algoritmos

social-mediaCierto que no soy la reina de la tecnología y los medios sociales, pero tampoco me considero una ludista—tengo y uso un ordenador todos los días, manejo mis blogs yo misma con WordPress, leo algunos de mis libros en kindle, estoy moderadamente activa en Facebook y en Pinterest (aunque me salí de instagram y twitter por razones que no vienen al caso, o tal vez sí), tengo (esto me da un poco de pachó, pero es importante para este espacio y para mi identidad como escritora) una página de FB, escribo y edito en cosas como Scrivener, DayOne y Google Docs, leo noticias y uso aplicaciones varias en mi iPhone…Pero no sé. En estos días no me siento del todo cómoda en Facebook, que solía protagonizar gran parte de mi actividad en línea. No es una posible adicción lo que me preocupa: en todo caso, lo que me incomoda me está haciendo pasar menos tiempo allí que antes.

A ver si me explico: Entro a FB y me encuentro con un “feed”, ¿cierto? Yo solía visitar FB diariamente precisamente por ese feed: allí leía, por ejemplo, mis noticias, seleccionadas por mucha gente a quien le gusta hacerlo y cuyos gustos e intereses comparto. Leía notas, también, columnas de opinión, y descubría blogs y recursos nuevos, a través de la recomendación de otros. Poemas, cuentos, ensayos, invitaciones, combinadas con algunas noticias y fotos de los amigos: ponía mi mente, en fin, al día.

Pero en algún momento, el contenido de mi feed comenzó a cambiar. Al principio pensé que se trataba de una casualidad, o de algún cambio en el comportamiento de los usuarios, y tal vez algo de eso hay. Me refiero a que ahora casi no veo noticias, y a que el contenido principal es la vida (con frecuencia, francamente, “privada”) de otros. Veo mucho de lo que comparten ciertas personas (muchas de las cuales casi ni conozco) y casi no veo lo que escribe gente cercana a mí y cuyas expresiones solía ver en mi feed con más frecuencia. Veo chismes, peleas, diatribas, fotos, más fotos, plegarias, más fotos, selfies, selfies, selfies, hijos/hijas, juegos, videos en vivo de la vida de alguien, anuncios y peticiones de oración colectiva.  Veo hasta un video de la mujer de Bernier en su camita, anunciando que no se ha hecho el pelo, que no tiene maquillaje puesto, y que extraña mucho mucho a su marido, que anda de viaje.

Esta es mi pregunta: basándose en mis clicks y actividad en línea, no hay algoritmo, por burdo que sea, que decida que esas cosas definen mis intereses. ¿Por qué definen entonces mi feed?

Ojo:Ninguna de esas cosas, por sí sola, me molesta particularmente–de hecho disfruto descubrir una receta, un paisaje, un vestido o un chiste tanto como cualquiera. Y ninguna es nueva en FB. Lo que no entiendo es lo siguiente: 1)¿por qué ya casi no veo noticias y contenidos pertinentes, si se supone que FB conoce mis gustos, y yo le daba click a las noticias con mayor frecuencia que a esas otras categorías que ahora veo constantemente? 2)¿por qué FB ignora mis intentos de personalizar mi feed? ¿Para qué tiene entonces los botoncitos que nos permiten decidir a quién y qué vemos con más o menos frecuencia?

Digo, si nuestra actividad en línea está constantemente monitoreada, lo menos que merecemos es que nuestros gustos sean de algún modo tomados en cuenta, ¿no? Digo, para más que vendernos un par de botas. Tanto algoritmo, y al final FB me deja ver no lo que yo quisiera sino lo que ellos les da la gana.

Para ser clara: esta entrada no es una petición de auxilio. No necesito que me expliquen, por ejemplo, que puedo elegir “see first” para algunos usuarios, o ir directamente al perfil del usuario que sube noticias. Me interesa más usar mi experiencia para entender ciertas cosas.

Y es que hoy leí algo en el NYT que en su momento ignoré: Hace algunos meses, FB anunció que le daría prioridad a los contenidos “personales”, por encima de cosas como noticias o recursos. Eso explicó parte de mi problema, aunque no me dijo por qué es más importante para FB obligarme a ver lo que ellos quieren aunque visite menos, en lugar de permitirme ver lo que yo quiero y por ende aumentar la probabilidad de que yo visite. ¿Acaso no les conviene que yo visite FB más, no menos?

Entonces me acordé de Trump.

El éxito de Trump tiene que ver con una tendencia (es mucho más que una moda) cultural hacia la exposición constante de una “vida privada” que francamente tiene casi tanto guión (a veces más) que la vida pública. Con el auge de los reality shows, y las posibilidades de que la exposición, pura y simple, redunde en fama y reconocimiento independientemente del talento o la contribución (supongo que podemos llamarlo “el fenómeno Kardashian”) aumentó el ancho de banda al que pueden sacarle partido comercial las corporaciones que tiene medios sociales. Esas corporaciones tienen entonces más interés en premiar a los que publican eventos, fotos, pensamientos, y videos personales que a los que, como los usuarios que yo solía ver y seguir con mayor frecuencia en mi feed, buscan contenido interesante en los medios (texto, palabras, especialmente) y lo comparten con otros. No conozco el algoritmo que usa FB pero apuesto casi cualquier cosa a que si me tomo un selfie, me saco video jugando con mis hijos, redacto una invitación a unirse a una cadena de oración, encuentro una noticia importante, termino de escribir esta entrada, y comparto las cinco cosas, las primeras tres le saldrán en el feed a más usuarios que las otras dos.

Si esa es en efecto la realidad, tiene implicaciones importantes para lo que aprendemos todos los días, para los pedacitos de información que usamos para alimentar nuestra mente y con los cuales generamos otros pensamientos. Es decir (esto no es trivial) para lo que nos construye. Si la gente pasa, digamos, una hora diaria en FB, más unas cuantas miradas breves a través del día, es probable que se enteren de cosas más o menos triviales independientemente de que deseen enterarse además de otras cosas, cosas que expandan su mundo personal y social.

Yo no sé ustedes, pero yo extraño esa función de Facebook, la de proveerme, a través de la inteligencia y tiempo de otros, cosas nuevas e interesantes que enriquecieran mi mundo: una noticia, un análisis, un texto provocador.

Pero me temo que a FB yo, y la gente como yo, no le parecemos demasiado importantes. Esa gente que entra un ratito a leer algo sobre los amigos, tener y compartir noticias del mundo, y recibir y dar recomendaciones para expandir mente y conocimientos. Excepto en la medida en que nos puedan convertir en consumidores constantes de la vida cotidiana ajena y productores (y publicistas) de la propia. Y para lograr eso, piensan, tienen que cambiar nuestro feed.

Sacando el día

rebeca-hastingNota:Publicado anteriormente en Claridad y en 80GRADOS.

Es mediodía. Observo a mi hijo menor, que está jugando pelota. Del deporte sé muy poco, pero no puedo evitar admirar la delicada coreografía del juego, y ésta me lleva a pensar en la igualmente delicada coreografía de movimientos y acciones que se conectan y redundan en este pedacito de “vida normal” que con tanta naturalidad se despliega frente a mí: el calendario; la transportación; los esfuerzos para que el pequeño jugador quiera, en efecto, jugar; las comidas; los uniformes; la socialización.

