El curioso caso del síndrome Goya

No recuerdo quién empezó.  Quién fue la “llorona cero” de nuestra epidemia. El caso es que a la hora del recreo, todas estábamos llorando.

Quedaba solo una nena con los ojos secos. Caminaba por ahí, desconcertada, llamándonos “tontas” e invitándonos a jugar. Las demás le lanzaban, a viva voz, epítetos como “insensible”, “fría”, y “cruel”.  Esa niña sin lágrimas era española, así que también se gritaron  cosas más bien xenofóbicas, como “extranjera”, o “se nota que tú no eres de aquí.” Creo que alguien llegó a decirle “vete a España”. Lo correcto y apropiado era, evidentemente, llorar.

Abundaban los abrazos y gestos de consuelo, pero servían solo para poner nuestro llanto en turbo, para convertir un sollozo quedo en un lamento sonoro, un gemido melodramático, o un chillido estridente.

Las maestras cancelaron las clases de la tarde, para que pudiésemos llorar a gusto y mantener el antipedagógico despliegue emocional fuera del salón. Algunas nos acompañaron y sonreían, divertidas.

Mi abuela se quedó boquiabierta, cuando sonó la campana y entró a buscarme al patio. Yo la esperaba sentada (llorando) en un banco, abrazada a una amiga. Las maestras se movían de un adulto a otro, explicándoles la situación para evitar que se alarmaran.

Al subirnos al auto, mi abuela se refirió a mi llanto como el de “una magdalena”, y dijo que mi amiga estaba “llorando a grito pelado.” Todas nosotras, añadió más tarde cuando le hizo el cuento a sus amigas, chillábamos “a moco tendido”. Su pintoresca apreciación del asunto me causó un poco de vergüenza. En parte porque una vez separada de mis compañeras de clase, el llanto amainó rápidamente, a pesar de mis esfuerzos para prolongarlo y demostrarle a mi vieja que se trataba de un llanto legítimo y justificado.

He aquí la explicación de la pena colectiva: Nuestra escuela era mixta en los grados elementales, pero admitía solo niñas en los niveles intermedio y superior. Al terminar el sexto grado, los estudiantes varones tenían entonces que cambiar de escuela. En algún momento mítico y remoto de la historia del colegio, esa despedida inevitable había desatado una epidemia de llanto femenino. Desde entonces, la clase de sexto grado de cada año lloraba en masa pocos días antes del fin de curso. La curiosa epidemia se había convertido en tradición.

Se trataba, probablemente, de un caso clásico de contagio emocional.

“Contagio emocional” es uno de varios términos (“contagio de comportamiento”, “contagio histérico”) que se usan para nombrar casos en los cuales ciertos comportamientos, emociones, o incluso síntomas, se replican en otras personas, a veces hasta desatando una suerte de epidemia.

Esta idea del contagio se usa en el contexto de la historia para hablar sobre las acciones de un grupo, por ejemplo, que se transforma en una turba capaz de comportamientos aberrantes, tales como un linchamiento.  Se utiliza también para describir el “comportamiento” epidémico de ciertos síntomas (risa incontrolable, llanto, tics, desmayos) en una población particular, frecuentemente escuelas pero en algunos casos barrios enteros.

En estos días, la palabra “contagio” repica dentro de mi cabeza, cada vez que veo alguna corporación o grupo retirando su tradicional apoyo a la Parada Puertorriqueña en Nueva York, debido al homenaje que recibirá en el evento el ex-prisionero político Oscar López.

A diferencia del patio de mi escuela, en este caso está claro cuál fue el “paciente cero” de la retirada de auspicios que va alcanzando proporciones epidémicas: Goya, la compañía de alimentos y sazones hispanos que había auspiciado el evento desde sus inicios, en 1958. La compañía describió la movida como una “decisión comercial”, producto del miedo a un boicot potencial de clientes hispanos ofendidos por la celebración del que describen como un “terrorista”. Goya tiene productos diseñados para distintos grupos de hispanos (mexicanos, puertorriqueños, salvadoreños, etc.), de modo que el miedo a un boicot sobre un asunto tan específico, tan boricua,  me pareció un poco raro. ¿Les importan mucho Oscar y la parada acaso a, por ejemplo, los mexicanos en Los Ángeles ? ¿Habrán azuzado a Goya ciertos grupos o individuos conservadores puertorriqueños? Tengo que pensar que la compañía hizo algún tipo de análisis de mercado, y descubrió que habría más clientes indignados con su participación que con su ausencia. Ellos sabrán.

Por otra parte, los auspicios no son solamente monetarios.  Con dinero o sin él, son un mensaje, un endoso, una expresión de acuerdo y apoyo. El contagio de esto que podríamos llamar el “síndrome Goya” comenzó a manifestarse poco después de las parcas declaraciones de la compañía, cuando la Sociedad Hispana de la Policía Neoyorkina, que desde siempre había marchado en la parada, anunció que este año no lo haría. Lo mismo dijeron la Sociedad Hispana de la Asociación Benevolente de Tenientes,  así como la fundación Rafael Ramos. Estas tres agrupaciones  presentaron un argumento moral, no financiero: se niegan a apoyar, con su presencia, el homenaje a un “terrorista”.

En cuestión de días, se contagiaron del síndrome la aerolínea Jet Blue, el equipo de pelota los Yankees, los bomberos de la ciudad de Nueva York, AT&T, Coca Cola…Mientras escribo esto, de seguro que la cosa continuará propagándose y afectará otras organizaciones, individuos y compañías.

Resulta interesante que Jet Blue (la aerolínea de mayor presencia en Puerto Rico) no se expresa en contra de Oscar directamente. Más bien apela al “respeto” que le tiene a la comunidad, y a la consideración que le merecen los “diversos puntos de vista” sobre el asunto.  La justificación pública de compañías con un mercado puertorriqueño significativo, como Goya o Jet Blue, tienden a referirse al “respeto” por las diferencias ideológicas, así como a sus propios intereses comerciales. La explicación que plantean las organizaciones no-comerciales tiene más que ver con ideas sobre “moral” y “valores”. Los políticos, por su parte, usan argumentos tanto morales como quasi-sociológicos, aunque todos sabemos que en este caso, estamos hablando más de votos que de principios. El alcalde, por ejemplo, ha decidido apoyar la parada; la candidata republicana a la alcaldía expresa pública y frecuentemente su repudio a Oscar, y por ende al desfile. El gobernador Cuomo ha estado culipandeando, evadiendo el tema cuando los periodistas le preguntan, diciendo cosas como “no tengo la información necesaria para pronunciarme sobre este asunto.”

