musa

storm birdA veces (¿tal vez ahora mismo?), y por lo general de repente, se me presenta o experimento un vacío distinto, extraño…Una especie de silencio en expansión: material, corpóreo, físico.  Es como la calma terrible y misteriosa que precede a la tormenta, la sensación casi insoportable de que algo está a punto de pasar.

Ese silencio donde nos damos cuenta, sobrecogidos, de que se han callado todos los pájaros.

A veces (¿siempre?) se trata de un anuncio de la inspiración, de la visita de la musa. No siempre redunda en visita, pero lo ha hecho con la frecuencia suficiente para que mi lápiz salive como un perrito de Pavlov. Mientras espero que se me pase, no puedo hacer otra cosa que escribir. No puedo aprovechar la calma para atender alguna cosa práctica.

Quisiera–atender, ser práctica–pero no hay caso.

La calma abrumadora antes de la musa es muy distinta a la calma que sucede a la tormenta, la que aparece poco después de escribir, durante la cual la gente abandona su refugio y sale a la calle a ver qué se rompió, quién se murió, cuánto se perdió. Esta otra calma es la del estropicio y el escombro, de la reconstrucción y el nuevo orden, la de lo que queda de mí después de la visita. El silencio es distinto: ya no está vacío sino puntuado por el sonido del agua que corre en forma de improvisado riachuelo o cae en forma de sorprendida gota, por los ruidos del quehacer, por los murmullos que celebran la vida o lamentan la pérdida.

Por los pájaros, que han vuelto a cantar.

Le tengo cariño, reverencia y, francamente, un poco de miedo, a esta musa mía. No es como la dama marmórea y diligente de los clásicos: mi musa es más bien como Oyá, la deidad negra del viento y la centella.  Como ella, es taciturna, terca, y amiga de los muertos.

De los esqueletos.

En estos días, ando cortejando, con delicadeza, a otras musas. Musas más gentiles, más sencillas, menos intensas, menos huracanadas. Me vendría bien una deidad de la brisa, por ejemplo, las mariposas, o el rayo de luna.  Pero coqueteo de lejos, tentativamente, tratando de no ofender a esa mujerona formidable que me ha traído a la libreta tantas veces, y a quien le debo tanto.

No estoy lista (¿todavía?) para perderla.

abuela

abuelaMi madre, Teté, solía llevarme a pasar temporadas en casa de mis abuelos paternos, yo preparada con un bultito y ella con una historia escueta: las cosas estaban malas, no podía tenerme consigo, me buscaría más adelante, en cuanto pudiera. Mi abuela la recibía en la puerta, sin invitarla a pasar.  La miraba con severidad, le decía que cómo no y que por supuesto, y si pasaban varias semanas y mi mamá no regresaba, me matriculaba en la escuela.

 

Mi abuela iba a misa todos los domingos, mi abuelo se quedaba en casa leyendo.

 

Al principio yo iba a misa con mi abuela. Pero la misa me daba mareos y náuseas, y mis náuseas le daban a la abuela vergüenza. A saber qué misterio somatizador las causaba, pero, eventualmente, la repetición de mis náuseas dominicales convenció a mi abuela de que tal vez alguna cosa había detrás de mis “changuerías”, y me dejó quedarme en casa, como mi abuelo, también leyendo.

 

Por suerte para mí, había mucho que leer en esa casa. No había orden en la biblioteca, no había instrucciones, ni un currículo de cultura general que guiara mi selección de textos, pero sí había variedad y libertad. Aunque me prohibían los programas televisivos con cualquier ingrediente, por remoto que fuera, de sexo o violencia, mis abuelos nunca o casi nunca me censuraron los libros, así que leí más o menos lo que me daba la gana y me enteré de lo que quería.

 

A falta de orden o intención pedagógica en mis lecturas, mi mente las dividía en sus propias categorías nativas: libros de “antes” y libros de “ahora”. Otra categoría, más compleja, eran los libros “de lejos” y los “de cerca” o “aquí”. Por ejemplo, si un libro me parecía lo suficientemente ajeno en paisaje y lenguaje, digamos como los de Kipling o C.S. Lewis, era “de antes” y “de lejos”. Casi todo estaba convenientemente escrito en o traducido al español, y las traducciones, mexicanas y españolas en su mayoría, eran buenas, o al menos eso creo. Alicia en el país de las maravillas, por ejemplo, era una edición preciosa de bolsillo y carpeta blanda, anotada profusamente por el traductor, con los dibujos originales del autor, un librito amarillo que me encantaría tener hoy conmigo.

 

Así, leí obras como Jane Eyre, Mujercitas, Historia de dos ciudades, las Sonatas de Ramón del Valle Inclán, Rosaura a las diez, Los bandidos de Río Frío, La hija del capitán, La Odisea, La Iliada, La Eneida, La hojarasca, Cien años de soledad, Cumbres borrascosas, Marianela, María, Marta y María, Mafalda, Asterix, Hamlet,  Las crónicas de Narnia,Los cachorros,Cuentos de amor, de locura y de muerte, Los tres mosqueteros, muchos más, todo lo que hubiera, todo amarillento y apolillado, todo mezclado y desordenado en mi cabeza infantil. Nadie me decía que leer era bueno o que leer era malo, nadie me premiaba o castigaba por leer, leer era lo que había, lo que se hacía, y yo leía: de día, hasta que alguna amiguita del barrio viniera a buscarme para jugar; de noche, hasta pasado el umbral del sueño.

 

Una navidad, mi abuela me regaló una lámpara de mesa que parecía un hongo amarillo. Yo no estaba acostumbrada a los regalos, y esa lámpara fue mi regalo favorito. A partir de entonces, cuando me quedaba con ellos, leí en la cama todas las noches, acostada de lado, hasta que  me dolían los ojos o me quedaba dormida. Mi abuela me gritaba te vas a quedar ciega, muchacha, amenazaba con quitarme la lámpara. Una noche se metió en mi oído derecho una mariposa nocturna. Recuerdo que estaba leyendo Goriot, el padre. Recuerdo también que yo no estaba logrando entender completamente lo que ocurría en la novela, aunque la asociaba de algún modo con los eventos narrados en Historia de dos ciudades. Recuerdo sobre todo mi sorpresa ante la premisa básica del libro, que contrastaba con mi poca experiencia del mundo–un padre que se arruina para darle todo a sus hijas, dos hijas que rechazan al padre que les da todo. Recuerdo que, distraída como estaba con la lectura, le pegué manotazos a mi oreja para ahuyentar al insecto, que de pronto reaccioné y sentí pánico, que corrí al baño y me eché agua en el oído, ahogando así al intruso, que pasamos horas en la sala de emergencia de un hospital local esperando que el doctor extrajera el pequeño cadáver con la inyección de un chorro de agua, que mi abuela estaba lívida y repetía te lo dije, te lo dije, y que a pesar de todo el lío no me quitaron la lámpara.

 

A veces, cuando el texto era un poco complicado y en inglés, le pedía a mi abuela que me lo leyera en voz alta, en español. Pero aunque en casa se leía, leer era visto como una actividad individual, y mis abuelos pensaban que cosas como leerle a los niños o peor aún, hacer la tarea con ellos, eran ñoñerías. Mi abuela a veces me complacía, pero lo hacía breve e incómodamente, encaramándose en mi cama con una sola nalga y en el ángulo preciso para salir huyendo a la menor provocación. Cada dos o tres párrafos me ofrecía un diccionario, alegaba tener sed o bostezaba escandalosamente.

 

Mi abuelo, que casi no hablaba, empezó a dejarme libros sobre la cama, como quien no quiere la cosa. Nuestra relación, hasta entonces más o menos inexistente, empezó a surgir pequeña, silenciosa. Él dejaba un libro en mi habitación de vez en cuando, yo lo terminaba y lo dejaba sobre su escritorio, a los pocos días me dejaba otro. Mi abuelo leía hasta las dos o tres de la mañana. Muchas noches, yo hacía lo mismo. No hablábamos del asunto, pero sé que éramos cómplices del insomnio, de la lectura, de la lectura insomne.

 

Mi abuela, por su parte, fiel creyente en los horarios fijos, leía de una a dos de la tarde (antes de la siesta) y de nueve a diez de la noche (antes de dormir). Leía siempre en la cama, acostada bocarriba, acunada en la certeza de su rutina.