 

Le han puesto el uniforme de catcher, y sé que tiene calor, porque la temperatura está sobre los cien grados y el sol está alto en el cielo.  Pero el niño dobla las rodillas, fija su vista en el pitcher, captura la bola, se incorpora, devuelve la bola…Para llegar hasta este momento tan simple, tan poco extraordinario, hubo que practicar un poco con el muchacho para que no empezara demasiado atrasado (porque aquí en California le ponen el bate y la bola a los nenes en la mano desde los tres años, y lo de practicar le toca a mi esposo porque de eso yo, como de tantas otras cosas, no sé ni jota), buscar información en línea sobre las pequeñas ligas, ir a las reuniones, crear un equipo, construir un horario, conversar con naturalidad (con la que pueda) con otras madres y padres durante los juegos, recoger las bases, cepillar la arena, negociar desacuerdos…

En fin, que cualquier cosa “normal” y cotidiana que logramos requiere cierta habilidad, ciertos recursos, cierta gracia, y es maravilloso cuando lo logramos, pero no siempre lo logramos. O al menos yo no siempre lo logro. De hecho lo logro con poca frecuencia, y cuando fracaso en esa gestión de crear cotidianidad me pongo muy triste y pienso en mi madre, Teté, en lo pesada y difícil que siempre le resultó la vida diaria.

Esta mañana, antes del juego, estuve leyendo La piel del cielo, de Elena Poniatowska, y allí me encontré con las mañanas de Florencia, la granjera, un personaje hermoso y simpático a quien le cobré cariño de inmediato. “Florencia”, dice la autora, “investía las labores matutinas de la huerta con un ritual exacto que las sacralizaba; Nada más importante que hacerlo bien, sacar el día adelante.”

“Ritual exacto…sacar el día adelante…” Leo y releo la oración, en parte porque es una hermosa oración y las oraciones hermosas me pueden, pero en mayor medida porque denuncia la aflicción que provoca mi empatía con Teté. Quiero decir que con frecuencia me cuesta mucho eso de “sacar el día adelante”. Que lo que me aqueja no es tanto incompetencia –porque en el trabajo “trabajo”, ese que hacemos para subsistir, me ha ido generalmente bien–, sino otra cosa, más bien asociada al ámbito de lo doméstico. Que reconozco que vivir, que vivir intensamente, que vivir feliz, tiene mucho que ver con esa capacidad para “sacralizar” lo cotidiano, para “hacerlo bien”, para agarrar al día y sacarlo adelante.  Que en estos días, esa capacidad la tengo que cultivar mucho, y un tanto cómicamente, por escrito, escribiendo mientras escribo, llenando el margen de notas como “cuando termine este párrafo voy a picar cebolla”, para lograr sacar adelante, mínimamente, mi día. Que a veces recuerdo y reconozco la ausencia casi absoluta, y en todas las esferas, de esa capacidad en Teté, quien pasó buena parte de mi infancia acostada boca abajo en el colchón, debajo del mosquitero, dejándonos, impotente, a la merced de calamidades varias: hambre, violencia, pobreza, enfermedad.

Por la noche, después del juego de pelota, recuerdo a Florencia la granjera durante un agradable momento de normalidad doméstica. Estoy guardando ropa limpia en los cajones del cuarto de mi hijo. Hablo con él, bromeamos, paseamos a la perrita, hablamos un ratito más mientras nos comemos algo juntos… Es un pequeño logro hogareño, uno de esos instantes en que de repente las tareas que otras veces me resultan pesadas, intrincadas, incomprensibles, se bañan con la luz de mi cachorro y se me presentan llevaderas, agradables, posibles y hasta naturales. En esos momentos me distancio de Teté y de esa parte de mí que no sabe qué hacer o qué hacerse frente a las demandas de la cotidianidad. Cuando piso o traspaso las fronteras de la incompetencia doméstica, me acerco a Teté, me acerco al entendimiento azul que nos regala, generosa, la tristeza. Me acerco tal vez hasta al arte mismo, a su posibilidad hecha palabra, pero me alejo de los míos, me alejo de la vida.

Florencia me inspira–y es que, tal vez como tú que me lees, suelo buscar respuestas a mis “issues” no tanto en la psicología como en la literatura–a reanudar mis esfuerzos por forjar una rutina, diaria y sencilla, que me permita atender mínimamente el cuerpo, la familia, la casa y el alma. A veces me pregunto si, entre aquellas que logran sacar su día adelante, habrá acaso dos tipos de personas (que también podrían ser dos modos de estar, incluso en la misma persona): las que se dedican a buscar la novedad que las saque de la rutina, y las que, como Florencia, forjan y sacralizan su rutina con amor. Sospecho que, al menos últimamente, quiero ser de las segundas.

Sospecho también que al final, ambos modos de estar son formas un poco supersticiosas de no postrarse, de espantar a la muerte, de rozar la eternidad.

Casas en el agua

parguera casetasEl año,creo,era 1998, y yo estaba reunida con un casetero, a quien llamaré Leno, en la sala de su caseta, él enfrascado en el relato de la historia de su caseta, yo escuchando y a la vez un poco distraída con el mar, porque allí estaba el mar, tan cerquita, tan pleno, tan calmo y rebosante de pájaros blancos, allí mismo, a nuestro lado.

Esa es la experiencia en una caseta. Cuando decimos que las casetas de La Parguera están en la “zona marítimo terrestre” estamos describiendo una realidad espacial y jurídica pero también literal y con algo de poesía: la entrada está en tierra, el balcón en el mar.

Hurgo en mis recuerdos y en las notas, que aún conservo, de la entrevista que le hice a Leno, porque estoy buscando inspiración para escribir aquí sobre el tema escabroso de las casetas en La Parguera, construidas sobre pilotes dentro del agua, que el PS 1621 busca legitimar con la designación de una “zona de planificación especial turística de las casetas y muelles sobre el agua y terrenos de dominio público en La Parguera”, y así resolver su “incertidumbre jurídica” y cobrar “cánones de uso”.

La “controversia” parece clara: de una parte, están la mayor parte de la comunidad científica, el departamento de recursos naturales, la mayor parte de la izquierda y los ambientalistas…De la otra, los dueños de las casetas y sus círculos, los alcaldes del área, la mayor parte de los senadores y representantes, y personajes variopintos que expresan públicamente su apoyo, como la ex-contralora Colón Carlo.

Se trata de un tema incómodo para mí. Y se me ocurre que las razones de mi incomodidad pueden ser las mismas detrás de la mentada “incertidumbre jurídica”, y permanencia de las casetas. Porque esa permanencia es, bien mirada, un hecho extraordinario: las casetas son, claramente, ilegales, porque están en la zona marítimo terrestre.Su uso es mayormente vacacional. Muchas son propiedades fantasma, que ni aparecen en el registro de propiedad. Y sus dueños no son “rescatistas” tradicionales en busca desesperada de vivienda. Los críticos tienden a pensar que su permanencia se debe a que tienen amigos poderosos, y creo que tienen razón, pero también que el asunto es más complicado, y más interesante, que sencillamente un caso de “influencias”.Nos toca entender cómo surge ese arraigo, cómo han logrado permanecer. Pero primero, dejemos mi conflicto establecido: Esa ley me parece un disparate y espero que el gobernador no la firme; pero, como tantos, he disfrutado visitas en casetas y cuento con amistades que, al leer esta columna, tal vez dejen de serlo, porque viven enamorados (¿quién no lo estaría?) de sus casetas.

