Repasando el 2016, pensando en el 2017

notebook-and-laptopEn diciembre se cumplieron ocho años de PARPADEANDO. Es mi primer blog, y todavía el principal. Al principio (y en gran medida todavía) se trató de un proyecto de mini-etnografía y crónica, en el cual mi intención era hacer de lo familiar, extraño, y de lo extraño, familiar: observar algún objeto, personaje o evento cotidianos y mirarlo desde otro ángulo—o describir algo distante, extraño y ajeno de forma tal que me pareciera y nos pareciera más inteligible. La primera entrada del blog es justamente eso: una mirada distinta a los inflables navideños en Puerto Rico y a Frosty en particular.

Todavía ese tipo de miradas son el corazón del proyecto, y a falta de otro término lo hemos identificado como crónicas. A ese estilo le he sumado, especialmente durante este año que acabamos de dejar atrás,  un par de acercamientos más; he estado explorando 1. el género de ensayo personal, en donde utilizo momentos de mi propia experiencia para hablar de otros temas, y 2. el tema de la escritura. He estado colaborando además, con columnas regulares, con dos proyectos periodísticos y culturales que admiro y me enorgullecen: Por varios años ya, la revista digital 80grados, y más recientemente la columna de relevo de En Rojo “Será otra cosa”, en el periódico Claridad. Llevo algún tiempo además trabajando con un libro que (creo y espero) está casi terminado, y cuyo prólogo pueden leer, en una versión temprana, aquí. 

Los cambios de espacio y circunstancia para mí y para mi familia continúan: Tres de nuestros hijos ya están en la universidad y el menor, que era un bebé cuando comencé esta blog, está a punto de entrar a escuela intermedia. Ya no vivimos en Mayagüez sino en el Bronx. Nuestra perrita Lucy murió, y ahora tenemos otra igual de cariñosa que se llama Leia.

Escribí algunas entradas (incluyo las más visitadas abajo) y dejé sin escribir otras: no escribí sobre las elecciones recientes en Puerto Rico y Estados Unidos, por ejemplo, o más bien intenté escribir sobre el tema y me bloqueé. Mis metas o posibles metas para el 2017 incluyen concluir el libro actual y comenzar el trabajo preliminar para mi tercer libro; escribir  más sobre eventos históricos, una especie de crónica retrospectiva; tal vez revivir el aspecto de audio de PARPADEANDO, que tuvo una encarnación de radio y podcast que recuerdo como interesante y divertida; y, ciertamente, dedicarle un poco más de cariño a las páginas de PARPADEANDO en Facebook (donde en el 2017 me gustaría llegar al millar) y Goodreads.

Gracias por el regalo inmenso que es su lectura. Parafraseando a Borges: los buenos lectores son pájaros aún más raros, infrecuentes, que los buenos escritores. Gracias por los mensajes y comentarios. Recuerden que me pueden escribir  su comentario-crítica-idea-saludo-reacción por Facebook,  aquí en el blog, en Goodreads, o a mi correo, rbrusi at gmail.com. Que el 2017 les traiga muchas cosas buenas, así como mucha paciencia con las muchas cosas malas que enfrentamos. Cariños–Rima

Las entradas más visitadas del 2016:

 

Mar y Sol

marysol_01-claridad[Publicado también, esta semana, en Claridad y en Ochenta Grados]

“Esperan de 50 mil a 100 mil hippies en festival de rock en Vega Baja.”

Así leía un titular el 29 de octubre de 1971. El concierto fue en abril de 1972, pero los periódicos empezaron a advertir a sus lectores mucho antes. La noticia no era tanto el concierto como la congregación de lo que en Puerto Rico también llamaban “pelús”. “Festival para hippies”, “Festival de hippies”, “Invasión de hippies”. Rara vez llamaban al concierto por su nombre, Mar y Sol.

La playa se llamaba “Los Tubos”. La prensa de la época y el escritor Manuel Abreu Adorno ubicaron el festival en Vega Baja. Descripciones más recientes lo ubican en Manatí. Todos tienen razón, probablemente.

Desde la derecha se oponían a Mar y Sol los que hablaban de la influencia malsana de las drogas, de “afrentas a la moral pública”, del descaro de calendarizar el concierto en Semana Santa, de hippies izquierdistas, protestones y comunistas.  Desde la izquierda, otros se pronunciaban contra el festival gringo que amenazaba nuestra identidad, y criticaban a los hippies por americanizados, indisciplinados y marihuaneros. Algunos de los críticos fueron al concierto: los derechistas armados con pistolas, los izquierdistas con panfletos. “Certain Puerto Rican nationalist groups” dijo una revista, “circulated through the crowd shooting Marxist diatribes and slogans at deaf ears…[accusing the concert] of ripping off Puerto Rican culture.”

Razón tenía uno de los periódicos cuando reportó, el 2 de abril, que “por la clientela que atrae y a la que está dirigido, el concierto resulta generalmente antipático.”

80grados.net

Las autoridades detuvieron el concierto, porque la policía de Puerto Rico había “obtenido evidencia de que allí se venderían marihuana y otras drogas.” La “evidencia” consistía del testimonio de un solo agente encubierto a quien un personaje estadounidense, ya instalado en los predios del concierto en Vega Baja, le había dicho que tendría drogas disponibles durante el concierto. Curiosamente, la presencia de este personaje—el récord noticioso, mejor que cualquier novela, nos ha dejado sólo su apodo, “Dave el Loco”— había sido notificada a la policía justamente por los organizadores del concierto, que lo conocían como un individuo problemático que solía aparecerse en todos los eventos de esta índole.