 

De adulta, descubrí y aún descubro que para la familia y para otros, mi abuelo era considerado “intelectual”, y mi abuela simplemente “ama de casa”.  Se equivocan. Y esto lo supe siempre o al menos casi desde que recuerdo. Mi abuela leía Vanidades y Buen Hogar, sí: Pero, bajo y sobre las revistas se amontonaban libros, libros buenos. Sus favoritos eran los de García Márquez, Vargas Llosa y Poniatowska. Cuando Isabel Allende publicó La casa de los espíritus, mi abuela y yo lo leímos en paralelo, en la misma dulce complicidad que rodeaba toda actividad de lectura en casa. Yo leía cuando ella hacía otras cosas, pero devolvía el librote a su mesa de noche para que ella lo encontrase en su lugar. Hace mucho que llegué a la conclusión de que mi abuela era, en el fondo, la más “intelectual” de todos nosotros y que si hubiese nacido en otro tiempo, clase social o circunstancia hubiera terminado por sacar un doctorado en alguna cosa.

 

Mi abuela nació en Hatillo, hija de abuelo Vicente y “abuelitita” Marina. Hija también del escándalo: siendo mi abuela muy niña, su madre dejó al marido y a los hijos y se convirtió en una de las primeras mujeres abiertamente divorciadas del pueblo.

 

La sintaxis de la oración anterior probablemente debe ser, en honor a la verdad, algo como “dejó a su marido, se convirtió en una de las primeras mujeres divorciadas del pueblo y, por lo tanto, dejó también a sus hijos.” Es poco lo que se sabe hoy de Marina, es poco lo que recordamos los que escuchamos a alguien decir algo sobre lo que pasó, y aquellos que vivieron la época de la caída de Marina —de gracia desposada a desgracia y a chisme— están todos muertos. Así que no tenemos conocimiento directo de los eventos que llevaron a la orfandad práctica de mi abuela.

 

Sí sabemos lo siguiente: Vicente era un señor “grande ya”, como le decían en esos tiempos y todavía a las personas que pasan de los cuarenta, cuando se casó con Marina, que tendría entonces unos quince años. Se la llevó a su finca, un tanto apartada del pueblo, y allí la preñó rápidamente. Nacieron, uno detrás del otro, Tío Cheo, Tití Luisa y mi abuela, Carmen Ana. Carmen Ana, Can, la vieja, mi abuela.

 

No sé si Vicente le pegaba, pero sospecho que el matrimonio de mi bisabuela fue, con o sin golpes, violento e insoportable. El caso es que un día, tendría entonces veintipocos, Marina dejó al marido y pidió el divorcio. Pedir el divorcio la descalificaba como madre ante los ojos de cualquier juez. Sus hijos vueltos un imposible, imposible también su vida en un pueblo donde la gente no se divorciaba, Abuelitita se fue de Hatillo y creo, pero no estoy segura, que también se fue por un tiempo del país.

 

Hay más en la historia. Si algún tabú le quedaba a Marina por romper después de divorciarse, era el de enamorarse de un negro, y eso hizo. No sólo se enamoró de un señor negro, sino que (con o sin papeles, eso no lo sé) vivió con él. Pensar ahora en la vida de Marina me recuerda la explicación que un colega antropólogo me dio una vez apropos del suicidio social de una conocida japonesa que dejó marido, hijos, y hasta su familia natal, y se fue a vivir una segunda vida tras ser descubierta su infidelidad: me dijo que una vez rompes la fachada (de la familia o lo que sea que le da significado social a tu vida) sólo tiene sentido matarte. Esta muerte puede ser literal, pero no tiene que serlo necesariamente, e intuyo que como la muchacha japonesa, mi bisabuela decidió agarrar sus motetes, despedirse de sus hijos, morir y renacer para vivir una segunda vida, esta vez sin las trampas de la norma y el tabú.

 

Tras la partida de su mujer, abuelo Vicente repartió a los muchachos (como cachorritos, me dijo mi prima una vez y a mí se me llenaron los ojos de lágrimas por esos niños que eran entonces mi abuela y sus hermanos) y así, Tío Cheo se fue a vivir con unos primos, tití Luisa con una tía  y mi abuela con sus primas Eva y Prova, en la casa de la madre de estas últimas, la formidable Tía Micaela, reina benévola y tirana de una casa de campo en Hatillo.

 

Si Marina mi bisabuela trató de encontrar la felicidad en el amplio espacio que se despliega más allá de la frontera de la norma y el tabú de pueblo, mi abuela empezó, bajo la tutela de tía Micaela, a hacer todo lo contrario, a aprender norma y tabú a pies juntillas, a practicar las destrezas esenciales del auto-control, la mesura, el dominio de las pasiones propias y el juicio ponderado de las ajenas. Los cabellos aprendieron a ser casi lacios a fuerza de 100 cepilladas nocturnas, la voluntad aprendió a superar la inclinación, las manos aprendieron a tejer, coser y bordar.

 

Mi vieja resultó ser una estudiante excepcional y obtuvo becas, primero para el bachillerato, luego para la maestría. Creo que la escolaridad le sirvió para canalizar un poco el ímpetu amarrado y las pasiones domesticadas. Pero también, me parece, había consideraciones prácticas que explican por qué las primas no continuaron estudios más allá de la escuela superior y mi abuela sí: el compromiso de la tía Micaela terminaba en los dieciocho de mi abuela. Era un secreto a voces, y uno que mi abuela en voz alta, tal vez un poco demasiado alta, decía NO resentir. Eso creaba una situación delicada: o casaban a mi abuela jovencita (y ya sabemos lo mal que había salido ese cálculo con Marina) o la ponían a estudiar para que consiguiera un buen trabajo. Todos parecen haber cooperado para facilitar la segunda opción.

 

Ambos grados fueron en economía doméstica, no tanto por vocación como porque, según las normas sociales que mi abuela insistió siempre en seguir al pie de la letra, había que estudiar algo lo más femenino posible. Obtenida la maestría, trabajó en el sistema de servicios sociales evaluando (creo que esto no es casualidad) hogares adoptivos. Sospecho que subir colinas en burro y conocer gente y paisajes nuevos le gustaba más que meterse a la cocina. Pero eso nunca me lo dijo. Cuando se lo decía yo, simulaba enojarse con un gesto encantador y coqueto, un movimiento que parecía pretender pegar la oreja y el hombro derechos y a la vez levantar la comisura izquierda como si pudiese, con esa media sonrisa, alcanzar o al menos apuntar hacia el cielo. Y me aclaraba que no, que atender marido e hijos era lo más importante, lo más gratificante, lo mejor.

 

Cuando mi abuela decía una mentira, o una media verdad, lo hacía sólo porque consideraba la mentira en cuestión importante o necesaria. Lo hacía además muy mal. Sus labios finos se hacían visiblemente más finos, y sus grandes ojos, del color de la miel, se hacían aún más grandes, enormes, como si estuviera haciendo un esfuerzo para no pestañear.

 

Mi abuelo Juan Luis había sido su primer novio.  Su relación empezó en la niñez. Mi abuelo solía buscar driftwood en la playa para llevarle pedacitos a mi abuela, Toma Can, un sofá para tus muñecas, le decía. Gracias Juancho, le contestaba mi abuela, con los ojos bajos como la  “nena bien” que era.  Un día mi abuelo se fue a estudiar, primero a Nueva Orleans, después a México, y en algún momento se le desapareció, se le despistó, se le perdió, sus cartas dejaron de llegar. Hija del escándalo y salvada por la tradición, mi abuela esperó, paciente pero no quieta, trabajando y estudiando. Pero cuando resultó más escandaloso esperar –y quedarse “jamona”– que el no esperar, aceptó a otro novio. Estaba a punto de cumplir treinta años.

 

Mi abuelo era despistado, pero no tanto. Cuando se enteró del novio nuevo regresó inmediatamente, anillo en mano. Es un anillo de oro blanco, de buen gusto, pero no ostentoso, decía mi vieja. Su diamante solitario es probablemente, para los estándares y el bling de hoy, bastante pequeño. El viejo puso ese anillo en mi dedo anular hace algunos años, el día que mi abuela murió, y ahí está ahora, mientras escribo esto.   

 

El cura del pueblo intercedió a favor del novio pródigo, el novio de toda la vida, el novio que tras años de estudio en otros países se le aparecía a mi abuela como casi un desconocido era muy guapo, Rimita, tenía el bigote negro y los ojos grandes, así como tristes, grises y azules, usaba espejuelos y siempre andaba leyendo. Entre mi abuela y el cura se deshicieron del pretendiente nuevo y ya no deseado, y mi abuelos finalmente se casaron. Tuvieron tres hijos.