Parecerían entonces ser tres tipos de discurso, pero en realidad se reducen a uno: el moral. El mensaje de organizaciones como bomberos y policías es explícitamente uno sobre moral y valores: Oscar representa para ellos el terrorismo y la violencia, y, por ende, la maldad. Es la dicotomía del mal y el bien la que está en juego. El mensaje de los políticos, tanto de los que marcharán como los que no, también es implícitamente moral. Marchar ensalza el heroísmo, no marchar repudia el terrorismo. De nuevo, se trata del bien y el mal, de moral y de valores. La decisión de Goya, nuestra paciente cero, fue explícitamente financiera. Pero el discurso financiero tiene también mucho contenido moral. Fíjese por ejemplo en nuestro sistema legal: el crimen de un individuo que asesina sin motivo aparente es castigado con más severidad que el de un individuo que mata para robar dinero. Esa ambición constituye un atenuante, hace del acto criminal uno menos malvado.

Otro ejemplo, muy relevante en el contexto de la situación actual de Puerto Rico: he tenido que dejar de contar las instancias en donde algún personaje me explica, orgulloso de sí y astutamente, que hay que pagar la deuda porque es nuestra “obligación”, porque es lo “correcto”, porque nosotros mismos tenemos “la culpa”, o porque “no pagar es como robar”.  De nuevo el lenguaje del bien y el mal,  de la moral y los valores.

De hecho, ya que estamos en las de hablar de la deuda y los chavos, tengo que añadir que en el universo de lo financiero hay, no solo mucho contenido moral, sino también mucho contagio. El valor de objetos como bonos y acciones, por ejemplo, depende de la “confianza” que en ellos tengan los inversionistas y agencias como Moody’s. Y la confianza –o desconfianza– se pega. El susto, el interés o el desdén de un sector o actor importante en ese mundo puede propagarse, contagiar, e influenciar el valor de un objeto financiero, tanto o más que los criterios “objetivos” tradicionales.  En los mercados se propagan cosas como “confianza” y “optimismo”, y usted (no importa cuán buitre y carroñero sea) siente que tiene un derecho moral a confiar en el valor (y el repago) de un bono, del mismo modo que puede confiar en la decencia de un amigo.

De modo que tenemos un fenómeno de contagio que ocurre en más de una esfera y se expresa en posturas y discursos morales. Cuando lo pienso así, me sorprendo un poco. Pero de inmediato caigo en cuenta: el contagio de comportamientos definidos en estos términos morales es en realidad muy común.  Expuestos a ciertos síntomas, emociones, o comportamientos ajenos, nos ponemos a llorar o a hablar en lenguas, porque es lo “correcto”, porque hacerlo está del lado del “bien”. También linchamos negros, quemamos brujas, chismeamos sobre la nena que se preñó, o donamos sangre y dinero, porque cualquiera de estas cosas puede ser pegajosa y se define, en su contexto, como lo “correcto”. The right thing to do.

No todos los casos de contagio tienen que ver con ética, claro está. Históricamente, se han documentado instancias como, por ejemplo, el contagio emocional y social de risas incontrolables entre estudiantes de una escuela superior en Tanzania, un escenario que en Puerto Rico probablemente describiríamos simplemente como un caso extremo de “pavera”. Se han estudiado otros casos en los cuales el aparente contagio pudiera tener en realidad raíces físicas, tales como la reacción a contaminantes en el aire o en el agua.

Pero el contagio de comportamientos “morales” o “correctos” existe, es relativamente frecuente, y, diría yo, es una parte importante de esta retirada colectiva de individuos, organizaciones y compañías que, de súbito y empezando con Goya, no quieren tener nada que ver con la parada puertorriqueña en Nueva York.  En el contexto de eventos recientes como la explosión terrorista en Manchester, es comprensible que algunos piensen en Oscar como un “terrorista”, una encarnación del mal, especialmente si están desinformados o bajo presión. También es comprensible que algunos (quiero pensar que mejor informados e independientes) lo pensemos como un héroe nacional y más aún, como una encarnación de la pureza, la honestidad, la integridad, en fin, del “bien”.

Falta ver si el apoyo al desfile, y al mismo Oscar, se propaga más y mejor que el repudio. Si lo nuestro es moral o moralina. Si cambiamos de opinión, como uno de esos gallitos de veleta, por seguir a nuestro equipo de pelota, o si nos interesa más la comunidad que lo que digan Goya, Jet Blue, o Coca Cola.

Falta ver si se nos pega el miedo, o si nos contagiamos de solidaridad y celebración.

¡Mei-Dei!

mei-dei
Foto:Pablo Pantoja en 80grados.net.

En algunos de los anticuados muñequitos sabatinos de mi niñez, los tripulantes de un avión en llamas o un barco inundado corrían a buscar el paracaídas o el salvavidas, gritando “Mayday! Mayday!”. Aprendí así a pensar en “May-Day” como una expresión de alarma, de alerta, de catástrofe, de sálvese-quien-pueda.  Durante mucho tiempo, después de dejar atrás los muñequitos y aprender algo sobre las protestas de los trabajadores que se conmemoran el primero de mayo, creí que el uso de “May Day” como expresión de alarma resultaba del miedo a todo lo que apestara a “comunismo” o “socialismo”.

Ricardo Rosselló es más joven que yo, pero al parecer veía los mismos muñequitos.

Dos días antes de nuestro “MayDay”, al gobernador le dio por dirigirse al País. La mayor parte del real estate de su mensaje constituye una advertencia: su gobierno, dijo, estaría observando atentamente a “los que se manifiestan públicamente”, y violenten “la ley y el orden”, con actos de “desorden y vandalismo” vinculados a “motivaciones políticas”.  Al hablar, parecería estar esperando esa violencia con entusiasmo: su expresión evoca la de un niño de pesadilla en la víspera de su Navidad.  Los jueces (a quienes también, advirtió, estará “observando”) castigarán debidamente a los “responsables”.  Culminó dejando claro que no permitirá que “los delincuentes se apoderen de nuestra isla”, y encomendándonos al dios de los cristianos.

Otras figuras le hicieron de coro griego a la tragedia, denunciando a priori la violencia hipotética y normalizando el neo-carpeteo en las redes sociales. Durante y después de la marcha, la mayor parte de la prensa tradicional le hizo eco a ese tono mani-duro, enfatizando la “violencia” y “vandalismo” de la marcha e invisibilizando lo que a todas luces fue una actividad exitosa y multitudinaria, llena de amor, elocuencia y generosidad. Publicaron muchas fotos de encapuchados y cristales rotos, y muy pocas de las sonrisas, los abrazos, los letreros creativos.  De las mujeres, hombres, niños, y ancianas marchando en familia. De las organizaciones y grupos cantando, bailando, regalando consignas y flores. De las teatreras, los músicos, las bailarinas.  Esas fotos, y las de la multitud –las columnas desbordando las calles, tornando reclamos individuales en un grito universal, colectivo y contundente– las vi mayormente gracias a mis amigos virtuales y medios alternativos.