Algunos dicen que el gobernador Ferré intervino tras bastidores. En cualquier caso, el concierto sí ocurrió, aunque con una fuerte presencia policiaca. En las fotos del concierto aparecen, inconfundibles, los agentes: musculosos, bigotudos, serios, de pelo corto, con camisas de estampados hawaianos y grandes gafas oscuras, contrastan inevitablemente con los flacos, descamisados, melenudos y sonrientes cuerpos invasores.

80grados-mar-y-sol-2
80grados.net

El 27 de marzo había ya cerca de 5,000 hippies visitantes acampando en Vega Baja y escandalizando a los residentes. El día antes del concierto había cerca de 25,000. El segundo día había 50,000 personas.  Abrieron el festival las bandas locales Rubber Band y Banda del Krajo, seguidas por músicos de Estados Unidos como B.B. King y Allman Brothers Band. El segundo día tocaron Emerson, Lake and Palmer, Alice Cooper, y un Billy Joel jovencito y casi desconocido que se quedó con la tarima, el corazón de la audiencia y la atención de Columbia Records: fue en Mar Y Sol que su carrera despegó verdaderamente.

No todo era música, paz y amor. Tres visitantes se ahogaron en la playa; otro fue asesinado, dentro de su caseta de campaña, por un sujeto que los testigos describieron como un joven local armado de machete y cuchillo.  Múltiples mujeres, isleñas y norteñas, fueron atacadas o violadas.

Originalmente en CREEM, tomada de marysolfestival.com
Originalmente en CREEM, tomada de marysolfestival.com

“Festival de Sangre”, decía la portada del Nuevo Día el lunes posterior al concierto.  “The festival that never should have been”, decía el titular en la revista norteamericana CREEM. Debajo del titular, una foto de cuatro jóvenes de piel oscura, tres de ellos con cabellos rizos, y la siguiente leyenda: “It was like an ugly slice of New York City against a postcard backdrop.”

 

Hubo muchas quejas locales sobre el comportamiento de los hippies. La más común era que “se esnuaban.”  Se esnuaban y hacían el amor en la arena, se esnuaban y bailaban, se esnuaban y le daban malas ideas a los curiosos.

El sol, parte importante del atractivo de las taquillas vendidas en Estados Unidos, se convirtió en un problema: desacostumbrados, los pálidos visitantes pronto empezaron a sufrir insolación y quemaduras.

Todo pasó muy rápido: La idea del concierto, concebido como un segundo Woodstock pero a la postre prácticamente olvidado; Cooley, el promotor, despidiendo el concierto y alegando que había perdido dinero, huyendo de la isla a toda prisa, evadiendo el arresto iniciado por el IRS; El mensaje grabado de John Lennon, que no pudo asistir porque estaba bajo amenaza de deportación; El plantón de Black Sabbath, cuyos miembros se quedaron esperando en el hotel porque a última hora el tapón pudo más; El final anticlimático, la dispersión del jiperío, el revolú en el aeropuerto de San Juan, inundado de cientos y cientos de jóvenes rubios, quemados por el sol, picados por los mosquitos, que no encontraban cómo salir de Puerto Rico y regresar a su casa; Los vegabajeños que rechazaban la invasión de hippies aunque les costara la posibilidad de hacer negocio en sus tiendas; Los dueños de punto que sí aprovecharon la oportunidad para vender marihuana y pepas; Los jóvenes cocolos mirando con curiosidad a los rockeros; Los políticos denunciando la pocavergüenza o la americanización.

Y en medio de todos ellos, nuestros propios pelús, que fueron emocionados a Mar y Sol a comulgar con sus contrapartes norteamericanos y con la música, a ser parte (para variar) no de un pequeño margen sino de un gran colectivo, una era, un movimiento.

80-grados-mar-y-sol-5

algoritmos

social-mediaCierto que no soy la reina de la tecnología y los medios sociales, pero tampoco me considero una ludista—tengo y uso un ordenador todos los días, manejo mis blogs yo misma con WordPress, leo algunos de mis libros en kindle, estoy moderadamente activa en Facebook y en Pinterest (aunque me salí de instagram y twitter por razones que no vienen al caso, o tal vez sí), tengo (esto me da un poco de pachó, pero es importante para este espacio y para mi identidad como escritora) una página de FB, escribo y edito en cosas como Scrivener, DayOne y Google Docs, leo noticias y uso aplicaciones varias en mi iPhone…Pero no sé. En estos días no me siento del todo cómoda en Facebook, que solía protagonizar gran parte de mi actividad en línea. No es una posible adicción lo que me preocupa: en todo caso, lo que me incomoda me está haciendo pasar menos tiempo allí que antes.

A ver si me explico: Entro a FB y me encuentro con un “feed”, ¿cierto? Yo solía visitar FB diariamente precisamente por ese feed: allí leía, por ejemplo, mis noticias, seleccionadas por mucha gente a quien le gusta hacerlo y cuyos gustos e intereses comparto. Leía notas, también, columnas de opinión, y descubría blogs y recursos nuevos, a través de la recomendación de otros. Poemas, cuentos, ensayos, invitaciones, combinadas con algunas noticias y fotos de los amigos: ponía mi mente, en fin, al día.