Así, enamorado de su caseta, estaba Leno. Le advertí que no estaba de acuerdo con la construcción ilegal costera, pero él, generoso, continuó la conversa y contestó mis preguntas. Me contó que conoció La Parguera en los sesenta: “Mi hija vino aquí a las seis semanas de nacida, a la caseta donde nos quedábamos…La Parguera ha sido siempre parte de mi vida, la mejor parte. Porque yo vivo en [ciudad cercana], pero yo verdaderamente existo en La Parguera.” Eventualmente compró la caseta, y visitándola se criaron sus hijos. “La vida en el mar, eso es lo más sano para la familia”, me dijo otra casetera. Ese discurso de apego, pertenencia, familia sana, de vínculo histórico y existencial, es típico de los caseteros que hoy impulsan el P del S 1621. Algunos han colocado fotos de su caseta en los medios sociales y expresan sentimientos como el siguiente:“¡Aquí está nuestra caseta,llena de amor, de fiesta, de unión familiar, nuestro hogar…yo nací y me crié allí, por eso yo soy de La Parguera!”

El sentimiento de pertenencia suele ser genuino, y es también una estrategia que los caseteros han utilizado históricamente para construir y persistir. Las primeras casetas fueron comisionadas por familias que los viejos del barrio describieron como “pudientes”,en los años treinta del pasado siglo, y a su lado chapoteaban (el agua estaba más limpia entonces) tanto los niños “de pueblo” como los de “comunidad”. La “comunidad” por su parte, estaba constituida fundamentalmente por pescadores, pero creció y diversificó en los cuarenta y cincuenta cuando se repartieron las parcelas (que no están en la costa). Los caseteros usan estas historias para explicarle a sus interlocutores que ellos “son de allí”, que sacarlos “es una locura”.

Otra estrategia, muy relevante ahora, ha sido la forja obstinada de pequeñas señales de “legalidad”. En los treinta, obtenían el visto bueno gubernamental si publicaban primero un edicto y nadie se oponía a la construcción. Así surgieron las primeras y se fueron convirtiendo en parte del paisaje. En 1969, había ya cerca de cien casetas, y se les ordenó desalojar en un término de sesenta días: No pasó nada. En 1978, el gobernador firmó un acuerdo con la Junta de Planificación y el Cuerpo de Ingenieros que las obligaba a salir antes de 1985; pero en 1979, otorgó “permisos de uso” parecidos a los que propone el proyecto actual. Los caseteros continuaron construyendo al amparo de la noche, con la mano de obra de los carpinteros y chiriperos locales. En los ochenta, cuando un grupo de familias de escasos recursos obtuvo nuevas parcelas, los caseteros ofrecieron colaborar económicamente en la construcción de un alcantarillado para el uso de los rescatadores–y, por supuesto, las casetas.

En términos generales, no absolutos, los residentes de las parcelas son de clase trabajadora (algunos pescan, y muchos descienden de pescadores), y los caseteros tienden a ser profesionales. Cuando les preguntaba a los primeros sobre el tema, algunos se pronunciaban absolutamente a favor, y otros resueltamente en contra, pero la mayoría expresaba ambivalencia: “Esos son los ricos, los profesionales. No necesitan vivir allí,tienen sus casas. Nos limitan el acceso de los botes al agua. Pero también nos dan trabajito, limpiando, o de carpintería, cualquier chiripa que haga falta…” “Los caseteros, lo que pasa es que pagan bien, sobre todo cuando quieren hacer la caseta más grande, o arreglar el muelle, y entonces hay que construir y hasta pintar de noche, velar que no venga la gente de Recursos.” Los caseteros proveen algunas oportunidades de empleo a cambio de del acceso (físico y visual) al mar, que sigue siendo importante para algunos pescadores pero para muchos residentes no vale la pena discutir. El crecimiento histórico de las casetas ocurrió al mismo tiempo que el de las parcelas, de modo que ambos tipos de residente sienten que, en efecto, “son de allí”.

En 1996, armados con un aparato de abogados y relaciones públicas, los caseteros recibieron al entonces gobernador para un “tour” del área, al final del cual Roselló decretó, para la prensa, “Ahora soy yo el que dice que se quedan.” Ya para esa época eran doscientas, algunas pagaban impuestos al CRIM, otras habían obtenido “permisos de uso” del Cuerpo de Ingenieros, y casi todas tenían y pagaban servicios de agua y luz.

parguera aerea

Los que las apoyan las describen como parte esencial de un paisaje “hermoso” o “de revista”, utilizan adjetivos como “encantadoras” y frases como “Venecia de Puerto Rico” (esa, pintorescamente, se cuela hasta en el texto del proyecto de ley que hoy nos ocupa). Las plantean como parte del “atractivo turístico” de la zona, objeto de la mirada de los que “pasean en bote para ver las casitas de colores que son parte esencial de la imagen de La Parguera”, y “una cosa linda para los turistas, que vienen aquí buscando una villa pesquera.” El litoral será parte del “dominio público”, pero los caseteros lo han convertido en propiedad privada, pública sólo en tanto objeto de la mirada del otro y parte de la belleza y la salud económica del barrio.

Con esto de ser “de allí”, estampas de legitimidad, y alusiones al paisaje,las casetas han ido adquiriendo un aura que, combinada con las conexiones sociales y profesionales de muchos caseteros (no sé ahora, pero en 1998 veraneaba en ellas hasta un juez federal) sirve para complicar lo que debería ser un asunto simple: que el mar es de todos. Las casetas, igual que don Leno, son absolutamente encantadoras, pero están profundamente equivocadas.

El paso del proyecto por cámara y senado fue apresurado y nocturno, como la construcción de las casetas mismas. El momento histórico es importante: se nos viene encima la ley que crea una junta de control fiscal y relaja protecciones ambientales, se han creado incentivos para que se muden a la isla y compren propiedades algunos estadounidenses, se habla de agilizar la permisología.

Busco en internet los términos “casetas La Parguera” y veo, prominentemente, anuncios de alquiler y venta: “Casa acogedora en las aguas”, “hermosa cabaña frente al mar”. Fluctúan entre $250 y $500 por noche. Si usted desea poseer su propia caseta,las hay para la venta. Me llama la atención una de ellas. Tiene dos letreros que en mayúsculas advierten “MUELLE PRIVADO”. Piden por ella medio millón.

¿No tiene medio millón? Hay otra por sólo $350,000. El realtor la anuncia así:

“LA PARGUERA, DE REVISTA!!! ´AREA EXCLUSIVA EN LA PARGUERA…SEA UNO DE LOS POCOS AFORTUNADOS EN TENER UNA CASA EN EL AGUA EN LA PARGUERA.”

¿”4.25″?

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vueltabajo colectivo. foto:milton ramírez malavé.