La sinergía de fuerza y belleza del día me paró los pelos, aun viéndola de lejos y por internet. Pero al parecer no tocó el corazón y la lengua (bastante larga) de los creadores de opinión con mayor influencia en el país. “La manifestación comenzó pacífica pero se tornó violenta”.  “Violenta”, “ineficaz”,“un fracaso” lleno de actos e individuos “criminales”. “Con la protesta de hoy”, dijo uno, “los manifestantes han perdido el apoyo de la mayoría del pueblo”. Estos analistas, columnistas y figuras políticas se empeñaron y empeñan en atacar la ilusión del día, en ahogar los esfuerzos de planificación posterior. No buscan entender la crisis. Prefieren desacreditar la protesta.

Ese mundo que los sentidos de Ricky y los suyos captan, no se parece al nuestro. Se parece más bien al mundo de ese anaranjado presidente norteamericano que ve gentes que nadie vio, escucha aseveraciones que nadie dijo, comparte noticias investigativas que nadie investigó –y, como el gobernador puertorriqueño, amenaza a los jueces que le llevan (o pudieran llevarle) la contraria.

Poco después de la marcha, el gobernador (con su equipo de trabajo, todos muy solemnes) se asomó a regañarnos otra vez.  Mayday! Mayday! Nos recordó que ya nos había advertido sobre el evento.  Declaró que los “criminales” sentirán “con severidad el peso de la ley”, que Puerto Rico no es de ellos sino de “los que quieren echar la isla hacia adelante”. Describió las acciones de vandalismo como algo vergonzoso, sin precedentes, una represalia de manifestantes molestos por el “fracaso” de la marcha–y agitados por el twitter de Yulín (¿en serio?). Y de nuevo, increíblemente, ignoró el balance constitucional de poderes para amedrentar a los jueces: Nosotros vamos a estar observando quiénes hacen unos procesos o quiénes permiten que casos se caigan”.

Con tanta rasgadura de vestiduras, cualquiera diría que la manifestación, y los cristales rotos una vez culminado el programa del día, son un fenómeno único y vergonzoso, un secreto caribeño y tropical. Que no hubo marchas o “vandalismo” en Portland, Los Ángeles, Nueva York, Chicago, Milwaukee, Las Vegas. Que no hubo marchas o “vandalismo” en París, Moscú, Buenos Aires, India, Grecia. Que alrededor del mundo, la gente no se aferra al primero de mayo para exigir derechos para los trabajadores, las mujeres, la comunidad LGBTTQ, los estudiantes, las inmigrantes; para exigir agua, libertad, educación,verdad, salud.

Eventualmente llegué a investigar un poco el significado de ese “mayday” que anunciaba catástrofes en los muñequitos, y descubrí que me había equivocado. La expresión de alarma “mayday!” no tiene que ver con el miedo al comunismo. Proviene de una expresión francesa, venez m’aider, que significa, más o menos, no tanto “sálvese quien pueda” como “ven y ayúdame”.

Resulta entonces que “mayday!” es, en cierto sentido, un pedido de solidaridad.

La  solidaridad que algunos intentan ahogar con “mano dura”.

La solidaridad que políticos y medios le niegan al movimiento que se fragua y crece hoy en Puerto Rico.

La solidaridad que ese día se tendió, como una telaraña poderosa y tenue, entre Puerto Rico y Chicago, Atenas, París, Buenos Aires.

La solidaridad que inundó nuestras calles de gente, y mi Facebook de flores.


Nota:Esta columna fue publicada anteriormente en el suplemento EnRojo, del periódico Claridad, y en la revista 80grados.net. 

Post invitado: Reflexiones urgentes motivadas por los arrestos a jóvenes tras las protestas del 1ro de mayo

foto: Ricardo Alcaraz

Por:Errol Montes Pizarro

Cayey, 3 de mayo de 2017, 1:51 AM.

(Publicado originalmente en Facebook.)

Generalmente no escribo sobre asuntos personales en Facebook prefiriendo compartir cosas que aprendo y comentar sobre eventos locales e internacionales. Ah, claro, y también compartir mi pasión por la música del continente africano. Sin embargo, voy a hacer una excepción a esa costumbre porque lo que les voy a contar puede que tenga algún interés ante la situación actual que vivimos en la UPR y en general en Puerto Rico. Esta es mi reacción a los arrestos que me han conmovido y a la demonización que algunos(as) funcionarios(as) públicos(as) y otras personas están haciendo de los(as) jóvenes arrestados(as).

Yo nací en el seno de una familia obrera en las parcelas Ollas de Santa Isabel. Casi toda mi familia es PNP, alguno(a) que es PPD y unas pocas excepciones. Sin embargo, desde muy niño comencé a distanciarme de esas posiciones. No sé bien por qué, pero desde la escuela elemental siempre tuve lo que ahora podría llamar un instinto izquierdista. Siempre quise estudiar y fui el primero en mi familia en entrar a la universidad. Mi papá y mi mamá completaron solo 9 de los 12 grados de la escuela. Tenía talento para las matemáticas y las ciencias y mi ídolo de infancia fue el Sr. Spock. En 1971 tenía 11 años de edad y vi por televisión (en blanco y negro) los reportajes sobre las batallas que se libraban en la UPR-Río Piedras en contra del servicio militar obligatorio, el ROTC y la guerra de Vietnam. Recuerdo claramente cómo se me ocurrió que “cuando sea grande, quiero ser como esos estudiantes”. No se lo dije a nadie, pero ya sabía que no había otro lugar donde quería hacer estudios universitarios que no fuera la UPR-Río Piedras.

Estando en la escuela superior y gracias a la gentileza y al amor del gran maestro de historia Armando Soto pude leer “Pedagogía del oprimido” de Paulo Freyre, “Los condenados de la tierra” de Franz Fanón, “Los orígenes y fundamentos del cristianismo” de Karl Kautsky y la colección de ensayos “De la guerrilla cívica a la nación dividida” de Juan Ángel Silén. También leí todas las historias de Sherlock Holmes (en español) y muchas otras cosas más. Me sabía casi de memoria el libro de los por qué de la enciclopedia “El tesoro de la juventud”. Con la maestra de español Liduvina Torres aprendí a amar a Julia de Burgos y en general a la literatura. Gracias a la revista Educación, que durante los 70 publicaba nuestro Departamento de Educación, aprendí algo sobre el poeta peruano César Vallejo. Todo eso y más con alguno(as) maestros(as) y en la biblioteca de la escuela pública de Santa Isabel y también en una biblioteca municipal (desparecida hace décadas) que estaba frente a la plaza justo donde esperaba por espacio de hora por la guagua que me llevaba al barrio cuando terminaba el día escolar.