Pero en algún momento, el contenido de mi feed comenzó a cambiar. Al principio pensé que se trataba de una casualidad, o de algún cambio en el comportamiento de los usuarios, y tal vez algo de eso hay. Me refiero a que ahora casi no veo noticias, y a que el contenido principal es la vida (con frecuencia, francamente, “privada”) de otros. Veo mucho de lo que comparten ciertas personas (muchas de las cuales casi ni conozco) y casi no veo lo que escribe gente cercana a mí y cuyas expresiones solía ver en mi feed con más frecuencia. Veo chismes, peleas, diatribas, fotos, más fotos, plegarias, más fotos, selfies, selfies, selfies, hijos/hijas, juegos, videos en vivo de la vida de alguien, anuncios y peticiones de oración colectiva.  Veo hasta un video de la mujer de Bernier en su camita, anunciando que no se ha hecho el pelo, que no tiene maquillaje puesto, y que extraña mucho mucho a su marido, que anda de viaje.

Esta es mi pregunta: basándose en mis clicks y actividad en línea, no hay algoritmo, por burdo que sea, que decida que esas cosas definen mis intereses. ¿Por qué definen entonces mi feed?

Ojo:Ninguna de esas cosas, por sí sola, me molesta particularmente–de hecho disfruto descubrir una receta, un paisaje, un vestido o un chiste tanto como cualquiera. Y ninguna es nueva en FB. Lo que no entiendo es lo siguiente: 1)¿por qué ya casi no veo noticias y contenidos pertinentes, si se supone que FB conoce mis gustos, y yo le daba click a las noticias con mayor frecuencia que a esas otras categorías que ahora veo constantemente? 2)¿por qué FB ignora mis intentos de personalizar mi feed? ¿Para qué tiene entonces los botoncitos que nos permiten decidir a quién y qué vemos con más o menos frecuencia?

Digo, si nuestra actividad en línea está constantemente monitoreada, lo menos que merecemos es que nuestros gustos sean de algún modo tomados en cuenta, ¿no? Digo, para más que vendernos un par de botas. Tanto algoritmo, y al final FB me deja ver no lo que yo quisiera sino lo que ellos les da la gana.

Para ser clara: esta entrada no es una petición de auxilio. No necesito que me expliquen, por ejemplo, que puedo elegir “see first” para algunos usuarios, o ir directamente al perfil del usuario que sube noticias. Me interesa más usar mi experiencia para entender ciertas cosas.

Y es que hoy leí algo en el NYT que en su momento ignoré: Hace algunos meses, FB anunció que le daría prioridad a los contenidos “personales”, por encima de cosas como noticias o recursos. Eso explicó parte de mi problema, aunque no me dijo por qué es más importante para FB obligarme a ver lo que ellos quieren aunque visite menos, en lugar de permitirme ver lo que yo quiero y por ende aumentar la probabilidad de que yo visite. ¿Acaso no les conviene que yo visite FB más, no menos?

Entonces me acordé de Trump.

El éxito de Trump tiene que ver con una tendencia (es mucho más que una moda) cultural hacia la exposición constante de una “vida privada” que francamente tiene casi tanto guión (a veces más) que la vida pública. Con el auge de los reality shows, y las posibilidades de que la exposición, pura y simple, redunde en fama y reconocimiento independientemente del talento o la contribución (supongo que podemos llamarlo “el fenómeno Kardashian”) aumentó el ancho de banda al que pueden sacarle partido comercial las corporaciones que tiene medios sociales. Esas corporaciones tienen entonces más interés en premiar a los que publican eventos, fotos, pensamientos, y videos personales que a los que, como los usuarios que yo solía ver y seguir con mayor frecuencia en mi feed, buscan contenido interesante en los medios (texto, palabras, especialmente) y lo comparten con otros. No conozco el algoritmo que usa FB pero apuesto casi cualquier cosa a que si me tomo un selfie, me saco video jugando con mis hijos, redacto una invitación a unirse a una cadena de oración, encuentro una noticia importante, termino de escribir esta entrada, y comparto las cinco cosas, las primeras tres le saldrán en el feed a más usuarios que las otras dos.

Si esa es en efecto la realidad, tiene implicaciones importantes para lo que aprendemos todos los días, para los pedacitos de información que usamos para alimentar nuestra mente y con los cuales generamos otros pensamientos. Es decir (esto no es trivial) para lo que nos construye. Si la gente pasa, digamos, una hora diaria en FB, más unas cuantas miradas breves a través del día, es probable que se enteren de cosas más o menos triviales independientemente de que deseen enterarse además de otras cosas, cosas que expandan su mundo personal y social.

Yo no sé ustedes, pero yo extraño esa función de Facebook, la de proveerme, a través de la inteligencia y tiempo de otros, cosas nuevas e interesantes que enriquecieran mi mundo: una noticia, un análisis, un texto provocador.

Pero me temo que a FB yo, y la gente como yo, no le parecemos demasiado importantes. Esa gente que entra un ratito a leer algo sobre los amigos, tener y compartir noticias del mundo, y recibir y dar recomendaciones para expandir mente y conocimientos. Excepto en la medida en que nos puedan convertir en consumidores constantes de la vida cotidiana ajena y productores (y publicistas) de la propia. Y para lograr eso, piensan, tienen que cambiar nuestro feed.

Sacando el día

rebeca-hastingNota:Publicado anteriormente en Claridad y en 80GRADOS.

Es mediodía. Observo a mi hijo menor, que está jugando pelota. Del deporte sé muy poco, pero no puedo evitar admirar la delicada coreografía del juego, y ésta me lleva a pensar en la igualmente delicada coreografía de movimientos y acciones que se conectan y redundan en este pedacito de “vida normal” que con tanta naturalidad se despliega frente a mí: el calendario; la transportación; los esfuerzos para que el pequeño jugador quiera, en efecto, jugar; las comidas; los uniformes; la socialización.