 

Crecí viendo a mi abuela planificar, analizar, estudiar y secretamente detestar el arte y la ciencia de “llevar casa”. Tejer y coser le traían alguna felicidad, pero todo lo demás (cocinar, limpiar, recoger, lavar, planchar) le era doloroso. Nunca se quejaba, pero yo lo intuía entonces y lo sé ahora, porque la recuerdo y porque cada vez que trato de organizar un menú semanal o limpiar la sala, me veo al espejo y reconozco su rostro y expresión en los míos. La costura sí le gustaba, especialmente cuando la hacía sentada con sus amigas en las reuniones de los lunes, tertulias matutinas en las que mi vieja descollaba por su ingenio y hacía reír y pensar a las demás con sus bromas, con su conocimiento sobre eventos del país y del mundo. Ay, Can, ¡tú eres tremenda! le decían las amigas, y yo la miraba, orgullosa de mi abuela inteligente y leída. No sé si sus hijos y marido la vieron de ese modo alguna vez. Sospecho que esas gracias sociales que surgían no de su entrenamiento en el manejo del hogar, sino de su talento, curiosidad y lectura, nos estaban reservadas más bien a las mujeres, en reuniones de mujeres, en contextos femeninos.

 

Un verano (tendría yo unos ocho años,) mi abuela y su hermana hicieron planes para llevarnos a los niños —mi prima, mi primito y yo— a Disney World, esa meca vacacional de la familia de clase media boricua. Al enterarme, besé a mi abuela, la abracé, di saltitos, bailé.

 

Mi abuela llamó a mi madre para pedirle permiso. Antes y después de la llamada, la frase clave que me repitió a mí y a otros fue “patria potestad”. Mi madre dijo que no. Durante y después de la llamada, la frase clave que me repitió a mí y a otros fue “triángulo de las bermudas”. A Teté, entonces y ahora, no le hace ninguna gracia tener a sus hijos montados en pájaros metálicos y suspendidos en el aire. Tampoco vuela en avión: sus viajes siempre son a la antigua, en tren, barco o autobús.

 

Así fue como ese verano, recién llegando a casa de mi abuela, tuve que verla partir con su hermana y mis primos rumbo a Disney. Mi tía Eva, hija de Tía Micaela, vino a cuidarme. Lloré un poco, pero no mucho: a falta de la simpatía de una audiencia, el llanto desatendido pronto se fue. Hubiese sido un llanto ingrato por demás, porque la tía Eva, la tía bonita de pelo blanco y dedos ágiles sobre la maquinilla, era absolutamente encantadora y me trató siempre muy bien. Me dejaron atrás, pero en buenas manos.

 

No había pensado en ese evento de nuevo hasta hoy, mientras trabajaba en el borrador de este texto. Ahora sí lloré: a mi edad, la audiencia es innecesaria. Lloré no por Disney (un lugar que eventualmente, ya adulta, visité y me pareció bastante aburrido), sino por la nena que no fue, la nena desinvitada, la que se quedó atrás con la tía, la que vio sus frágiles rutinas y rituales con la abuela desaparecer, la que se sabía distinta a los niños que sí iban a Disney, distinta y de algún modo menos.

 

Creciendo con mi abuela, escuché el nombre de Tía Micaela cientos de veces. Mi abuela la invocaba cada vez que se encontraba con un dilema o dificultad en casa o crianza. De Micaela había aprendido las reglas de la maternidad, del hogar y del mundo, y al menos una vez a la semana le agradecía, en voz alta y tal vez para inspirarme, el haberla criado.

 

Pero the lady doth protest too much, pensaba yo. Tanto nombró y celebró mi vieja a Micaela su tía, que yo crecí convencida de que la bienvenida que recibió mi abuela en esa casa fue la bienvenida que suelen recibir las niñas sin madre. Que sí creció con todas las demás, se crió con los mismos privilegios y deberes que todas las demás, seguramente hasta la quisieron mucho, pero no era igual, no podía serlo. Cuando tu madre no te quiere o no te puede tener es difícil crecer sin la impresión de que de algún modo básico, fundamental, no cuadras del todo. Te falta algo esencial. Eres la pieza machucada o rota del rompecabezas, y el que te cría te hace un favor valioso, pero a la vez incómodo.

 

Así crecí con mi abuela paterna Carmen Ana, mi abuela Can, mi vieja, mi viejita, cuando mi propia madre, Teté, tuvo que dejarnos ir a mi hermanito y a mí y se divorció del mundo. Alguna vez, años más tarde, escuchando a la vieja hablar de tía Micaela con admiración y agradecimiento —tan eternos, tan explícitos— la abracé con la ternura de saber que no era un ama de casa, que sus vocaciones verdaderas eran el conocimiento, el lenguaje y la broma, que compartíamos algo muy adentro de lo que nunca hablábamos y nunca hablaríamos.  Ella me abrazaba de vuelta, tal vez con la ternura de saberme, como ella, huérfana y desubicada. Nenas tristes que llorarían después, otro día, hijas arrimás sin el consuelo de quejarse porque la ingratitud del arrimao ofende más que la ingratitud del hijo, Pobre Rimita, pensaría ella, Pobre Abuela, pensaba yo.

 

Exilio

calypso[Este es un trabajo muy preliminar y muy en progreso. Me interesan sus comentarios e ideas, preferiblemente constructivos.-rb]

Exilio

Para pasar juicio sobre la importancia relativa de  eventos o  personas, usamos el vocablo “memorable”.  Pero se me ocurre que no es una palabra demasiado útil, porque la memoria y sus predilecciones cambian con la edad. Recuerdo mejor, por ejemplo, las tramas y los personajes de libros, buenos o flojos, que leí en mi adolescencia, que las de algunos libros magníficos que he leído recientemente.

Esto de la memoria me ha estado ocupando bastante tiempo en la cabeza y espacio en la libreta últimamente, por varias razones. Dos de ellas vienen al caso aquí.

Primera: actualmente vivo en el exilio y desde aquí he estado pensando en y sintiendo nostalgia de mi país, Puerto Rico.  Dice Kundera que hay lazos semánticos muy reveladores entre la nostalgia y la memoria. Más precisamente, que la palabra viene de nostos, que en griego significa regreso, y algos, que significa dolor…Dolor, entonces, causado por el deseo incumplido de regresar. Un sinónimo importante en español es añoranza, que proviene del latín ignorare, y nos revela que nostalgia es también el dolor de la ignorancia, del no saber, o del olvidar.

Kundera refuerza estas conexiones examinando el caso de exilio y nostalgia más famoso de la literatura: Ulises, que añora a su patria y su mujer justamente en tanto las olvida en la bruma de los brazos de Calipso, un olvido que tiene su contrapunto en el recuerdo insistente que de él tenían en Ítaca, un recuerdo a su vez desprovisto de nostalgia y encarnado, en muchos casos, en sentimientos poco amables: Penélope estaba resentida, Telémaco rebelde, los pretendientes abiertamente amotinados y odiosos, en fin, nadie, excepto el viejo perrito, estaba particularmente contento con él. Añade Kundera que en el exilio, el emigrante olvida y añora a su país, mientras que en ese país, otros recuerdan pero no añoran.

Segunda: me ha dado por recordar, insistentemente, los primeros versos (y sólo los primeros) de un poema que leí hace unos quince años en internet, escrito por un autor desconocido y aparentemente nunca publicado formalmente.  Según recuerdo, el autor era argentino y el poema se titula o titulaba “exilio. Empieza así:

Yo ya me fui de mi país

Me autoexilié de mí mismo

Me saqué un pasaporte de bronca

Y me fui,

Me abandoné

Ya no estoy.

Hacía mucho que no recordaba ese poema. De hecho no estaba consciente de recordarlo. ¿Por qué ahora, esta súbita memoria?  Supongo que por mi propio exilio. Pero ¿por qué llamar exilio a lo que podría llamar migración, vaivén, o diáspora? Después de todo, nuestro exilio puertorriqueño no es es como los exilios argentinos durante la guerra sucia o los chilenos que se tuvieron que ir para que Pinochet no los desapareciera. Nosotros no estamos escapando tortura o muerte. Pero creo que igual prefiero la palabra “exilio” por lo que dice acerca de la condición subjetiva de estar lejos de la patria y añorarla. Por eso, y por lo que nos falta para poder hablar cabalmente de “diáspora”, para convertir “diáspora” en algo que pueda definir también un estado emocional personal.

Digo esto porque creo que nos falta mucho camino por recorrer en cuanto a lo que conceptualizar (y por ende, poder actuar inteligentemente sobre) la gran migración puertorriqueña hacia Estados Unidos se refiere. Que la conversación nacional se queda, francamente, bastante corta, especialmente si tenemos en cuenta que los puertorriqueños llevamos mucho tiempo emigrando, exiliados o no, que esa migración ha sido particularmente intensa a partir de los cuarenta, y que en años recientes, a raíz de la crisis económica, se ha vuelto a recrudecer. A estas alturas, ¿no deberíamos tener una conversación nacional más sofisticada sobre nuestra diáspora? ¿No deberían tener mayor relevancia cultural, en nuestro día a día, trabajos como los de Jorge Duany o el Centro de Estudios Puertorriqueños de CUNY, por ejemplo?

