasmas coverReseña publicada en la sección En Rojo del Periódico Claridad, 20 de noviembre de 2019, por la escritora Vanessa Vilches Norat.

Cuentan de la terquedad de los fantasmas. Dicen que habitan asediando, que bien saben ocupar el espacio sin estar en él. Quizás porque desean un instante de corporeidad, aparecen a todas horas y nos perturban. Basta un sonido, una visión, un golpe, un olor y todo un universo espectral se pone en movimiento. ¿Qué si el espacio donde se asoman los espectros es el cuerpo o la casa móvil de la memoria?

Cuentan también del tesón de las cazafantasmas. Hace falta mucha valentía y entusiasmo para esta empresa. Algunas van en busca de sus hostigadores apertrechadas con nuevos dispositivos para medir los campos de fuerza electromagnética.  Otras se arman de tan solo pluma y papel y van a su encuentro.

Rima Brusi Gil de La Madrid pertenece a la segunda categoría de cazafantasmas. En su más reciente entrega Fantasmas, publicada por Editora Educación Emergente, Rima Brusi asediada por un olor, se dedica a hacer cuerpo y memoria del espectro que, sin estar del todo o precisamente porque nunca supo estar, organiza su relato memorioso.  Con una pluma valiente, decidida, llena de tinta antropológica, la valiente narradora no solo quiere enfrentar a su fantasma sino explicarlo.

Estas memorias son una matergrafía. Así llamé hace algún tiempo a textos autobiográficos que giran alrededor de la madre. Decía entonces que la madre funcionaba como el Otro para quién, por quién y desde quién se estructura el relato. Esa conclusión es obvia, la narradora de este libro organiza su recuento a partir de su madre biológica o, para ser más precisa, a partir de su ausencia. La madre es todo presencia en el texto, si de chica es por la presencia intermitente, en el presente de escritura, cuando ya Rima ha decidido protegerse ella y a los suyos de esa madre que nunca supo serlo, aparece citada; su palabra, en itálicas, es parte del relato.

Bien podría ahora pasar a analizar los elementos que este sujeto autobiográfico utiliza para reconstruir una relación tan “delicada” como ella misma la llama. Auxiliada por Paul de Man, buscaría incluso los elementos que configuran la máscara narrativa del texto puesto que, como sabemos, el relato mnémico se reconstruye siempre hacia el futuro, y no desde el pasado como queremos creer. Así la Rimita alegre y atenta, abandonada por una madre incapaz que se dibuja en Fantasmas, corresponde más a la niña que la narradora Rima propone en su presente de escritura cuando ya ha experimentado la maternidad. El texto se compone de dos tiempos, de dos Rimas: el relato de la Rima hija, contado por la Rima madre que, en veintiún cuadros, intenta dar cuenta del fundamental, extraño y complejo vínculo materno para, a su vez, reflexionar sobre su propia maternidad.

Otra posible lectura sería ver cómo esa Rima del presente quiere reconstruir con parchos -algunos gigantescos y de colores, otros, luctuosos y tremendistas- esa colcha con huecos que es la memoria del abandono. Lo que pasa es que este camino de lectura es incómodo. Conozco a Rima, me pienso su amiga, y no logro, como lectora, dejar de intentar proteger al personaje Rimita del desamparo.  Las peripecias de esta hija concebida en un viaje de ácido, huérfana de cariño, desamparada por una madre deprimida que la obliga al hambre, al miedo, a la errancia, a sufrir experiencias límites y violentas, como la iniciación o “asiento” en la religión lucumí a los 8 años, son difíciles de leer. Después de todo no soy tan criminal doméstica como me jacto. Me conmuevo ante este texto, donde el Yo gira y gira como una chiringa alrededor de una figura materna fantasmal y ominosa que no sabe volar la cometa.