Tengo una relación curiosa con los escritores y escritoras de cierta generación.  Con las escritoras, especialmente. Baby-boomers, las llamarían los que gustan de segmentar la historia así, por generaciones. Yo me refiero aquí a las escritoras que leí repetidamente, con admiración y con fruición, durante esos años que, aunque lo ignoremos en el momento, nos definen como lectores y nos forjan como escritores. Y como personas. La relación “curiosa” va más o menos así: mi primer impulso, si me encuentro de frente con una de estas escritoras (Ana Lydia Vega, Magali García Ramis, mujeres por el estilo) no es hacer conversación, porque enmudezco de pura timidez y desamparo, star-struck, y me quedo ahí, hecha una tonta, con una sonrisa boba y un libro en la mano, a ver si me lo autografía, por favor? Rima, así como suena, sí, R-I-M-A. (Si me encuentro alguna vez con Mayra Montero, y tolera, perdona o no ha leído las columnas en donde diferimos, le pediré, dulcemente, que firme mi copia de Tú, la oscuridad.)

El punto es que siento, digamos, cierta veneración, un poco pendeja pero espero que comprensible, por las escritoras de esa generación, y que entre mis pasatiempos favoritos no está el llevarles la contraria. Más bien quiero escucharlas y leerlas, a ver si aprendo algo.  Pero con Mayra Montero (específicamente, con los contenidos de su columna dominical) me ha pasado eso, la contrariedad, ya dos veces: La primera, cuando sentí que tenía que responder a sus aseveraciones sobre el PAN y la pobreza; la segunda, hoy, en esta respuesta a su columna “cuatro veinticinco”.

La columna en cuestión tiene, a grandes rasgos, tres partes, cada una de ellas una crítica a ese slogan en protestas recientes que reza “El futuro no trabaja por $4.25.” Según Montero, el slogan 1)perpetúa la conexión en el imaginario colectivo con el modo de vida de los Estados Unidos, y no con el resto de los países latinoamericanos; 2)representa una negativa, un tanto soberbia, a vivir de manera “austera”, una austeridad que, parece alegar, se nos viene encima con independencia o sin ella; y 3)es una especie de sinécdoque que representa una crítica y un desafío a la ley que establece la Junta de Control Fiscal de manera general, un desafío que ella aparentemente desaprueba, o al menos cuestiona, porque nos escandalizamos, dice, al escuchar que la junta no rendirá cuentas pero no le pedimos cuentas a la larga y colorida caravana de pillos que se han enriquecido a costa del país. Hay también una 4)sugerencia, que no dice abiertamente pero queda implícita, de que el slogan está de algún modo asociado a la vagancia, cuando enfatiza el uso de las mayúsculas que tiene el efecto de resaltar la frase “el futuro no trabaja”.

Aquí en mi respuesta me voy a enfocar en los primeros dos asuntos. Con el tercero no me voy a meter, porque aunque no estoy del todo de acuerdo con el modo en que usa ese segmento dentro del argumento general de la columna, sí es cierto que plantea una verdad histórica: La caravana de pillos es real, y la rendición de cuentas ha sido efectivamente mínima. [Lo que me pregunto yo es qué tiene que ver eso con que la junta tampoco las rinda, pero en fin.  Dije que me enfocaría en los otros dos segmentos, y eso haré, porque me parecen los más importantes.] El cuarto asunto se atenderá solito, mientras escribo sobre los otros dos, estoy segura.

La columna tiene su inicio y su eje en ese slogan que parece ofender tanto a la autora: “El futuro no trabaja por $4.25.” Y es con su interpretación –tan decisiva, tan sin titubeos, tan convencida–de los significados que ese slogan evoca en la juventud que lo ha creado, que me parece que Montero –con todo el respeto (y el arrobamiento bobalicón) que me merece– se equivoca y es incluso injusta. Si le hacemos caso al argumento de Montero, tendríamos que pensar que ese slogan representa no tanto un movimiento de justicia social sino el reclamo de la continuidad de un privilegio, y la negativa de afrontar lo que somos, realmente, como país. El consumo, sugiere, nos define, y nos toca aceptar la austeridad tal y como la han aceptado en Perú, Brasil, México, Colombia…

Puede que me equivoque, pero sospecho que Montero no ha estado conversando demasiado con los grupos que crearon y reproducen el slogan en el contexto de manifestaciones diversas.

Lo que yo leo en ese slogan es algo muy distinto.  Y si me equivoco también, confío en que mis lectores me educarán al respecto y que podremos conversar saludablemente sobre el asunto. Leo lo siguiente: No se trata de jóvenes que no están dispuestos a trabajar de gratis por la patria (de hecho hay muchos, muchos, trabajando de gratis o casi de gratis por la patria ahora mismito, pero me temo que casi nunca salen en las páginas del Nuevo Día) sino de un movimiento que reconoce la modificación del salario mínimo por lo que es: un síntoma y un símbolo de un orden global particular, en donde espacios como nuestra isla deben existir en función de poner su mano de obra barata y su belleza natural a la disposición de las clases acomodadas, en su mayoría de otros países, y hacerlo sin escrúpulos y tapujos molestos como salarios mínimos o leyes ambientales. A eso se refieren los muchachos, las muchachas, con ese slogan que le parece a Montero tan antipático.  La ley que crea la junta, reduce el salario mínimo y relaja protecciones ambientales (no es casualidad que estas tres cosas vengan juntitas en un mismo paquete) nos está gritando, en efecto y látigo en mano, Miren, ustedes los puertorriqueños llevan muchos años creyendo que son iguales a nosotros, pero ha llegado la hora de la verdad y del reality check: ustedes son menos, son otra cosa, son poca cosa.

Hay otra cosa más que me inquieta, en la columna de Montero, y es la conceptualización de “austeridad”.  Creo que puede ser útil, para propósitos no del diccionario sino del análisis cultural de la cosa, distinguir entre “austeridad” y “frugalidad”.  La frugalidad sí que nos hace falta, y mucha, igual que le hace falta también, y mucha, a los Estados Unidos, que en eso de consumir sí nos ha educado bien y nos ha dado trato igual (encareciendo, de paso, nuestro costo de vida.) Un proyecto de país, el que sea, independentista o de otro tipo, probablemente requiere que culturalmente, los puertorriqueños abracemos una cierta frugalidad que será nueva para muchos.

Pero con esto de la frugalidad pasan dos cosas: una, que son precisamente muchos de los jóvenes detrás del slogan de marras los que nos dan lecciones de frugalidad a los más viejos, sembrando huertos, viviendo con menos, solidarizándose con las comunidades, compartiendo el alimento, moviéndose en bicicleta; y otra, que la “frugalidad” que propongo aquí y que me interesa aplicar más en mi propia vida no es lo mismo que la “austeridad” que, dice Montero, necesita el país para “salir adelante”.  Esa austeridad es la que imponen, en el caso de los países de a de veras, los mecanismos detrás de la deuda y su (im)pago internacional como el FMI, y en nuestro caso, la junta que viene por ahí.

Ese numerito, “4:25” representa una realidad material (la de un salario que, a no ser que los costos de vida bajen en el país dramáticamente, sencillamente no da para vivir, para leer más sobre ese asunto use la calculadora aquí) y también simbólica, la de la austeridad que el amo le requiere al subordinado, al sirviente. En nombre de esa “austeridad” se sostiene, internacionalmente, el modo de vida de aquellos que son cualquier cosa menos austeros.