Digamos que a veces siento que el país nos recuerda y a la vez nos invita a olvidar, que nuestra nostalgia está, como la de Kundera y la de Ulises, de alguna manera predicada sobre la desconexión y el olvido.

Pongo algunos ejemplos. Recientemente, en los medios sociales, cobró auge y popularidad el movimiento #yonomequito. Parte del discurso popular pegado al hashtag (contrario, según su creador, a sus intenciones iniciales) era más o menos así: el que se va se está quitando, es un cobarde o no quiere a su patria, yo me quedo porque soy un valiente y/o quiero a mi patria. En respuesta, hubo un movimiento un tanto más débil de #yosimequito, donde el discurso era más o menos tipo: el que se va es porque no aguanta más porque  la isla está insoportable, aquí no hay nada que querer o al menos sí mucho que odiar.

Estuve mucho tiempo pendiente en los medios sociales, a ver si de esa batalla simplona surgía alguna síntesis cultural interesante que nos permitiera conceptualizar a la diáspora de manera social/política/económicamente útil. Me quedé esperando. Tal vez me perdí algo.

El asunto no es trivial. La población puertorriqueña en Estados Unidos crece cada día y ya es más grande que la población isleña.  Pero ese crecimiento no está acompañado de un ejercicio colectivo para pensarla como parte del país.

Otro ejemplo: los políticos y la prensa. Cada vez que hablan de la diáspora que crece, es más o menos con el siguiente discurso: Sí, se está yendo mucha gente. Muchos profesionales, mucha gente joven. Y eso es malo, muy malo para el país.

Se quitaron. Y eso es malo. ¿En serio que a eso se reduce nuestro engagement con la realidad demográfica aplastante de más de cuatro millones a este lado del charco?

Luego están las apologistas, que con cariño y buenas intenciones nos dicen cosas como se tuvieron que ir porque acá no había trabajo. Esto es básicamente bastante cierto–la tasa de desempleo de la isla es mayor, por mucho, que la de cualquier estado de la unión, y mucha gente toma la decisión (difícil, dolorosa y de resultados inciertos para los más) de irse porque van en busca de un trabajo que no tienen.

Pero no es toda la historia. Más aún, reducir la migración a un tema de empleo vs. desempleo es restarle importancia a toda una serie de factores que impulsan la migración, y restársela además a la agencia o libre albedrío del que se va.  Por poner un ejemplo muy personal: Nosotros nos fuimos por varias razones, y ninguna de ellas era no tener trabajo. Teníamos trabajo. Nos fuimos porque apareció, de repente (una de las cosas con las que tenemos que bregar conceptualmente es con eso, con el reclutamiento) una oportunidad laboral y de crecimiento con la que no habíamos contado; nos fuimos porque nuestro nene, en escuela pública, no estaba aprendiendo casi nada y nuestra nena, en escuela privada, aprendía más sobre la doctrina de la iglesia católica que sobre matemáticas o historia; nos fuimos porque nos robaron todo, todo, todo en la casa, hasta la tubería de cobre, los álbumes de fotos, las bombillas y los libros; nos fuimos porque invertimos mucho tiempo y mucho esfuerzo en usar nuestras destrezas y energía para tener un impacto en términos de justicia social y el ochenta por ciento del esfuerzo se iba en cosas que nada tenían que ver con la consecución de la meta; nos fuimos porque conseguir tan sólo ver un neurólogo, cualquier neurólogo, necesitaba tres meses o una pala, aún si uno de nosotros estaba convulsando; nos fuimos porque la isla un poco nos escupió o nos tosió fuera de sí, como si se defendiera de nosotros; nos fuimos por esas y tantas razones, y de todos modos sentimos nostalgia. Tal vez nuestra nostalgia, como la de Ulises, necesita un poco el olvido de esas razones. De hecho ésta es la primera vez que hago la lista. Había medio olvidado esas cosas, las había reemplazado en mi imaginación con el mar, las buenas amigas, los aguacates.

Ese párrafo de arriba, que parte de mí desea borrar para hacer de esta entrada una más gentil pero que me salió de muy adentro, NO es un #yosimequito. Yo no me he quitado, y resiento que desde la isla algunos asuman mi ausencia física y mi geografía – y las de millones – como una separación conceptual y emocional. Desde acá me mantengo tan al tanto de lo que pasa en la isla como puedo; me apunto a los proyectos, celebro las victorias, lloro las tristezas y comparto las rabias.  Abandonar a la isla emocionalmente sería abandonarme a mí misma, sacarme un pasaporte de bronca, ya no estar…

Pero también tengo que preguntarme: ¿Cómo es que desde la isla no ha habido intentos organizados, más allá de decir lo mala que es la migración, por involucrarnos en los eventos que le dan forma a nuestro futuro? Pienso por ejemplo en la famosa Junta que ocupa el ancho de banda nacional. A ver: Los rectores y el presidente de la UPR, por ejemplo, le han dicho a la Junta (que aún no existe) con mucha solemnidad y mucho bombo (para los oídos de otros, porque de nuevo, aún no hay junta) que con la Universidad no se metan (cuando la junta exista hará caso omiso de esa orden de todos modos); El Nuevo Día le ha pedido al pueblo de Puerto Rico que acepte la Junta (de nuevo, que aceptemos algo que aún no existe y cuya composición aún no conocemos.) ¿Por qué hago tanto hincapié en que la junta no existe todavía? No porque dude de su eventual existencia (y a este paso más) sino porque el aparato en cuestión es parte de un proyecto de ley en proceso de construcción. De ese proceso sabemos poco. No sabemos, por ejemplo, qué cosas están impulsando los cabilderos. No sabemos qué dice el borrador, más allá de eso de la junta, aunque sí sabemos que contiene provisiones adicionales como por ejemplo, la de desarrollar de manera privada ciertas zonas protegidas de la isla. De esas provisiones no estamos hablando mucho. Los demócratas (en particular Pelosi y Sanders) han hecho comentarios sobre la importancia de preservar la autonomía de Puerto Rico en ese proyecto, pero en general no contamos con muchos defensores en este asunto. Entonces pregunto: ¿qué les pasa a los puertorriqueños que no movilizan a la diáspora de sobre cuatro millones que pudiesen involucrar representantes de Florida, Nueva York, Illinois, Nueva Jersey, Connecticut o Texas? ¿Qué les pasa que cuando el creador de “Hamilton” se tira inocentemente al ruedo, a hacer expresiones que a todas luces pretendían ser buenas para la isla, sólo pudieron criticarlo y decirle que se callara porque de Puerto Rico y su historia no sabía nada? De hecho muchos lo acusaron de no ser siquiera, cabalmente, puertorriqueño…Si la diáspora no está diciendo o haciendo lo correcto, tal vez es porque desde la isla escasean los intentos concertados de involucrarla en las soluciones. En lugar de ese esfuerzo, lo que escuchamos es Te quitaste y Eso es malo. En el peor de los casos escuchamos Cállate, no eres de/no estás aquí, no nos representas.

Hay que empezar a trascender esto de la geografía, creo, y arrancar desde la “puertorriqueñidad” a la hora de pensar y actuar sobre la situación de la isla. Eso, o eliminar de la ecuación a más de la mitad de la gente puertorriqueña. El imperativo del momento político es claro: urge que hagamos algo por el futuro y las posibilidades de la isla. El hecho de que eso no esté ocurriendo tiene que ver con que no sabemos exactamente o no nos ponemos de acuerdo sobre cuál es el “algo”, sí, pero también tiene mucho que ver con que no hemos logrado crear una conversación culturalmente rica que incluya a todo el mundo, sin acusaciones de ignorancia o de “quitarse”. Marginar a las personas puertorriqueñas que no están en la isla es contribuir al aislamiento e invisibilidad de Puerto Rico.  A calzón quitao; Creo que la puertorriqueñidad va más allá de las cien por treinta y cinco, que tiene que hacerlo. Pero tal vez me equivoco, tal vez el país es sólo de las que nacieron allí y lo habitan físicamente toda la vida. O de aquellas que pueden responder “sí” a tres o más de las siguientes condiciones: 1)vivo en Puerto Rico todo el  año, 2)nunca he vivido en Estados Unidos, 3) el español es mi primer o único idioma, 4)mis padres y abuelos son puertorriqueños y además poseo un hogar en Puerto Rico, 5)pago impuestos puertorriqueños y  hablo español, 6)…Usted me entiende. Si nos ponemos así de estrechas, ¿quién define lo que es ser “puertorriqueño”, y cómo lo hace?  Prefiero pensar que ese no puede ser el caso, que podemos ser inclusivas, y las banderas boricuas que vi en tantos balcones neoyorkinos hace dos semanas confirman mi postura. #BoricuaEnlaLuna #LaDiasporaPresente

Ojo: Estoy hablando aquí de la conversación pública y el discurso, no del sentimiento personal de las muchas y los muchos que conocen y quieren a alguien en la diáspora.  A nivel individual sé que pocas personas le recriminan al exiliado conocido su partida, y que existen lazos económicos y afectivos entre el acá y el allá. ¿Cómo podemos usar esos lazos para potenciar vínculos colectivos socio-políticos y culturales más productivos?