 

Le han puesto el uniforme de catcher, y sé que tiene calor, porque la temperatura está sobre los cien grados y el sol está alto en el cielo.  Pero el niño dobla las rodillas, fija su vista en el pitcher, captura la bola, se incorpora, devuelve la bola…Para llegar hasta este momento tan simple, tan poco extraordinario, hubo que practicar un poco con el muchacho para que no empezara demasiado atrasado (porque aquí en California le ponen el bate y la bola a los nenes en la mano desde los tres años, y lo de practicar le toca a mi esposo porque de eso yo, como de tantas otras cosas, no sé ni jota), buscar información en línea sobre las pequeñas ligas, ir a las reuniones, crear un equipo, construir un horario, conversar con naturalidad (con la que pueda) con otras madres y padres durante los juegos, recoger las bases, cepillar la arena, negociar desacuerdos…

En fin, que cualquier cosa “normal” y cotidiana que logramos requiere cierta habilidad, ciertos recursos, cierta gracia, y es maravilloso cuando lo logramos, pero no siempre lo logramos. O al menos yo no siempre lo logro. De hecho lo logro con poca frecuencia, y cuando fracaso en esa gestión de crear cotidianidad me pongo muy triste y pienso en mi madre, Teté, en lo pesada y difícil que siempre le resultó la vida diaria.

Esta mañana, antes del juego, estuve leyendo La piel del cielo, de Elena Poniatowska, y allí me encontré con las mañanas de Florencia, la granjera, un personaje hermoso y simpático a quien le cobré cariño de inmediato. “Florencia”, dice la autora, “investía las labores matutinas de la huerta con un ritual exacto que las sacralizaba; Nada más importante que hacerlo bien, sacar el día adelante.”

“Ritual exacto…sacar el día adelante…” Leo y releo la oración, en parte porque es una hermosa oración y las oraciones hermosas me pueden, pero en mayor medida porque denuncia la aflicción que provoca mi empatía con Teté. Quiero decir que con frecuencia me cuesta mucho eso de “sacar el día adelante”. Que lo que me aqueja no es tanto incompetencia –porque en el trabajo “trabajo”, ese que hacemos para subsistir, me ha ido generalmente bien–, sino otra cosa, más bien asociada al ámbito de lo doméstico. Que reconozco que vivir, que vivir intensamente, que vivir feliz, tiene mucho que ver con esa capacidad para “sacralizar” lo cotidiano, para “hacerlo bien”, para agarrar al día y sacarlo adelante.  Que en estos días, esa capacidad la tengo que cultivar mucho, y un tanto cómicamente, por escrito, escribiendo mientras escribo, llenando el margen de notas como “cuando termine este párrafo voy a picar cebolla”, para lograr sacar adelante, mínimamente, mi día. Que a veces recuerdo y reconozco la ausencia casi absoluta, y en todas las esferas, de esa capacidad en Teté, quien pasó buena parte de mi infancia acostada boca abajo en el colchón, debajo del mosquitero, dejándonos, impotente, a la merced de calamidades varias: hambre, violencia, pobreza, enfermedad.

Por la noche, después del juego de pelota, recuerdo a Florencia la granjera durante un agradable momento de normalidad doméstica. Estoy guardando ropa limpia en los cajones del cuarto de mi hijo. Hablo con él, bromeamos, paseamos a la perrita, hablamos un ratito más mientras nos comemos algo juntos… Es un pequeño logro hogareño, uno de esos instantes en que de repente las tareas que otras veces me resultan pesadas, intrincadas, incomprensibles, se bañan con la luz de mi cachorro y se me presentan llevaderas, agradables, posibles y hasta naturales. En esos momentos me distancio de Teté y de esa parte de mí que no sabe qué hacer o qué hacerse frente a las demandas de la cotidianidad. Cuando piso o traspaso las fronteras de la incompetencia doméstica, me acerco a Teté, me acerco al entendimiento azul que nos regala, generosa, la tristeza. Me acerco tal vez hasta al arte mismo, a su posibilidad hecha palabra, pero me alejo de los míos, me alejo de la vida.

Florencia me inspira–y es que, tal vez como tú que me lees, suelo buscar respuestas a mis “issues” no tanto en la psicología como en la literatura–a reanudar mis esfuerzos por forjar una rutina, diaria y sencilla, que me permita atender mínimamente el cuerpo, la familia, la casa y el alma. A veces me pregunto si, entre aquellas que logran sacar su día adelante, habrá acaso dos tipos de personas (que también podrían ser dos modos de estar, incluso en la misma persona): las que se dedican a buscar la novedad que las saque de la rutina, y las que, como Florencia, forjan y sacralizan su rutina con amor. Sospecho que, al menos últimamente, quiero ser de las segundas.

Sospecho también que al final, ambos modos de estar son formas un poco supersticiosas de no postrarse, de espantar a la muerte, de rozar la eternidad.

Casas en el agua

parguera casetasEl año,creo,era 1998, y yo estaba reunida con un casetero, a quien llamaré Leno, en la sala de su caseta, él enfrascado en el relato de la historia de su caseta, yo escuchando y a la vez un poco distraída con el mar, porque allí estaba el mar, tan cerquita, tan pleno, tan calmo y rebosante de pájaros blancos, allí mismo, a nuestro lado.

Esa es la experiencia en una caseta. Cuando decimos que las casetas de La Parguera están en la “zona marítimo terrestre” estamos describiendo una realidad espacial y jurídica pero también literal y con algo de poesía: la entrada está en tierra, el balcón en el mar.

Hurgo en mis recuerdos y en las notas, que aún conservo, de la entrevista que le hice a Leno, porque estoy buscando inspiración para escribir aquí sobre el tema escabroso de las casetas en La Parguera, construidas sobre pilotes dentro del agua, que el PS 1621 busca legitimar con la designación de una “zona de planificación especial turística de las casetas y muelles sobre el agua y terrenos de dominio público en La Parguera”, y así resolver su “incertidumbre jurídica” y cobrar “cánones de uso”.