En 1978 entré a la UPR-Río Piedras a estudiar física y con un deseo inmenso de, además de aprender de todo, integrarme al movimiento estudiantil. Entre otras cosas, fui estudiante orientador, representante de física ante el consejo de estudiantes, presidente de la Sociedad de Estudiantes de Física, presidente del concilio de residentes de la residencia universitaria Torre Norte y miembro de la Unión de Juventudes Socialistas. Hice investigación subgraduada con el reconocido profesor y astrónomo Daniel R. Altschuler, me aceptaron para trabajar en un proyecto de verano en el Observatorio de Arecibo donde mi supervisor fue el astrónomo italiano Riccardo Giovanelli. Tenía promedio de A alta (3.96/4.00) y estaba tomando cursos en otros departamentos además de en física y matemáticas. O sea, realmente era un fiebrú de estudiar, leía hasta con linterna si no había luz en el cuarto. Tenía la disciplina de ir todos los martes en la tarde a la sala de música (que todavía estaba en la biblioteca Lázaro) a escuchar música clásica y todos los miércoles a la sala de revistas a leer Scientific American y otras publicaciones.

En resumen, era lo que se puede decir un estudiante modelo, excepto que la mejor parte de mi compromiso universitario era vista con malos ojos por la administración, la guardia universitaria, la policía e inclusive por alguno(as) de entre mis familiares. Logré ser militante estudiantil.

Tras la huelga de 1981 me suspendieron por 5 años de todas las universidades de Puerto Rico, incluyendo en la práctica a las privadas porque sus presidentes de entonces acordaron –y lo dijeron públicamente– no aceptar estudiantes suspendidos(as) de la IUPI. El testigo principal para que me suspendieran fue el Dr. Manuel Gómez quien en esos años era el decano de ciencias naturales. Gómez me acusó hasta de actos durante los cuales yo no estuve presente. En su testimonio llegó a decir lo siguiente, en referencia a unos actos de militancia en unos salones de clase: “…Errol Montes no estaba presente, pero él era claramente el líder del grupo y no hizo nada para evitarlo”. Dejando de lado la imposibilidad de “hacer algo” para evitar una situación en la cual ni siquiera estaba presente, salta a la vista la mala fe de ese doctor en física de Cornell University.

Yo fui su estudiante por todo un año en el curso de física general con cálculo y tuve calificación de 100%, pero el Sr. Gómez incluso me llamó a su oficina para reprocharme que bajo mi presidencia la sociedad de estudiantes de física estaba asumiendo posturas políticas. La razón: que organizamos una serie de conferencias en contra de la explotación minera en la Isla. Le contesté, con el cinismo que me caracterizaba en esos años, que el nombre de nuestra organización era Sociedad de ESTUDIANTES de física y no de decanos ni de profesores. Desde ese momento me la tenía jurada.

Claro que yo me entregué con todo al movimiento estudiantil. Tuve casos en la corte de motín, de interrupción de clases y tres más de todos los cuales salí absuelto. Aún así me chupé tres años y medio de suspensión con prohibición de entrada a todos los campus de la UPR. Durante ese tiempo, en dos ocasiones el Dr. Manuel Gómez llamó a guardias universitarios para que me sacarán de la biblioteca de ciencias naturales. Durante esos años trabajé, siempre a tiempo parcial, en ASPIRA de Puerto Rico e impartiendo tutorías de matemáticas y física. PERO no había una huelga o protesta que me perdiera: huelga de la UTIER, en el Hospital de Diego, comité de apoyo a Nicaragua y El Salvador, etc, etc.

En 1985 regresé a la IUPI tras a una amnistía arrancada a Rafael Hernández Colón por el estudiante Samuel González, quien aprovechando el cambio de gobierno (RFH derrotó a Carlos Romero Barceló) hizo una huelga de hambre en el portón principal del recinto exigiendo la amnistía. Finalmente me gradué Magna Cum Laude en física y matemáticas y eventualmente, por esas ironías de la vida, me fui a Cornell University (la misma en la que había estudiado Manuel Gómez) y completé un PhD en matemáticas con una concentración menor en mecánica racional.

¿Y Manuel Gómez? Hace unos años sus continuos actos de corrupción pusieron en peligro la elegibilidad de la Universidad de Puerto Rico y de su facultad para competir por “grants” de la National Science Foundation y de otras agencias que subvencionan investigaciones científicas a través de propuestas competitivas. La NSF inclusó congeló por un periodo los fondos otorgados a la UPR y Gómez sencillamente renunció a su cargo de director del Centro de Recursos para la Ciencia y la Ingeniería sin ningun tipo de acusación ni administrativa ni criminal. Estoy seguro que ni se sonrojó. Pero, claro, usar fondos públicos para su beneficio personal no es, según el criterio de Roselló y otros(as) de la misma calaña, vandalismo ni merece todo el peso de la ley, que en estos casos y con demasiada frecuencia es liviano o inexistente.

Le hago todo esto cuento porque vi en las noticias el arresto del joven Andrés Cortez de 19 años a quien acusan de motín, de intimidación y de daño a propiedad pública. Yo no estaba allí y no puedo saber qué realmente pasó, pero de entre mis 5 casos en corte tres eran esos mismos (el último porque supuestamente había cortado unas cadenas que pusieron en el teatro de la IUPI en un intento de no permitirnos celebrar una asamblea). La noticia continuó relatando cómo Andrés es un estudiante de A, hace trabajo comunitario con niños que padecen síndrome de Down y lo muestran cuando dice “No me arrepiento de nada, el pueblo siempre está conmigo y yo siempre estoy con el pueblo, esto es patria y la patria tiene que subir, la democracia no es nada más de [cada] cuatro años, es de todos los días y eso es lo que yo hago…”. Me veo en ese joven. La Manuel Gómez de hoy se llama Nivia Fernández y sus cómplices en la Junta de Gobierno de la UPR; el Carlos Romero Barceló de hoy se llama Ricardo Roselló Nevarez, el Charlie de Jesús (legislador que pidió públicamente que la policía usara bayonetas caladas y que pasara como carne al pincho a los estudiantes en huelga en 1981) de hoy se llama Tomás Rivera Schatz y sigan contando.

Yo tampoco me arrepiento de nada de lo que hice como militante estudiantil. Eso, más que mis estudios, es lo que le ha dado un propósito a mi vida.