Somos consecuencia de ciertas inciertas reminiscencias, nos asegura Braunstein. El primer recuerdo que se cree recordar traza, por ser traumático, el mapa de nuestra memoria.  Lo que comenzó como una alucinación olfativa a químico, una phantomia, nos dice Rima, se tornó en la búsqueda del principio estructurador del relato. Lo curioso es que se trate de una fantasmagoría. Parece que en el libro la escritura es fantasmal, por involuntaria, como el olor a azufre, la escritura se aparece, la insta, es incontrolable. Seguirle la pista a un olor la lleva a la escritura y al primer recuerdo infantil:

“Una memoria me ha tomado hoy por asalto. Me estaba esperando agazapada en algún rincón de mi día, no recuerdo cuál. ¿Haciendo el desayuno? ¿Caminando con mi hijo al autobús?… Creo que la memoria es real porque su superficie es temblorosa y brillante…Creo que es real porque también tiemblo. Creo que es un recuerdo no verbal: este recuerdo no es palabra, ni es imagen, o al menos no es solamente imagen. Este recuerdo es más bien sensación: de necesitar un abrazo y no tenerlo; de estar de pie, llorando, esperando que mi madre me tome en sus brazos, esperando como quien dice “esperanza”, (en inglés, “hope”), y no “espera” (“wait” o “expect”), porque en ese segundo sentido no había ni hay mucho que esperar. Sentir en el cuerpo propio en el presente, la ausencia antigua de la mano del brazo, del abrazo de la otra, el abrazo de la persona que es tu mundo.

Trato de descifrar de dónde viene el recuerdo. Trato de evocar los abrazos de mi madre y descubro, para mi sorpresa y según mi memoria, que nunca me ha abrazado. Aún hoy, Teté no me abraza, más bien se deja abrazar por mí.”

La cita es parte del capítulo “Hallazgo”.  No es fortuito el título de la sección. La narradora, cual antropóloga, brinda como el más importante hallazgo de su trabajo de campo esa primera memoria infantil, ese fósil que sitúa más en lo sentido que en lo recordado. Como toda memoria es testarudamente fantasmal y la acecha, la toma por sorpresa. Todo sensación, la ausencia de brazos que acurruquen y protejan, explica la difícil relación entre la madre biológica y la hija, que decide desde muy pequeña, no solo ser su propia madre, sino ser la madre de su madre. El primer recuerdo es el abandono. Abandono es el nombre de su angustia que sanará en la reconstrucción memoriosa. De ese recuerdo también la explicación de la escritura a la que la autora se agarra para entender los vínculos sociales. La escritura será madre sustituta, como su querida abuela paterna Carmen.

Sin embargo, la narradora se niega a reconstruirse como víctima de su madre. Antes bien, utiliza su pasado para explicarse políticamente un rol social. La Rima que reconstruye su vida anterior anudando, hilvanando, trenzando y cortando esas reminiscencias vitales tiene mano fuerte para coserle a esa Rimita-chiringuita una cola larga y amplia, como un manto con el cual se protege a sí, a su hermano, a Teté, a su abuela y nosotras las lectoras. Este es uno de los aciertos más importante del texto: contar el dolor, no desde el encono, si no desde la compasión. El libro es un valiente tratado sobre el perdón a aquellos que, por estar más cerca de nosotros, nos hieren con mayor profundidad.  Vivir bajo un mismo techo no es tan fácil, ni tan gozoso como se nos impone pensar.  La estructura social de la familia es histórica.  No es secreto que vivir en familia implica un gran monto de sacrificio, sufrimiento, y por suerte, también de alegría.

A veces con un cincel, otras con un marrón, la narradora echa abajo el pilar fundamental de una ideología conservadora sobre la crianza y la educación de los sujetos sociales: el instinto maternal. Para ello incorpora sus conversaciones con la madre o reflexiona desde el presente sobre su propio sentimiento de “ineficiencia maternal”. Es compleja la crianza y la domesticidad, demuestra Rima. Cada vez que el ángel de la casa fastidia a la narradora en su proceso de escritura, se evidencia la contradicción inherente en la ecuación: madre y derechos personales.