Con esto de la migración recrudecida, en internet se ha estado moviendo de nuevo el hermoso ensayo que Magali García Ramis escribió en los ochenta sobre los cerebros que se van y el corazón que se queda. Mucho más generoso que el “me quito” o “no me quito”, en ese ensayo “cerebro” emigra y va a la isla sólo de visita, mientras “corazón” queda a cargo de hacer patria y recibir a “cerebro” con cariño.

Es un hermoso ensayo. Pero hay que reconocer que a veces el único corazón que nos recibe con cariño es el de nuestra familia y amigos, porque la isla conceptualmente nos sigue tosiendo; que no todo el que se queda está haciendo patria; y que muchas nos trajimos el corazón con nosotras. Ese corazón que me traje, y su nostalgia, me protegen ahora de la desazón y el desapego que podría provocarme la estrechez de la conversación del país sobre gente como yo. Ulisa lejos de Ítaca y en la bruma de los brazos de Calipso, casi puedo olvidar o ignorar los hashtags y los titulares bobos. Ignorar u olvidar, dulcemente, para así poder seguir queriendo.

Cuba y Puerto Rico:la alita linda, la alita enferma


cuba picture barberMi ritual dominguero incluye la lectura de la versión impresa del New York Times, acompañada con un café (o dos, o tres.) Por lo general ataco primero (antes de que mi esposo se me adelante) las secciones de Book Review, Sunday Review y Magazine, pero hoy fue la
portada (es verdaderamente impresionante, lo invito a pulsar el enlace, parece un cuadro de Oller) la que me capturó e inesperadamente me trajo aquí a la página.

Se me ha enfriado el café.  Pero es que me he obsesionado.

En portada aparecen tanto Cuba como Puerto Rico. Esa combinación es inusual. Inusual también es la foto que abre la noticia de Cuba.  Está ubicada “above the fold”, por encima del doblez natural del periódico, un espacio reservado para las noticias más importantes del día, un trono codiciado por los y las periodistas y foto-periodistas. Es una fotografía verdaderamente preciosa, artística, que parece una pintura y muestra una escena cotidiana en una barbería cubana. Como tantos otros negocios cubanos, esta barbería es muy pobre y está ubicada en un espacio a la vez derruido y grandioso, de techos altos y piso de tierra.  Hay una sola silla, detrás de la cual el barbero, un hombre joven con sombrero de paja, recorta el cabello de un cliente sentado mientras a su alrededor otros clientes esperan. El espejo es demasiado pequeño, los materiales de trabajo pocos, la luz inadecuada–pero hay belleza en esa foto, exuda un no sé qué de que la vida sigue, de que la vida es buena, de que la vida se puede poner mejor. El titular bajo la foto confirma esa impresión. Lee “Cuba on the Cusp”, Cuba en la cúspide o más bien Cuba al borde de algo bueno, algo positivo, algo feliz, en fin algo, como dice más adelante el mismo artículo, como “Cuba on the Edge of Change.”

La noticia de Puerto Rico también está en portada, aunque en nuestro caso estamos “below the fold”. La estética de la foto es muy distinta. Su composición, sus colores, su tamaño, me hacen pensar menos en fotoperiodismo y más en las fotos que tomamos usted y yo con nuestros teléfonos, no para capturar algo bello sino para documentar alguna cosa. Muestra varias mujeres embarazadas, algunas de ellas acompañadas, que sentadas escuchan lo que la leyenda bajo la foto indica es una charla sobre los peligros del virus del Zika. Y ese es justamente el titular: ”Puerto Rico Now U.S Frontline as Zika Spreads.” Puerto Rico la primera línea, la frontera más vulnerable de Estados Unidos frente a la propagación del Zika.

Ambas noticias continúan, acompañadas por más fotos, dentro de las páginas del periódico. En Cuba, la casa empobrecida y medio derruida de un anciano aparece retratada bajo la luz diáfana que ilumina el descascarado pero de algún modo hermoso azul de las paredes, y es descrita como un espacio lleno de “old grandeur”. Una novia camina, linda y luminosa, vestida de blanco, por las calles de la Habana Vieja.  Un grupo grande y diverso de hombres cubanos nos sonríe desde una foto amplia, llena de color y de esperanza.

En contraste, las mujeres de la foto en Puerto Rico no sonríen. Sus caras reflejan preocupación, desesperanza. Adentro, el resto de las fotos incluye la imagen grande de unos matorrales con agua estancada, un paisaje particularmente pobre de La Perla, y dos fotos más pequeñas de las actividades del personal en el Center for Disease Control (CDC) local.

La esperanza que domina las fotos de Cuba domina también la narrativa que las acompaña y que nos recuerda que Cuba está a punto de florecer. Esa narrativa nos habla de un país lleno de “belleza, complejidad e idiosincrasia”. Aún cuando se hace referencia a la pobreza en Cuba, ésta es descrita casi como un trampolín, un resorte, una ventaja: “The aching despair of the cities, the untamed foliage of its countryside, the orphaned coastlines…Yet few places in the world brim with so much life. They wait, coiled with anticipation.” La pobreza está presente pero es de alguna manera bella, llena de vida, incluso digna: “From the outside, the destruction is palpable…Look closer, however, at knick-knacks arranged just so…Cracked floors swept clean, plastic flowers perfectly arranged…Quiet pride in every detail.” Orgullo y belleza en cada detalle de la pobreza cubana. Es una pobreza llena de anticipación, de esperanza, de ilusión, de estética, de dignidad y de posibilidades.

La pobreza en la noticia sobre Puerto Rico es descrita en términos muy, pero que muy distintos. La isla es un “warm, wet paradise veined with gritty poverty, the ideal environment for the mosquitoes carrying the virus.  The landscape is littered with abandoned houses and discarded tires that are perfect breeding grounds for the insects. Some homes and schools lack window screens, exposing residents to almost constant bites.” La selección de vocablos probablemente no es intencional, pero tampoco es neutral. El vocablo “littered” evoca basura tirada por ahí. Así, las casas abandonadas por los puertorriqueños (que, sabemos nosotros, las perdieron porque tuvieron que irse a la quiebra y entregarlas al banco, o porque tuvieron que irse del país, o porque se les acabaron los chavos para construir o los clientes para comprar) son, de alguna manera, basuritas que hoy sirven sólo para darle vida y albergue a los mosquitos que son vectores del contagio. El virus se transmite también por medio de las relaciones sexuales, y eso nos convierte a nosotros mismos, a nuestros cuerpos, también en vectores del contagio. La nuestra no es una pobreza como la cubana, bonita, luminosa y digna: es retratada como una pobreza peligrosa, sucia, enfermiza.

En contraste con la esperanza y el optimismo que dominan el artículo sobre Cuba, en el de Puerto Rico dominan la desesperanza y el derrotismo. Los líderes locales citados en la noticia advierten que el insecticida que hace falta ya no se produce, y que las reservas no son suficientes para atender a la población. Estiman que una cuarta parte de los 3.5 millones de personas que viven en Puerto Rico se infectará antes de que termine el año, y eventualmente el 80%, si la cosa sigue como va. Anotan que las embarazadas son el grupo de mayor riesgo, y que el 20% de estas embarazadas son niñas de escuela superior.  Nos recuerdan que muchas de las escuelas donde asisten esas niñas no tienen escrines. No es fácil ni barato instalar escrines, añaden, porque hacerlo implica ir a las escuelas a medir ventanas, mandar a hacer los escrines, instalarlos…

No hay mención, por cierto, del asunto del Zika en Cuba en este artículo de portada. (La ví al día siguiente, mucho menos vistosa, en otro periódico. Pero Obama fue para allá de todos modos.) Imagino que debe ser casualidad–los autores de estas dos noticias en la versión dominical del NYT no necesariamente están hablando entre sí, y los temas son (para ellos al menos, aunque no para mí) muy distintos. Pero no puedo evitar pensar que la descripción de Puerto Rico como un paraíso caliente, húmedo y pobre le aplica también a nuestra isla hermana. Tampoco puedo evitar especular: ¿será acaso que no quisieron entrar en el detalle de que si hay Zika, el sistema de salud cubano está probablemente mucho mejor preparado que el nuestro, y que el estadounidense, para manejar una epidemia? ¿Será que no desean hablar sobre el cuido excepcional que reciben (o al menos que recibían, hace muchos años que no voy a Cuba) las embarazadas cubanas y sus infantes? ¿Que el sistema educativo cubano, reconocido en tantas partes del mundo, ha producido excelentes y numerosos médicos y que la epidemiología es una de las especialidades del país?