Quisiera decirle personalmente a Andrés Cortez y a los(as) demás arrestadas(os), que es verdad, que las personas que creemos en la justicia no los dejaremos solos, que muchos(as) adultos(as) de más años nos vemos reflejados(as) en ellos y en su lucha. Pero sólo puedo hablar por mí y trabajar para que otros(as) tampoco los(as) abandonen. Si ellos y ellas son vándalos, entonces lo debemos ser todos los demás.

 

 

Escupitajo

A veces tenemos que escribir sin fijarnos mucho en la prosa, en su elocuencia, incluso en su belleza o funcionalidad.  El tema es (¿o nos resulta?) urgente.  Me ha pasado antes.  Me ha pasado hoy.

Y ayer. Porque fue ayer que supe del escupitajo.

La cosa va más o menos (más menos que más, probablemente, porque estoy lejos, y mi visión se basa en la combinación de una prensa superficial y un facebook más profundo pero diverso, y hasta caótico) así: Los estudiantes están en huelga, protestan contra los impactos de PROMESA y los recortes por venir en la universidad y otras esferas, y han cerrado el recinto de Río Piedras; un profesor llega, trata de entrar, los estudiantes resisten, alguien le tira agua y escupe.

El caso no es tanto el evento (que es ciertamente un tanto grosero, vamos, piénselo, imagínese el espectáculo de un individuo que se aparece, como ha hecho otras veces, para provocar, imagine la baba volando por el aire, en fin, aceptemos que bonito no es, el asunto) como nuestra inclinación a evaluarlo de la siguiente manera:

“Ah, no. Yo entendía a los estudiantes, y hasta les perdonaba la huelga esa, pero así no.  Ya se me salieron. No estoy de acuerdo con esa violencia, y se acabó.”

 

O de la siguiente manera:

 

“Ves, te lo dije–esos estudiantes son un chorro de sirvenguenzas, cacos, troublemakers…Te dije que la huelga era una mala idea.  La universidad tiene que permanecer abierta. Ese pobre profesor trató de entrar y no sólo no lo dejaron, sino que lo atacaron. Y lo atacaron de manera vulgar.”

 

Y así, con sus múltiples variantes.

 

Aquí me concentro en este tipo de reacción, en el asquito o rechazo que nos produce la respuesta violenta de un grupo del cual esperamos pacifismo. Porque pasa que es la reacción no sólo de los amigos, sino de los enemigos de la universidad, que hay mucha gente buena, chévere, decente y hasta solidaria que tienen una opinión como esa, gente buena que se friqueó con el escupitajo. No estoy escribiendo, no aquí, sobre si la universidad debe estar abierta o cerrada, sobre el valor de la huelga, sobre el mejor modo de enfrentar la crisis que la presencia de la junta encarna…Estoy escribiendo sobre el escupitajo y sobre la reacción del tipo “ay no, que feo, eso de escupir, muy mal, estudiantes”,  en particular.

 

Me concentro en ella no para burlarme sino porque es una reacción humana y frecuente. No sólo con este asunto sino con muchos otros. Y es de los otros que quiero hablar–porque creo que para entender el rechazo social y generalizado al escupitajo, hay que estudiar un poco a los primos de ese rechazo. A los otros rechazos similares.

 

Me refiero a rechazos como éste: Digamos que hay una profesora universitaria. Más o menos feminista. Habla de violencia de género en clase. Seis individuos varones expresan (siempre lo hacen con una expresión triunfante, como si la idea fuera magníficamente original) cosas como “también hay violencia de mujeres contra hombres.” De nada sirve que la profe anote que sí, cierto, pero que los casos contra las mujeres son mucho más numerosos, o que redundan en muerte con mucha más frecuencia. No importa. Si las mujeres se cantan víctimas, esperamos de ellas comportamientos perfectamente racionales y moralmente apropiados: no puede haber cuernos, deben dejar al tipo a la primera gaznatá, no deben tener hijos con él, no deben juntarse con él para empezar. Ah–y si otra mujer, en otro pueblo, en otro año, le da al marido con un palo de escoba, entonces se chavó el concepto mismo de violencia de género, porque “las mujeres también golpean a sus maridos.” Para ser claras: si pretendemos que la violencia de género sea parte de la conversación social, entonces tenemos que, de alguna manera, evitar que una mujer, cualquiera, cometa un acto de violencia contra su pareja, porque nos afectamos todas, nos daña la reputación y la causa.

 

Esto del género tiene otra dimensión, aún más complicada. Regresemos al salón de clases de nuestra colega. Digamos que ante los numerosos reclamos de “hay mujeres abusivas también”, la profe comienza una discusión sobre el tema del patriarcado y su cómplice, el machismo. Sonamos–no hace más que emitir la palabrota, “machismo”, y se agita alguien, indicando (de nuevo, con expresión de triunfo) que también hay mujeres machistas. [Ah, y que ellas crían a los hijos machistas, añaden, pero en eso no voy a entrar porque si lo hago, no termino.]

 

Se complica la cosa aún más, porque nuestra profesora feminista está preparada para obtener esas respuestas de estudiantes varones, pero se friquea cuando sus estudiantes hembras dicen cosas por el estilo. Es decir–del macho lo espera, de la hembra no. Es una “mujer no solidaria.” Así nos acusamos.

 

Pero el caso es que ahí lo tiene. Si una mujer le pega al marido, todas las mujeres, es más, el concepto mismo de violencia de género, son cuestionables. Basta con una manchita, y años de trabajo se van al cuerno.

 

Basta con un escupitajo. ¿Me sigues? Sí, lector, ya tú sabes por dónde va la cosa.

 

De modo que a lo que voy: el fenómeno del escupitajo y su consecuencia (es decir, el rechazo al movimiento estudiantil y a la huelga en su totalidad) es uno de varios rechazos clásicos, típicos, que hay que entender para mejor actuar. Hay otros igualmente importantes.

 

Por ejemplo: Digamos que la profesora del ejemplo anterior está frente a otra clase, otro día. Digamos que (pobre señora, esto sigue) le da por hablar de racismo (por qué no estudié química, se pregunta, pero ya es tarde.)  Ya sabes, lectora, quién va a hablar y qué va a decir: es el mismo o la misma que, para cuestionar el concepto de “violencia de género”, aclaró que “hay mujeres que abusan”. En esta ocasión, y ya más envalentonado, anota que “hay negros racistas”. Y no olvidemos la interseccionalidad y todo eso: “Hay negras”, aclara, “que crían a sus hijos racistas.” Digo, por aquello de atacar a las mujeres otra vez.

