el PAN nuestro

Por lo general leo y disfruto la columna dominical de Mayra Montero.  La de hoy, sin embargo, me inquieta.  En ella la autora trata el tema (escabroso e inquietante por demás) de la reacción iracunda de muchos ante la posibilidad de perder el 25% de la asignación del PAN que puede usarse en efectivo, e invertir (o gastar, que los verbos y las moralidades que los verbos arrastran están siempre presentes en toda esta discusión, no lo olvidemos) en pañales, lotería, papel de inodoro, cigarrillos, gasolina…

Tiene probablemente razón, la autora, cuando sugiere que es más deseable aceptar el uso totalmente alimentario de los fondos y aumentar el presupuesto total del programa, que mantener el bendito 25% de cash  por el que claman dueños de gasolineras y farmacias varios y perder la posibilidad de participar en el programa a la usanza de los 50 estados de la unión.  Tiene también razón, qué tristeza, cuando denuncia el populismo de los políticos del patio y las motivaciones turbias de los que reconocen el dudoso “derecho al cash” del pobre puertorriqueño.  Después de todo dice, de nuevo con razón, el programa fue diseñado para alimentos, no para otra cosa.

Lo que a mí me inquieta es un no se qué de subtexto en el lenguaje elegido, en la acusación dirigida al que protesta.  “No voy a entrar en la especulación sobre lo que se gastan algunos en lotería electrónica, cigarrillos o alcohol.” dice Montero, pero ya entró, inevitablemente, donde siempre acabamos entrando cuando hablamos del PAN y la pobreza en Puerto Rico. Y añade:  “Lo grave aquí es la mentalidad de una buena parte de las 640,000 familias que reciben el PAN, y cuyos niños y jóvenes van creciendo en un mundo vegetativo, persuadidos de que esa tarjetita sirve para comprar comida, sí, pero también para que el padre o la madre los complazcan en algún capricho….Protesta todo el mundo, hasta el dueño de una gasolinera, porque se da por sentado que esa cuarta parte es para gasolina.”

Voy a tratar de explicarme aquí, aunque sé que probablemente levantaré ronchas, que me caerán chinches, que se aparecerán algunos troles,  y  otros gajes del oficio bloguero. La mentalidad que denuncia Montero (y que denunciamos muchos y muchas cada vez que pasamos frente a un caserío y bufamos “mira pa’llá, todas esas antenas, todos esos carros”)  se le atribuye con frecuencia a los pobres del país, pero rara vez se reconoce que no es exclusiva de los pobres.  Ni siquiera, francamente, es especialmente más frecuente o dañina en el pobre que en el rico.  [De hecho, podríamos argumentar que el capricho del rico, o especialmente del mega-rico, es más dañino porque resulta en daños en escala global, pero esa es otra historia y otro tema.]  El “capricho” del niño pobre que ha crecido pensando que “merece” un celular o una caja de chicles no es distinto, moralmente, del capricho del niño de clase media o rico que ha crecido pensando lo mismo.   La diferencia estriba en la capacidad adquisitiva de los padres, con lo que la acusación a los beneficiarios del PAN puede convertirse, en este discurso, en una acusación de “parejería”.

Es más: el auto-engaño de ese niño que piensa que merece su juguete no es muy distinto del engaño de un país pobre que piensa que se merece un Nordstrom.

Más preocupante me resulta la aparente dicotomía necesario-innecesario que suele producirse cuando se habla de alimentos-no alimentos en este contexto.  Montero dice que el papel toalla es un lujo.  Puede ser. Ciertamente que una toallita reusable es mejor para el bolsillo y para el ambiente.  ¿Pero y qué tal el papel de inodoro?  ¿Debo pensar que eso es un lujo también?  ¿Qué tal los pañales?  Vayamos más lejos:  El celular era un lujo cuando había teléfonos públicos disponibles en la calle.  Pero ¿cuándo fue la última vez que usted vio un teléfono público funcional en la calle?  Son una reliquia, una antigüedad.

De nuevo, ciertamente que la idea del PAN son los alimentos, y que los políticos de la isla necesitan enfrentar la indignación de la plebe y hacer lo que tienen que hacer.  Pero…pero…estudiémonos. Pensémonos.  Somos un país con unas desigualdades tremendas, un país en donde el mensaje del paisaje es compra compra compra ten ten ten posee posee posee, donde el consumo es el camino más evidente a la valía y en donde las rutas concretas, legítimas, para tener el dinero que el consumo requiere son pocas, y no alcanzan para todos.  Dice Montero que lo grave es la mentalidad de las familias del PAN, pero creo que lo grave es que nos constituimos, desde pequeñitos, en sujetos que se definen por lo que consumen y que para una buena parte de los puertorriqueños, las únicas rutas a ese consumo son el mantengo y la economía informal.  Y esa mentalidad, aceptémoslo, es colectiva y la tenemos que trabajar colectivamente. No es algo que hay que “decirles” a los pobres (a quienes, dice Montero, “nadie les ha dicho” que el PAN es para comida) sino que tenemos que decirnos todos a todos, y pronto, porque se nos hunde el país, señores, se nos hunde, y no hay Nordstrom que nos salve.

 

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3 comentarios en “el PAN nuestro

  1. La gente piensa que somos parte del primer mundo por tener Bed And Bath o alguna otra tienda de fuera que ocupa el espacio que hace tiempo era de tiendas del país. Los pobres son el voto cautivo de nuestro tag team político (aunque eso de político les queda grande) y el que ellos también quieran consumir, haciéndose parte de la religión verdadera es algo intolerable para las otras clases. No es solo el celular, sino el bendito carro que se hace indispensable en nuestro pequeño tercer mundo con ínfulas de primero. El pobre debe aparentar serlo. Curioso en un país que vive desde hace bastante tioempo más allá de sus medios, importando casi todo y con 2 millones de carros para casi 4 millones de habitantes. El pobre debe moverse a pie o en guagua y comunicarse con señales de humo. A ver qué pasa cuando el humo ya no venga solo de los caseríos. Entonces seguro que se hace algo.

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