Especular sobre eso me recuerda que en contraste, nosotros en Puerto Rico llevamos varias décadas permitiendo que sucesivas generaciones de gansos se queden con la inversión que estamos supuestamente haciendo en las escuelas pero que de algún modo no llega al salón; que tenemos lo que probablemente es uno de los peores sistemas educativos, al menos a nivel K-12, entre los países llamados “desarrollados”; que hemos logrado educar  buenos médicos pero que muchos de esos médicos están emigrando, se van del país; que la “reforma de salud” y su tarjetita encarecieron los servicios y rompieron las posibilidades que tenía el sistema de CDTs para atender casos epidemiológicos.

No tengo hermanas. Pero pensando en el pájaro de las dos alas (una metáfora, por cierto, bastante manoseada, como escribió Laura Náter no hace mucho), y leyendo y comparando esas dos noticias del periódico esta mañana, me siento un poco como debe sentirse la hermana más feíta y menos interesante en una familia con dos hijas. Quiero decir que me alegro por nuestra hermana Cuba, y que a la vez no puedo evitar sentir ciertos celitos y cierta vergüenza. Quiero que a Cuba le vaya bien pero no puedo evitar pensar (esto no es necesariamente lógico, lectora, perdóname lo que es más bien la respuesta emocional de la hermana fea) que su ascenso marca nuestro descenso. Que mientras nuestra hermana linda y talentosa recibe a Obama y se prepara para insertarse de manera significativa en el orden global (espero yo que preservando los logros de la revolución que he mencionado), nosotros apostamos en las últimas primarias, increíblemente, al cubano-americano Marco Rubio, y nos resignamos, mal que bien, a una epidemia, a más migraciones, a más casas abandonadas, a más fealdad, a menos autonomía y a más pobreza. Mientras tanto, el lector del periódico de récord en Estados Unidos, con leer tan sólo la portada, se queda con un mensaje claro: Una Cuba linda y con potencial, un Puerto Rico feo y con mosquitos.  Le darán ganas de viajar a Cuba y de cancelar su crucero a Puerto Rico. Querrá acceder a la belleza cubana y controlar al contagio puertorriqueño. Querrá que Cuba se integre al orden económico mundial, y ponerle no sólo un CDC sino una junta de control fiscal a Puerto Rico, no vaya a ser que nuestra pobreza, como el Zika, resulte ser epidémica y contagiosa.

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Escribí esta entrada ayer domingo. Quise esperar hasta hoy lunes para publicarla, a ver si se me ocurría una oración de cierre, una oración con algo de esperanza. No se me ha ocurrido, así que he decidido dejarlo así. Pero si a ti, lector, se te ocurre algo, por favor compártelo conmigo en mi blog, en la página de PARPADEANDO en Facebook, o escribiéndome a rbrusi @ gmail.com.

 

 

la visita

 

la visita
foto:primerahora.com

A Lissette Rolón y Marta Aponte.  Gracias por escribir y por pensar.

Quisiera escribir algo sobre el CILE, el Congreso Internacional de la Lengua Española, que se celebró en Puerto Rico esta semana que termina.  Quisiera hablar de los bloopers–los nuestros y los de la visita. Entre los nuestros, el más serio parecería ser ese de escribir “Majestad” con “g” de ganas en lugar de jota de joder. Luego está el escándalo provocado por el vestido de la primera dama de Puerto Rico, que al parecer estaba demasiado ajustado y  colorido para los gustos populares y fashion.

Quisiera ondear ese vestido colorido y apretao al viento, como una bandera de orgullosa cafrería, y decir que así somos, coloridos y prestos al abrazo, al apretón. Sospecho que esa no era la intención de la que llevaba el traje y se ganó la crítica. Pero igual me identifico más con ese cuerpo sinuoso y caribeño que se exhibe que con el cuerpo europeo que nos visita y que se oculta casi al punto de desaparecer.

Quisiera enfocarme ahora en los bloopers de la visita, que son en todo caso más serios que los de los anfitriones. Estos españoles ilustres que inauguraron el asunto nos declararon–sin contexto, sin historia, sin otra razón que no fuese la interpretación más simplona y liviana de nuestra realidad política–parte de Estados Unidos. Peor aún, nos declararon no-parte de Hispanoamérica.  El primero me parece el producto de la chapucería más crasa: ¿qué se leyeron para preparar el discurso? ¿los primeros dos párrafos de la página de wikipedia? El segundo es más serio. Es la primera vez que el congreso se celebra fuera de Hispanoamérica, dijeron.  La aseveración constituye una especie de expulsión conceptual, inapropiada y problemática porque 1) el poder que expulsa es el mismo que, en su momento, nos regaló y 2) el poder que expulsa no debería tener la potestad para decidir quién es Hispanoamérica y quién no lo es.

Quisiera gritar: ¿a cuenta de qué es la monarquía española la que nos arma “hispanoamericanos” a los pueblos de América Latina?

Quisiera decir que el español me vale madre y que el congreso también. Pero no es cierto. Amo al español puertorriqueño–es mi idioma, con él existo, me manifiesto, me construyo y construyo. Amo y aprendo también el español de otros pueblos, sus palabras y cadencias especiales. Y estaría en el congreso de metiche si estuviera en las islas, asomándome a los paneles y a las conversaciones de pasillo, repleta de curiosidad antropológica. Pero si me preguntan, diría que la celebración del idioma no es la celebración de España, sino la de todos los pueblos que la historia ha hecho hispanohablantes. Porque cualquier conversación adulta y colectiva sobre lengua es también sobre historia y política. ¿A quién se le ocurre decir “este no es el lugar para hablar de historia” en el congreso? Al rey de España. La prensa española no parece sentir, por cierto, particular vergüenza por su monarca. Nos trata más bien con cierta sorpresa, tipo ay, estos puertorriqueños, figúrate tú, qué sensibles…y qué terrible, la ortografía…

Quisiera decir que los asesores de la esposa del gobernador tal vez no hicieron bien al darle el go ahead al traje de colores sin pensar en el chismorreo por venir. Pero creo que los asesores que verdaderamente la cagaron fueron los que le dieron el go ahead o, peor aún, escribieron, los discursos que el rey y el director del Instituto Cervantes  pronunciaron en la inauguración.

Quisiera que todo esto nos sirva de lección, nos ayude a recordar que podemos amarnos y amar nuestro(s) idioma(s) sin estar loquitos (tan lejos, tan pendejos) por cualquiera de los dos países que nos colonizaron. Ni pitiyanquis ni hispanófilos, escribiría en una bandera apretá, sinuosa, con cuerpo imprudente y con los colores del Caribe.

 

hulk y la barbi:por una niñez libre de clósets

hulk[Leído en ocasión de la presentación del libro “Borrador de auto-ayuda queer y otros ensayos raritos”, de Lissette Rolón Collazo, en el VI Coloquio ¿Del otro lao?: perspectivas sobre sexualidades queer, 1ro de marzo de 2016.] 

Mi presentación es muy simple: Quiero tomar como punto de partida algo que establece Lissette Rolón en su libro, ese “anhelo de establecer puentes con todas las personas posibles”, un anhelo que la autora describe como bastante queer y que ubica en el contexto del proyecto planteado por Paco Vidarte, un proyecto de “ética marica” que propone la solidaridad del movimiento queer con todas las otras causas que tienen que ver con atender el discrimen y la opresión. Creo que el reverso de ese planteamiento de Lissette y de Vidarte también es cierto. Es decir, creo que cualquier persona que se identifique con proyectos o movimientos en contra de cualquier forma de discrimen y opresión necesita (y sí, digo “necesita” tanto en el sentido filosófico como práctico de la palabra) solidarizarse con la causa, con el movimiento, que este coloquio encarna, y de hecho darle a esa causa prioridad en la conciencia, en el pensamiento, en la práctica y en el activismo.