 

El racismo de una persona negra es una cosa culturalmente imperdonable. Qué persona, esa, decimos. Qué barbaridad, cómo es posible. Nos encontramos a esa persona racista (igual de racista que su contraparte blanca, ojo, pero negra) y nos cuestionamos todo este asunto del racismo. Cada vez que pensamos en “racismo”, pensamos también en esa persona negra, y nos cuestionamos el asunto.

 

De  nuevo, ya ves, lectora, por dónde va la cosa. Otro tanto podría decirse del homosexual homofóbico–mancha y desgracia a todo el movimiento con su homofobia, piensan algunos. O no lo piensan, sino que lo sienten. Que es peor, francamente, y más nocivo, que pensarlo.

 

En una entrada anterior, en una reflexión anterior, dije algo parecido sobre nuestra relación con la pobreza y las personas pobres:

 

Y es que parecería que socialmente, le exigimos a las víctimas de la injusticia y la opresión unas cualidades que no le exigimos a actores más grandes. Le exigimos a las víctimas cosas como cordura, racionalidad, limpieza, gratitud, interés educativo e intelectual, un manejo razonable de sus magras finanzas, buenas decisiones nutricionales y sentimentales.  Les exigimos que sean responsables de sus vidas.

 

Esa exigencia, esa pregunta, ese cuestionamiento, siempre están dirigidos al marginado.  Hablamos críticamente de su “falta de interés”, de la importancia de que “esa gente” desarrolle responsabilidad social…Lo interesante es que rara vez le dirigimos la pregunta del interés y el reclamo de responsabilidad social a las instituciones.

 

¿Qué tiene que ver todo esto con las estudiantes?

 

Pues mira: no hizo sino lanzar ese estudiante el escupitajo, y la gente estaba alzada en contra, no de esta persona,  sino del movimiento estudiantil en su totalidad. Es interesante que el profesor escupido (un señor con una historia de provocación, violencia y demandas frívolas contra la universidad y otros) no se convirtiera en símbolo de, qué se yo, el movimiento anti-huelga, o los docentes…No. En los medios y en muchas mentes,  el escupido es una persona, incluso una víctima.   El escupidor (o más bien, el retrato que de él hacen los medios) representa al movimiento estudiantil en su totalidad.

 

De los pobres esperamos mesura, agradecimiento, y un manejo racional de sus magras finanzas. De las mujeres, un feminismo mansito.  De los negros, nada de racismo pero a la vez nada de rabia. De los que asociamos con el acrónimo LGBTT, solidaridad absoluta pero también blandita, sin exabruptos.

 

De los pacifistas (estudiantes) esperamos docilidad y pacifismo absolutos. Si alguien se sale del redil, rechazamos a todos los pacifistas, a todas las estudiantes. Si hay un momento de violencia, el movimiento entero se va a juste–no importa que haya días, semanas, años: si no hacemos esto del pacifismo a lo Ghandi, no valemos ná. La policía puede entrar a macanazo limpio (lo ha hecho antes); los hombres pueden ser machistas; los blancos pueden ser racistas; los homofóbicos pueden ser homofóbicos. Pero las marginadas no pueden serlo, aún en su carácter individual, aún a veces, aún cuando la presión institucional sea mucha– y seguidita.

 

En fin: que en todos los casos arriba (la mujer violenta, la mujer machista, el negro racista, la lesbiana homofóbica) hay una sinécdoque que le aplicamos sólo al grupo marginado: la parte por el todo. No fue este estudiante (que no es, por cierto, ya estudiante) sino todas las estudiantes. El movimiento en pleno. El estudiantado. La huelga.

 

Al grupo dominante le aceptamos sus individuos. No fueron los profesores, sino este señor Colman. No fue el movimiento anti-huelga, sino este personaje. Por cierto, este personaje, y no los que defienden la universidad de un recorte que equivale a su destrucción, es la verdadera víctima, en esta sinécdoque endemoniada.

 

Esa es la movida psicológica sobre la cual nos quiero alertar hoy, porque creo que se trata de una reacción muy humana y a la vez profundamente peligrosa, en los tiempos en que vivimos.

 

Porque estos tiempos nuestros requieren que evaluemos a la resistencia no sólo en tanto movimiento sino también en tanto sectores e individuos.

 

Requieren también que evaluemos al status quo no sólo en tanto personas sino en tanto instituciones y movimientos (porque el movimiento para quedarse quieto es tan “movimiento” como cualquier otro, en la medida en que se trate de un colectivo. Veáse la famosa cita de Dante sobre la neutralidad.)

 

Requieren de un corazón abierto y una mente capaz de diferenciar el daño que, de una parte,  le hace un recorte de 450 millones a la universidad, y una colección de medidas clásicas de austeridad al país; y de otra parte, el escupitajo que le ofende la dignidad a este señor con un poco de baba.

 

La UPR, la Junta, la pobreza

torre-uprNota: publicado previamente en la revista digital 80 grados. 

 

La Junta de Control Fiscal le ha pedido (exigido) a la Universidad de Puerto Rico un recorte de 300 millones de dólares.

 

Esto no es un secreto. Tampoco lo es (o al menos, no debería serlo) el hecho de que, a pesar del muy cacareado propósito de “desarrollo económico” para la isla, el objetivo final de la junta no es tanto reparar nuestra maltrecha economía como exprimirla para pagarle a esas figuras fantasmales y míticas que son “los bonistas”. No lo es tampoco el hecho de que la deuda en cuestión no ha sido auditada.

 

(Lo que sí es un secreto, al menos para mí, es el análisis que redunda en la cifra “300 millones”. Parece algo arbitrario, el numerito. Igual pudieron haber dicho 500 o 50. Ese análisis debería ser exhaustivo, cuidadoso y, sobre todo, público. Pero en fin. Suspiro.)

 

Claro que lo ideal es que el recorte no ocurra. Claro que hay que resistir y luchar en contra de ese recorte. Pero también está claro que si hay recorte, no podemos permitir que éste sea llevado a cabo, a fuerza de marrón y cuchillo, por la junta y sus esbirros. Si los recortes se llevan a cabo a discreción de sectores que ni conocen ni les importa la universidad y su misión, serán golpes y amputaciones que podrían herir de muerte a la UPR.

 

De nuevo: los recortes que la junta y sus amigos exigen de la universidad no están diseñados para mejorar nuestra economía sino para exprimirla todo lo posible, aunque en el proceso las destruyan a ambas–universidad y economía. Esto no es “por nuestro bien”. No nos engañemos.