Por ello traza una genealogía familiar de las inadaptadas al trabajo doméstico y transgresoras de la norma social: Marina, su bisabuela paterna, quien abandonó a su familia, su querida abuela paterna Carmen Ana, que amorosamente la cría, pero que “detestaba el arte y la ciencia de ‘llevar casa’”, Teté, que no supo ser madre y ella, Rima, que en muchas ocasiones   fracasa “en la gestión de crear cotidianidad”, de “sacar el día”.

El dogma del instinto maternal, como bien nos recuerda Elisabeth Badinter, heredera del pensamiento de Simone de Beauvoir, asegura a la iglesia, al estado y, sobre todo, al capital una nueva clase de esclavitud al colocar lo materno como centro de la experiencia de las mujeres.  “La máquina de hacer hijos es nuestra condena”, propone Lina Meruane, desde un tono divertidamente colérico en su diatriba Contra los hijos, donde analiza esa “máquina de hacer hijos” del capitalismo, para presentar el llamado de la cultura a la maternidad como parte del exceso consumista y contaminante del capitalismo bestial.

Fantasmas es un documento reflexivo sobre los límites de la maternidad. Reconocer que la más “natural” de las encomiendas de nuestra cultura es histórica, por lo tanto, que está muy lejos de ser una esencia universal o un evento biológico es aún hoy un importante desafío a nuestra ideología. Brusi hace del dolor de ser hija una oportunidad crítica para cuestionar y redefinir lo materno como principio social.

Insisto en la primera memoria infantil de Fantasmas, referida en “Hallazgos”, por ser acontecimiento basal, eje en el que se arma el relato. La narradora explica la sensación de abandono en su cuerpo al hacer referencia a un estudio sobre la crianza de macacos llevado a cabo en los años cincuenta. Refiere que el hallazgo inmediato del estudio fue la importancia del contacto físico en la crianza: los monitos prefirieron la caricia al alimento. La narradora insiste en otro hallazgo del experimento, revelador para su autobiografía, las hembras macacas que se criaron con madres artificiales al crecer no pudieron hacer actividades que se consideraban naturales o instintivas como lactar y cuidar a sus propios bebés. El primer recuerdo traumático de abandono le permite a la escritora del presente proponer una importante conclusión: la maternidad es un invento de la cultura, por lo menos, un aprendizaje.

Así, vemos desde el trauma fundante del primer recuerdo las negociaciones que la hija narradora hace con el ideario maternal. Y habrá que decirse que ese ideario del sacrificio materno inhumano y actual es tan terrorífico como los fantasmas que se conjuran en este libro.  Reconocer la incapacidad mental, social y económica de Teté para ser madre, incluso, convenir en que la madre biológica la protegió de sí al dejarla al cuidado de sus abuelos, es una manera política, compasiva y ética de encarar un pasado traumático. También es una forma de humanizar la encomienda maternal y el futuro de las mujeres que, como la narradora, han decidido la maternidad.

Este libro todomadre o quizás todohija, o mejor, todomadrehija, nos recuerda que la vida nunca es como pasó, sino como la contamos, que “la forma en que uno ha registrado lo que le pasó es lo que uno es.” En esas palabras trazadas sobre el papel, hay un deseo de reflexionar sobre lo sufrido, una insistencia en politizar una circunstancia, una voluntad de otro camino.

1. Leí una versión de este ensayo en la presentación del libro, el viernes 8 de noviembre en Casa Norberto.

2. De(s)madres o el rasgo materno en las escrituras del Yo. A propósito de Jacques Derrida, Jamaica Kincaid, Esmeralda Santiago y Carmen Boullosa, (Chile: Cuarto Propio, 2007).

3. “Autobiography as De-Facement en The Rethoric of Romanticisms, (New York: Columbia University Press, 1984)

4. Memoria y espanto o el recuerdo de la infancia. (México: Siglo XXI, 2008):10.

5. p.31.

6. Ver, The Conflict. How Modern Motherhood Undermines the Status of Women, Trad. Adriana Hunter, (New York: Metropolitan Books, 2012).