La “controversia” parece clara: de una parte, están la mayor parte de la comunidad científica, el departamento de recursos naturales, la mayor parte de la izquierda y los ambientalistas…De la otra, los dueños de las casetas y sus círculos, los alcaldes del área, la mayor parte de los senadores y representantes, y personajes variopintos que expresan públicamente su apoyo, como la ex-contralora Colón Carlo.

Se trata de un tema incómodo para mí. Y se me ocurre que las razones de mi incomodidad pueden ser las mismas detrás de la mentada “incertidumbre jurídica”, y permanencia de las casetas. Porque esa permanencia es, bien mirada, un hecho extraordinario: las casetas son, claramente, ilegales, porque están en la zona marítimo terrestre.Su uso es mayormente vacacional. Muchas son propiedades fantasma, que ni aparecen en el registro de propiedad. Y sus dueños no son “rescatistas” tradicionales en busca desesperada de vivienda. Los críticos tienden a pensar que su permanencia se debe a que tienen amigos poderosos, y creo que tienen razón, pero también que el asunto es más complicado, y más interesante, que sencillamente un caso de “influencias”.Nos toca entender cómo surge ese arraigo, cómo han logrado permanecer. Pero primero, dejemos mi conflicto establecido: Esa ley me parece un disparate y espero que el gobernador no la firme; pero, como tantos, he disfrutado visitas en casetas y cuento con amistades que, al leer esta columna, tal vez dejen de serlo, porque viven enamorados (¿quién no lo estaría?) de sus casetas.

Así, enamorado de su caseta, estaba Leno. Le advertí que no estaba de acuerdo con la construcción ilegal costera, pero él, generoso, continuó la conversa y contestó mis preguntas. Me contó que conoció La Parguera en los sesenta: “Mi hija vino aquí a las seis semanas de nacida, a la caseta donde nos quedábamos…La Parguera ha sido siempre parte de mi vida, la mejor parte. Porque yo vivo en [ciudad cercana], pero yo verdaderamente existo en La Parguera.” Eventualmente compró la caseta, y visitándola se criaron sus hijos. “La vida en el mar, eso es lo más sano para la familia”, me dijo otra casetera. Ese discurso de apego, pertenencia, familia sana, de vínculo histórico y existencial, es típico de los caseteros que hoy impulsan el P del S 1621. Algunos han colocado fotos de su caseta en los medios sociales y expresan sentimientos como el siguiente:“¡Aquí está nuestra caseta,llena de amor, de fiesta, de unión familiar, nuestro hogar…yo nací y me crié allí, por eso yo soy de La Parguera!”

El sentimiento de pertenencia suele ser genuino, y es también una estrategia que los caseteros han utilizado históricamente para construir y persistir. Las primeras casetas fueron comisionadas por familias que los viejos del barrio describieron como “pudientes”,en los años treinta del pasado siglo, y a su lado chapoteaban (el agua estaba más limpia entonces) tanto los niños “de pueblo” como los de “comunidad”. La “comunidad” por su parte, estaba constituida fundamentalmente por pescadores, pero creció y diversificó en los cuarenta y cincuenta cuando se repartieron las parcelas (que no están en la costa). Los caseteros usan estas historias para explicarle a sus interlocutores que ellos “son de allí”, que sacarlos “es una locura”.

Otra estrategia, muy relevante ahora, ha sido la forja obstinada de pequeñas señales de “legalidad”. En los treinta, obtenían el visto bueno gubernamental si publicaban primero un edicto y nadie se oponía a la construcción. Así surgieron las primeras y se fueron convirtiendo en parte del paisaje. En 1969, había ya cerca de cien casetas, y se les ordenó desalojar en un término de sesenta días: No pasó nada. En 1978, el gobernador firmó un acuerdo con la Junta de Planificación y el Cuerpo de Ingenieros que las obligaba a salir antes de 1985; pero en 1979, otorgó “permisos de uso” parecidos a los que propone el proyecto actual. Los caseteros continuaron construyendo al amparo de la noche, con la mano de obra de los carpinteros y chiriperos locales. En los ochenta, cuando un grupo de familias de escasos recursos obtuvo nuevas parcelas, los caseteros ofrecieron colaborar económicamente en la construcción de un alcantarillado para el uso de los rescatadores–y, por supuesto, las casetas.

En términos generales, no absolutos, los residentes de las parcelas son de clase trabajadora (algunos pescan, y muchos descienden de pescadores), y los caseteros tienden a ser profesionales. Cuando les preguntaba a los primeros sobre el tema, algunos se pronunciaban absolutamente a favor, y otros resueltamente en contra, pero la mayoría expresaba ambivalencia: “Esos son los ricos, los profesionales. No necesitan vivir allí,tienen sus casas. Nos limitan el acceso de los botes al agua. Pero también nos dan trabajito, limpiando, o de carpintería, cualquier chiripa que haga falta…” “Los caseteros, lo que pasa es que pagan bien, sobre todo cuando quieren hacer la caseta más grande, o arreglar el muelle, y entonces hay que construir y hasta pintar de noche, velar que no venga la gente de Recursos.” Los caseteros proveen algunas oportunidades de empleo a cambio de del acceso (físico y visual) al mar, que sigue siendo importante para algunos pescadores pero para muchos residentes no vale la pena discutir. El crecimiento histórico de las casetas ocurrió al mismo tiempo que el de las parcelas, de modo que ambos tipos de residente sienten que, en efecto, “son de allí”.