 

La reacción de muchas universitarias (uso aquí nombres y pronombres femeninos para referirme a todas las personas) ha sido la resistencia, la protesta, la declaración de que a la universidad pública no hace falta justificarla porque es valiosa en sí misma, por definición. La reacción de otras ha sido un llamado a reconocer áreas de recorte posible. Otra reacción lo ha sido plantear la necesidad de un proceso amplio y participativo para determinar dónde, cómo y cuánto se recorta. Una cuarta, que me resulta antipática, ha sido aprovechar la oportunidad para criticar las ineficiencias y defectos de la universidad.

 

Las primeras tres no son mutuamente exclusivas y, en su justa proporción y en el contexto de un debate académico sobre valores, visiones y recursos, pueden ser hasta productivas. Un ejemplo reciente de su conjunción lo ha sido la UPR-Cayey, en donde los colegas combinaron las tres: paro, análisis y sondeo.  

 

La cuarta me parece, francamente, algo así como vagancia intelectual. En esta coyuntura, hay una diferencia real e importante entre el acto de señalar con el dedo, distribuyendo culpas, y el de identificar valores y áreas de prioridad. El primero suele salir de la baqueta, del impulso, de la frustración y el resentimiento acumulados; el segundo surge del análisis, el amor, el diálogo y el estudio. A ver: ¿cuál de estos dos es más universitario?

 

Lo anterior es todo contexto para contribuir de alguna manera, limitada pero espero que útil, a ese diálogo, trayendo a colación un tema que me parece esencial para conversar y definir los espacios que vamos a priorizar y proteger.  Muchas no estarán de acuerdo conmigo en términos de argumento, pero creo que todas reconocerían la importancia del asunto en términos del tema.

 

Se trata de la relación entre la Universidad y la desigualdad económica, entre la UPR y la clase social, especialmente de las estudiantes.

 

Ojo: cuando hablo de las estudiantes más desaventajados en este texto, no me estoy refiriendo a todas los que reciben beca Pell (aunque ese es un tema importante también) sino a aquellas que provienen de las familias más pobres, de las zonas geográficas más excluidas, de las escuelas con mayores problemas y menos recursos.

 

Mi propósito aquí no es decirle a las universitarias lo que tienen que hacer bajo la guisa de “traer soluciones”, sino argumentar que hay que ampliar el tema, para hacerle justicia al problema y su relevancia para la discusión.

 

¿Cuáles son algunos de esos otros asuntos que habría que considerar si queremos incluir la desigualdad social en la conversación colectiva sobre dónde, cuánto y cómo recortar?

 

Comencemos con el más común ahora, que es el costo de matrícula. Los obstáculos que nuestros estudiantes enfrentan para hacer el desembolso que implica pagar la matrícula no se limitan a la cantidad de dinero.  Recordemos la implementación de la cuota de $800 hace algunos años: en varios recintos perdimos estudiantes no tanto o no sólo porque no pudieran pagar, sino porque, en un absurdo kafkiano, la institución les exigió el pago de la matrícula y/o la cuota antes de darles el cheque de la beca Pell. No antes en términos de horas sino de semanas. Perdimos así un número indeterminado de estudiantes que al no poder pagar, se fueron. Cualquier acción para recortar gastos debe tener en cuenta, entonces, no sólo cantidades y escalas sino también los recursos asignados y métodos diseñados.

 

Luego está el posible cierre de los recintos pequeños. Esa es una de las medidas más fáciles (y sospecho que una de las más probables, si le dejamos a la junta y sus etcéteras la tarea de recortar gastos.) Pero de nuevo, al menos en términos de clase social y desigualdad, no deja de ser problemática. Para empezar, está el rol de esos recintos en la vida y salud económica de los lugares donde se ubican. Cerrarlos implica no solamente dejar fuera estudiantes que no pueden acceder a los recintos grandes, sino iniciar un efecto dominó implacable sobre los negocios que dependen de estudiantes y empleados para su ingreso, y que a su vez participan de la actividad económica en sus municipios y en el país, mucho más, por cierto, de lo que participan las entidades e individuos que reciben alegremente nuestras exenciones contributivas. Me gustaría ver el análisis económico comparativo del impacto de cerrar un recinto vs. recortarle unos chavitos a Walmart.

 

El cierre de recintos está a su vez relacionado con el tema que me parece más crucial y probablemente más ignorado, en términos del impacto de posibles recortes sobre la desigualdad económica y social y su impacto sobre nuestras estudiantes más pobres. Y es que cualquier medida que reduzca los espacios totales disponibles en la UPR, tendrá el efecto de dejar fuera a los estudiantes provenientes de los sectores más desaventajados, las áreas geográficas más pobres, las escuelas con mayores problemas académicos.

 

Dicho de otra manera: la contracción de la universidad implica también su elitización, y dificulta su misión de contribuir a una socio-economía y un país más justos.

 

¿Por qué? La cosa va así:

 

  • Aunque al hablar de admisiones, tendemos a hablar del “IGS” (índice general de admisión, calculado según las notas y examen de admisión de una estudiante) para los distintos departamentos y programas, lo cierto es que el IGS es una función de la interacción entre el IMI (índice mínimo de ingreso) y el cupo (número de asientos en cada programa). El IMI y los cupos son establecidos por los departamentos. El IMI de un programa, digamos, hipotéticamente, biología en la Yupi, puede ser 300 puntos. Pero si la demanda para entrar a biología es mayor que el número de espacios en el programa, entonces el IGS necesario para entrar se trepa en 350.  En Mayagüez, por dar un ejemplo no hipotético, el IGS de un programa como psicología es mayor que el de uno como sociología o literatura, no porque una disciplina sea más difícil que otra sino porque hay mayor demanda para una que para otra.

 

  • El IGS mediano de las estudiantes en la UPR aumenta según aumenta el ingreso de su familia. Es decir: mientras más pobre sea una estudiante, mayor la probabilidad de que su IGS no cualifique para ser admitida, para ser admitida en los recintos grandes, o para ser admitida en el programa de su preferencia. Esto no es necesariamente debido a cosas como mérito o talento, sino a cosas como la calidad de la educación que recibe una estudiante antes de solicitar a la UPR y el acceso a recursos como cursos avanzados (ausentes en muchas de nuestras escuelas superiores), o incluso a cosas tan básicas como seguridad personal o salud.

 

  • Lo anterior implica que si reducimos los cupos, estamos aumentando el IGS y dejando fuera estudiantes que de otro modo sí entrarían. Reducir los cupos puede ser consecuencia de diferentes tipos de recorte, tales como la eliminación de recintos o programas, o la reducción de cursos disponibles.