Mi primer planteamiento es entonces que este libro que presentamos hoy es lectura obligada no sólo para aquellas personas que enfrenten, en su identidad o en su comportamiento,  los muchos desafíos que implica alejarse de la heteronormatividad, sino también para aquellas que, como yo, son heterosexuales. O, como diría la amiga Ángela Figueroa, también citada por Lissette en el libro, las personas que “estamos heterosexuales.”

Dice Rolón en este Borrador de auto-ayuda que la lucha por un mundo libre de discrimen necesita “más referencias, más empatías, más identificaciones.” (23) Mi segundo planteamiento tiene que ver precisamente con que la empatía es un requisito para cualquier reclamo de justicia que sea genuino y sentido, que sea real en el sentido más personal de la palabra.  Cada quien puede conectarse y solidarizarse a través de la familiaridad con el otro y la otra, pero es aún mejor si lo hace también a través de la empatía que se hace posible cuando miramos de cerca, con otro lente, nuestra propia experiencia.  De hecho cada quien se solidariza inevitablemente desde quien es, desde su propia experiencia. La mía es la de una mujer heterosexual, casada en segundas nupcias, con un fracatán de hijos e hijastros. Es desde ahí que les quiero proponer un espacio de lucha, un espacio en el que pensé numerosas veces mientras leía el Borrador de auto-ayuda. Se trata de la niñez.

¿Por qué la niñez? Por varias razones. Primero porque casi todas las personas tienen cierto grado de influencia sobre la crianza de algún niño o niña (de aquí en adelante utilizaré ambos indistintamente para referirme a una personita o adolescente de cualquier sexo). Segundo porque nuestra capacidad para mover hacia adelante la agenda de un mundo más justo depende de nuestra capacidad para cultivar los buenos sentimientos en los seres humanos que lo van a hacer posible. Tercero porque la niñez es uno de esos espacios en donde muchas personas heterosexuales tienen una responsabilidad particular: La mayor parte de los niños que crecen se cría bajo el cuidado de una o más personas heterosexuales. Esto incluye a la mayoría de las niñas que se identifican o identificarán dentro del espectro LBGTT o alguna otra categoría fuera de la heteronormatividad. De modo que parte de la agenda de nuestro movimiento tiene que incluir esos puentes con los adultos que crían niñas hoy, tanto para que éstas crezcan libres de prejuicios como para que puedan explorar y aceptar y celebrar su propia sexualidad e identidad, queer o hetero, fluida o establecida, no importa.

Quiero explorar estas dos ideas atando las lecciones del Borrador con la evidencia de mi experiencia personal. El primer cuento es de mi propia infancia. Me da un poco de pachó, pero aquí va.  Tendría yo unos doce años, y estaba jugando barbis con una amiguita.  Por lo general éramos tres amiguitas–vamos a llamarlas Betty y Lucy, para efectos del cuento y para preservar su anonimato– y cada una traía su barbi. Lucy, que tenía más juguetes, traía también un Ken, que como algunos de ustedes saben, es una especie de barbi macho.

Pero ese día Lucy no estaba, así que Betty y yo estábamos jugando sin Ken. Ahora bien: yo no sé si ustedes jugaron alguna vez con barbis, pero a esa edad, parte del juego consiste en que barbi y ken se besuquean, se esnúan y se meten en la cama. Por lo menos así era nuestro juego.

Y ese día no había Ken…¿qué hacer, nos preguntábamos? Había una alternativa, una suerte de macho alternativo: El hermano de Betty tenía un muñeco del  Increíble Hulk –monstruoso, enorme y verde– y por unos momentos pensamos que a lo mejor Hulk podía ser el novio de Barbi, pero la verdad es que nos resultaba bastante grotesco, y además no podíamos quitarle los pantalones porque estaban pintados sobre su cuerpo. Entonces yo tuve una genial idea, que hasta el día de hoy me parece bastante obvia:a falta de ken, nuestras dos barbis podían besuquearse y meterse en la cama. Santo remedio. Así lo hicimos, todo muy sencillo y de hecho bastante inocente, porque de todos modos una vez esnúas y en la cama se nos acababa el repertorio, no sabíamos qué más hacer con ellas, no había el juego actos sexuales específicos más allá de los besos.

El caso es que Betty se lo contó a su mamá. Y su mamá llamó escandalizada a mi abuela. Y mi abuela se puso como una furia: me jamaqueó, me cuestionó, me gritó, me castigó. La palabra que recuerdo y que hasta el día de hoy me quema un poco es “pocavergüenza”. Dijo que estábamos haciendo pocavergüenzas. Y quedaba claro que no era porque mi barbi se esnuaba–era porque se había esnuado con otra barbi, con la barbi de mi amiguita. Le expliqué el dilema, traté de hablarle sobre los problemas que teníamos con Hulk, pero nada la calmó. Sentía dolor, me dijo, y sentía mucha vergüenza.

Así que mi abuela, que era para todos los efectos mi madre, sentía vergüenza de mí. Ese día empezó mi closet. Porque yo podré ser o estar heterosexual, pero sé que ese día guardé un pedacito de algo “queer” en un armario cerrado por las puertas de la vergüenza y la culpa. Como dice Rolón en el libro, “el closet nos habita”, y yo estoy convencida de que aún las personas heterosexuales tienen un closet y que reconocer y explorar ese closet nos facilita la empatía con la que no es heterosexual. Esas dos adultas crearon un closet para mí y otro para Betty, de paso manchando irreparablemente nuestra amistad (no volvimos a jugar juntas) y coartando nuestra imaginación, nuestra creatividad, nuestra ilusión y francamente nuestro derecho al juego, un derecho que debería ser inalienable para todos los niños, probablemente para todos los adultos también. De los juegos infantiles, de hecho, puede decirse lo que dice Lissette en el libro sobre los ritos cuando estos excluyen a lo queer o a la persona queer: “Los ritos se desfiguran, se degradan, se corrompen y nos quedamos con una fiesta vacía de los mejores sentidos posibles. Despojar a las personas de los ritos [o a las niñas del juego] supone exiliarlas de lo social, expulsarlas de su reconocimiento en los otros.” (54) Para poder jugar, teníamos que negar parte de nuestros impulsos, de nuestra imaginación, de nuestras personas. Y qué mensaje jodido, además, el de que el monstruo verde, violento, peligroso y medio bruto, pero del sexo opuesto, musculoso, hipermasculino, es preferible como pareja a la barbi de tu mismo sexo…

El closet impuesto por la opresión heteronormativa es una tragedia para aquellas personas que están fuera de la norma heterosexual. Pero creo que también es una tragedia, aunque tal vez menor o de menor consecuencia, para todas las personas, porque con eventos como el que describí arriba, le creamos un closet que habita y oprime a todos nuestros niños. Estoy convencida de que de la niñez puede decirse lo que dice en el libro Rolón sobre la vejez: “Es queer en sí misma…maneja otro calendario y por ende otro modo de habitar en el mundo y ocupar las horas…Marca otro paso y se le opone al ritmo voraz y leonino de la productividad.” (45)  Si la niñez es queer por definición, nos corresponde a todas proteger a nuestras criaturas queer del embate del discrimen, así como educarlos para que no discriminen a otras. Nos corresponde amarlos como personas raritas y completas, con la “incondicionalidad insobornable” que describe Lissette cuando habla de la maternidad que su madre pudo eventualmente proveerle. No “toleremos” a los niños y sus cosas “queer” o su exploración natural de lo queer; no los querramos a pesar de ello; vamos a amarlos y a celebrarlos así, tal y como son, tal y como se van descubriendo.

La niñez y la adolescencia están repletas de momentos como el de las barbis, momentos en los cuales tenemos opciones,  podemos meter un niño en el closet o permitirle crecer fuera de él. Hace algunos años, tuvimos en casa un momento así cuando se fue acercando la noche del prom. Uno de nuestros hijos tenía deseos de participar en el prom (de nuevo, los ritos pueden ser importantes, y ese rito, en ese momento, resultaba significativo) pero la persona que quería invitar no era una nena, sino un nene. La heteronormatividad trasciende lo meramente sexual, exigiendo, por ejemplo, que vayamos al prom en parejas de hombre y mujer, vestido vaporoso y tuxedo riguroso. Pero después de discutirlo entre ellos, decidieron ir al prom juntos, como pareja. Se vistieron igual–traje gris, y un clavel rosado en el bolsillo de la chaqueta. Por fortuna, tenían un grupo grande de amigos absolutamente maravilloso que los quiere y los escudó de los ceños fruncidos de los criticones. [De hecho, ese es otro rol que le toca al heterosexual solidario, el rol de no quedarse callao y pasivo cuando tiene el discrimen al frente, porque con estas cosas no se puede ser “neutral”. Pero ese es otro tema.] El caso es que la niñez es queer, y como las sexualidades queer, viene obligada a “transitar las fronteras, las periferias, los espacios clandestinos”; y, también como ellas, “desarrolla destrezas de resistencia inusitadas.”