En 1996, armados con un aparato de abogados y relaciones públicas, los caseteros recibieron al entonces gobernador para un “tour” del área, al final del cual Roselló decretó, para la prensa, “Ahora soy yo el que dice que se quedan.” Ya para esa época eran doscientas, algunas pagaban impuestos al CRIM, otras habían obtenido “permisos de uso” del Cuerpo de Ingenieros, y casi todas tenían y pagaban servicios de agua y luz.

parguera aerea

Los que las apoyan las describen como parte esencial de un paisaje “hermoso” o “de revista”, utilizan adjetivos como “encantadoras” y frases como “Venecia de Puerto Rico” (esa, pintorescamente, se cuela hasta en el texto del proyecto de ley que hoy nos ocupa). Las plantean como parte del “atractivo turístico” de la zona, objeto de la mirada de los que “pasean en bote para ver las casitas de colores que son parte esencial de la imagen de La Parguera”, y “una cosa linda para los turistas, que vienen aquí buscando una villa pesquera.” El litoral será parte del “dominio público”, pero los caseteros lo han convertido en propiedad privada, pública sólo en tanto objeto de la mirada del otro y parte de la belleza y la salud económica del barrio.

Con esto de ser “de allí”, estampas de legitimidad, y alusiones al paisaje,las casetas han ido adquiriendo un aura que, combinada con las conexiones sociales y profesionales de muchos caseteros (no sé ahora, pero en 1998 veraneaba en ellas hasta un juez federal) sirve para complicar lo que debería ser un asunto simple: que el mar es de todos. Las casetas, igual que don Leno, son absolutamente encantadoras, pero están profundamente equivocadas.

El paso del proyecto por cámara y senado fue apresurado y nocturno, como la construcción de las casetas mismas. El momento histórico es importante: se nos viene encima la ley que crea una junta de control fiscal y relaja protecciones ambientales, se han creado incentivos para que se muden a la isla y compren propiedades algunos estadounidenses, se habla de agilizar la permisología.

Busco en internet los términos “casetas La Parguera” y veo, prominentemente, anuncios de alquiler y venta: “Casa acogedora en las aguas”, “hermosa cabaña frente al mar”. Fluctúan entre $250 y $500 por noche. Si usted desea poseer su propia caseta,las hay para la venta. Me llama la atención una de ellas. Tiene dos letreros que en mayúsculas advierten “MUELLE PRIVADO”. Piden por ella medio millón.

¿No tiene medio millón? Hay otra por sólo $350,000. El realtor la anuncia así:

“LA PARGUERA, DE REVISTA!!! ´AREA EXCLUSIVA EN LA PARGUERA…SEA UNO DE LOS POCOS AFORTUNADOS EN TENER UNA CASA EN EL AGUA EN LA PARGUERA.”

¿”4.25″?

teatreros2
vueltabajo colectivo. foto:milton ramírez malavé.

Tengo una relación curiosa con los escritores y escritoras de cierta generación.  Con las escritoras, especialmente. Baby-boomers, las llamarían los que gustan de segmentar la historia así, por generaciones. Yo me refiero aquí a las escritoras que leí repetidamente, con admiración y con fruición, durante esos años que, aunque lo ignoremos en el momento, nos definen como lectores y nos forjan como escritores. Y como personas. La relación “curiosa” va más o menos así: mi primer impulso, si me encuentro de frente con una de estas escritoras (Ana Lydia Vega, Magali García Ramis, mujeres por el estilo) no es hacer conversación, porque enmudezco de pura timidez y desamparo, star-struck, y me quedo ahí, hecha una tonta, con una sonrisa boba y un libro en la mano, a ver si me lo autografía, por favor? Rima, así como suena, sí, R-I-M-A. (Si me encuentro alguna vez con Mayra Montero, y tolera, perdona o no ha leído las columnas en donde diferimos, le pediré, dulcemente, que firme mi copia de Tú, la oscuridad.)

El punto es que siento, digamos, cierta veneración, un poco pendeja pero espero que comprensible, por las escritoras de esa generación, y que entre mis pasatiempos favoritos no está el llevarles la contraria. Más bien quiero escucharlas y leerlas, a ver si aprendo algo.  Pero con Mayra Montero (específicamente, con los contenidos de su columna dominical) me ha pasado eso, la contrariedad, ya dos veces: La primera, cuando sentí que tenía que responder a sus aseveraciones sobre el PAN y la pobreza; la segunda, hoy, en esta respuesta a su columna “cuatro veinticinco”.

La columna en cuestión tiene, a grandes rasgos, tres partes, cada una de ellas una crítica a ese slogan en protestas recientes que reza “El futuro no trabaja por $4.25.” Según Montero, el slogan 1)perpetúa la conexión en el imaginario colectivo con el modo de vida de los Estados Unidos, y no con el resto de los países latinoamericanos; 2)representa una negativa, un tanto soberbia, a vivir de manera “austera”, una austeridad que, parece alegar, se nos viene encima con independencia o sin ella; y 3)es una especie de sinécdoque que representa una crítica y un desafío a la ley que establece la Junta de Control Fiscal de manera general, un desafío que ella aparentemente desaprueba, o al menos cuestiona, porque nos escandalizamos, dice, al escuchar que la junta no rendirá cuentas pero no le pedimos cuentas a la larga y colorida caravana de pillos que se han enriquecido a costa del país. Hay también una 4)sugerencia, que no dice abiertamente pero queda implícita, de que el slogan está de algún modo asociado a la vagancia, cuando enfatiza el uso de las mayúsculas que tiene el efecto de resaltar la frase “el futuro no trabaja”.