 

  • La admisión de estudiantes muy pobres es relativamente menor a la de estudiantes más aventajados (que no necesariamente, de nuevo, quiere decir lo mismo que “privilegiados”), pero no es el único factor que elitiza y elitizaría aún más a la universidad. Hay muchos otros. Por ejemplo, están aquellos que afectan las tasas de retención y graduación. Las estudiantes más pobres abandonan la universidad sin terminar sus estudios con mayor frecuencia que otras, porque enfrentan más obstáculos académicos y administrativos. No voy a entrar en esos obstáculos en este escrito, que se va poniendo largo, pero hemos estudiado algunos de esos factores y sabemos que son muy reales – y además remediables, en algunos casos haciendo una inversión menor que redunda en un ahorro mucho mayor.

 

Todo lo anterior es para que le demos al tema de la desigualdad social y económica el lugar justo que merece en cualquier conversación sobre el impacto y modo de los recortes probables a la universidad. Creo que es imposible pensar sobre la misión e importancia de la universidad pública sin pensar también en su relación con la pobreza.  Si decidimos ignorar estas consideraciones, hagámoslo después de conversarlas, y con los ojos bien abiertos.

 

cajera

La cajera que me atiende en el supermercado es joven, blanca y gruesa. Lleva el pelo recogido en una cola de caballo que sospecho empezó pizpireta en la mañana pero ahora se ve como triste. Tiene un lunar coqueto cerca de la boca, otro más tímido junto a la oreja derecha, y un saludo cansado, pero amable, en los labios. Un agujerito, del tamaño de la goma de un lápiz, adorna su uniforme a la altura del pecho.

Fue ese agujerito en la blusa gastada lo que me invitó a prestar atención. Si no hubiera sido por él, hubiera seguido con mi día, sin detenerme a mirarla, pensando en otra cosa.

cinco gatos

cinco-gatosHe estado pensando y leyendo últimamente sobre este asunto de la esperanza y, naturalmente, ello me llevó a pensar en la universidad y en los gatos. Cuatro o cinco, no recuerdo la frase coloquial. Digamos cinco. Cinco gatos.

Cierto que en estos días, la situación en Puerto Rico (y en Estados Unidos también, pero dejemos eso para otro día) no parece esperanzadora. Tenemos una junta con total poder y cero interés en el bien del país bailando, bastante armoniosamente, con un gobierno de juguete, uno de esos juguetes peligrosos de las películas de horror, un payaso asesino.

Uno de los ataques más recientes ha sido contra el sistema UPR.

En estas condiciones, ¿cómo preservar, nutrir y compartir la esperanza?

Habría que empezar por definirla. Esperanza no es lo mismo que optimismo, aunque puede servir para combatir el derrotismo (que a su vez, no es lo mismo que pesimismo.) La esperanza, nos recuerda Rebecca Solnit, es una invitación a la acción y el activismo. No es la creencia bobalicona tipo “todo estará bien, no te preocupes”, sino la creencia de que un mundo mejor y más justo es posible, si bien no inevitable; y que ese mundo mejor no llegará si nos quedamos quietos, dóciles, confiados en lo mejor o derrotados porque viene lo peor.

La esperanza de la que hablo se educa, constantemente, para entender mejor la realidad. Es idealista, pero también realista. Los individuos que cultivan la esperanza suelen plantar firmemente los pies en esa tierra viva que es la realidad; los colectivos que cultivan la esperanza suelen plantar firmemente los pies en la realidad de la tierra propia y lo local. Ello no los hace necesariamente nacionalistas en el sentido en que se definen como “nacionalistas” los movimientos recientes en Inglaterra y Estados Unidos, que están basados en identificar y excluir chivos expiatorios, no en proteger la educación, la cultura, los principios democráticos o los recursos naturales.

Me refiero a individuos cuyo activismo depende del conocer, que no es lo mismo que aceptar, la realidad. Me refiero a colectivos que actúan sobre los espacios y principios que urgen y que están a la mano.

Pero aquí va mi punto, aquí está la cosa: ese conocimiento personal del cual dependen los individuos activistas no implica renunciar a la esperanza; y esos colectivos de quienes dependen los cambios históricos no son necesariamente masivos.

De hecho, por lo general y al menos al principio, suelen ser cinco gatos.

El cambio hacia adelante, hacia lo justo y lo bueno, suele reventar inesperado y de repente, para luego, en retrospectiva, parecernos gradual e inevitable. Y en su origen se encuentra, sospecho que siempre, no un individuo solitario y luminoso sino un grupito de cinco gatos anónimos, realistas pero no cínicos, esperanzados pero no pendejos.

¡Piense en cuánto le debemos a esos pequeños grupos que desafiaron la ley y las ideologías dominantes para difundir la causa, entonces inaudita, de sacar a la Marina de Vieques!  Esos grupos trabajaron en la oscuridad durante décadas, mucho antes de que fueran posibles las manifestaciones y arrestos masivos. Ha sido así con causas grandes y pequeñas en todo el mundo: la primavera árabe, los derechos civiles, el sufragio femenino, la derogación (legal) del apartheid o la esclavitud, el reconocimiento popular y jurídico de los derechos de la comunidad LGBTT…

Se me ocurre que tal vez, cuando nuestro presente sea ya “historia”, miraremos hacia atrás desde algún triunfo y tendremos que agradecerle a los cinco gatos que montaron el Campamento contra la Junta, a los cinco gatos que nos enseñaron a sembrar y comer localmente de nuevo, a los cinco gatos que llevan el arte y la ilusión a la calle a través del teatro.

Como diría Zygmunt Bauman: allí donde se encuentran la imaginación y el compás moral, allí, nace inevitable la esperanza.

Y aquí va un segundo punto: Es por ese reconocer la combinación inevitable de cambio, justicia, esperanza, realidad y acción, que tenemos que defender a la UPR en el hoy. No nos engañemos: la realidad es que la junta y el gobierno posible o probablemente la rompan, sí. Los elementos de esta destrucción parcial o total son bastante predecibles: la UPR se reduciría en tamaño y por ende en acceso y alcance para los sectores más desventajados del país; y/o aumentarían los costos de matrícula; y/o se reducirían salarios, pensiones, planes médicos; y/o disminuiría la calidad de la educación.

Pero la posibilidad de un fracaso inmediato no debe, no puede, conducirnos a la derrota y al cinismo. No “esperemos”, mejor “esperancémonos”.  La esperanza nos permitirá la acción, la inactividad nos conduciría a la desesperanza. Si actuamos, es posible, incluso probable, que cualquier momento ahora o después reviente, glorioso, el triunfo grande o pequeño, repentino o gradual.

Y en el origen y trayectoria de ese triunfo, en el núcleo de las masa activistas, habrá tal vez líderes, sí, pero de seguro hay y habrá pequeños grupos de cinco gatos, realistas pero no cínicos, esperanzados pero no pendejos, activos, necesarios, aquí.