Los momentos y espacios con el potencial de aceptar o atacar lo “queer” en un niño que va creciendo empiezan por supuesto mucho antes del prom. Recuerdo un incidente con mi hijo mayor: El año era 1997, el nene tenía tres añitos, y estábamos viendo por televisión la visita del papa a Cuba. Quien es ese, mama? Ese es Fidel, hijo. Quien es ese otro, mama? Ese es el papa, hijo. Fidel estaba vestido no con su uniforme verde acostumbrado sino con un traje severo de chaquetón negro, y fue a recibir al papa, que tenía su batola blanca usual. El papa ya estaba viejito, así que Fidel le dio el brazo,y caminaron agarraditos sobre la alfombra roja que se extendía desde el avión hasta el terminal del aeropuerto. Mirando la escena, mi hijo de pronto entiende, o piensa que entiende, vira su carita sonriente hacia mí y me dice, con gran júbilo, “Mira mamá!!! Fidel y el papa se están casando!!!”

Sentado con nosotros estaba mi amigo Robert, quien es un hombre gay. Pueden imaginar nuestra reacción: Primero fue la risa, por lo cómico de la idea. Luego el regocijo, por la expresión inocente de un niño a quien nadie le había dicho todavía que los hombres no se podían casar con otros hombres en 1997. Pero luego fue la duda: ¿qué decirle al muchacho? ¿Nos tocaba acaso romper esa alegre burbuja con la noticia de que el matrimonio legal en esos momentos era solamente entre un hombre y una mujer? Nos toca a los adultos no solamente amar a nuestras niñas en toda su rareza, sino también servir de mediadores entre ellas y un mundo que todavía no está a la altura de nuestras aspiraciones de justicia y amor.

En el caso de esa interacción con mi chiquitín, el mundo era una abstracción: la ley, el estado de derecho, multitudes homofóbicas lejanas, fuera de nuestro círculo. Pero a veces ese mundo hostil está más cerca. Por ejemplo: Nuestra hija suele cambiar frecuentemente los “amigos” que son “familiares” en facebook. Es decir, pone a una amiguita de madre, a otro amigo de padre, a otro en el estatus de “in a relationship”, a otra de hija…Tal vez está un poco ensayando lo de “la familia-otra” que describe Lissette en el Borrador. En cualquier caso, en una ocasión puso a una amiguita como geva, o “in a relationship”. Primero reaccionó un supuesto “amigo”: qué es eso? Nuestra hija le contesta nada, es chavando, pero by the way, eso no es malo. A lo que el tipo le dice yo se que no es malo pero creo que no es para ti, falta que conozcas al que te enamore, te regale flores, te cante una canción…En fin, el viejo argumento de que el lesbianismo ocurre por mala suerte, porque no te has encontrado con el hombre adecuado. Pero la peor reacción no fue esa, sino la de la abuela: Qué que es eso, que cómo va a ser. De nada valió que la muchacha le explicara que se trataba de una broma. De hecho la abuela sabía que la nena solía bromear con eso de los roles familiares. Nuestro hijo mayor incluso intervino para explicarle a la abuela que eso no es ná, abuela, los tiempos han cambiado, pero no había caso: Con eso, dijo públicamente la señora en facebook, no se bromea. No es gracioso. Ni de chiste.

A mí me consta que la abuela ama a la nena. Pero también me consta que trató de meterla en un closet. Actualmente, por cierto, nuestra hija está saliendo (esta vez de verdad, no de broma) con otra nena, y su estatus de “in a relationship” así lo proclama, con nombre y apellido: pero los abuelos/as y algunas otras personas están bloqueadas de ver ese estatus, por si acaso.  Los tiempos habrán cambiado, y este closet es relativamente pequeño, pero eso que le pasa en facebook sigue siendo un closet, y no es justo que así sea.  Quiero pensar que algún día tal vez será posible darles el libro de Lissette a las abuelas de regalo, a ver si comienzan a escuchar, de ahí a entender, de ahí a sentir empatía, y de ahí a comportarse de manera más justa y amorosa.

Los tiempos cambian, en efecto. Hace poco, cuando la Corte Suprema de los Estados Unidos declaró la constitucionalidad del matrimonio entre dos personas del mismo sexo, mi esposo y yo nos pusimos a bailar y saltar y celebrar. Nuestro hijo menor, que tenía en ese momento nueve años, preguntó que pasaba. Le explicamos. ¿Su reacción? El muchacho no se había enterado de que no era legal. Es decir, pensaba que una persona podía casarse con la persona que ama, independientemente de su sexo. Tal vez porque es medio espaseao, o tal vez porque estamos viviendo en California, el caso es que hubo que explicarle el asunto como una cosa histórica.

Creo que se me acaba el tiempo. Quiero enfatizar, antes de callarme, que a todos los adultos pero especialmente a las madres y a los padres nos toca, heterosexuales o no, proteger a nuestras niñas y niños del closet que nos habita, preferiblemente antes de que ese closet tenga oportunidad de formarse. Que nos toca protegerlos con esa “incondicionalidad insobornable” que propone Lissette. Y que a todas las personas, heterosexuales o no, les toca aceptar que ha llegado el momento de la definición, como dicen Paco Vidarte y Lissette Rolón: “Es preciso que definamos en qué lado queremos estar: entre los cómplices de la norma o entre los maricones de toda ralea.” En mi familia hay diversidad, y nos queremos así, complicaditos, pero en la lucha para combatir el discrimen y la opresión estamos claros: allí nos verán, dentro de la comunidad de los que actúan, firmemente del lado de los maricones de toda ralea. Muchas gracias.

 

resistencia

the-start-writing-own-poem-pencil-448Hoy no quiero escribir. De hecho no quiero hacer nada, al menos nada particular. Podría fregar los platos o hacer ejercicio. O escribir. Pero, no quiero escribir.

Así que escribo, y comienzo con esa oración: Hoy no quiero escribir.

Escribir no es una disciplina en el sentido popular de un castigo. La máxima inglesa de “no pain, no gain” no aplica. Escribir es una cosa que hacemos no para contrariar a la vida, sino para fluir en ella, para acurrucarnos en el día, para encontrarnos en el momento.

Hay días de resistencia. Días en que nuestra mente y nuestras manos no cooperan con nuestro propósito de escribir con frecuencia, de escribir a diario, de escribir. Tal vez porque nuestras manos desean ocuparse en alguna otra cosa. Tal vez deban ocuparse en otra cosa. O tal vez no desean ocuparse en nada, porque estamos tristes, ansiosas, o dispersas.

En esos días, mi experiencia ha sido y es que escribir contra la resistencia es, como dicen los Borg en la serie de Star Treck, fútil. Que escribir contra la resistencia es poner nuestra propia, humilde y personal resistencia frente a frente con la resistencia avasalladora del universo entero. Que escribir no puede ser una batalla. Si peleamos con la resistencia, perdemos. Natalie Goldberg tiene un nombre divertido para esa batalla pendeja. Lo llama “pelear con el tofú”.  Es pelear con una sustancia blanda que se escurre entre nuestros dedos y sobre la cual no podemos imponernos, por más fuerza de voluntad y disciplina que le queramos infundir al proceso.

Para escribir en días de resistencia lo mejor es sentarse cerca de la resistencia, tenderle una mano amiga, acompañarla, observarla. Y escribir a la manera en que algunas etnias le dedican tiempo al arte tradicional de pintar con arena: sin expectativas de permanencia, a sabiendas de que lo escrito puede irse lejos, con el viento, en cualquier momento. No hay promesa en la letra que surge cerca de la resistencia o, al menos, no hay otra promesa excepto la del escribir, la del proceso, la del estar en el momento, la de la oración que sale, la de la que le sigue, la del no importa, estamos escribiendo, estamos vivos, estamos aquí.

En días de resistencia solo resta rascar la página con la pluma y decir por escrito Hoy no quiero escribir o decir cualquier otra cosa, porque por cualquier parte es que se empieza, porque al final del día escribimos para nosotros mismos y para el presente, que es lo único que hay, que es lo único que importa.

En días de resistencia, que últimamente son los más, las oraciones salen con dificultad, fragmentadas, feas. La escritura no es inspirada sino lenta, entrecortada. Pero se me ocurre, entre una palabra y la siguiente, que la palabra oración es polisémica: en español, quiere decir también plegaria.