No es contra la frugalidad digna, ni contra las ganas de trabajar duro, que se rebelan y reaccionan nuestros jóvenes.  Es contra las condiciones globales y locales que reproducen un orden social injusto e insostenible. Y si ellos se callan, si no protestan ni denuncian, ahí sí que nos quedaremos sin país y no habrá nada para, como quiere Montero, “echar hacia adelante.”

 

 

 

orlando

pa-equality-watch-rainbow-flagEs el nombre de la ciudad donde ocurrió la masacre. No es el nombre de una de las víctimas, pero pudiera haberlo sido, porque éstas eran en su mayoría hombres, y en su mayoría latinas. Puertorriqueñas, de hecho.

Terminé con otra cosa, pero originalmente llegué aquí, a la ventanita del bló, pensando en escribir algo sobre los discursos contrastantes que usan la derecha y la “izquierda” acá en Estados Unidos para hablar de la tragedia. De una parte borran el hecho de que tanto el espacio elegido por el atacante como los muertos y los heridos por él pertenecían a la comunidad LGBTTQ; nos recuerdan que no son las pistolas las que matan gente, sino las personas que las usan para ese propósito; y utilizan la ascendencia afgana del asesino, y sus múltiples referencias a distintas facciones (a veces incompatibles) del fundamentalismo militante islámico, para establecer que el asunto se trata simplemente de un acto terrorista equivalente a 9/11, o a los recientes ataques en Europa. De la otra parte encontramos la denuncia tristemente–y creo que apropiadamente–repetida de lo fácil que resulta comprar armas claramente diseñadas no para para cazar animales sino para asesinar humanos masivamente; la anotación de que el espacio elegido por el asesino no es neutral sino indicativo de un crimen de odio; y, por parte de algunos pero no todos los sectores, el señalamiento de que en casos como este usamos etiquetas como “terrorismo”, “crimen de odio” y “locura” de manera diferencial y atada a la identidad étnica del asesino.

Mi ubicación en el espectro de esos discursos debe ser a estas alturas más o menos obvia para los lectores habituales de este sitio. No descarto la posibilidad de la radicalización o auto-radicalización de este individuo, de nombre Omar. (Otro nombre que podría muy bien ser nuestro.) Después de todo, las ideologías fundamentalistas son particularmente atractivas para aquellos que están llenos de odio, y estar obsesionado con ISIL (o con cualquiera de los grupos que parecía gustarle mencionar) no es incompatible con la homofobia, todo lo contrario. Es tan compatible con la homofobia como lo es el cristianismo fundamentalista que se ha apoderado de nuestra propia isla.

Sí me parece curiosa, dolorosamente curiosa, la ironía de que el mismo país que hasta hace muy poco no le permitía a sus ciudadanos la libertad de matrimoniarse con quien les diera la gana sí permita que las compañías que fabrican “rifles de asalto” anden mercadeándolos y vendiéndolos por la libre, sus cabilderos encamados con los legisladores americanos (con esos affairs del bolsillo, no del corazón, nadie se mete), a pesar de que se usan una y otra vez para masacres cuyo estilo y estampa son únicas en el mundo desarrollado. La libertad de amar o manifestar la sexualidad propia está siempre en entredicho, pero la libertad para comprar un arma que claramente no está diseñada para apuntarle a los venaditos es sagrada, constitucional, intocable. 

Pensando en estas cosas estaba según iba leyendo noticias y ensayos sobre este asunto cuando empezaron a aparecer los nombres y las caras de los muertos y los heridos. Y entonces la pena se me metió en los huesos de una manera distinta y más personal. Porque es que como puertorriqueña viviendo en Estados Unidos (soy una de las que se mudó, pero ojo, #nomehequitado) los reconocí. Esta sensación tal vez no es políticamente correcta, tal vez es hasta racista, qué se yo, pero la sentí y aquí está. Sus rostros, los de las víctimas, los de los heridos, me resultaron familiares a pesar de no conocer personalmente a ninguno de ellos. ¿Cómo describir la sensación? Quiero decir que se me parecieron a nosotros, que eran de algún modo míos, que después de estar viviendo acá cinco años y viendo tanta gente distinta, tenían un cierto trasunto físico que me sobrecogió.

Y creo que esa sensación de pertenencia, de conexión, no se debía solamente a sus rostros, a sus rasgos. Creo que hay algo más. Estas personas habían emigrado, como lo hicimos mi familia y yo, a Estados Unidos en busca de ciertas oportunidades. Y–esto es importante–estaban allí esa noche haciendo comunidad.  Porque los clubes “gay” son, como escribió alguien aquí, no solamente espacios para divertirse o buscar pareja; son mucho más que eso.  Son espacios seguros, espacios donde dejar atrás la máscara opresora y cotidiana, espacios para buscar, crear y reafirmar comunidad. Los heterosexuales y cisgénero tenemos tantos espacios disponibles para encontrarnos, reconocernos y querernos que a veces pasamos por alto el rol de “la discoteca gay” en la vida de nuestros hermanos y hermanas LGBTTQ. En estos lugares a veces comienza un romance o una amistad que dura toda la vida; en estos lugares se forjan a veces lo que Rolón llamó “la familia-otra” en un libro reciente.

Las noticias iniciales me habían conmovido, me habían indignado, me habían entristecido.  Pero fue cuando vi caras y nombres que sentí esta tristeza distinta, eso que llaman duelo. Porque esos muchachos eran y son mis hermanos, y los asesinaron e hirieron justo cuando se embarcaban, como lo hice yo, en la próxima etapa, en la próxima aventura de sus vidas; los mataron justo cuando estaban haciendo comunidad en su nuevo hábitat; los mató el odio, la intolerancia, la falta de voluntad política, los fundamentalismos variopintos.  En más de una ocasión me han preguntado, sin maldad pero con cierta malicia, porqué me involucro en activismo LGBTTQ, si vivo casada con y enamorada de un hombre y mi identidad de género coincide con el aparato sexual con que nací. Creo que lo que pasó en Orlando es parte de la respuesta a esa preguntas. Es que el momento es claro: todas tenemos que ser activistas, en mayor o menor medida, y trabajar hacia la igualdad de género, orientación, identidad. Aquí no hay neutralidad posible. Aquí no se puede rezar por las víctimas mientras juzgas su “estilo de vida”. Aquí no se puede “amar a pesar de”. Aquí no se puede “tolerar”, o contar con la invisibilización del otro. Aquí hay que amar, unir, y actuar. Ahora.

 

musa

storm birdA veces (¿tal vez ahora mismo?), y por lo general de repente, se me presenta o experimento un vacío distinto, extraño…Una especie de silencio en expansión: material, corpóreo, físico.  Es como la calma terrible y misteriosa que precede a la tormenta, la sensación casi insoportable de que algo está a punto de pasar.

Ese silencio donde nos damos cuenta, sobrecogidos, de que se han callado todos los pájaros.