7. (Chile: Penguin Random House, 2018).

8. Néstor Braunstein. Memoria y espanto o el recuerdo de la infancia. (México: Siglo XXI, 2008):44.

!Mi nuevo libro “Fantasmas” llega hoy a las librerías!

fantasmas coverMi libro “Fantasmas” (bueno, realmente nuestro libro, porque mira que mucha gente buena y generosa ayudó a mejorarlo y a hacerlo posible), publicado por la Editorial Education Emergente (EEE), está llegando a las librerías!!! A partir de mañana 20 de septiembre. Entre ellas @ElCandil_Ponce, Librería Norberto en Plaza y Rio Piedras, Librería Mágica, y Librería Laberinto. #LiberaTuLectura

De la contraportada de la maravillosa Marta Aponte Alsina: “Se dice que la felicidad no es un buen estímulo para escribir. El dolor sí, para entenderlo y distanciarse de él. ¿Qué opinar de un libro como Fantasma? Todo lo que el libro se propone decir está en el libro. Quizás admirar la serenidad del estilo controlado y cristalino; la inteligencia del testimonio que también es un ensayo de introspección. La trama tiene que ver con el más elemental de los afectos humanos: la relación entre una madre y su hija, que llegará a ser madre. En este libro hay relatos de un patrón de maltrato insólito en escenarios difíciles de concebir y también del maltrato corriente en escenarios cotidianos que no nos atrevemos a pensar; relatos de familia centrados en el legado trans generacional del trauma. La escritura del dolor es como una casa que se construye metódicamente para enfrentar convulsiones internas y los golpes que nos da la vida. ¿Qué opinar de un libro como Fantasma? Que es sabio y generoso, sin soluciones fáciles.”

Disponible a partir del 20 de septiembre en librerías El Candil en Ponce, Norberto en Plaza las Américas y Rio Piedras, Laberinto en el Viejo San Juan y Librería Mágica en Rio piedras. Pronto disponible en línea, pendiente para los detalles.

Funding the University of Puerto Rico is a Must for Puerto Rico’s Recovery

PROTESTAmos

Policy Brief: Funding the UPR is a Must for Puerto Rico’s Recovery

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Transatlantic voices for Puerto Rico’s Public University

 INDIVIDUOS que desean endosar pueden entrar en el grupo (moderado) de FaceBook:

Transatlantic voices for Puerto Rico’s Public University

Asociación de Profesoras y Profesores del Recinto Universitario de Mayagüez (APRUM)

Asociación Puertorriqueña de Profesores Universitarios (APPU)

Profesorxs Autoconvocadxs en Resistencia Solidaria (PAReS) UPR-Río Piedras

Movimiento Estudiantil RUM

Asociación de Supervisores Gerenciales de la UPR

Consejo General de Estudiantes UPR-Mayagüez

Consejo General de Estudiantes UPR-Carolina

Consejo General de Estudiantes UPR-Bayamón

Consejo General de Estudiantes UPR-Utuado

Instituto Nacional de Energía y Sostenibilidad Isleña-UPR

Instituto Universitario…

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un par de mitos sobre la UPR

Los que me conocen saben que ando un poco obsesionada con la defensa de la universidad pública de Puerto Rico, la UPR, que está bajo ataque, protegiéndose como puede de 1)los recortes draconianos impuestos por la Junta de Control Fiscal y 2) la potencial pérdida de acreditación que podría ocurrir debido, justamente, a esos recortes y la duda que los mismos arrojan sobre la capacidad de la institución para cumplir con su ambiciosa, importante, esencial y polifacética misión.

El otro día me preguntaron algo así: ¿qué te dice la gente que justifica estos recortes? Si son tan terribles y absurdos como dices, entonces cómo es que hay tanta gente que los acepta y hasta los celebra?