Aquí en mi respuesta me voy a enfocar en los primeros dos asuntos. Con el tercero no me voy a meter, porque aunque no estoy del todo de acuerdo con el modo en que usa ese segmento dentro del argumento general de la columna, sí es cierto que plantea una verdad histórica: La caravana de pillos es real, y la rendición de cuentas ha sido efectivamente mínima. [Lo que me pregunto yo es qué tiene que ver eso con que la junta tampoco las rinda, pero en fin.  Dije que me enfocaría en los otros dos segmentos, y eso haré, porque me parecen los más importantes.] El cuarto asunto se atenderá solito, mientras escribo sobre los otros dos, estoy segura.

La columna tiene su inicio y su eje en ese slogan que parece ofender tanto a la autora: “El futuro no trabaja por $4.25.” Y es con su interpretación –tan decisiva, tan sin titubeos, tan convencida–de los significados que ese slogan evoca en la juventud que lo ha creado, que me parece que Montero –con todo el respeto (y el arrobamiento bobalicón) que me merece– se equivoca y es incluso injusta. Si le hacemos caso al argumento de Montero, tendríamos que pensar que ese slogan representa no tanto un movimiento de justicia social sino el reclamo de la continuidad de un privilegio, y la negativa de afrontar lo que somos, realmente, como país. El consumo, sugiere, nos define, y nos toca aceptar la austeridad tal y como la han aceptado en Perú, Brasil, México, Colombia…

Puede que me equivoque, pero sospecho que Montero no ha estado conversando demasiado con los grupos que crearon y reproducen el slogan en el contexto de manifestaciones diversas.

Lo que yo leo en ese slogan es algo muy distinto.  Y si me equivoco también, confío en que mis lectores me educarán al respecto y que podremos conversar saludablemente sobre el asunto. Leo lo siguiente: No se trata de jóvenes que no están dispuestos a trabajar de gratis por la patria (de hecho hay muchos, muchos, trabajando de gratis o casi de gratis por la patria ahora mismito, pero me temo que casi nunca salen en las páginas del Nuevo Día) sino de un movimiento que reconoce la modificación del salario mínimo por lo que es: un síntoma y un símbolo de un orden global particular, en donde espacios como nuestra isla deben existir en función de poner su mano de obra barata y su belleza natural a la disposición de las clases acomodadas, en su mayoría de otros países, y hacerlo sin escrúpulos y tapujos molestos como salarios mínimos o leyes ambientales. A eso se refieren los muchachos, las muchachas, con ese slogan que le parece a Montero tan antipático.  La ley que crea la junta, reduce el salario mínimo y relaja protecciones ambientales (no es casualidad que estas tres cosas vengan juntitas en un mismo paquete) nos está gritando, en efecto y látigo en mano, Miren, ustedes los puertorriqueños llevan muchos años creyendo que son iguales a nosotros, pero ha llegado la hora de la verdad y del reality check: ustedes son menos, son otra cosa, son poca cosa.

Hay otra cosa más que me inquieta, en la columna de Montero, y es la conceptualización de “austeridad”.  Creo que puede ser útil, para propósitos no del diccionario sino del análisis cultural de la cosa, distinguir entre “austeridad” y “frugalidad”.  La frugalidad sí que nos hace falta, y mucha, igual que le hace falta también, y mucha, a los Estados Unidos, que en eso de consumir sí nos ha educado bien y nos ha dado trato igual (encareciendo, de paso, nuestro costo de vida.) Un proyecto de país, el que sea, independentista o de otro tipo, probablemente requiere que culturalmente, los puertorriqueños abracemos una cierta frugalidad que será nueva para muchos.

Pero con esto de la frugalidad pasan dos cosas: una, que son precisamente muchos de los jóvenes detrás del slogan de marras los que nos dan lecciones de frugalidad a los más viejos, sembrando huertos, viviendo con menos, solidarizándose con las comunidades, compartiendo el alimento, moviéndose en bicicleta; y otra, que la “frugalidad” que propongo aquí y que me interesa aplicar más en mi propia vida no es lo mismo que la “austeridad” que, dice Montero, necesita el país para “salir adelante”.  Esa austeridad es la que imponen, en el caso de los países de a de veras, los mecanismos detrás de la deuda y su (im)pago internacional como el FMI, y en nuestro caso, la junta que viene por ahí.

Ese numerito, “4:25” representa una realidad material (la de un salario que, a no ser que los costos de vida bajen en el país dramáticamente, sencillamente no da para vivir, para leer más sobre ese asunto use la calculadora aquí) y también simbólica, la de la austeridad que el amo le requiere al subordinado, al sirviente. En nombre de esa “austeridad” se sostiene, internacionalmente, el modo de vida de aquellos que son cualquier cosa menos austeros.

No es contra la frugalidad digna, ni contra las ganas de trabajar duro, que se rebelan y reaccionan nuestros jóvenes.  Es contra las condiciones globales y locales que reproducen un orden social injusto e insostenible. Y si ellos se callan, si no protestan ni denuncian, ahí sí que nos quedaremos sin país y no habrá nada para, como quiere Montero, “echar hacia adelante.”

 

 

 

orlando

pa-equality-watch-rainbow-flagEs el nombre de la ciudad donde ocurrió la masacre. No es el nombre de una de las víctimas, pero pudiera haberlo sido, porque éstas eran en su mayoría hombres, y en su mayoría latinas. Puertorriqueñas, de hecho.