A veces (¿siempre?) se trata de un anuncio de la inspiración, de la visita de la musa. No siempre redunda en visita, pero lo ha hecho con la frecuencia suficiente para que mi lápiz salive como un perrito de Pavlov. Mientras espero que se me pase, no puedo hacer otra cosa que escribir. No puedo aprovechar la calma para atender alguna cosa práctica.

Quisiera–atender, ser práctica–pero no hay caso.

La calma abrumadora antes de la musa es muy distinta a la calma que sucede a la tormenta, la que aparece poco después de escribir, durante la cual la gente abandona su refugio y sale a la calle a ver qué se rompió, quién se murió, cuánto se perdió. Esta otra calma es la del estropicio y el escombro, de la reconstrucción y el nuevo orden, la de lo que queda de mí después de la visita. El silencio es distinto: ya no está vacío sino puntuado por el sonido del agua que corre en forma de improvisado riachuelo o cae en forma de sorprendida gota, por los ruidos del quehacer, por los murmullos que celebran la vida o lamentan la pérdida.

Por los pájaros, que han vuelto a cantar.

Le tengo cariño, reverencia y, francamente, un poco de miedo, a esta musa mía. No es como la dama marmórea y diligente de los clásicos: mi musa es más bien como Oyá, la deidad negra del viento y la centella.  Como ella, es taciturna, terca, y amiga de los muertos.

De los esqueletos.

En estos días, ando cortejando, con delicadeza, a otras musas. Musas más gentiles, más sencillas, menos intensas, menos huracanadas. Me vendría bien una deidad de la brisa, por ejemplo, las mariposas, o el rayo de luna.  Pero coqueteo de lejos, tentativamente, tratando de no ofender a esa mujerona formidable que me ha traído a la libreta tantas veces, y a quien le debo tanto.

No estoy lista (¿todavía?) para perderla.

abuela

abuelaMi madre, Teté, solía llevarme a pasar temporadas en casa de mis abuelos paternos, yo preparada con un bultito y ella con una historia escueta: las cosas estaban malas, no podía tenerme consigo, me buscaría más adelante, en cuanto pudiera. Mi abuela la recibía en la puerta, sin invitarla a pasar.  La miraba con severidad, le decía que cómo no y que por supuesto, y si pasaban varias semanas y mi mamá no regresaba, me matriculaba en la escuela.

 

Mi abuela iba a misa todos los domingos, mi abuelo se quedaba en casa leyendo.

 

Al principio yo iba a misa con mi abuela. Pero la misa me daba mareos y náuseas, y mis náuseas le daban a la abuela vergüenza. A saber qué misterio somatizador las causaba, pero, eventualmente, la repetición de mis náuseas dominicales convenció a mi abuela de que tal vez alguna cosa había detrás de mis “changuerías”, y me dejó quedarme en casa, como mi abuelo, también leyendo.

 

Por suerte para mí, había mucho que leer en esa casa. No había orden en la biblioteca, no había instrucciones, ni un currículo de cultura general que guiara mi selección de textos, pero sí había variedad y libertad. Aunque me prohibían los programas televisivos con cualquier ingrediente, por remoto que fuera, de sexo o violencia, mis abuelos nunca o casi nunca me censuraron los libros, así que leí más o menos lo que me daba la gana y me enteré de lo que quería.

 

A falta de orden o intención pedagógica en mis lecturas, mi mente las dividía en sus propias categorías nativas: libros de “antes” y libros de “ahora”. Otra categoría, más compleja, eran los libros “de lejos” y los “de cerca” o “aquí”. Por ejemplo, si un libro me parecía lo suficientemente ajeno en paisaje y lenguaje, digamos como los de Kipling o C.S. Lewis, era “de antes” y “de lejos”. Casi todo estaba convenientemente escrito en o traducido al español, y las traducciones, mexicanas y españolas en su mayoría, eran buenas, o al menos eso creo. Alicia en el país de las maravillas, por ejemplo, era una edición preciosa de bolsillo y carpeta blanda, anotada profusamente por el traductor, con los dibujos originales del autor, un librito amarillo que me encantaría tener hoy conmigo.

 

Así, leí obras como Jane Eyre, Mujercitas, Historia de dos ciudades, las Sonatas de Ramón del Valle Inclán, Rosaura a las diez, Los bandidos de Río Frío, La hija del capitán, La Odisea, La Iliada, La Eneida, La hojarasca, Cien años de soledad, Cumbres borrascosas, Marianela, María, Marta y María, Mafalda, Asterix, Hamlet,  Las crónicas de Narnia,Los cachorros,Cuentos de amor, de locura y de muerte, Los tres mosqueteros, muchos más, todo lo que hubiera, todo amarillento y apolillado, todo mezclado y desordenado en mi cabeza infantil. Nadie me decía que leer era bueno o que leer era malo, nadie me premiaba o castigaba por leer, leer era lo que había, lo que se hacía, y yo leía: de día, hasta que alguna amiguita del barrio viniera a buscarme para jugar; de noche, hasta pasado el umbral del sueño.

 

Una navidad, mi abuela me regaló una lámpara de mesa que parecía un hongo amarillo. Yo no estaba acostumbrada a los regalos, y esa lámpara fue mi regalo favorito. A partir de entonces, cuando me quedaba con ellos, leí en la cama todas las noches, acostada de lado, hasta que  me dolían los ojos o me quedaba dormida. Mi abuela me gritaba te vas a quedar ciega, muchacha, amenazaba con quitarme la lámpara. Una noche se metió en mi oído derecho una mariposa nocturna. Recuerdo que estaba leyendo Goriot, el padre. Recuerdo también que yo no estaba logrando entender completamente lo que ocurría en la novela, aunque la asociaba de algún modo con los eventos narrados en Historia de dos ciudades. Recuerdo sobre todo mi sorpresa ante la premisa básica del libro, que contrastaba con mi poca experiencia del mundo–un padre que se arruina para darle todo a sus hijas, dos hijas que rechazan al padre que les da todo. Recuerdo que, distraída como estaba con la lectura, le pegué manotazos a mi oreja para ahuyentar al insecto, que de pronto reaccioné y sentí pánico, que corrí al baño y me eché agua en el oído, ahogando así al intruso, que pasamos horas en la sala de emergencia de un hospital local esperando que el doctor extrajera el pequeño cadáver con la inyección de un chorro de agua, que mi abuela estaba lívida y repetía te lo dije, te lo dije, y que a pesar de todo el lío no me quitaron la lámpara.

 

A veces, cuando el texto era un poco complicado y en inglés, le pedía a mi abuela que me lo leyera en voz alta, en español. Pero aunque en casa se leía, leer era visto como una actividad individual, y mis abuelos pensaban que cosas como leerle a los niños o peor aún, hacer la tarea con ellos, eran ñoñerías. Mi abuela a veces me complacía, pero lo hacía breve e incómodamente, encaramándose en mi cama con una sola nalga y en el ángulo preciso para salir huyendo a la menor provocación. Cada dos o tres párrafos me ofrecía un diccionario, alegaba tener sed o bostezaba escandalosamente.

 

Mi abuelo, que casi no hablaba, empezó a dejarme libros sobre la cama, como quien no quiere la cosa. Nuestra relación, hasta entonces más o menos inexistente, empezó a surgir pequeña, silenciosa. Él dejaba un libro en mi habitación de vez en cuando, yo lo terminaba y lo dejaba sobre su escritorio, a los pocos días me dejaba otro. Mi abuelo leía hasta las dos o tres de la mañana. Muchas noches, yo hacía lo mismo. No hablábamos del asunto, pero sé que éramos cómplices del insomnio, de la lectura, de la lectura insomne.