Me quedé pensando, y mi respuesta forma parte de las cosas que ando estudiando de momento, pero aquí van algunas respuestas preliminares que podrían contribuir a la discusión actual:

  1. Hay dos tipos básicos de personas que justifican los recortes. Los llamaré, por aquello de usar lenguaje pintoresco, los “haters” y los “pragmatists”. [Los “lovers” no justificamos los recortes. :)]
  2. Los “haters” se mueven en todas las esferas: algunos son decanos, otros analistas, otros troles de internet y gritones variopintos. Sus aseveraciones incluyen ideas como que la UPR es un bastión comunista, los estudiantes son unos vagos pelús elitistas, y la UPR le chupa los recursos al país. A estos le hemos respondido con creces, muchas personas que tratamos el tema, y en muchos medios distintos, demostrando que la universidad es una buena inversión, que genera más actividad económica que costos, que sus estudiantes tienen mayor aprovechamiento, que su alcance va mucho más allá de  sencillamente las clases e incluye cosas como hospitales, museos y prevención de desastres, en fin. En este post no me ocuparé demasiado de los “haters” porque la verdad es que se nos va la vida contestando sus locuras y lo hemos hecho tantas, tantas veces….De todos modos, cuando tenga tiempo entro y pongo por aquí una biblografía de recursos que prueban que la universidad es una buena inversión y posiblemente el proyecto cultural más importante y efectivo en la historia del país.
  3. Los “pragmatists” son más complicados, y algunos hasta tienen algo de “lover”, y atenderé sus reclamos en otros posts y espacios. Pero en esta ocasión quiero dirigirme a dos de esos reclamos, porque los usan mucho, y porque aunque los usan los “haters” también los usa gente que es en general gente buena y razonable, gente  que simplemente entiende que la universidad debe ser como las “del norte”, gente que habla de “sentido común” y de “ser prácticos” sin mirar los números muy de cerca.  Sin meterme con esa idea de que hay que parecerse a las universidades de Estados Unidos (eso es otro tema) atenderé dos mitos que se caen fácilmente al comparar universidades estadounidenses con la UPR.

MITO 1:”La UPR es demasiado barata”

Respuesta: NO. Cuando usted toma en cuenta el tamaño de los ingresos de nuestros habitantes, y el porcentaje de ese ingreso que el costo de matrícula representa, la verdad es que nuestro sistema es bastante caro, no “barato”. El Consejo de Educación Superior hizo un estudio reciente sobre esto, y puede leer el resumen de ese estudio aquí.

MITO 2: “La UPR es demasiado grande y/o tiene demasiados recintos, así que hay que achicarla.”

Respuesta: La UPR NO ES MAS GRANDE QUE OTROS SISTEMAS COMPARABLES. Fíjese, por ejemplo, en Nueva York: Según el censo, Puerto Rico tenía unos 3.3 millones de habitantes en el 2017. El sistema universitario público de Puerto Rico (es decir, la UPR) tiene once recintos. El estado de Nueva York tenía 19.8 millones de habitantes en el 2017. Sus dos sistemas públicos (CUNY y SUNY) tienen un total de 88 campuses. Es decir: Puerto Rico tiene un recinto por cada 0.3 millones de habitantes, más o menos. En Nueva York, hay un recinto por cada 0.23.

Para decirlo clarito: El tamaño de la UPR, en términos de número de recintos, es comparable, de hecho hasta un poco menor, que el tamaño del sistema público en un estado que solemos utilizar con frecuencia como referente, el estado de Nueva York.

Otro tanto ocurre cuando miramos los números de California, otro estado con fuertes sistemas de educación superior pública. California tenía unos 40 millones de habitantes en el 2017. Sus tres sistemas públicos (CC, CSU y UC) suman 146 recintos. Es decir, California tiene un recinto por cada 0.27 millones, o sea que tiene más recintos por habitante que Puerto Rico.

Lamentablemente ando de prisa, pero quería compartir este dato rapidito tanto con los aliados como con los que piensan que la UPR tiene “demasiados recintos”. El tema es largo y hay tela para cortar, pero regreso en un par de semanas y lo tratamos con calma, añadimos más datos, y todo eso.  Hasta entonces–rb