Terminé con otra cosa, pero originalmente llegué aquí, a la ventanita del bló, pensando en escribir algo sobre los discursos contrastantes que usan la derecha y la “izquierda” acá en Estados Unidos para hablar de la tragedia. De una parte borran el hecho de que tanto el espacio elegido por el atacante como los muertos y los heridos por él pertenecían a la comunidad LGBTTQ; nos recuerdan que no son las pistolas las que matan gente, sino las personas que las usan para ese propósito; y utilizan la ascendencia afgana del asesino, y sus múltiples referencias a distintas facciones (a veces incompatibles) del fundamentalismo militante islámico, para establecer que el asunto se trata simplemente de un acto terrorista equivalente a 9/11, o a los recientes ataques en Europa. De la otra parte encontramos la denuncia tristemente–y creo que apropiadamente–repetida de lo fácil que resulta comprar armas claramente diseñadas no para para cazar animales sino para asesinar humanos masivamente; la anotación de que el espacio elegido por el asesino no es neutral sino indicativo de un crimen de odio; y, por parte de algunos pero no todos los sectores, el señalamiento de que en casos como este usamos etiquetas como “terrorismo”, “crimen de odio” y “locura” de manera diferencial y atada a la identidad étnica del asesino.

Mi ubicación en el espectro de esos discursos debe ser a estas alturas más o menos obvia para los lectores habituales de este sitio. No descarto la posibilidad de la radicalización o auto-radicalización de este individuo, de nombre Omar. (Otro nombre que podría muy bien ser nuestro.) Después de todo, las ideologías fundamentalistas son particularmente atractivas para aquellos que están llenos de odio, y estar obsesionado con ISIL (o con cualquiera de los grupos que parecía gustarle mencionar) no es incompatible con la homofobia, todo lo contrario. Es tan compatible con la homofobia como lo es el cristianismo fundamentalista que se ha apoderado de nuestra propia isla.

Sí me parece curiosa, dolorosamente curiosa, la ironía de que el mismo país que hasta hace muy poco no le permitía a sus ciudadanos la libertad de matrimoniarse con quien les diera la gana sí permita que las compañías que fabrican “rifles de asalto” anden mercadeándolos y vendiéndolos por la libre, sus cabilderos encamados con los legisladores americanos (con esos affairs del bolsillo, no del corazón, nadie se mete), a pesar de que se usan una y otra vez para masacres cuyo estilo y estampa son únicas en el mundo desarrollado. La libertad de amar o manifestar la sexualidad propia está siempre en entredicho, pero la libertad para comprar un arma que claramente no está diseñada para apuntarle a los venaditos es sagrada, constitucional, intocable. 

Pensando en estas cosas estaba según iba leyendo noticias y ensayos sobre este asunto cuando empezaron a aparecer los nombres y las caras de los muertos y los heridos. Y entonces la pena se me metió en los huesos de una manera distinta y más personal. Porque es que como puertorriqueña viviendo en Estados Unidos (soy una de las que se mudó, pero ojo, #nomehequitado) los reconocí. Esta sensación tal vez no es políticamente correcta, tal vez es hasta racista, qué se yo, pero la sentí y aquí está. Sus rostros, los de las víctimas, los de los heridos, me resultaron familiares a pesar de no conocer personalmente a ninguno de ellos. ¿Cómo describir la sensación? Quiero decir que se me parecieron a nosotros, que eran de algún modo míos, que después de estar viviendo acá cinco años y viendo tanta gente distinta, tenían un cierto trasunto físico que me sobrecogió.

Y creo que esa sensación de pertenencia, de conexión, no se debía solamente a sus rostros, a sus rasgos. Creo que hay algo más. Estas personas habían emigrado, como lo hicimos mi familia y yo, a Estados Unidos en busca de ciertas oportunidades. Y–esto es importante–estaban allí esa noche haciendo comunidad.  Porque los clubes “gay” son, como escribió alguien aquí, no solamente espacios para divertirse o buscar pareja; son mucho más que eso.  Son espacios seguros, espacios donde dejar atrás la máscara opresora y cotidiana, espacios para buscar, crear y reafirmar comunidad. Los heterosexuales y cisgénero tenemos tantos espacios disponibles para encontrarnos, reconocernos y querernos que a veces pasamos por alto el rol de “la discoteca gay” en la vida de nuestros hermanos y hermanas LGBTTQ. En estos lugares a veces comienza un romance o una amistad que dura toda la vida; en estos lugares se forjan a veces lo que Rolón llamó “la familia-otra” en un libro reciente.

Las noticias iniciales me habían conmovido, me habían indignado, me habían entristecido.  Pero fue cuando vi caras y nombres que sentí esta tristeza distinta, eso que llaman duelo. Porque esos muchachos eran y son mis hermanos, y los asesinaron e hirieron justo cuando se embarcaban, como lo hice yo, en la próxima etapa, en la próxima aventura de sus vidas; los mataron justo cuando estaban haciendo comunidad en su nuevo hábitat; los mató el odio, la intolerancia, la falta de voluntad política, los fundamentalismos variopintos.  En más de una ocasión me han preguntado, sin maldad pero con cierta malicia, porqué me involucro en activismo LGBTTQ, si vivo casada con y enamorada de un hombre y mi identidad de género coincide con el aparato sexual con que nací. Creo que lo que pasó en Orlando es parte de la respuesta a esa preguntas. Es que el momento es claro: todas tenemos que ser activistas, en mayor o menor medida, y trabajar hacia la igualdad de género, orientación, identidad. Aquí no hay neutralidad posible. Aquí no se puede rezar por las víctimas mientras juzgas su “estilo de vida”. Aquí no se puede “amar a pesar de”. Aquí no se puede “tolerar”, o contar con la invisibilización del otro. Aquí hay que amar, unir, y actuar. Ahora.