 

Mi abuela, por su parte, fiel creyente en los horarios fijos, leía de una a dos de la tarde (antes de la siesta) y de nueve a diez de la noche (antes de dormir). Leía siempre en la cama, acostada bocarriba, acunada en la certeza de su rutina.

 

De adulta, descubrí y aún descubro que para la familia y para otros, mi abuelo era considerado “intelectual”, y mi abuela simplemente “ama de casa”.  Se equivocan. Y esto lo supe siempre o al menos casi desde que recuerdo. Mi abuela leía Vanidades y Buen Hogar, sí: Pero, bajo y sobre las revistas se amontonaban libros, libros buenos. Sus favoritos eran los de García Márquez, Vargas Llosa y Poniatowska. Cuando Isabel Allende publicó La casa de los espíritus, mi abuela y yo lo leímos en paralelo, en la misma dulce complicidad que rodeaba toda actividad de lectura en casa. Yo leía cuando ella hacía otras cosas, pero devolvía el librote a su mesa de noche para que ella lo encontrase en su lugar. Hace mucho que llegué a la conclusión de que mi abuela era, en el fondo, la más “intelectual” de todos nosotros y que si hubiese nacido en otro tiempo, clase social o circunstancia hubiera terminado por sacar un doctorado en alguna cosa.

 

Mi abuela nació en Hatillo, hija de abuelo Vicente y “abuelitita” Marina. Hija también del escándalo: siendo mi abuela muy niña, su madre dejó al marido y a los hijos y se convirtió en una de las primeras mujeres abiertamente divorciadas del pueblo.

 

La sintaxis de la oración anterior probablemente debe ser, en honor a la verdad, algo como “dejó a su marido, se convirtió en una de las primeras mujeres divorciadas del pueblo y, por lo tanto, dejó también a sus hijos.” Es poco lo que se sabe hoy de Marina, es poco lo que recordamos los que escuchamos a alguien decir algo sobre lo que pasó, y aquellos que vivieron la época de la caída de Marina —de gracia desposada a desgracia y a chisme— están todos muertos. Así que no tenemos conocimiento directo de los eventos que llevaron a la orfandad práctica de mi abuela.

 

Sí sabemos lo siguiente: Vicente era un señor “grande ya”, como le decían en esos tiempos y todavía a las personas que pasan de los cuarenta, cuando se casó con Marina, que tendría entonces unos quince años. Se la llevó a su finca, un tanto apartada del pueblo, y allí la preñó rápidamente. Nacieron, uno detrás del otro, Tío Cheo, Tití Luisa y mi abuela, Carmen Ana. Carmen Ana, Can, la vieja, mi abuela.

 

No sé si Vicente le pegaba, pero sospecho que el matrimonio de mi bisabuela fue, con o sin golpes, violento e insoportable. El caso es que un día, tendría entonces veintipocos, Marina dejó al marido y pidió el divorcio. Pedir el divorcio la descalificaba como madre ante los ojos de cualquier juez. Sus hijos vueltos un imposible, imposible también su vida en un pueblo donde la gente no se divorciaba, Abuelitita se fue de Hatillo y creo, pero no estoy segura, que también se fue por un tiempo del país.

 

Hay más en la historia. Si algún tabú le quedaba a Marina por romper después de divorciarse, era el de enamorarse de un negro, y eso hizo. No sólo se enamoró de un señor negro, sino que (con o sin papeles, eso no lo sé) vivió con él. Pensar ahora en la vida de Marina me recuerda la explicación que un colega antropólogo me dio una vez apropos del suicidio social de una conocida japonesa que dejó marido, hijos, y hasta su familia natal, y se fue a vivir una segunda vida tras ser descubierta su infidelidad: me dijo que una vez rompes la fachada (de la familia o lo que sea que le da significado social a tu vida) sólo tiene sentido matarte. Esta muerte puede ser literal, pero no tiene que serlo necesariamente, e intuyo que como la muchacha japonesa, mi bisabuela decidió agarrar sus motetes, despedirse de sus hijos, morir y renacer para vivir una segunda vida, esta vez sin las trampas de la norma y el tabú.

 

Tras la partida de su mujer, abuelo Vicente repartió a los muchachos (como cachorritos, me dijo mi prima una vez y a mí se me llenaron los ojos de lágrimas por esos niños que eran entonces mi abuela y sus hermanos) y así, Tío Cheo se fue a vivir con unos primos, tití Luisa con una tía  y mi abuela con sus primas Eva y Prova, en la casa de la madre de estas últimas, la formidable Tía Micaela, reina benévola y tirana de una casa de campo en Hatillo.

 

Si Marina mi bisabuela trató de encontrar la felicidad en el amplio espacio que se despliega más allá de la frontera de la norma y el tabú de pueblo, mi abuela empezó, bajo la tutela de tía Micaela, a hacer todo lo contrario, a aprender norma y tabú a pies juntillas, a practicar las destrezas esenciales del auto-control, la mesura, el dominio de las pasiones propias y el juicio ponderado de las ajenas. Los cabellos aprendieron a ser casi lacios a fuerza de 100 cepilladas nocturnas, la voluntad aprendió a superar la inclinación, las manos aprendieron a tejer, coser y bordar.

 

Mi vieja resultó ser una estudiante excepcional y obtuvo becas, primero para el bachillerato, luego para la maestría. Creo que la escolaridad le sirvió para canalizar un poco el ímpetu amarrado y las pasiones domesticadas. Pero también, me parece, había consideraciones prácticas que explican por qué las primas no continuaron estudios más allá de la escuela superior y mi abuela sí: el compromiso de la tía Micaela terminaba en los dieciocho de mi abuela. Era un secreto a voces, y uno que mi abuela en voz alta, tal vez un poco demasiado alta, decía NO resentir. Eso creaba una situación delicada: o casaban a mi abuela jovencita (y ya sabemos lo mal que había salido ese cálculo con Marina) o la ponían a estudiar para que consiguiera un buen trabajo. Todos parecen haber cooperado para facilitar la segunda opción.

 

Ambos grados fueron en economía doméstica, no tanto por vocación como porque, según las normas sociales que mi abuela insistió siempre en seguir al pie de la letra, había que estudiar algo lo más femenino posible. Obtenida la maestría, trabajó en el sistema de servicios sociales evaluando (creo que esto no es casualidad) hogares adoptivos. Sospecho que subir colinas en burro y conocer gente y paisajes nuevos le gustaba más que meterse a la cocina. Pero eso nunca me lo dijo. Cuando se lo decía yo, simulaba enojarse con un gesto encantador y coqueto, un movimiento que parecía pretender pegar la oreja y el hombro derechos y a la vez levantar la comisura izquierda como si pudiese, con esa media sonrisa, alcanzar o al menos apuntar hacia el cielo. Y me aclaraba que no, que atender marido e hijos era lo más importante, lo más gratificante, lo mejor.

 

Cuando mi abuela decía una mentira, o una media verdad, lo hacía sólo porque consideraba la mentira en cuestión importante o necesaria. Lo hacía además muy mal. Sus labios finos se hacían visiblemente más finos, y sus grandes ojos, del color de la miel, se hacían aún más grandes, enormes, como si estuviera haciendo un esfuerzo para no pestañear.

 

Mi abuelo Juan Luis había sido su primer novio.  Su relación empezó en la niñez. Mi abuelo solía buscar driftwood en la playa para llevarle pedacitos a mi abuela, Toma Can, un sofá para tus muñecas, le decía. Gracias Juancho, le contestaba mi abuela, con los ojos bajos como la  “nena bien” que era.  Un día mi abuelo se fue a estudiar, primero a Nueva Orleans, después a México, y en algún momento se le desapareció, se le despistó, se le perdió, sus cartas dejaron de llegar. Hija del escándalo y salvada por la tradición, mi abuela esperó, paciente pero no quieta, trabajando y estudiando. Pero cuando resultó más escandaloso esperar –y quedarse “jamona”– que el no esperar, aceptó a otro novio. Estaba a punto de cumplir treinta años.

 

Mi abuelo era despistado, pero no tanto. Cuando se enteró del novio nuevo regresó inmediatamente, anillo en mano. Es un anillo de oro blanco, de buen gusto, pero no ostentoso, decía mi vieja. Su diamante solitario es probablemente, para los estándares y el bling de hoy, bastante pequeño. El viejo puso ese anillo en mi dedo anular hace algunos años, el día que mi abuela murió, y ahí está ahora, mientras escribo esto.   

 

El cura del pueblo intercedió a favor del novio pródigo, el novio de toda la vida, el novio que tras años de estudio en otros países se le aparecía a mi abuela como casi un desconocido era muy guapo, Rimita, tenía el bigote negro y los ojos grandes, así como tristes, grises y azules, usaba espejuelos y siempre andaba leyendo. Entre mi abuela y el cura se deshicieron del pretendiente nuevo y ya no deseado, y mi abuelos finalmente se casaron. Tuvieron tres hijos.

 

Crecí viendo a mi abuela planificar, analizar, estudiar y secretamente detestar el arte y la ciencia de “llevar casa”. Tejer y coser le traían alguna felicidad, pero todo lo demás (cocinar, limpiar, recoger, lavar, planchar) le era doloroso. Nunca se quejaba, pero yo lo intuía entonces y lo sé ahora, porque la recuerdo y porque cada vez que trato de organizar un menú semanal o limpiar la sala, me veo al espejo y reconozco su rostro y expresión en los míos. La costura sí le gustaba, especialmente cuando la hacía sentada con sus amigas en las reuniones de los lunes, tertulias matutinas en las que mi vieja descollaba por su ingenio y hacía reír y pensar a las demás con sus bromas, con su conocimiento sobre eventos del país y del mundo. Ay, Can, ¡tú eres tremenda! le decían las amigas, y yo la miraba, orgullosa de mi abuela inteligente y leída. No sé si sus hijos y marido la vieron de ese modo alguna vez. Sospecho que esas gracias sociales que surgían no de su entrenamiento en el manejo del hogar, sino de su talento, curiosidad y lectura, nos estaban reservadas más bien a las mujeres, en reuniones de mujeres, en contextos femeninos.

 

Un verano (tendría yo unos ocho años,) mi abuela y su hermana hicieron planes para llevarnos a los niños —mi prima, mi primito y yo— a Disney World, esa meca vacacional de la familia de clase media boricua. Al enterarme, besé a mi abuela, la abracé, di saltitos, bailé.

 

Mi abuela llamó a mi madre para pedirle permiso. Antes y después de la llamada, la frase clave que me repitió a mí y a otros fue “patria potestad”. Mi madre dijo que no. Durante y después de la llamada, la frase clave que me repitió a mí y a otros fue “triángulo de las bermudas”. A Teté, entonces y ahora, no le hace ninguna gracia tener a sus hijos montados en pájaros metálicos y suspendidos en el aire. Tampoco vuela en avión: sus viajes siempre son a la antigua, en tren, barco o autobús.

 

Así fue como ese verano, recién llegando a casa de mi abuela, tuve que verla partir con su hermana y mis primos rumbo a Disney. Mi tía Eva, hija de Tía Micaela, vino a cuidarme. Lloré un poco, pero no mucho: a falta de la simpatía de una audiencia, el llanto desatendido pronto se fue. Hubiese sido un llanto ingrato por demás, porque la tía Eva, la tía bonita de pelo blanco y dedos ágiles sobre la maquinilla, era absolutamente encantadora y me trató siempre muy bien. Me dejaron atrás, pero en buenas manos.

 

No había pensado en ese evento de nuevo hasta hoy, mientras trabajaba en el borrador de este texto. Ahora sí lloré: a mi edad, la audiencia es innecesaria. Lloré no por Disney (un lugar que eventualmente, ya adulta, visité y me pareció bastante aburrido), sino por la nena que no fue, la nena desinvitada, la que se quedó atrás con la tía, la que vio sus frágiles rutinas y rituales con la abuela desaparecer, la que se sabía distinta a los niños que sí iban a Disney, distinta y de algún modo menos.

 

Creciendo con mi abuela, escuché el nombre de Tía Micaela cientos de veces. Mi abuela la invocaba cada vez que se encontraba con un dilema o dificultad en casa o crianza. De Micaela había aprendido las reglas de la maternidad, del hogar y del mundo, y al menos una vez a la semana le agradecía, en voz alta y tal vez para inspirarme, el haberla criado.

 

Pero the lady doth protest too much, pensaba yo. Tanto nombró y celebró mi vieja a Micaela su tía, que yo crecí convencida de que la bienvenida que recibió mi abuela en esa casa fue la bienvenida que suelen recibir las niñas sin madre. Que sí creció con todas las demás, se crió con los mismos privilegios y deberes que todas las demás, seguramente hasta la quisieron mucho, pero no era igual, no podía serlo. Cuando tu madre no te quiere o no te puede tener es difícil crecer sin la impresión de que de algún modo básico, fundamental, no cuadras del todo. Te falta algo esencial. Eres la pieza machucada o rota del rompecabezas, y el que te cría te hace un favor valioso, pero a la vez incómodo.

 

Así crecí con mi abuela paterna Carmen Ana, mi abuela Can, mi vieja, mi viejita, cuando mi propia madre, Teté, tuvo que dejarnos ir a mi hermanito y a mí y se divorció del mundo. Alguna vez, años más tarde, escuchando a la vieja hablar de tía Micaela con admiración y agradecimiento —tan eternos, tan explícitos— la abracé con la ternura de saber que no era un ama de casa, que sus vocaciones verdaderas eran el conocimiento, el lenguaje y la broma, que compartíamos algo muy adentro de lo que nunca hablábamos y nunca hablaríamos.  Ella me abrazaba de vuelta, tal vez con la ternura de saberme, como ella, huérfana y desubicada. Nenas tristes que llorarían después, otro día, hijas arrimás sin el consuelo de quejarse porque la ingratitud del arrimao ofende más que la ingratitud del hijo, Pobre Rimita, pensaría ella, Pobre Abuela, pensaba yo.